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 16 de enero de  2018
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Un hito en la historia del cine argentino

Un hito en la historia del cine argentino

Hoy se cumplen 75 años del estreno de la película La guerra gaucha, de Lucas Demare, una de las más premiadas y exitosas de la historia del cine argentino, considerada también una de las mejores.

Se trata de la segunda producción de Artistas Argentinos Asociados, una cooperativa fundada un año antes por el nombrado director, los actores Francisco Petrone, Enrique Muiño, Elías Alippi y Ángel Magaña y el productor Enrique Faustín, inspirados por el sello norteamericano Artistas Unidos (conformado por David Griffith, Charles Chaplin, Mary Pickford y Douglas Fairbanks) y animados por el propósito de “hacer buenas películas con temas nacionales”.

El guion fue elaborado por los poetas Ulises Petit de Murat y Homero Manzi sobre los relatos Estreno, Alerta, Sorpresa, Juramento, Dianas, Castigo, Carga y Táctica, pertenecientes a La guerra gaucha, de Leopoldo Lugones, publicado por primera vez en 1905.

Como hace saber el autor en el prólogo, titulado Dos palabras, los episodios que componen el libro “intentan dar una idea, lo más clara posible, de la lucha sostenida por montoneras y republiquetas contra los ejércitos españoles que operaron en el Alto Perú y en Salta desde 1814 a 1818”.

Preciso es decir, sin embargo, que ese objetivo no está tan logrado, pues tanto el lenguaje como la estructura narrativa no contribuyen justamente a dar una idea clara de esos hechos, pero sí expresan nítidamente el ideal estético de Lugones, plasmado en un estilo que Borges calificó de farragoso.

Así, no pocos pasajes devienen inextricables a causa del lenguaje alambicado, mechado de verbos que, anticipándose a Cortázar y a Gelman, creó el autor “a falta de vocablo específico”. Veamos un ejemplo: “La acantaleada quincha rezumaba adentro en largas goteras, trepidando con temeroso rumor bajo aquel crústico bombardeo. Por suerte, el vendaval refiloneaba apenas la casucha con su potente verberación”.

Por otra parte, el regodeo en ornamentadas descripciones, en las que Lugones se prodiga en inauditas imágenes, más que ambientar la acción, la relegan. Curiosamente, los relatos de esas acciones abundan en truculencias, referidas por lo general a torturas infligidas por uno y otro bando, y expuestas con todo detalle. 

Para Borges, Lugones fue “deliberadamente retórico”. Y agregó: “Su barroquismo y sus violentas metáforas no son inevitables expresiones de una emoción; el lector las siente como actos de artesanía literaria”.

Es así como resulta encomiable la labor de los guionistas, que enhebraron los mencionados episodios –independientes en el original– en un relato ágil, coherente e intenso y que, según se expresa en la apertura del film, dedicaron a la memoria de Lugones. Se ha dicho que también colaboraron en el guion el propio Demare y miembros del equipo técnico.

Precisamente, en lo que a ese equipo se refiere, varios de sus integrantes desarrollaron después una destacada carrera como  realizadores: el director asociado Hugo Fregonese, el asistente de dirección Rubén Cavallotti, el escenógrafo Ralph Pappier y el montajista Carlos Rinaldi, así como también el actor René Mugica.

Es necesario mencionar además la fotografía en blanco y negro de Bob Roberts y la música de Lucio Demare, con la acertada inclusión en “danzas y cantos regionales”, como rezan los créditos, de los hermanos Ábalos, quienes estrenan en la película su carnavalito El quebradeño, que llegó a ser famosísimo.

Tal y como consta en esos créditos, La guerra gaucha contó con el auspicio del Instituto Cinematográfico del Estado y “la empeñosa colaboración prestada” por el ministro de Guerra, unidades del Ejército y autoridades de la provincia de Salta; además, su “síntesis de pueblo, ejército y religión”, como señaló César Maranghello, le valió el beneplácito del régimen instalado por el ya inminente golpe, y el del gobierno constitucional que lo sucedió, a tal punto que el film se proyectó en las escuelas: fue así como quien esto escribe tuvo oportunidad de verlo por primera vez.

La mayor parte de los exteriores se rodó en la provincia de Salta, donde se desarrollaron los hechos históricos, y particularmente en el lugar conocido como la Quebrada del Gallinero, donde se construyó un poblado completo que, hacia la mitad de la película, es destruido por un incendio en el que el propio director –que, como Hitchcock, gustaba de aparecer brevemente en sus películas– resultó chamuscado. A su vez, los interiores se filmaron en estudios porteños.

Por lo que hace a las actuaciones, hay que citar en primer término al gran Francisco Petrone, quien, por su soberbia interpretación del capitán gaucho Baltasar Miranda, mereció ser equiparado con actores internacionales tan consumados como Paul Muni y Spencer Tracy. Sobresalen asimismo Enrique Muiño, que compone con solvencia y desenvoltura el personaje del sacristán Lucero, pero no puede disimular su tendencia a la sobreactuación; una hermosa Amelia Bence, que encarna con serena prestancia a Asunción Colombres, la mujer desgarrada entre el patriotismo y el amor a un enemigo; Elvira Quiroga, en su admirable caracterización de la vieja Eduviges, y un brillante Sebastián Chiola, que logra hacer creíble y cercano a su capitán Del Carril, un militar valiente, amante de los libros y de la música.

Para mayor mérito, este actor, según refiere el crítico Ricardo García Oliveri, rodó sus escenas con el brazo derecho fracturado y envuelto en un yeso disimulado con un aditamento de vestuario, lo que determinó cambios en algunas secuencias como la del duelo, donde Chiola se desmayó varias veces.

No convence, en cambio, Ángel Magaña, quien, en el papel del teniente Villareal, luce engolado y no consigue trasmitir el conflicto de lealtades que lo atenaza, ni el proceso interior que lo lleva a su resolución.

Otro detalle llamativo es que, desarrollándose la acción en la zona rural de Salta, y siendo salteños muchos de los personajes, estos hablen en una suerte de porteño agauchado, con tonadas que cada uno modula a su modo. Por su lado Magaña, que encarna a un oficial del ejército español nacido en Lima, emplea un porteño con acento neutro y enfáticas inflexiones. 

Al respecto, opinó García Oliveri que “tanto el estilo interpretativo algo errático y los caracteres unívocos tienen que ver, no solo con la época, sino con la filosofía del director, que en sus mejores exponentes se embarcó emocionalmente, y a su manera, con sus personajes”.

Dijo además: “Y esa manera de concebir el cine, y la vida, no sabía de repliegues, pasaba por alto luces y sombras, pero estaba coronada de garra, de vigor y de una energía pocas veces repetida en el cine argentino”.

Hay que decir que también es lineal y unívoco el mensaje de la película, cuya exaltada heroicidad no admite facetas críticas o escépticas, ni mucho menos arriesgadas, como las que exhibe, por ejemplo, Alejandro Nevsky, de Eisenstein. 

Esto no impidió que recibiera críticas muy elogiosas y permaneciera en cartelera diecinueve semanas, durante las que la vieron 170.000 espectadores, superando el record, hasta entonces imbatible, obtenido por Lo que el viento se llevó.

Como dijimos al principio, fue también una de las películas más premiadas de la historia de nuestro cine. Así, resultó galardonada por la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas en las categorías de mejor film, mejor director (Demare), mejor guion adaptado (Petit de Murat y Manzi), mejor actor principal (Petrone), mejor montaje (Rinaldi), mejor sonido (Jorge Di Lauro y Alfredo Murúa) y mejor cámara (Humberto  Peruzzi).

Además, la Municipalidad de Buenos Aires le otorgó los primeros premios en las categorías de mejor película, mejor director, mejor libro, mejor actriz (Amelia Bence), mejor actor (Petrone), mejor fotografía (Roberts), mejor música (Lucio Demare) y mejor sonido.

Por su parte, la Asociación de Cronistas Cinematográficos la distinguió en los rubros mejor película, mejor director y mejor adaptación. Los responsables de esta última, Petit de Murat y Manzi, también fueron premiados por la Comisión Nacional de Cultura.

Cuentan que muchos años después se le preguntó a Demare, a propósito de La guerra gaucha, si se había propuesto hacer un film para la historia, y el realizador contestó: “No, yo solamente  me propuse hacer las cosas bien”.

Más en esta categoría: « El olvido se toca La gran flor roja »

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