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 20 de abril de  2019
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Un hijo de su tiempo

Un hijo de su tiempo

Hoy se cumplen 130 años del fallecimiento en la ciudad de Asunción, República del Paraguay, de Domingo Faustino Sarmiento. Como es sabido fue un 11 de septiembre. Escribió Fermín Arenas Luque: “Como estadista fue más práctico que Bernardino Rivadavia y como periodista más ilustrado que Mariano Moreno. La infausta noticia llegó con retraso a la patria. Las últimas novedades habían confirmado la gravedad de su estado de salud. Su muerte conmovió a la Nación”. En este aniversario recordaremos su pensamiento y señalaremos el límite que las condiciones de su época le imponían a sus razonamientos.

En Facundo o Civilización y Barbarie, comienza Sarmiento su obra al decir: “¡Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte, para que, sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones que desgarran las entrañas de un noble pueblo!”.

Evocar es traer al presente un acontecimiento o personaje del pasado. Evocar a Facundo en 1845, diez años después de su asesinato en Barranca Yaco, es escudriñar en todo aquello que en el caudillo riojano era instinto y emoción el origen del sistema de Juan Manuel de Rosas, caracterizado por la frialdad de una razón metódica: “La naturaleza campestre, colonial y bárbara, cambiose en esta metamorfosis en arte, en sistema y en política regular, capaz de presentar a la faz del mundo como el modo de ser de un pueblo encarnado en un hombre que domina los acontecimientos, los hombres y las cosas”, escribió Sarmiento.

En el Facundo, Sarmiento postula una contraposición entre la ciudad, vale decir la civilización, y la barbarie, vale decir las campañas. Las ciudades, particularmente Buenos Aires (nos parece que Buenos Aires es la ciudad por antonomasia, la culta Buenos Aires que había protagonizado la Revolución de Mayo), eran la modernidad, el siglo XIX, un fragmento de la Europa civilizada en el Río de la Plata; mientras las campañas eran el siglo XII, la rémora medieval, el feudalismo, la bárbara herencia hispánica: “En la República Argentina se ven a un tiempo dos civilizaciones distintas en el mismo suelo: una naciente, que sin conocimiento de lo que tiene sobre su cabeza, está remedando los esfuerzos ingenuos y populares de la Edad Media; otra, que sin cuidarse de lo que tiene a sus pies, intenta realizar los últimos resultados de la civilización europea. El siglo XIX y el siglo XII viven juntos: el uno dentro de las ciudades, el otro en las campañas”.

Las zonas rurales se le presentaban a Sarmiento como una realidad sin hábitos económicos, sociales y políticos modernos, como el ámbito de dominio de los caudillos, sin experiencia “de policía”, vale decir, de vida ciudadana en polis; una realidad donde la sociabilidad se expresaba en la pulpería y la montonera, donde los grandes propietarios rurales eran como los señores de la Edad Media; por el contrario, “la ciudad es el centro de la civilización argentina, española, europea; allí están los talleres de las artes, las tiendas del comercio, las escuelas y colegios, los juzgados, todo lo que caracteriza, en fin, a los pueblos cultos”. Pero ¿era efectivamente así?

Las ciudades europeas del siglo XIX, vale decir, las ciudades que estaban a la vanguardia de la modernidad, eran ciudades industriales; la modernidad es el capitalismo y para el siglo XIX el capitalismo es el sistema fabril; eso es lo que domina en Inglaterra, lo que despunta en Francia y en los Estados Unidos. Por el contrario, la culta Buenos Aires era una ciudad comercial, portuaria y administrativa; no había en ella fábricas, que son el emblema de la modernidad. Y si esta es, como ya señalamos, el capitalismo, forzoso es reconocer que esta forma productiva en el Río de la Plata no se desarrolló a partir de la disgregación de un modo de producción feudal, sino desde formas mercantiles que transitaron hacia el capitalismo terrateniente. Pero esto podemos decirlo hoy desde las categorías del marxismo, y ellas no estaban al alcance de Sarmiento. Lo que podía visualizarse desde las categorías del liberalismo y del romanticismo era que la modernidad urbana se expandió a partir del comercio que fue horadando la economía feudal, rompiendo con su pretendida “producción natural” y estimulando la “producción para el cambio”.

Para Sarmiento, el modelo de modernidad europea estaba dado por Francia. Pero luego advirtió que allí, por debajo de las grandes transformaciones introducidas por la Revolución Francesa, subsistía la sociedad del “Antiguo Régimen”. Cuando viajó a los Estados Unidos, la sociedad norteamericana se convirtió en el paradigma del progreso.

¿Y que vio Sarmiento en los Estados Unidos? Una sociedad fuertemente integrada por el mercado interno, una economía rural de tipo farmer, de pequeños y medianos granjeros que producían alimentos y materias primas para las ciudades; luego las industrias urbanas, manufacturando los productos agrarios.

Sarmiento quiso reproducir el sistema económico norteamericano en la Argentina. Su programa puede sintetizarse en dos palabras: reforma agraria y educación: “Heme aquí, pues, en Chivilcoy, la Pampa, como puede ser tratada toda ella en diez años; he aquí al gaucho argentino de ayer, con casa en qué vivir, con un pedazo de tierra para hacerle producir alimentos para su familia; si el éxito corona mis esfuerzos, Chivilcoy tendrá una inmensa parte en ello, por haber sido el ‘pioneer’ que ensayó con el mejor espíritu la nueva ley de tierra y ha estado demostrando por diez años que la Pampa no está, como se pretende, condenada a dar exclusivamente pasto a los animales, sino que en pocos años, así como en todo el territorio argentino, ha de ser luego asiento de pueblos libres, trabajadores y felices. Digo pues, a los pueblos todos de la República, que Chivilcoy es el programa del Presidente don Domingo Faustino Sarmiento. De hoy en más, el Congreso será el curador de los intereses del pueblo; el Presidente, el caudillo de los gauchos transformados en pacíficos vecinos”.

Sarmiento quiso hacer “cien Chivilcoy”, pero para eso hubiese necesitado otra estructura de clases. Lo dice con claridad Milcíades Peña: “Sarmiento podía importar las ideas norteamericanas. Hasta cierto punto podía importar el sistema escolar yanqui. Pero no podía importar la estructura social que engendraba esas ideas y con ellas la grandeza norteamericana. Era el infortunio de Sarmiento y de Alberdi que actuaban con un programa que solo podía llevar a una feliz realización una clase social inexistente en la Argentina: la burguesía industrial”.

Todo hombre es hijo de su tiempo, también Sarmiento lo fue. No podía rebasar el horizonte de su época. Pudo formular sus ideas de reforma agraria, de educación, de inmigración, de industrialización; lo que no pudo, ni ningún otro hubiera podido, fue lograr que su programa, sobre todo en lo que hace al régimen de tenencia de la tierra, se impusiese en la realidad; para ello hubiese sido necesaria otra clase dominante: una burguesía industrial y no una burguesía terrateniente.

La sombra de Facundo lo llevó a Sarmiento a formular una contraposición que no necesariamente se correspondía con la real. Hasta cierto punto se puede decir que las campañas eran el siglo XII y las ciudades, incluida la culta Buenos Aires, el siglo XIX. Las limitaciones de su época le impidieron a Sarmiento advertirlo. No por ello debe ser criticado, después de todo fue uno de los teóricos más brillantes del liberalismo argentino de la segunda mitad del siglo XIX; quiso introducir cambios en el régimen de tenencia de la tierra, algo que no pasa por la mente de los liberales argentinos del siglo XXI.

No se desarrolló la Argentina conforme al programa de Sarmiento y de Alberdi. Las críticas de Sarmiento a la “aristocracia con olor a bosta” forman parte de las páginas más brillantes de la crítica a la burguesía terrateniente, que paradójicamente representaba el único desarrollo capitalista posible en el siglo XIX.

Fuentes consultadas
Arenas Luque, F. Efemérides Argentinas (1492-1959). Buenos Aires, 1960.
Luna, F. (dir.). Domingo Faustino Sarmiento. Buenos Aires, Planeta, 1999.
Peña, M. Historia del pueblo argentino. Buenos Aires, Emecé, 2012.
Sarmiento, D.F. Facundo o Civilización y Barbarie. Buenos Aires, Sopena, 1963.

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