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 20 de octubre de  2019
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“Un salto gigantesco para la humanidad”

“Un salto gigantesco para la humanidad”

Hoy se cumplen cincuenta años de la llegada del hombre a la Luna por primera vez. Fue a través de la misión Apolo 11, tripulada por los estadounidenses Neil A. Armstrong, Edwin E. Aldrin Jr. y Michael Collins.

El 20 de julio de 1969 el módulo lunar Aguila, de la nave Apolo 11, descendía suavemente sobre la superficie de nuestro satélite en la zona del Mar de la Tranquilidad (los mares de la Luna no son grandes extensiones de agua salada, sino zonas que reflejan la luz solar y que presentan una coloración similar a la de los mares, lo que llevó a los primeros astrónomos a hablar de los mares de la Luna); poco después, Neil Armstrong bajaba por la escalerilla del módulo y posaba su pie en la Luna. “Este es un pequeño paso para un hombre, pero un salto gigantesco para la humanidad”, manifestó. Edwin Aldrin siguió los pasos de Armstrong y también puso sus pies sobre el suelo lunar. Se había inaugurado una nueva era para la humanidad.

Este acontecimiento científico y técnico –uno de los más importantes del siglo XX– afirmaba la presencia del hombre en el espacio. Los astronautas recogieron muestras del suelo, tomaron fotografías e instalaron diversos instrumentos científicos. Mientras Michael Collins, en el módulo de mando de la Apolo 11, permanecía en órbita lunar, sus compañeros desplegaban su actividad en la superficie del satélite terrestre. “Ambos astronautas izaron la bandera de Estados Unidos y previamente Armstrong había descubierto una placa aplicada a una de las patas del módulo lunar, a la vez que leía la frase ya célebre: ‘Hemos venido en paz en nombre de toda la humanidad’. Aldrin solo estuvo 1 hora y 54 minutos en la superficie lunar, y poco después de regresar él lo hizo Armstrong (…) El alunizaje, que había tenido lugar en una zona del Mar de la Tranquilidad, fue una maravilla de precisión; el regreso fue también perfecto y sin incidentes. Se había realizado un sueño secular: la conquista de la Luna”, afirma Pedro Mateu Sancho.

Con la presencia del hombre en la Luna se concretaba el programa Apolo, cuyo origen hay que buscarlo el 25 de mayo de 1961, cuando el presidente de los Estados Unidos John F. Kennedy comprometió a su país a enviar un hombre a la Luna antes del 31 de diciembre de 1969. Los éxitos que los soviéticos habían tenido en el espacio a través de sus programas Sputniks (primeros satélites artificiales), Luniks (primeras sondas automáticas dirigidas hacia la Luna) y Vostok (primeros hombres en el espacio) llevaron al presidente norteamericano a fijarse el objetivo de que su país fuera el primero en alcanzar la Luna. Era una cuestión de prestigio y de afirmación de los Estados Unidos como primera potencia mundial. Decía Kennedy: “Esta empresa ha de ser llevada adelante cueste lo que cueste. De ella dependerá el prestigio de la Nación y debemos esforzarnos en ganarle la partida a la Unión Soviética, cuyos técnicos sabemos que están trabajando en proyectos similares”.

Para Luis Gasca “en la Unión Soviética, la proclamación del presidente norteamericano no había despertado ninguna reacción oficial, ni sus dirigentes habían manifestado al mundo los objetivos finales que se proponían con sus experiencias en el espacio. Pero lo cierto es que de los esfuerzos que estaban realizando en este terreno parecía desprenderse que también se hallaban determinados a alcanzar la Luna en muy poco tiempo. Este hecho se había puesto de manifiesto poco después de colocar en órbita los primeros Sputniks ya que inmediatamente después habían procedido al lanzamiento de una serie de sondas dirigidas hacia la Luna, con la misión de obtener y transmitir a la Tierra todo tipo de datos relacionados con el entorno espacial de nuestro satélite”.

¿Fue realmente así? ¿Se habían fijado los soviéticos, como objetivo de su programa espacial, poner un hombre en la Luna? ¿Hubo una “carrera espacial” entre los Estados Unidos y la Unión Soviética? En nuestra opinión, los objetivos de los programas espaciales tripulados de los soviéticos (Vostok, Vosjod y Soyuz) tenían por finalidad construir una estación espacial circunterrestre; mientras que la exploración de la Luna la desarrollaron por medio de sondas automáticas (Luniks y Zond), adelantándose a los norteamericanos en lograr un alunizaje suave (Lunik 9 el 31 de enero de 1966), en colocar un satélite artificial en la Luna (Lunik 10 el 31 de marzo de 1966), en realizar el primer vuelo Tierra-Luna-Tierra (Zond 5 el 15 de septiembre de 1968) y luego logrando traer muestras del suelo lunar a la Tierra (Lunik 16, el 12 de septiembre de 1970, y Lunik 20, el 14 de febrero de 1972) y explorando la superficie de nuestro satélite con laboratorios lunares móviles (Lunik 17 y Lunohod 1 el 10 de noviembre de 1970, y Lunik 21 y Lunohod 2 el 8 de enero de 1973). “En el Congreso de Astronaútica celebrado en Viena a finales de 1972, los soviéticos se pronunciaron claramente a favor de los aparatos automáticos y en contra de los tripulados. Las máquinas no comen, ni enferman, ni cometen fallos, etcétera. Y no les falta razón”, señala Pedro Mateu Sancho.

Por el contrario, los norteamericanos se orientaron a una exploración de la Luna por medio de vuelos tripulados. El programa Apolo fue precedido por los programas Mercury (primeros norteamericanos en el espacio), Gemini (encuentro y atraque en órbita circunterrestre de una nave con otro proyectil) y por un conjunto de programas de sondas automáticas dirigidas a la Luna: Ranger (de impacto lunar), Surveyor (de alunizaje suave) y Lunar Orbiter (de satélites artificiales de la Luna). El programa Apolo, después del trágico primer Apolo tripulado que estalló en la plataforma de lanzamiento provocando la muerte de sus astronautas, alcanzó los éxitos del Apolo 8, primer vuelo circunlunar tripulado entre el 21 y 27 de diciembre de 1968; el Apolo 9, primer vuelo conjunto de los tres módulos de la nave Apolo en órbita circunterrestre entre el 3 y el 13 de marzo de 1969; el Apolo 10, vuelo tripulado a la Luna donde el módulo lunar descendió hasta 15 kilómetros de la superficie lunar y transmitió por primera vez imágenes de televisión en color entre el 18 y 26 de mayo de 1969; el ya mencionado Apolo 11, que concreta la presencia del hombre en la Luna entre el 16 y el 24 de julio de 1969; seguido, en sucesivos alunizajes, por el Apolo 12 entre el 14 y el 24 de noviembre de 1969; el fatídico Apolo 13 que, en virtud de un desperfecto, tuvo que cancelar el alunizaje y después de orbitar la Luna regresar a la Tierra; el Apolo 14 entre el 31 de enero y el 9 de febrero de 1971; el Apolo 15 entre el 26 de julio y el 7 de agosto de 1971; el Apolo 16 entre el 16 y el 28 de abril de 1972, y el Apolo 17 entre el 7 y el 9 de diciembre de 1972. Los últimos tres Apolos llevaron, por primera vez, el vehículo lunar Rover, que permitió a los astronautas un mayor desplazamiento y una mayor movilidad sobre la superficie de la Luna.

Los vuelos de las naves Apolo fueron posibles por el desarrollo del cohete portador Saturno V, el mayor de todos los cohetes portadores que hasta ese momento habían sido construidos. “El conjunto vehículo Apolo (que estaba formado por tres módulos: el de mando, donde se alojaban los astronautas durante el vuelo; el de servicio, donde se encontraban los equipos de producción de electricidad, los depósitos de oxígeno, hidrógeno y helio y el motor de maniobras, y el módulo lunar, para el alunizaje) representaba unas 43 toneladas de peso y su envío a órbita lunar exige la puesta en órbita terrestre de 130 toneladas. Para ello fue necesario construir un gigantesco lanzador: el Saturno V, de 111 metros de altura y 2810 toneladas”, recuerda Pedro Mateu Sancho. El Saturno V fue en  gran parte el resultado de los trabajos de Wernher Von Braum, científico alemán que había trabajado para los nazis y que se rindió ante los norteamericanos al finalizar la segunda guerra mundial.

Konstantin Tsiolkovsky, científico ruso, precursor de la astronáutica, que recién después de la Revolución de Octubre tuvo apoyo estatal para sus investigaciones científicas y realizaciones técnicas, había señalado que “la humanidad tiene por cuna a la Tierra, pero la humanidad no permanecerá por siempre en la cuna”.

Ante la humanidad se abre el desafío científico, tecnológico y humano de la conquista y colonización del espacio cósmico. El vuelo de la Apolo 11 es un jalón importantísimo en el enfrentamiento a ese desafío.

 

Fuentes consultadas

Gasca, Luis. Historia de la Astronáutica, Tomo II, Riego Ediciones, s/d.

Sancho, Pedro Mateu. Los Viajes Espaciales, Barcelona, Salvat, 1975.

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