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Desde las Comunas 11 y 15 de la Ciudad de Buenos Aires
 11 de diciembre de  2017
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Ciudad, amor y muerte

Ciudad, amor y muerte

El 15 de este mes se cumplen 130 años del nacimiento de Baldomero Fernández Moreno, “notable poeta y lírico puro”, como lo definió Raúl González Tuñón.

Para algunos de sus biógrafos nació en el barrio de San Telmo; para otros, en el de Monserrat. Cuando tenía seis años sus padres, españoles, volvieron a su país para radicarse en Bárcena, la aldea paterna. Regresó a Buenos Aires en1899.

En opinión de González Tuñón, estos hechos explican que, siendo Fernández Moreno tan porteño, tuviera algo de castizo. “Era, pues, un poeta típico de nuestro país de aluvión. Muy español en los cafés españoles de la Avenida de Mayo, muy porteño en la plaza de Flores”.  

El joven Baldomero completó en el Colegio Nacional Central los estudios secundarios que había iniciado en Madrid e ingresó en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, donde se recibió en 1912: las exigencias del aprendizaje formal nunca lograron apartarlo de su voraz inclinación a la lectura.

Ejerció la profesión en Chascomús primero y en la localidad pampeana de Catriló después; ambas experiencias le resultaron decepcionantes y volvió a Buenos Aires para instalar su consultorio en el barrio de Liniers. Por entonces comenzó a frecuentar los ambientes literarios.

En 1915 publicó su primer libro, Las iniciales del misal, donde posa una mirada a la vez tierna e inquisitiva sobre objetos, paisajes y personajes de la vida diaria de la ciudad y los ennoblece con delicado lirismo, expresado en lenguaje fresco, pero contenido.

Veinticinco años después, Borges dijo a propósito de este libro que el autor “había ejecutado un acto que siempre es asombroso y en 1915 era insólito” y que “con todo rigor etimológico podemos calificar de revolucionario”. Y precisó: “Fernández Moreno había mirado a su alrededor”.

Por su parte, Roy Bartholomew señaló también que el poeta había realizado una revolución, puesto que “se expresaba con extrema naturalidad y fuerte y noble habla sobre temas sencillos y comunes”.

En ese sentido, González Tuñón destacó que “Fernández Moreno tuvo la virtud de incorporar a nuestra poesía el sencillismo”. Explicó que “en pleno reinado de la lujosa y a veces artificiosa rima lugoniana, y cierto resabio rubenista, escribía poemas claros, sencillos, inspirados en temas simples, constantes, de fácil comunicación”.

Significativamente, Borges y Tuñón rescataron de ese libro el poema Barrio característico, cuyos últimos versos transcribimos: “Fachadas de ladrillo, cercos de cinacina. / Es hermoso, de noche, / ver huir calle abajo los tranvías / con un polvo de estrellas en las ruedas / y en la punta del trole una estrellita”.

Tuñón puntualizó además que “el poeta hizo escuela”, que “sencillismo hay en muchos poemas de Álvaro Yunque” y que “lo hubo en poemas de Antonio Gil y Gustavo Riccio, del llamado grupo de Boedo”.

Fernández Moreno no lo veía así. “No creo ser el creador de escuela alguna, lo único que he hecho es concretar en un momento dado el sentir general. Era de imperiosa necesidad para nuestra literatura dejar en paz a las marquesas en sus tocadores y a los dioses en su Olimpo (...) Reacción natural contra esa literatura de relumbrón, nació en mí esta manera sintética y sencilla de pintar la realidad exterior y traducir estados de ánimo. Eso es todo”.

En cuanto a las formas, las manejó con la soltura que solo puede proporcionar el conocimiento riguroso; decía que “no son cárcel nada más que para quien no sabe regirlas”. Y enumeró: “El romance delgado como un mimbre, / el soneto que finge media daga, / la décima lapídea, el verso suelto, / la seguidilla tenue y tarambana / o los renglones que ovilló el desgano, / que no todo ha de ser pájaro en jaula”.

Su obra poética comprende cerca de treinta volúmenes: la ordenó y espigó en ella varias veces para sendas ediciones de la Antología. Por lo que hace a la temática, la urbana y la amorosa le inspiraron sus versos más conocidos; la elegíaca, algunos de los mejores. También escribió lozanos poemas de asunto rural y pueblerino, y otros, dulces e íntimos, para el hogar y los hijos.

En este trabajo nos ceñiremos a las tres primeras. Empezaremos por observar que no son pocos los que han señalado ese interminable vagar por las calles que aparece recurrentemente en su obra urbana, y que de esta manera defendió el poeta: “No me detengo nunca. Para eso soy caminante. Si me detuviera se me acabaría el aliento, la vida”.

Como para muchos antes y después que él –Goethe se llamaba a sí mismo “el caminante” y recordemos, entre los nuestros, al Juancito Caminador de Tuñón y a las Costumbres errantes de Enrique Molina– esa inquietud errabunda era una de las formas que asumía la libertad del poeta (“Mi juventud eterna por las calles se lanza, / voy mi bastón blandiendo lo mismo que una lanza. / Los vecinos me miran con los ojos abiertos. / Yo estaré loco, digo, pero ellos están muertos”.)

Sin embargo, la dureza de la ciudad puede desviar al caminante hacia un destino desdichado (“Piernas de vagabundo, corazón de mendigo, / marcho por las tinieblas a la merced del viento. / Me he quedado, amigos, casi sin un amigo”.)

Por lo que toca a la poesía amorosa, se concentra en la figura de Dalmira López Osornio, que sería su esposa y a quien consagró Versos de Negrita. Como para todo poeta enamorado, la mujer amada es la más hermosa y la más buena, y así lo puso en la dedicatoria.

Esos versos son a veces gozosos, otras melancólicos, pero siempre pudorosos y entrañables (“¡Qué versos te haría esta noche, mi amada! / ¡Qué cándidos versos, qué versos sencillos!”). Muy de vez en cuando, asoma un velado erotismo –erotismo que se muestra, opulento, en otras obras–.

Y fantástico e inquietante es el que se manifiesta en el poema más conocido de este libro, en el que el doctor Fernández Moreno plasma sus conocimientos de anatomía, y que aún hoy encanta por su audacia y originalidad: nos referimos, claro está, al Soneto de tus vísceras, del cual transcribimos los tercetos: “Canto al tuétano dulce de tus huesos, / a la linfa que embebe tus tejidos, / al acre olor orgánico que exhalas. // Quiero gastar tus vísceras a besos, / vivir dentro de ti con mis sentidos… / Yo soy un sapo negro con dos alas”.

Como si tuviera nostalgias de Poe y de los románticos, en varios poemas imagina a la amada muerta y la describe con crudeza (“Algún día serás un esqueleto, / juguete de marfil dentro de un féretro”). Extraño modo de dirigirse a lo eterno en el presente; acaso con esta imagen transfigurada quiera acentuar, por contraste, la inmortalidad de la obra que el amor por esa mujer le ha inspirado.

Al considerar los versos de tono elegíaco conviene tener en cuenta que, según se ha dicho, el sufrimiento es la consagración del artista y la grandeza de un poeta se revela en el modo de enfrentarse al dolor. A Fernández Moreno le tocó enfrentarlo en una de sus aristas más vivas y lacerantes: la muerte de su hijo Ariel a los diez años de edad.

El hecho lo sumió en una profunda depresión de la que tardó en recuperarse, y le dictó versos desgarrados y sombríos que reunió en un libro titulado precisamente Penumbra, cuya versión completa se publicó después de su muerte.

En esa obra el poeta asimila su dolor y le da sentido y forma: para ello debió aceptarlo y vencerlo. Se ha dicho también que de la victoria espiritual sobre el dolor nacen los versos más nobles y más puros (“Podrá un cuerpo caer tras la saeta, / o tras la enfermedad o la locura / rumiar limosna el hambre más secreta. // Mas siempre la canción irá a la altura. / Se yergue entre las ruinas el poeta: / no hay desventura contra su ventura”.)

En la crítica publicada en la revista Sur, Carlos F. Grieben sostiene que la muerte es en este libro “lo mismo que la vida, una tranquila aceptación de lo cotidiano y variable exaltada al símbolo inmutable de todos los días: el tiempo, como sentimiento imperecedero del hombre”.

A lo largo de su ubérrima trayectoria, Fernández Moreno obtuvo importantes distinciones: en 1925 se le otorgó el Primer Premio Municipal; ese mismo año se lo consagró presidente de la primera comisión directiva de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE). En 1934 fue designado miembro de número de la Academia Argentina de Letras y en 1938 recibió el Primer Premio Nacional de Poesía. En 1940, con motivo de cumplirse veinticinco años de la publicación de su primer libro, la SADE organizó en su homenaje un acto en el Teatro del Pueblo, que tuvo gran repercusión. Diez años después, la SADE le discernió el Gran Premio de Honor.

Baldomero Fernández Moreno murió en el barrio de Flores el 7 de julio de 1950.

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