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Desde las Comunas 11 y 15 de la Ciudad de Buenos Aires
 11 de diciembre de  2017
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“Los chicos que consumen viven anestesiados”

“Los chicos que consumen  viven anestesiados”

Amalia del Carmen Zarlenga se metió de lleno en la lucha contra la droga cuando advirtió que su hijo adolescente era presa del flagelo. A partir de entonces desarrolló una tarea tan ardua como persistente, que culminó con la fundación de la asociación Madres Guiando la Vida, de la que es vicepresidenta; se desempeña además como coordinadora de Nar-Anon, y en marzo último fue distinguida por la Comuna 11 como una de las mujeres que “trascendieron en la vida por sus convicciones y su manera de actuar en su camino transitado”. Dialogamos con ella sobre su desigual combate.

¿Cuándo y cómo descubriste que tu hijo consumía droga?

–Cuando murió el papá el nene, que es hijo único, tenía pocos años. Tuve que hacerme cargo yo sola de su vida y de la mía, lo que fue muy difícil. Andando el tiempo me volví a casar; mi segundo esposo era un hombre muy bueno, pero mi hijo tal vez lo aceptó de la boca para afuera y no de corazón. Lo cierto es que en adelante pasaron cosas bastante feas, porque empezó con la adicción. Tenía catorce años, y lo que yo creía que era bronca, que eran celos, que estaba en la época de la rebeldía, en realidad no era nada de eso: estaba en el consumo, y yo no quería verlo, así que primero miré para otro lado e hice caso omiso. Solo me di cuenta cuando noté que andaba con un chico que consumía cocaína, y comprendí que si mi hijo lo frecuentaba también estaba en la adicción. Y lo primero que hice fue llorar, patalear y enojarme.

–¿De qué modo lograste asumirlo?

–En uno de esos desesperados manotones de ahogado, en los que hablaba con todo el mundo pensando “alguien me tiene que ayudar”, porque sabía que mi hijo estaba en peligro pero no sabía qué hacer, ni cómo, ni por dónde empezar, una de las tantas personas con las que conversé me dijo que había un grupo de autoayuda para familiares. Fui, y allí asumí que esto me estaba pasando a mí, que la droga había entrado en mi casa, que mi hijo era víctima de su propia adicción; y supe que no había vuelta atrás y tenía que pelear. Empecé a aceptar la situación y a pensar de qué manera salía de ella y de qué manera ayudaba a salir, pero no hay un “ayudo a salir”. A veces las madres decimos que hay un agujero negro que se traga a nuestros hijos, y yo me metí en el agujero para tratar de sacarlo, pero después de años pude aprender de qué se trata, saber que la adicción es una enfermedad de la que es muy difícil zafar, que empieza de modo muy light, “yo puedo, yo la manejo, yo la controlo”, y después es “no puedo, no la manejo, no la controlo”, y entender que nadie puede sacar a nadie de donde no quiere salir.

–¿Cómo afectó esta situación tu vida personal?

–El que no la padeció no quiere escuchar ni le importa: “a mí no me tocó, mi hijo estudia, mi hijo trabaja”, y echa en saco roto todo lo que uno pueda decir. Pasa en la propia familia: tengo parientes que se han abierto de mi vida, y ya no pertenezco al núcleo de los invitados a las fiestas, los cumpleaños, los casamientos, los bautismos y todas esas cosas. Lo mismo sucede con los vecinos, de los que muchas veces he escuchado comentarios despectivos. Lo que pasa es que yo no me callé la boca, pero hay padres que ocultan que su hijo está en esa situación; incluso hay quienes son capaces de echar a un familiar a la calle y dejarlo que se haga cargo de su adicción.

–¿Cómo reaccionaste ante la exclusión?

–Entendí que no tiene sentido hablar de este problema con gente que no lo conoce, porque te cuestiona, lo primero que piensa es “qué hiciste, qué no hiciste”; y de a poco empecé a buscar gente que tuviera los mismos problemas que yo para poder conversar en el mismo idioma, y a relacionarme solo con quienes saben del tema por haberlo sufrido.

–Pero en tu lucha habrás tenido también experiencias positivas…

–Debo decir que sí, que con el tiempo las cosas se me fueron dando: junto a María Isabel Rego creé una ONG que se llama Madres Guiando la Vida y está adherida a la Confederación Nacional de Madres en Lucha contra el Paco. La preside María Isabel y está situada en la calle Dorrego 2780, de Sarandí; ya estamos por abrir el hospital de día, que va a ser una ayuda para la gente que trabaja y necesita contención para no recaer en la droga. Han visitado el lugar muchos a los que les interesa el problema: el otro día estuvo el secretario de Seguridad de la Nación, Eugenio Burzaco.

–¿Qué otras actividades realizás?

–Desde hace nueve años soy coordinadora en Nar-Anon, que es una organización de grupos de familiares y amigos de adictos, que comparten su experiencia, fortaleza y esperanza para encontrar solución a los problemas en común. Allí aprendemos que podemos seguir con nuestras vidas a pesar de la adicción de nuestros familiares y de que tendremos que convivir con ella el resto de nuestros días; no es fácil, pero es un despertar a una vida diferente. Yo coordino el grupo “Mi lugar”, que funciona en la iglesia San Rafael Arcángel, que está en José Pedro Varela y Lope de Vega; nos reunimos los lunes y jueves a las 19. Al igual de lo que hace con otras organizaciones, el cura no nos presta el lugar, sino que nos lo alquila, y Nar-Anon no está vinculada con ninguna religión ni con ningún partido político, y se autofinancia.

–¿Qué le aconsejarías a quien descubre que un hijo o un familiar consume droga?

–En primer lugar, aprender de qué se trata, y aceptar. La aceptación es una llave muy importante para la liberación, porque también uno está preso de este flagelo, y tengo que entender que yo no le di a mi familiar la droga y no tengo la capacidad de sacársela si él no quiere o no puede. La adicción no es un vicio sino una enfermedad, una enfermedad incurable que siempre está latente. Solo depende del enfermo dejar de consumir, y no se puede ayudar a quien no quiere ser ayudado; en este sentido, es importante no entrometerse y no hacer alianzas con el adicto. Además, los chicos que consumen viven anestesiados, se les pasan los años y no se dan cuenta: no leen, no escriben, no estudian… En realidad, solamente quien quiera y pueda va a lograr salir de la droga.

–Pasando a contextualizar el tema, ¿por qué creés que el narcotráfico ha alcanzado tanta magnitud?

–Yo lo atribuyo, por acción u omisión, al poder político. Veamos un ejemplo: la villa 1-11-14, en Flores Sur, es una de las expendedoras más importantes de paco en la ciudad de Buenos Aires. ¿Quién no la conoce? Y sin embargo, nadie se mete. Hay varias comisarías que la circundan, y parecería que cuidan a los narcos que, por otra parte, si alguno cae preso, no va con todos los reclusos, porque en la cárcel hay lugares VIP para ellos. Yo caminé esa villa de día y de noche y sé de qué se trata: vi un sábado a la noche miles de personas caminando pasillos en busca de drogas, el colectivo 76 para ahí y la cantidad de gente que baja es tanta que te atropella. Allí no hay que correr, hay que caminar despacio y los “soldaditos”, que están armados, te van llevando hasta el dealer; en su código, “alto” significa cocaína y “bajo” paco, y te guían hacia donde venden una u otro. En la villa se pierden mujeres y hombres por días enteros y nadie los busca porque no interesa ir a buscarlos; la policía no entra y la gendarmería solamente interviene si, por ejemplo, hay gente en pleno consumo que no anda bien o si hace escándalo, para contenerla y que no joda.

–Se suele asociar a las drogas con la violencia y la delincuencia…

–Y así es, las cárceles están llenas de adictos que delinquieron para consumir, y también hay delincuentes que se hacen pasar por adictos para pasarla bien. La adicción está relacionada especialmente con la trata, porque a las personas que eligen para llevarse primero las drogan, y con la violencia de género, porque a veces los que consumen drogas se vuelven tan violentos que no miden sus actos ni las consecuencias de ellos.  

–¿Qué podés decirnos de los curas villeros y de la actividad del padre Pepe [José María Di Paola]?

–Los curas que están metidos en las villas sabían lo que se estaba armando y se quedaron quietos. En cuanto al padre Pepe, es una persona que tiene el poder político y el mediático de su lado. Fui a unas cuantas reuniones organizadas por él y vi a dirigentes de todo el arco político, entre ellos muchos que están con el actual gobierno, y a conocidos periodistas; pero él no cede la palabra a las madres ni a nadie, y dejé de ir. También conocí a quien entonces era el padre Jorge Bergoglio, y no lo vi empático con las madres sino muy apático e incluso altanero, como una persona que les da poca cabida a los demás.

–Lo que pasa en la villa sucede también en otros lugares…

–Sí, las bandas narco ya están instaladas en Santa Fe y actúan en la mayoría de las provincias, principalmente en Tucumán y también en Formosa, entre otras. Tenemos madres federales que están luchando, pero cuando vienen a la Cámara de Diputados de la Nación para hablar sobre este tema, por lo general los legisladores sonríen un poquito, abrazan a las madres para la foto y nada más; no sé si es porque no se puede o porque no se quiere.

–Te referiste antes al poder político. ¿Podés hacer nombres?

–No está mal dicho que fue el poder político el que decidió que la droga viniera a la Argentina. En la democracia que empezamos a recuperar en el 83 todavía no pasaba nada: vivíamos tranquilos, por ahí había algún narco, pero no de la manera en que los tenemos ahora; después, el señor Carlos Saúl Menem hizo un pacto con el demonio. Mucha gente dice que Duhalde era un capo de la droga, y durante el gobierno de Cristina fuimos ninguneadas; hablaba de “las madres con problemas” sin reconocer que ella permitió la droga y que en doce años de gobierno creció el narcotráfico. Creo, sin embargo, que Néstor fue mejor presidente que Cristina y no hizo tantos pactos con nadie como ella sí los hacía. Lo cierto es que el poder político permitió las pistas de aterrizaje en todas partes, sacó las fuerzas de seguridad de las fronteras, dio lugar a limitaciones y ausencia de controles –vos pasás caminando de un país a otro con una bolsa de droga y nadie te va a preguntar qué llevás ahí– y a muchas otras cosas que uno no llega a saber. Ahora el gobierno de Macri dice “nos vamos a meter contra el narcotráfico”; eso todavía no se vio, habrá que ver si alguna vez se podrá meter.

–¿Qué rol cumple el Estado en el tratamiento de las adicciones?

–El Estado no tiene comunidades terapéuticas, estas son privadas o de ONG especializadas; por eso hay que advertir contra las curas mentirosas, en las que se juntan dos o tres improvisados y arman una “comunidad terapéutica”. En cuanto a la SEDRONAR [Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción], subsidia tratamientos en instituciones con las que tiene convenios, y donde se ejerce un poco más de control, pero esos subsidios no pueden superar los doce meses, con lo cual es poco el tiempo de atención, que según muchos especialistas debería ser, por lo menos, de dos años. Se trabaja mucho con la reducción de daños, que apunta más a la prevención de los perjuicios causados por el consumo de drogas que a la prevención del consumo en sí mismo, y se conforman con que el adicto sepa manejar su adicción. En cuanto al CE.NA.RE.SO. [hoy Hospital Nacional de Salud Mental y Adicciones “Lic. Laura Bonaparte”], es el único hospital de drogadependientes que tenemos en la ciudad de Buenos Aires, y está ubicado en Combate de los Pozos y Caseros; tendría que haber más control en el lugar, porque se comenta que hay mucho delincuente que se esconde ahí.

–Por último, ¿cómo avizorás el futuro?

–Antes el narcotráfico no estaba, y ahora que vino creo difícil que se erradique y pienso que vamos a tener que convivir con él, en mi caso por el resto de mi vida. Tenemos que prepararnos para entender que está acá para quedarse y ya es parte de nuestra vida cotidiana, e insisto en señalar la responsabilidad del poder político, porque debería haber sido el primero en prevenir el peligro y en protegernos de él. En cambio, muchos funcionarios inescrupulosos se llenaron los bolsillos con el narcotráfico, sin importarles el sufrimiento de las familias argentinas enlutadas por la muerte a causa de las drogas de sus hijos y de los hijos de sus hijos.

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