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Desde las Comunas 11 y 15 de la Ciudad de Buenos Aires
 19 de septiembre de  2018
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El sagrado corazón de Rodríguez Larreta

El sagrado corazón de Rodríguez Larreta

El jefe de Gobierno, Horacio Rodríguez Larreta, consagró su vida, su gestión y la Ciudad de Buenos Aires al Sagrado Corazón de Jesús. Lo hizo durante la misa celebrada en la catedral con motivo del 202 aniversario de la Declaración de la Independencia.

Significativamente, la arbitraria, inconsulta y anacrónica decisión fue tomada por Larreta en medio del fuerte conflicto que su jefe político, el presidente Macri, mantiene con la Iglesia a raíz del tratamiento en el Congreso del proyecto de despenalización del aborto.  

A despecho del principio de publicidad de los actos de gobierno, consagrado en la Constitución Nacional y en la de la Ciudad de Buenos Aires, la información correspondiente no fue subida a la página web del Gobierno local, que se limitó a decir que su titular “presenció una misa que ofreció el cardenal y arzobispo de Buenos Aires, Mario Aurelio Poli, en la Catedral Metropolitana” y a publicar una foto de ambos. En cambio, la noticia fue ampliamente cubierta por la Agencia Informativa Católica Argentina (AICA).

No resulta menos llamativo que una gestión tan propensa a los anuncios de cualquier tipo haya dejado de avisar a la ciudadanía de un hecho que, al menos simbólicamente, la involucra, a pesar de que buena parte de ella ni siquiera practica la devoción a la que Larreta la ha consagrado.  

Por el contrario, la ciudad siempre se ha enorgullecido de su tradición laica y progresista, que ha tenido entre sus hitos a la reforma eclesiástica de 1822, el congreso pedagógico del que surgió la gran Ley 1.420, la elección del primer diputado socialista de América, la multitudinaria lucha de 1958 contra la injerencia de la Iglesia en la educación, el repudio en 1973 al candidato filonazi del peronismo Marcelo Sánchez Sorondo (cuyo hijo, que lleva su nombre, es actualmente obispo y titular de la Academia de Ciencias del Vaticano, muy próximo a  Bergoglio), el estallido del 19 y 20 de diciembre de 2001 y la actual movilización por la despenalización y legalización del aborto.

“En este 9 de julio, al celebrarse un nuevo aniversario de la Independencia Nacional, quiero presentarme ante Dios como jefe de Gobierno, consagrando mi vida, mi gestión y la Ciudad de Buenos Aires al cuidado del Sagrado Corazón de Jesús, lo hago bajo la protección del Inmaculado Corazón de la Virgen, su Madre, cuyo nombre lleva esta Ciudad”. Así empezó el texto que leyó Rodríguez Larreta, quien terminó su intervención recitando la oración de san Francisco de Asís.

Previamente, el cardenal Poli pronunció una extensa homilía en la que, como no podía ser de otra manera, aprovechó la ocasión para manifestar, al igual que otros jerarcas eclesiásticos, la consabida oposición del factor de poder que representan a la despenalización del aborto.  

Entre las primeras repercusiones podemos citar la indignada reacción de la escritora Claudia Piñeiro, quien escribió en su cuenta de Twitter: “Lo de Larreta y su consagración al Sagrado Corazón de Jesús es más de lo que puedo soportar por el día de hoy. Sabemos que la Iglesia está presionando ¿pero al punto de necesitar este tipo de gesto? Separemos ya Iglesia y Estado o vamos a terminar peor de lo que imaginamos”.

Devoción al Sagrado Corazón
No es casual la elección del icono religioso al que se consagró Larreta. El autor católico español Luis Cano, estudioso de la devoción al Sagrado Corazón, sobre la que escribió varios trabajos, explica que esta se identifica con la idea de la realeza de Cristo en la sociedad (o de Cristo rey) y que su historia está muy unida a la de los jesuitas. Por su parte, el historiador mexicano Miguel Rodríguez considera que “está particularmente marcada por la orientación que le ha dado Roma”.

Afirma Cano que “quien se consagra al Sagrado Corazón, se le entrega totalmente, declarando su soberanía sobre la propia vida” y que “al consagrarse, el cristiano declara que todo su ser le pertenece a Cristo: que Cristo reina en él”, pero que “dentro de la espiritualidad y de la práctica devocional corazonista hubo también una idea de reinado ‘colectivo’, no simplemente personal”.

Manifiesta que esa idea “llevaría, con el tiempo, a consagrar las ciudades, los países, y tantas otras cosas más al Sagrado Corazón, realizando en la práctica un reconocimiento de la soberanía de Cristo y de su amor sobre todas las realidades familiares, ciudadanas, nacionales”.

Para Rodríguez, la consagración era “un lazo ritualizado que comprometía a los miembros de la comunidad en una proclamación de fe colectiva” que “le otorgaba una especie de carácter religioso”.

Cano acota que “el Sagrado Corazón se convirtió en una devoción para las situaciones desesperadas”. Así, durante la Revolución Francesa, esta figura asumió el carácter de símbolo contrarrevolucionario y fue usada en un distintivo que ciento cincuenta años después ostentaron también las tropas franquistas en la guerra civil española; posteriormente, se dijo que el retorno de la monarquía se debió a la intercesión de ese icono católico. Y la Basílica del Sagrado Corazón de París se construyó “para expiar los crímenes de la Comuna” en 1873, dos años después y en el mismo lugar de la masacre de los comuneros por el ejército, de la que no se conocen con precisión las cifras, pero se calcula que hubo entre 20.000 y 30.000 muertos, y los sobrevivientes fueron presos y deportados. Émile Zola llamó a la basílica “templo idólatra, construido para glorificación del absurdo” y se lamentó: “¡Semejante bofetada a la razón después de tanto trabajo, de tantos siglos de ciencia y de lucha!”

A su vez, Rodríguez sostiene que “este culto, cada vez más politizado”, se convirtió “en un arma contra las políticas de laicización de los Estados nacionales”. En ese sentido, Cano plantea que la identificación del símbolo del Sagrado Corazón con “la reacción tradicionalista a la separación de la Iglesia y el Estado” se vio favorecida por las consagraciones a ese culto de diversas comunidades, que además supusieron “una toma de posición frente al laicismo”.

En México, el grito “¡Viva Cristo Rey!” identificó a los cristeros que pretendían reconocer y proclamar a Jesucristo rey de México y del Mundo, y que durante más de tres años libraron una crudelísima guerra contra el gobierno central, que inspiró a José Revueltas su estremecedor cuento Dios en la tierra.  

En cuanto a nuestro país, el culto a Cristo Rey tuvo entre sus principales impulsores al sacerdote Julio Meinvielle, reconocido filonazi y virulento antisemita.

Y los aviones que bombardearon la Plaza de Mayo el 16 de junio de 1955 ostentaban como distintivo un signo compuesto por una cruz sobre una ve, que se multiplicaba en las paredes de ciudades y pueblos del país y quería decir “Cristo vence”, una consigna de la devoción a Cristo rey que habían adoptado los sectores más reaccionarios y clericales de la sociedad civil y de las fuerzas armadas en la última etapa del primer peronismo, caracterizada por la violenta disputa entre el jefe de Estado y la jerarquía eclesiástica a la que tanto había favorecido. “Nadie les dio a esos cuervos más que yo”, admitió el propio Perón en uno de sus frecuentes mensajes transmitidos por la cadena nacional de radiodifusión.  

De todo lo expuesto se desprende que a fin de cuentas no estamos ante un hecho simbólico sino eminentemente político, pergeñado entre bastidores y ejecutado casi a hurtadillas, que compromete inconsultamente a la ciudadanía porteña en el reconocimiento de la soberanía de un icono del culto católico y, por metonimia, de la de un Estado extranjero que nunca dejó de inmiscuirse en los asuntos del nuestro y que actualmente tiene por jefe a un argentino que ha potenciado esa intromisión hasta extremos casi grotescos.

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