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TRAS CARTÓN   La Paternal, Villa Mitre y aledaños
 26 de enero de  2021
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Una vida de revolución permanente

Una vida de revolución permanente

Se cumplen hoy 80 años de la muerte en México de León Trotsky como consecuencia de la letal herida en la cabeza que le ocasionara un día antes un sicario del servicio secreto de la Unión Soviética. Protagonista central junto a Lenin de la primera revolución socialista triunfante, su pensamiento y su acción, y el legado que de uno y otra se desprenden, inscriben su nombre entre los de los más destacados y genuinos exponentes del marxismo revolucionario.

León Trotsky nació el 26 de octubre de 1879 en Yanokva, una aldea de Ucrania. Su nombre de pila era Lev Davídovich Bronstein. El comienzo de su biografía ya revela algo que salía de lo común: sus padres eran judíos y, en el momento de su alumbramiento, campesinos en ascenso, dos rasgos de identidad que no solían presentarse juntos.

El niño pronto mostró aptitudes para el estudio y, comprendiendo sus padres la estrechez del ambiente rural para su proyección personal, a los nueve años fue enviado a casa de unos parientes en Odesa, donde prosiguió su educación hasta entrada su adolescencia.

Cercano a los diecisiete años se matriculó en una escuela en Nikolaiev, ciudad más cercana a su aldea natal, y es ahí donde tomó el primer contacto con las ideas socialistas en una Rusia donde la autocracia zarista se volvía cada vez más intolerable para amplios sectores de la sociedad.

Después de algunas reticencias, la militancia terminó de acaparar completamente su vida dejando de lado sus proyectos académicos. Aleksandra Sokolóvskaya, la que iba a ser su primera esposa, fue quien lo instó a abrazar el marxismo. Fundó la Unión de los Obreros del Sur de Rusia, agrupación que llegó a reunir doscientos miembros. Por sus actividades políticas conoció primero la cárcel y después el destierro siberiano, adonde fue conducido junto a su esposa. Al poco tiempo, con la complicidad y el consentimiento de Sokolóvskaya, planificó y concretó su huida en solitario.

Después de haberse contactado con Lenin y otros revolucionarios en el exilio, todos mayores y más experimentados que él, pero que lo valoraban sobre todo por su destreza literaria que ya había trascendido las fronteras de Rusia, comenzó a colaborar con las publicaciones del recientemente creado Partido Obrero Social Demócrata Ruso, en un contexto de muchas disputas intestinas que derivaron en la división del partido en dos corrientes: la menchevique y la bolchevique. Inicialmente, Trotsky adhirió a la primera y, dado su temperamento impetuoso, llegó a enfrentarse con el mismo Lenin, propulsor de la línea bolchevique. En esos años, se unió en matrimonio con Natalia Sedova, su compañera hasta el final de su vida.

Con las noticias de efervescencia revolucionaria que llegaban de Rusia, viajó a San Petersburgo con una identidad falsa. Cumplió así un rol protagónico en la revolución de 1905. Fue elegido presidente del primer soviet (consejo), el antecedente que inspiró a la forma organizativa del pueblo que fue el fermento de la revolución de 1917.

Tras la derrota de la insurrección, volvió a ser encarcelado y otra vez, al poco tiempo, logró huir y así se inició la etapa de su segundo exilio europeo. Logró afincarse en Viena y sobrevivir como periodista hasta que se desató la primera guerra mundial. Luego su periplo siguió por Suiza, Francia y España. Durante esos años fue reconsiderando su posición frente al bolchevismo, única corriente política rusa que mantuvo una posición firme contra la guerra, afín con la suya, en un contexto en que buena parte de la socialdemocracia europea se plegaba al canto de sirena belicista de sus respectivas burguesías nacionales.

La abdicación del Zar, como consecuencia de la revolución de febrero de 1917, precipitó en Rusia la conformación de la dualidad de poder: por un lado, el gobierno provisional, que representaba los intereses de la burguesía; por el otro, los soviets de diputados obreros, soldados y campesinos, que representaban el germen de la dictadura del proletariado. Trotsky viajó desde Finlandia a Petrogrado, donde fue recibido por una multitud.

Copiosos y tumultuosos fueron los acontecimientos de esos meses que desembocaron en la revolución de octubre, la primera revolución socialista triunfante, de la cual, después de Lenin, Trotsky fue sin duda el principal dirigente. Su protagonismo creció aún más en los años posteriores a la revolución como organizador y jefe del Ejército Rojo, con el que tuvo que llevar adelante la titánica tarea de aplastar a la sanguinaria reacción zarista del Ejército Blanco, que contaba con el apoyo de todas las potencias capitalistas extranjeras.

El aislamiento internacional de la flamante Unión Soviética como consecuencia de la derrota de las revoluciones proletarias en el resto de Europa, la situación de suma precariedad en que la guerra civil había dejado a la gran mayoría de la población, el retraso en el desarrollo industrial, la enfermedad y la muerte de un dirigente tan influyente e insustituible como Lenin en 1924, fueron, entre otros factores, el caldo de cultivo para que se erigiera una camarilla burocrática encabezada por José Stalin y que comenzaran a ser desplazados, perseguidos y más tarde asesinados, aquellos que, como Trotsky, encarnaban el verdadero espíritu marxista, donde el debate y la crítica son recursos esenciales para la superación de los problemas que la realidad plantea.

Fue así que, después de que Stalin primero lo deportó a Kazajistán y después lo expulsó de Rusia, comenzó su tercer y definitivo exilio. En condiciones penosas se fue desplazando con su familia por distintos países en los cuales lo que prevaleció fue la hostilidad hacia su persona y la falta de garantías a la seguridad de su vida. Hasta que en 1937, por mediación del pintor Diego Rivera, llegó al México de Lázaro Cárdenas, donde encontró, en principio, un ambiente acogedor.

En todos esos años, las duras circunstancias de su existencia no le impidieron seguir trabajando con empeño en sus escritos y en la actividad política. Resultado de esta última fue la creación de la Cuarta Internacional en 1938, movido por el afán de llenar el vacío provocado por lo que él consideraba “la crisis de la dirección revolucionaria del proletariado mundial” como consecuencia del daño ocasionado al marxismo por la degeneración burocrática que imperaba en la Unión Soviética.

La determinación estaba. El terror de Stalin también iba a llegar a la cálida tierra mexicana. Ramón Mercader, el sicario español entrenado por el servicio secreto ruso, concretó lo que unos meses antes no pudieron lograr un grupo de hombres armados bajo la jefatura del pintor David Siqueiros: asestarle el golpe mortal a uno de los más grandes revolucionarios del siglo XX.

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