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TRAS CARTÓN   La Paternal, Villa Mitre y aledaños
 2 de junio de  2020
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“Un hombre que dignificó al tango”

“Un hombre que dignificó al tango”

Hoy se cumplen 135 años del nacimiento en Rosario, provincia de Santa Fe, del poeta y dramaturgo José González Castillo. “El tango le debe mucho a este hombre, que intentó darle un lenguaje culto, aunque sin perder la esencia popular”, escribió otro gran poeta, Roberto Díaz. 

José González Castillo, autor de memorables letras de tango que murió en Buenos Aires el 22 de octubre de 1937, quedó huérfano de padre y madre siendo muy niño, y fue llevado a Orán, provincia de Salta, donde, según contó César Tiempo, se hizo cargo de su crianza un sacerdote que intentó inducirlo a abrazar la carrera eclesiástica, cosa que no logró debido al temperamento del joven José, que huyó de la tutoría y debió ejercer varios y duros oficios para sobrevivir.

Lo encontramos nuevamente en Rosario, donde trabajó como periodista y conoció al gran dirigente político Lisandro de la Torre, así como a Florencio Sánchez, quien fue su amigo y mentor, y acaso el que lo inició en los ideales anarquistas. De acuerdo con el relato de César Tiempo, ya en Buenos Aires, Sánchez introdujo a su amigo en las peñas de Los inmortales, donde le presentó al poeta Alberto Ghiraldo, quien a su vez llevó al joven a la redacción de La protesta, respetado e influyente órgano del anarquismo argentino.

En 1905 raptó a Amanda Bello y se instaló con ella en una casita de la calle Castro. Tuvieron tres hijos: ya es célebre que al primero el flamante padre, fiel a sus ideas anarquistas, quiso llamarlo Descanso Dominical, pero al no permitírselo el Registro Civil, le puso los nombres de dos de sus admirados poetas romanos: Ovidio Cátulo; con el tiempo, Cátulo Castillo superó en fama a su padre.

Tuvo además una hija, Gema, que fue primera bailarina y luego profesora del teatro Colón, y un hijo, Carlos.

Por entonces trabajaba en Tribunales; otra célebre anécdota refiere que en una oportunidad fue enviado, como oficial de justicia, a desalojar a una familia de un conventillo y en lugar de cumplir el mandato les entregó a los inquilinos los pocos pesos que tenía consigo.

Lo cierto es que en 1910 –de acuerdo con el relato que hizo mucho después Cátulo– debió exilarse en Chile, instalándose con su familia en Valparaíso, donde trabajó como corredor de vinos, para regresar ocho años después, cuando en el teatro El Nacional le estrenaron su primera obra, el sainete La serenata. Las cosas empezaron a mejorar y, después de varias mudanzas, pudo comprar una casa en la calle Boedo 1060.

En ese barrio desarrolló una intensísima labor cultural: fundó la Universidad Popular en la que se formaron muchos muchachos de aquella época, como apuntó Roberto Díaz, quien señaló también que González Castillo propició el grupo literario de Boedo. Creó además la peña Pacha Camac, a la que concurrían, entre otros, los hermanos Raúl y Enrique González Tuñón, Nicolás Olivari y el que sería famoso escenógrafo Saulo Benavente.

Fue un prolífico dramaturgo: escribió más de 100 sainetes, uno de los cuales trascendió; fue Los dientes del perro donde, por primera vez, subía una orquesta de tango al escenario, la de Roberto Firpo, precisó Díaz.

No nos referiremos en este trabajo a esa voluminosa obra teatral, sino a la que produjo como autor de letras de tango que, aunque no tan numerosa, resultó más reconocida y perdurable.

“Darío y Carriego fueron las influencias de mi niñez”, confió Cátulo; también lo fueron de su padre, quien supo recibir en su casa a ambos poetas. Díaz definió a González Castillo como “un hombre que dignificó al tango” allá en los comienzos del género: a ello contribuyeron el lenguaje rico y fluido, la impecable escansión de los versos y la ausencia de truculencias y tremendismos; si bien no abundan las metáforas brillantes, se destacan las notables descripciones de paisajes y personajes y la creación de densas atmósferas melancólicas.

Se tiene como su primer tango a Qué has hecho de mi cariño, conocido también como Royal Pigall, que lleva música de Juan Maglio “Pacho”, nada menos, y que Gardel grabó en 1921; dos años después llevó al disco Clarita, con música de Domingo Fortunato.

Refiere Cátulo que ese mismo año 1923, un pianista muy joven, Sebastián Piana, le propuso a don José participar en un concurso que organizaba la fábrica de cigarrillos Tango, poniéndole letra a una música que había escrito. Sobre el pucho fue la respuesta. 

El tango de ese nombre –que, dicho sea de paso, obtuvo el  segundo premio en ese certamen– fue grabado por Gardel en 1923. Se inicia con una admirable descripción, tan cabal como concisa, de tono carriegano: “Un callejón en Pompeya / y un farolito plateando el fango / y allí un malevo que fuma, / y un organito moliendo un tango”. 

De acuerdo con Francisco García Jiménez, este último verso inspiró a Cátulo, a la sazón de diecisiete años, a componer los compases de un tango al que tituló Organito de la tarde; le pidió a don José que le pusiera letra, y así surgió la primera de las colaboraciones de padre e hijo, como también, según García Jiménez, el primer organito protagonista del tango canción. Gardel lo grabó en 1925. (“Al paso tardo de un pobre viejo / puebla de notas el arrabal / con un concierto de vidrios rotos / el organito crepuscular”).

Ese mismo año grabó Griseta, con música de Enrique Delfino, que a nuestro juicio constituye una de las mejores y más completas expresiones del romanticismo en el tango. Muchos han subrayado la inclusión en esos versos de personajes de la literatura francesa del siglo XIX (no de la mejor, preciso es decirlo); por nuestra parte, destacamos la alusión al muguet, la pequeña y hermosa flor de delicado aroma que simboliza la pureza, para expresar que la gracia y la belleza no pueden sobrevivir en un medio miserable que las estruja, las marchita y termina por desecharlas (“Mas la fría sordidez del arrabal / agostando la pureza de su fe / sin hallar a su Duval, / secó su corazón / lo mismo que un muguet”.)                                                                                                                                                                                   

En 1925 el Zorzal grabó también su primera versión de Silbando, un gran tango en el que confluyeron Piana, Cátulo y don José, cuyo gran talento descriptivo se luce en esta gouache portuaria de fuertes pinceladas: “Una calle en Barracas al Sur, / una noche de verano, / cuando el cielo es más azul / y más dulzón / el canto del barco italiano. / Con su luz mortecina, un farol / en la sombra parpadea / y en un zaguán / está un galán / hablando con su amor”.   

Escenario estático como la pintura que lo describe, donde el sonido del acordeón, que el autor califica de monótono, y el silbido del caminante se han integrado al paisaje. Turba esa inmovilidad el aullido de un perro sin dueño; el autor no lo dice, pero es sabido que anuncia desgracia, la que se hace patente en el “relumbrón con que un facón da su tajo fatal”.

A la creatividad de los autores se sumó la de Gardel, quien, en palabras de José María Otero, “no pudo con su genio y se inventó el silbido que era el leitmotiv del tango. Y lo patentó para siempre, como casi todo lo que hizo”. Volvió a grabarlo en 1930.                   

Esta obra, al igual que Sobre el pucho, pertenece a la selección de glosas reunidas por Enrique González Tuñón en Tangos.

Ese mismo año grabó Por el camino, con música de José Bohr, un tango campero en el que González Castillo recrea el viejo tema del viajero que no tiene quien lo espera, introduciendo el personaje del boyero, que será un elemento fundamental en un gran tango posterior, El aguacero. (“Ningún apuro tiene él en llegar / pues lo dice su canción: / que no hay distancias para fatigar / los bueyes de la ilusión. / ‘Quien diga que no hay querencia / que lo pregunte a la ausencia’. / Y sigue el pobre con su carretón / la huella del cañadón”).

Al año siguiente grabó Aquella cantina de la ribera, de Cátulo y José González Castillo, donde el padre, en las primeras estrofas, que revelan el influjo rubendariano –y también el de Héctor Pedro Blomberg–, prefigura los figones donde se desarrollarán los profundos dramas “de alcohol y de miedo” del hijo (La cantina, Una canción, Domani): “Brillando en las noches del puerto desierto / como un viejo faro, la cantina está / llamando a las almas que no tienen puerto / porque han olvidado la ruta del mar. // Como el mar, el humo de niebla las viste / y envuelta en la gama doliente del gris / parece una tela muy rara y muy triste / que hubiera pintado Quinquela Martín”. 

Entre las piezas que Gardel no le grabó, una de las más conocidas es El viejo vals, con música de Charlo, compuesto en 1931. Cuenta Roberto Díaz que cierto día González Castillo recibió a aquel, que venía a buscar a su hijo Cátulo. “Lo hizo pasar (Cátulo no estaba) y Charlo le comentó que traía una melodía para que Cátulo le pusiera letra. Don José lo llevó al piano y se la hizo tocar. Lo dejó sentado esperando que viniera su hijo y se fue al interior de la casa. Al rato, volvió trayendo la letra de El viejo vals, que era la melodía de Charlo”.

Díaz subraya también la inserción de la palabra “falena”. Es preciso decir, por otra parte, que en esta oportunidad a don José se le deslizó un error, pues los valses de Chopin no se bailan en los salones. (“Falena de salón, / mi corazón también / sus alas de ilusión / quemó tenaz / girando en aquel vals de Chopin”). 

Se ha dicho que con El aguacero –tango campero de 1931, con música de Cátulo– don José se propuso emular al Salmo pluvial, de Leopoldo Lugones: a nuestro juicio, lo superó. En opinión de Ismael Jalil, esa superioridad radica en la introducción del personaje humano, el viejo boyero tan explotado como el buey que conduce (“Langanay, viejo buey, lomo overo, / callado aparcero de un mismo penar / igual yugo nos ata al camino”).

Por otra parte, para referirse a las señales que avisan del  temporal, Lugones elige al rayo que atraviesa el cielo, mientras que González Castillo apela al dolor de los huesos; además, a la ampulosidad del primero (“Una fulmínea verga rompió el aire al soslayo; / sobre la tierra atónita cruzó un pavor mortal”), González Castillo opone la sencillez del buen criollo (“Cuando chilla la osamenta / señal que viene tormenta”). 

Comparaciones aparte, en esta obra el autor muestra su solvencia en el uso de la metáfora (“Y la pampa es un verde pañuelo / colgado del cielo / tendido en el sol”). Recomendamos vivamente la versión de Mercedes Simone.

Papel picado, también con música de Cátulo, fue grabado por primera vez en 1933 por la orquesta de Francisco Canaro y la voz de Ernesto Famá. La historia que cuenta sería una de tantas de carnaval; pero la alusión al abrigo viejo –que ya no puede proteger del frío ni de la nieve– hace a esa historia más íntima y humana, comunicándole una sensación de desamparo que es acentuada por la frívola indiferencia de un viejo amor traído por  la comparsa. (“Nevaba. Estaba viejo mi gabán / y yo sentí llegar al corazón / como otra nieve cruel / tus trozos de papel / que fueron pedacitos de ilusión”).

Una de sus últimas creaciones es Milonga en rojo, con música de  Lucio Demare y Roberto Fugazot. Se destaca aquí el despliegue de sensaciones visuales eslabonadas en una vigorosa sucesión de imágenes y metáforas, con que describe al protagonista: “Parece de plata vieja / por lo bruñida, su piel; / como grabada a cincel / lleva una marca en la ceja / y jineteando en la oreja / el cuajarón de un clavel”.

Merecen citarse, entre otras piezas de su autoría, los tangos Páginas de amor, A Montmartre, Bandoneón, Invocación al tango, Música de calesita y Envidia, y La polca del espiante.

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