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 17 de agosto de  2019
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“Vigoroso, profundo y absolutamente ruso”

“Vigoroso, profundo y absolutamente ruso”

Hoy se cumplen 220 años del nacimiento en Moscú de Alexandr Pushkin, a quien Prosper Mérimée, en los días de Víctor Hugo y de Heinrich Heine, llamó “el primer poeta de su tiempo”. A su vez, José Martí dijo que “no es conocido universalmente porque escribió en ruso; pero una vez conocido no puede ser olvidado”. 

Según el eminente filólogo soviético Dimitri Blagoy (1893-1984), reconocido internacionalmente por sus investigaciones sobre Alexandr Pushkin, por línea paterna el poeta descendía de una familia de boyardos y por línea materna era bisnieto de Abram Hannibal, un africano que había sido vendido como esclavo en Constantinopla a un diplomático ruso, quien lo “regaló” al zar Pedro el Grande.

Era un niño soñador e imaginativo y leía con avidez. En 1811 ingresó en el Liceo Imperial de Tsárskoye Seló, recientemente creado, y en 1814 tuvo lugar su iniciación literaria con la publicación en una revista de la epístola en verso A mi amigo, el poeta, con fuertes influencias de los románticos de la época. Durante su permanencia en el Liceo empezó a trabajar en su primera gran obra, Ruslán y Ludmila, un poema narrativo inspirado en el folclore ruso.

En 1817 egresó del Liceo y ocupó un puesto de funcionario en el Ministerio de Relaciones Exteriores de San Petersburgo. En esa ciudad fue admitido en el exclusivo círculo literario Arzamás e integró asimismo la Asociación Lámpara Verde, rama cultural de la organización clandestina Unión del Bienestar, de cuyas ideas se hizo portavoz a través de encendidos versos y epigramas, que inflamaron los ánimos de quienes habrían de participar en el Levantamiento Decembrista de 1825.

Al respecto, Martí escribió: “El amor a la justicia y el odio encendido por la tiranía, llevaron al joven Pushkin a escribir sátiras mordaces. Prohibida su publicación, llegaron a manos del pueblo en manuscritos. Estas sátiras fueron el estruendo en nubes lejanas, que pronostican una tempestad”.

Pero le valieron al autor el traslado a Ekaterinoslav, hoy Dnipró, Ucrania, donde contrajo una pulmonía; el general Rayevsky, un héroe de 1812, lo llevó entonces al Cáucaso. Las impresiones recibidas durante su convalecencia en ese lugar se plasmaron en el denominado Ciclo del Sur, integrado por los poemas El cautivo del Cáucaso y La fuente de Bajchi Sarái, entre otros, que lo consagraron como el poeta más importante del momento y de su generación.

En 1820 se lo trasladó a Kishinyov, hoy Chisináu, Moldavia, y de allí, en 1823, a Odessa: en esos años escribió mucho a sus amigos y una de las cartas, donde decía que “estaba tomando clases de ateísmo puro”, fue interceptada por la policía. Así, en 1824 fue despedido y confinado en Mijáilovskoye, una finca de su madre ubicada cerca de Pskov; allí permaneció hasta 1826.

Solitario y apartado, desarrolló en ese rústico solar uno de los periodos más fecundos de su trayectoria, en el que se afirma un acentuado carácter nacional que revela a su vez el gran  conocimiento que ha adquirido el poeta de la historia y tradición de su país. El poema Los gitanos fue publicado en 1824, aunque el autor lo había comenzado antes, como parte del Ciclo del Sur; Fiódor Dostoievsky señaló que “en el tipo de Aleko”, héroe del poema, Pushkin “manifiesta ya un pensamiento vigoroso, profundo y absolutamente ruso”. 

La triste estancia en Mijáilovskoye resultó propicia para la creación, pues el poeta, además de alumbrar allí muchas obras, entre ellas la balada El novio y el poema El conde Nulin, pudo enfrascarse en las dos fundamentales: escribió varios capítulos de la novela en verso Evgeni Onegin, empezada en 1823, y compuso la tragedia histórica Boris Godunov.

Según Dostoievsky, en Evgeni Onegin el autor “encarna la verdadera vida rusa con tal fuerza creadora y de manera más acabada como nadie lo lograra antes de Pushkin ni después de él”. La importancia asignada a la mujer en la persona de la heroína, Tatiana, no pasa inadvertida para Dostoievsky, quien define a aquella como “un tipo firme, sólidamente en pie sobre el suelo natal” y la opone al protagonista: “Es más profunda que Onegin y por cierto más inteligente. Con solo su noble instinto presiente dónde y en qué está la verdad”. Y remarca: “Acaso Pushkin hasta habría hecho mejor si hubiera titulado su poema con el nombre de Tatiana y no con el de Onegin, porque indiscutiblemente ella es el verdadero héroe”.

Para escribir Boris Godunov, Pushkin se basó en antiguas crónicas rusas y en quien llamaba “nuestro padre Shakespeare”, de cuya obra adoptó la profunda indagación en el corazón de los personajes y el énfasis en la crueldad y ambición de los poderosos y sus consecuencias sobre el pueblo. Así, los trazos que describen al protagonista son dignísimos continuadores de los que definieron a los monarcas de Elsinor y Dunsinane, y el pueblo desempeña un papel tan señalado como el que le cabe, por ejemplo, en Julio César.

Por su parte, Martí opinó que la obra es “una soberbia y preciosa tragedia popular, en la que un genio orgulloso y libre, sin tener que halagar ningún poder, sin tener que seguir ninguna escuela, sin tener que perseguir ningún éxito, engrandecido por la soledad solemne, volcó de lleno las grandes pasiones y sentimientos inmortales por los cuales estaba inspirado”.

Pushkin concluyó Boris Godunov poco antes del Levantamiento Decembrista de 1825 pero la censura impidió que se publicara debido a la importancia asignada por el autor al juicio y poder del pueblo.

Aplastado el levantamiento, el nuevo zar Nicolás II, que sabía de la inmensa popularidad de Pushkin, le permitió volver a Moscú, donde lo recibió en audiencia privada y dio a las quejas a propósito de la censura una respuesta que se hizo famosa: el autócrata prometió que sería el único censor de la obra del poeta. Le dijo también que planeaba introducir distintas reformas sociales y que estaba entre sus objetivos la liberación de los siervos.

Al parecer, Pushkin creyó –o quiso creer– en las promesas del emperador, y ese sería el motivo de su interés en las reformas realizadas en el siglo XVIII por Pedro el Grande, puesto de manifiesto en los poemas Estrofas y Poltava, entre otros.

Volvió del exilio en 1826, solo para comprobar que su obra estaba sometida a la censura ejercida efectivamente por Nicolás, aún más severa que la de los burócratas, y su vida era  objeto de vigilancia por parte de la policía bajo las órdenes directas del jefe, el conde Benckendorf. Además, sus trabajos no eran bien recibidos por la crítica y no faltaron los antiguos amigos que lo acusaron de tránsfuga. Tanto lo afligió esta incriminación que trató de justificar su actitud en un poema titulado, precisamente, A mis amigos.  

Pasó el otoño de 1830 en la finca de Bóldino, que su familia tenía en Nijni-Novgorod, y donde produjo algunas de sus obras más significativas: desplegó un brillante talento narrativo en los Cuentos del difunto Iván Petrovich Bielkin, de entre los que sobresalen La nevasca, una historia de amor considerada como una de las más bellas de la literatura universal, y El disparo, una historia de venganza donde el perdón puede ser una forma de desprecio; este cuento inspiró (por lo menos) la nouvelle de Joseph Conrad Los duelistas, llevada al cine por Ridley Scott. En Bóldino escribió también las Cuatro pequeñas tragedias, de las que Mozart y Salieri es la más conocida.

Al año siguiente Pushkin se casó con la joven y hermosa Natalia Gonchárova y se estableció en San Petersburgo, donde el zar lo distinguió con un nombramiento en la corte y le encomendó una biografía de Pedro el Grande; Martí estimó que “al convertirse en historiógrafo del zar ya dejó de ser el amigo abierto del pueblo”. Sin embargo, en sus investigaciones históricas encontró documentos sobre la rebelión de los cosacos encabezada por Pugachov, que tuvo lugar durante el reinado de Catalina la Grande y se extendió a gran parte del campesinado, el que se alzó contra los terratenientes y el régimen de servidumbre. El tema del levantamiento popular suscitó el interés de Pushkin, quien siguió investigando e incluso visitó los lugares donde trascurrieron los hechos; fue así como no escribió una biografía de Pedro el Grande sino una Historia de Pugachov y la novela histórica La hija del capitán, que se desarrolla durante la rebelión.

En el otoño de 1833 volvió a Bóldino, donde escribió varios cuentos populares, como El pececito de oro y La princesa muerta y los siete guerreros (que recrea la leyenda de Blancanieves) y el poema El jinete de bronce, cuyo título alude a la estatua ecuestre de Pedro el Grande, y que plantea el contraste entre las obras monumentales de los gobernantes y la vida y bienestar de sus pueblos.

Después de ese interludio, el ambiente palaciego, tan poco apropiado para su temperamento de artista, se le hizo cada vez más intolerable; pero sus repetidas solicitudes de abandonar la corte para retirarse al campo y consagrarse a la literatura fueron rechazadas. Martí observó también que “los hombres veraces son siempre veraces, a pesar del ambiente de una vida caprichosa” y que “si alguna vez se separan de la verdad o de la virtud, es solamente por poco tiempo”. Pushkin se empecinó en seguir escribiendo, inclinándose más y más hacia la prosa; fue en esa época cuando incursionó muy afortunadamente en el género fantástico con la célebre nouvelle La dama de pique, que aún nos estremece con el tres, el siete y el as.     

El 27 de enero de 1837 Pushkin se batió a duelo con un presunto amante de su esposa, al que no vale la pena nombrar. Herido en el abdomen, murió dos días después. 

En Evgeni Onegin había adelantado su despedida: “Triste me sería abandonar el mundo sin dejar en él huella de mi paso. Vivo y escribo, no para obtener fama, sino para glorificar mi triste suerte y que por lo menos algún verso, como fiel amigo, recuerde mi persona. Tal vez conmueva a algún corazón y, salvada por el Destino, no se hunda en el olvido la última de mis estrofas. Quizá –¡oh, débil esperanza!– aquella estrofa muestre al futuro principiante mi verdadero retrato, y exclame él entonces: “¡Este fue en verdad un poeta!”.

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