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 21 de noviembre de  2018
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Del Cerro Colorado al Instituto Cervantes

Del Cerro Colorado al Instituto Cervantes

El legado in memoriam de Atahualpa Yupanqui ingresó hoy en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes, de Madrid. Lo depositó el hijo del folclorista y titular de la fundación que lleva su nombre, Roberto Chavero, durante una ceremonia que marcó el comienzo de las actividades previas al VIII Congreso Internacional de la Lengua Española, que se desarrollará en la ciudad de Córdoba en marzo del año próximo.

El acto se realizó días antes del 110° aniversario del nacimiento del artista, que se cumplirá el 31 de enero próximo y que el Gobierno de Córdoba celebrará con una muestra en el Cabildo de la capital de la provincia.  

Compartieron estrado con Chavero el ministro de Turismo de la Nación, Gustavo Santos; el gobernador cordobés, Juan Schiaretti, y el director del Instituto Cervantes, Juan Manuel Bonet.

Este fue quien habló en primer término. Dijo que “con Atahualpa Yupanqui entra un poco de viento de la pampa y de los Andes en la Caja de las Letras”, la que guardará “la memoria de un cantor que cultivó el verso y la prosa, que tocó la guitarra inmejorablemente y que expresó el alma de su tierra como nadie la había expresado antes”.

Dijo después, mientras Chavero asentía con la cabeza, que Yupanqui “tenía en sus venas sangres mezcladas, era un mestizo en el cual confluía la herencia europea con la herencia quechua”.

Contó luego que “fue un sacerdote el que le puso en el camino de la música, después vino un guitarrista que le enseñó el camino de los clásicos” y que “leyó desde niño, decía que su padre tenía en las alforjas libros y él empezó a leer; leyó a Antonio Machado, leyó a Villaespesa y poco a poco se fue metiendo en el mundo de la poesía”.

Señaló asimismo que “su camino fue un camino con mucho desarraigo y con muchas etapas distintas por la geografía argentina” y que ese camino “también pasó por Europa, murió en Nimes, adonde había ido a actuar, pero había residido largos años en París, donde empezó su camino internacional”.

Refirió que “en París Paul Éluard le presentó a Edith Piaf, y allí pues vendrían los recitales, las ediciones, los discos, y luego, en los años 60, ya el establecerse en esa ciudad, donde decía que le faltaban la Cruz del Sur y el viento, pero el viento, el camino, la carreta, todo eso lo traía él en la memoria”.

Y concluyó: “Es la poesía del norte argentino, es la poesía de los Andes, es la poesía del viento, todo eso es lo que entra hoy aquí en la Caja de las Letras”.

A continuación habló Schiaretti, quien manifestó: “Es un gran orgullo estar acompañando a Roberto Chavero para que nuestro mayor folclorista de la historia argentina, nuestro poeta Atahualpa Yupanqui, Héctor Roberto Chavero, como era su nombre, pase a formar parte del selecto grupo de poetas, de creativos, de literatos de la lengua hispanoamericana”.

Y continuó: “Es un orgullo también que él haya elegido como morada final nuestra provincia de Córdoba, en el Cerro Colorado, que es un símbolo de los cordobeses y también de la Argentina, porque allá están reflejadas la cultura precolombina y la cultura de la época del Virreinato, y por allí pasó la historia de nuestra patria argentina, allí está la casa que don Atahualpa Yupanqui construyó con su compañera de vida y allí descansan sus restos”.

Por otra parte, aseguró que “nadie como él expresó la poesía y el sentir del pueblo argentino”, y destacó que “si hay algo que tenía don Ata, como le decimos cariñosamente los argentinos, es que volvió muchas veces al Altiplano sudamericano, recorriendo los Valles Calchaquíes, recorriendo el norte de Argentina y Bolivia, y tenía como principal misión conocer a su gente y cantar la vida de su gente”.  

A su vez, Chavero confió que consideraba a su padre “un pensador, solo que eligió una forma de expresar sus pensamientos a través de la copla, de relatos, de narraciones, a veces de poemas”.

En ese sentido, vaticinó que “si algún día se queman todas las bibliotecas del mundo, quedarán las coplas de estos iluminados para darle significado a nuestra existencia y comprender quiénes somos y por qué estamos aquí, en este lugar y en este mundo”.

En otro tramo de su alocución, expresó: “Quiero agradecer a la lengua española, porque cuando digo chañar, mistol, guanaco, llama, son palabras nuestras y la lengua las aceptó con generosidad, no es permisiva pero es generosa, de modo que cuando nosotros hablamos de nuestro universo, del poncho, de la pampa, de la milonga, estamos hablando en español también, y eso se lo debemos a ustedes”, subrayó, dirigiéndose al director del Instituto.  

En cuanto al legado, precisó: “Acá traemos estos pequeños documentos redactados de mano de mi padre, que cuando tenía que esperar en los aeropuertos o en los hoteles compraba tarjetas postales y escribía; cuando estaba lejos de casa a mi madre le escribía una carta por noche. En ese tiempo no había inmediatez, había esperas y había sueños”.

Anunció después que también entregaría un escrito de su padre, que procedió a leer. Se trataba de un ejemplar manuscrito, firmado por Yupanqui y fechado en Cerro Colorado en 1987, del conocido texto que a continuación trascribimos: “Los pueblos, los hombres, se enfrían / por ausencia de espíritu / pero estamos nosotros con pedernal y yesca / melodías y cantares, poemas y reflexiones, / alto desvelo y sueños de todo tipo / para entibiar las horas de aquellos / que no quieren congelarse todavía”. 

Seguidamente, Chavero depositó ese legado en la caja número 1.466 y junto con Santos y Schiaretti firmó el acta correspondiente, tras lo cual Bonet le entregó la llave simbólica.

El homenaje
A renglón seguido, se realizó un acto en homenaje a la memoria de Yupanqui que contó con la presencia del actual embajador argentino en España y ex presidente de la Nación por dos días en diciembre de 2001, Ramón Puerta.

En el acto, que duró poco más de una hora, hablaron los mismos que en la ceremonia anterior, a los que se sumaron otros tres oradores, sin que unos ni otros hicieran muchas concesiones a la brevedad. Los discursos alternaron con proyecciones de videos de recitales del homenajeado. 

También en esta oportunidad Bonet abrió la lista de oradores. Le siguió la flamante secretaria de la Real Academia Española, Aurora Ejido, quien definió a Yupanqui como “un argentino que, según confesaba él mismo, llevaba en su sangre el silencio del mestizo y la tenacidad del vasco, esa fusión de razas [sic] que, como la de los géneros literarios, es siempre tan fructífera”.

Más adelante, confió un recuerdo personal. “Me permitirán que destaque lo que supusieron su voz, sus letras y la música de sus canciones para los jóvenes de mi generación, que a finales de los 60 y durante los 70 las copiábamos y escuchábamos y nos las pasábamos clandestinamente de mano en mano”.

Finalizó diciendo que “la voz de Atahualpa supuso una ventana abierta de libertad y de compromiso en tiempos oscuros”.

A su turno la decana de la Facultad de Lenguas de la Universidad Nacional de Córdoba, Elena Pérez, expresó que le gustaba “pensar en la Caja de las Letras como ese lugar de refugio, como ese lugar de albergue, incorruptible para el tiempo, incorruptible para el frío del olvido, que guardará la palabra del poeta que se hizo canción”.

Enunció que “se inscriben en esa poética sencilla de la copla, por un lado, los nombres y las voces de quienes quizás no aprendieron a escribir, los peones, los mineros, los arrieros, los hacheros y, por otro lado, se inscriben también en esa poesía los nombres de los romanceros que acompañaron a la copla popular argentina”.

Afirmó además que “en esa poesía están inscriptas parte de la memoria de Argentina, parte de la ideología argentina, parte de nuestra tierra” y que “Atahualpa cantó las penas y las alegrías, y contó también los hechos fortuitos de la vida del paisano”.  

Ocupó seguidamente el estrado el ministro Santos, quien reveló su origen cordobés cuando dijo: “Nuestra provincia de Córdoba le dio a don Ata el territorio gigante y profundo que su alma gigante y profunda necesitaba”.

A renglón seguido, recitó la primera y más conocida de las cuartetas de la milonga Los ejes de mi carreta, cuya letra no pertenece a Yupanqui sino al poeta uruguayo Romildo Risso; Yupanqui es quien firma la música.

En palabras del ministro, “los ejes de Yupanqui siguen sonando en los caminos de la vida, ya no solo de mi patria [sino en] los caminos de la humanidad, siguen sonando con la fuerza de la voz de los hombres libres, siguen sonando con la fuerza de la voz de los hombres solidarios, siguen sonando con la fuerza de la voz y de la palabra de la humanidad más profunda”.   

Finalmente, resaltó que “los ejes de Atahualpa siguen sonando, marcándonos el rumbo en el que está el futuro que queremos construir”.

Cerró la lista de oradores Schiaretti, quien así definió a Yupanqui: “Fue el poeta de la Argentina profunda: él nace en la región pampeana, se cría y vive en el norte, en Tucumán, y va a terminar sus días en nuestra provincia de Córdoba”.

Puso el acento en que “nadie como él recorrió la Argentina y vio durante sus viajes a aquellos que eran los olvidados de la patria” y en que “nadie como él cantó e hizo la poesía refiriéndose a ese pueblo del interior de la Argentina profunda”, y declaró que “por eso, para los argentinos es sin duda el Papa de nuestra música y el Papa de la poesía de nuestra patria”.

Por último, enfatizó que Yupanqui “es la expresión del interior profundo de la Argentina, es la expresión del mestizaje que compone nuestra idiosincrasia y nuestra etnia, y es la expresión de la cultura popular y la cultura sin ningún tipo de aditamento”.

El cierre del acto estuvo a cargo de Chavero, quien subió al escenario para interpretar, acompañándose en guitarra, una guajira de su padre y una vidala que compuso sobre una letra de aquel.   

Curiosamente, muchos oradores aludieron al compromiso social y solidario de Yupanqui y mencionaron que sufrió exilios y persecuciones, pero nadie deslizó siquiera que había militado activamente en el Partido Comunista Argentino, lo que le valió además cárcel y torturas.

Asimismo, se asoció su nombre con los de otros poetas como Antonio Machado, Miguel Hernández, León Felipe, Paul Éluard, Nicolás Guillén, Pablo Neruda y José Bergamín, que en algún momento de sus vidas manifestaron sus simpatías hacia el ideario marxista-leninista o se comprometieron abiertamente con él, pero no se habló de coincidencias ideológicas sino de afinidades estéticas y espirituales.                      

La Caja de las Letras
La  Caja de las Letras es efectivamente una caja fuerte instalada en el sótano del inmueble de la madrileña calle de Alcalá donde funciona el Instituto Cervantes.

De acuerdo con la página web de la institución y con distintas fuentes españolas, todo empezó en 2007, cuando el Instituto Cervantes se trasladó al edificio que actualmente ocupa, una de las principales obras del famoso arquitecto Antonio Palacios, que había sido sede del Banco Español del Río de la Plata y como tal contaba con una enorme cámara acorazada que albergaba a más de 1.800 cajas de seguridad.

Fue así como el entonces director del Instituto, César Antonio Molina, anunció que esa caja fuerte pasaría a ser “el lugar que irá acumulando en el tiempo el saber de nuestra cultura, de nuestros escritores y artistas” y que, en consecuencia, “será una capilla, no del dinero, sino de la cultura”.

Quien inauguró ese espacio fue el escritor español Francisco Ayala, ganador en 2001 del premio Cervantes, que depositó en la caja número 1.000 varios libros y manuscritos y una carta, mientras que el hispanista inglés sir John Elliott fue el penúltimo en ingresar su legado, consistente en un reloj suizo. Cinco meses antes, el editor y fotógrafo argentino residente en España Mario Muchnik guardó en la caja número 1.509 una cajita de música, una flauta y una fotografía.  

A su vez, la investigadora y bióloga molecular Margarita Salas fue la primera mujer y la primera personalidad del mundo de las ciencias en dejar su legado, consistente en el primero de los cuadernos en los que registró las investigaciones genéticas que realizó en Nueva York, que permanece en la caja número 1.568.

Por su parte, la célebre bailarina y coreógrafa cubana Alicia Alonso fue la primera exponente de la cultura hispanoamericana y asimismo la primera representante de las artes escénicas, en tanto que el famoso pintor Antonio Tapiés fue el primer artista plástico convocado.

En la Caja de las Letras se encuentran, además, los legados de los ganadores del premio Cervantes desde 2008; de entre ellos, el argentino Juan Gelman depositó un texto inédito y un manuscrito antiguo, en tanto que el chileno Nicanor Parra envió su vieja máquina de escribir y la mexicana Elena Poniatowska guardó una vieja pulsera de su padre, una primera edición de La noche de Tlatelolco y tres manuscritos.  

También depositaron sus legados, entre otros, los escritores  españoles Juan Marsé y Juan Goytisolo, los mexicanos José Emilio Pacheco y Fernando del Paso, el chileno Jorge Edwards y el nicaragüense Sergio Ramírez, todos ellos ganadores del premio Cervantes, y el compositor Cristóbal Halffter, el cineasta Luis García Berlanga, el actor Vicente Alexandre, la actriz Nuria Espert y el bailarín Víctor Ullate.  

Es importante consignar que en la mayoría de los casos el contenido de los legados no es revelado por los depositantes, quienes disponen además la fecha de apertura de sus respectivas cajas. Así, se desconoce el detalle del material depositado por Ayala, quien manifestó su voluntad de que permaneciera guardado hasta 2057, mientras que los materiales de Gamoneda estarán bajo llave hasta 2032, los de Parra hasta 2064, los de Pacheco hasta 2110 y los de Del Paso hasta 2116.  

Por otra parte, la caja que guardaba el legado de la agente literaria Carmen Balcells fue la primera en ser abierta, y la correspondiente a Margarita Salas lo será en el curso de este año.  

Se destacan en este contexto los legados depositados en memoria de Miguel Hernández, de Gabriel García Márquez y de Antonio Buero Vallejo, que consisten, respectivamente, en una primera edición del poemario Perito en lunas, en tierra del patio de la casa natal del autor y una placa con la primera frase de Cien años de soledad, una carta, un libro y una pipa.

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