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 12 de diciembre de  2017
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Una vida para el tango

Una vida para el tango

Hoy se cumplen cinco años de la muerte de Pascual Mamone. A modo de homenaje, reproducimos la entrevista que nos ofreció en su casa a mediados de 2011 y que publicamos en nuestra edición impresa de agosto de ese mismo año. El texto decía así:

En su extensa y fecunda trayectoria de músico de tango abarcó todas las facetas: como bandoneonista, fue elegido por Pedro Maffia para tocar a su lado; como acompañante de cantores, estuvo junto a Goyeneche, Alberto Marino, Hugo del Carril y Floreal Ruiz, entre otros; como orquestador, los principales directores se disputaban sus arreglos; como director, estuvo diecinueve años al frente de la Orquesta de Tango de San Martín hasta que una disposición municipal la disolvió; como compositor, su tango Bailemos alcanzó un éxito que todavía perdura. Actualmente, a poco de haber cumplido noventa años, tiene en preparación un nuevo disco. Pascual “Cholo” Mamone desgrana episodios de una vida “llena de encantos y lucidez” que, como corresponde a la de un artista de nuestro medio, conoció el halago, pero también la incomprensión.

Del mismo modo que otras figuras del tango, decidió su vocación muy tempranamente. “Yo tenía más o menos cuatro años cuando en una fiesta familiar, un casamiento, tocó una orquesta. Como todos los chicos, había estado corriendo toda la noche, pero cuando vi el bandoneón, no corrí más: me quedé ahí sentadito, mirando y escuchando. A partir de entonces en mi casa los almohadones eran bandoneones, y los banquitos también; después los hacía en papel”. Y como era habitual en ese entonces, tuvo que enfrentarse a la oposición paterna. “Cuando terminé la escuela primaria, le dije a mi padre que quería ser músico, y se opuso. ‘Los músicos son atorrantes’, opinaba. ‘Entonces no quiero estudiar’, le contesté. ‘¡Vaya a trabajar, mocoso!’, fue su réplica. Así lo hice; estaba en una lechería donde servía, limpiaba, esas cosas. Y cuando escuché en una casa un bandoneón, toqué el timbre”.

No podía imaginar que ese sería el inicio de su carrera. “Salió un hombre y le pregunté: ‘¿Usted enseña?’. Me dijo que sí. ‘¿Cuánto cobra?’. Y de lo que ganaba en mi trabajo le empecé a pagar las lecciones de música a Pozueta, que así se llamaba. Al poquito tiempo me dijo ‘ya no tengo más que enseñarte, decile a tu papá que te compre el bandoneón’. ‘Dígaselo usted; si se lo digo yo me pega un tiro, por lo menos’, le contesté. ‘Bueno, yo le voy a hablar’, prometió. Y cómo le habrá hablado que mi viejo me compró el bandoneón”.

Pozueta le recomendó otro maestro y cuando este agotó sus recursos le habló de un músico de Carlos Di Sarli, José Otero, quien al poco tiempo formó orquesta e invitó al joven Mamone a incorporarse a ella. “Fuimos a tocar a un café del centro y a una emisora que se llamaba Radio Callao, que después fue Radio Libertad”.

Pasó por varias orquestas hasta que quien después fue su suegro lo llevó a estudiar con el gran Pedro Maffia. “Voy a formar orquesta y quiero que esté tocando al lado mío”, cuenta que le dijo un día; no lo pudo creer. “Me parecía que no podía ser; hicimos unos tres años y pico hasta que Maffia dejó la orquesta, y me llamaron a tocar con la de Florindo Sassone, que tenía un cantor de gran éxito, Jorge Casal; estuve desde el 46 hasta el 50”.

Para entonces ya se destacaba como orquestador; los principales directores requerían sus trabajos. “El primer arreglo que le hice a Sassone fue un tema que grabó Jorge Casal, Y volvemos a querernos, de Leocata y Aznar. Leocata me preguntó si me animaba a hacer un arreglo de ese tango para Pugliese, le dije que sí y lo grabó Morán. El mismo tema se grabó por dos orquestas totalmente distintas con arreglos míos, porque podía adaptarme al estilo de cada una”.

Alberto Morán lo convocó cuando se desvinculó de Pugliese para iniciar su carrera como solista; durante esa participación surgió el que fue su mayor éxito como compositor. “Entré en el 54 como bandoneón solista y arreglador, y estuve como cuatro años. En 1955 Morán me estrenó y grabó Bailemos [con letra de Reinaldo Yiso]; después me grabó otro tema, Cuando no la tenga más, también con letra de Yiso”.

Ese tango tan representativo de la estética tanguera del 50, y cuya letra, como otras de ese entonces, apunta a una realidad (recuérdese que nuestras leyes no admitían el divorcio) le trae muy gratos recuerdos. “En todos los países que recorrí me identificaban con Bailemos; hasta en Japón. Y en Ecuador me pasó una cosa linda de contar: cuando bajé del escenario, una señora muy buena moza me invitó a sentarme a la mesa que compartía con un señor. ‘¿Lo conoces?’, me preguntó. ‘No lo conozco, pero me dijeron que es un médico que toca el bandoneón’, respondí. ‘El caso es que nosotros nos enamoramos y nos casamos con tu tango Bailemos’”.

El mismo tango motivó un intercambio de opiniones musicales con Alfredo Gobbi. “Yo le hacía arreglos para la orquesta, y en el final de Bailemos le había hecho una figura que no es la común en el tango, para que pudiera entrar la letra. Alfredo, que era un gran compositor, me dijo ‘por qué no lo hizo así’, y propuso otra variante. Entendí que él tenía razón, pero el arreglo se lo hice a mi manera”.

A pesar de los éxitos, un día decidió abandonar la carrera musical. Así lo refiere: “Después del éxito de Bailemos, me llamaron de una grabadora. ‘Necesitamos su orquesta porque su nombre está todo el día en la radio’, me dijo el director artístico. Entré a pensar en una orquesta a nivel internacional, haciendo la formación de una orquesta de tango más coro, percusión y solistas, e instrumentinos: una flauta, un oboe y un corno. Llevo el presupuesto y por poco me matan. ‘¿Cómo la compañía va a hacer una prueba tan costosa? ¿Y si no le gusta al público?’. ‘Diga usted lo que le gusta al público’, propuse. Me hizo un nombre que a mí, como músico, me ofendió. Llegué a casa y le dije a mi mujer: ‘No soy más músico’”. Y así lo hizo. “Vendí el bandoneón, vendí el piano, dejé los veinticinco alumnos que tenía y me dediqué a la visita médica, primero vendiendo remedios y después entrando en un laboratorio, estudiando y haciéndome visitador médico”.

Pero al poco tiempo lo llamó Leo Lipesker, quien alentaba un ambicioso proyecto, formar el Primer Cuarteto de Cámara del Tango. “’Tiene que ser usted quien lo lleve al papel, porque es el que mejor maneja las cuerdas’, me dijo. ‘No puedo, Leo, estoy con la visita médica todo el día, no tengo tiempo’, le contesté. ‘Pero no estoy apurado’, insistió, y siguió hablándome del cuarteto. Y cuando dije ‘qué lindo’, perdí”. Integraron el Primer Cuarteto de Cámara del Tango Leo Lipesker y Hugo Baralis, violines; Mario Lalli, viola, y José Bragato, violonchelo. “Ensayábamos los sábados, porque en la semana yo trabajaba como visitador médico”. En eso estaban cuando Bragato le pidió que les hiciera un tema para incluirlo en el primer disco. “Ahí nació Negroide, lo grabamos y para que yo escuchara la prueba me abrieron la Odeón un sábado a la noche”.

Seguía trabajando como visitador médico cuando un llamado del cantor Miguel Montero fue el inicio de otro importante episodio. “Estaba por grabar un nuevo disco y quería que yo le dirigiera la orquesta y le hiciera los arreglos”. Rehusó aduciendo falta de tiempo; Montero llamó a otro músico, pero al poco tiempo volvió a insistir. “‘No puedo, Miguelito, tendría que grabar de noche’, le dije. ‘Y bueno, vamos a la Odeón y hablamos con el director’, dijo él. ‘Le abro la Odeón hasta las doce de la noche’, ofreció Bello, que era el director. Y así, cuando yo era visitador médico, salió en el disco la orquesta de Pascual Mamone. Cómo es la vida, ¿no? Buscás las cosas y no vienen, no las buscás y ahí están”.

Un encuentro con Floreal Ruiz en el barrio de Liniers, en el que ambos vivían, marcó el principio de su etapa como acompañante de cantores. “Lo pasé muy bien, estuve con Hugo del Carril, con Goyeneche, con Marino… a Nelly Vázquez le dirigí la orquesta en Michelangelo. Y uno se hace amigo de tanto que trabaja con ellos”.

En 1963, su milonga Cuando era mía mi vieja obtuvo el segundo premio en el Festival Odol de la Canción, después de El último café. “La letra es de Juan Bautista Tiggi que, como era médico y yo visitador, quería hacer un tango conmigo, y así nos hicimos amigos”. La estrenó Rodolfo Lesica, y Julio Sosa la popularizó. “Hizo un éxito, yo se la pasé con el bandoneón”.

El recuerdo de la entrañable amistad que anudó con el cantor uruguayo es uno de los momentos más emotivos de la entrevista. “Nos hicimos tan amigos, tan amigos… Yo me iba todos los días a la casa de él; tomábamos mate, nos contábamos las penas y después de ahí nos íbamos al centro en el coche de él, con el cual se mató…”. Cuando se produjo el accidente, Sosa llevaba consigo la partitura de Perdiendo guita, un tango de Mamone con letra de Piggi que estaba por grabar, lo que después hizo su compatriota Carlos Maidana.

La conversación se encauza hacia una interesante experiencia que se frustró no hace mucho, en lo que fue un nuevo golpe a la cultura. “Tenía en Villa Ballester una alumna a la que le enseñaba a cantar tangos, y me habló de un escribano amigo que también quería estudiar conmigo. Era [Antonio] Libonati, que un día me dijo: ‘Mire, Cholo, me voy a postular para intendente de San Martín y si gano voy a hacer la orquesta de tango; aunque no haya un mango para usted va a haber, y para los muchachos vamos a conseguir sponsors’. Triunfó, la hizo y yo estuve al frente, pero el intendente que está ahora disolvió la orquesta; el espíritu no camina… A mí me hablaron de la otra fracción: ‘Si ganamos las elecciones la orquesta vuelve, y con su nombre’”.

Sin proponérnoslo, una pregunta orienta el diálogo hacia temas más amenos; queríamos saber cuál fue el director de quien se había sentido más próximo en su carrera de orquestador. “Con Osvaldo Pugliese estábamos muy de acuerdo; era un humorista. Una vez estábamos en Mar del Plata en un mismo espectáculo, él con la orquesta y yo acompañando en un quinteto a Nelly Vázquez. El animador era Marcelo Guaita, tenía un traje blanco y cuando pasó a nuestro lado, me dijo Pugliese: ‘¿De qué lo quiere el helado, Mamone?’. Osvaldo era así, tenía muy buen humor y era muy buena persona; tenía una ideología y la llevaba a la práctica, repartiendo el dinero entre sus músicos”.

Recuerda también a dos de los mayores creadores en lo que al bandoneón se refiere. “Estuve al lado de los dos Pedros: de Maffia fui músico y orquestador, y de Laurenz orquestador y amigo: creo que ahí está la escuela del bandoneón. Una vez estábamos con Laurenz en la vereda de Corrientes, él vivía al 900, y por la calle venía Leo Dan en un auto descapotable. ‘Mire, Mamone, esos son los que triunfan’, me dijo Pedro”.

Su visión de la situación actual del tango no es precisamente complaciente. “No tiene difusión, empecemos por ahí; hay gente que ni se entera de que existe. ¿Por qué lo habrán nombrado patrimonio de la humanidad, si acá lo sacan de los lugares de importancia y los gobernantes, a pesar de que es la música que nos representa ante el mundo, no lo quieren? ¡Qué contrasentido es este!”. Sin embargo, continúa elaborando y llevando adelante proyectos: nos habla del más reciente. “Voy a hacer un disco de solos de bandoneón, hasta ahora grabé cuatro temas: El día que me quieras, Los mareados, Negroide y Bailemos”.

Por último le preguntamos cuáles son las figuras que más admira de toda la historia del tango; la respuesta es contundente. “Lo dije una vez en un reportaje y lo repito ahora: al tango lo inventaron Gardel y Di Sarli”. ¿Y si tuviera que elegir un tango? “La cumparsita”. ¿En qué versión? Lo piensa un poco, finalmente dice: “Di Sarli”.

A Pascual Mamone

Un cielo de estercitas y malenas
desata tu bandola cadenero,
cinchando por las noches un runflero
gotán que nos deschava viejas penas.

Y con las manos de corcheas yenas
armás tu filarmónico entrevero
para oficiar tu rito arrabalero
en misas de malevas cantilenas.

Traducís con tu fueye –mama mía–
todo el misterio de la tanguería
y entre la magia que tu cuore pone

en La Cachila taura o en Chantango
pa’ batirte mi justo me arremango:
¡yo soy tu hincha mayor, Pascual Mamone!

Roberto Selles, de Mester de lunfardía

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