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Desde las Comunas 11 y 15 de la Ciudad de Buenos Aires
 7 de diciembre de  2019
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Un feliz hallazgo

Un feliz hallazgo

Nos enteramos por casualidad de que la prestigiosa Universidad Duke, que funciona en la ciudad de Durham, Estados Unidos –y está ubicada en el lugar 26 en la reciente edición del índice QS de las cien mejores universidades del mundo, donde la única representante latinoamericana es la UBA, que ocupa el sitio 73– ha reunido una importante colección de material sobre Estudios de América latina y el Caribe, que contiene bibliografías específicas sobre distintos temas, y que el tango es uno de ellos.

En esa bibliografía sobre tango figura un artículo escrito por nuestros colaboradores Haydée Breslav y el siempre recordado Oscar García: se trata de “Carlos Gardel, máquina de cantar”, publicado en el número 155 de la revista de arte y cultura Plural, de México, correspondiente a su edición de agosto de 1984.

Si bien en el índice bibliográfico aparece únicamente el nombre de Haydée, lo cierto es que el trabajo fue elaborado en colaboración y firmado con su esposo Oscar, a quien pertenece la idea principal del trabajo.

Para poner el trabajo en contexto, es preciso decir que a partir de la década del 60 se desencadenó, desde distintos sectores de la “intelectualidad”, tanto de izquierda como de derecha, una serie de críticas a Gardel sumamente desfavorables, que no siempre se referían a la calidad de su labor artística. Las más destructivas apuntaban a circunstancias biográficas difícil o imposiblemente comprobables, que en no pocos casos se demostró que eran falsas. Y en las ocasiones en que se tomaba como objeto de esas descalificaciones a algún rasgo artístico, quienes las formulaban terminaban por poner de manifiesto su ignorancia. La autora recuerda haber asistido a la charla de un sociólogo que pretendía desacreditar a Gardel a través de su repertorio, y citaba a esos efectos un tango que no solo aquel nunca cantó sino que, según testimonios fidedignos, se había negado a hacerlo porque le desagradaba.                                                                               

En cuanto a la dramaticidad de los párrafos finales, la autora  cuenta que fueron escritos a pocos meses de la caída de la dictadura, cuando las impresiones causadas por sus horrores estaban todavía muy frescas; la misma dictadura que encabezó con Gardel la lista de artistas prohibidos.

Con motivo de cumplirse este mes 35 años de la publicación, ofrecemos una síntesis del artículo, en la que se lo ha despojado de referencias que hoy resultan anacrónicas.

Carlos Gardel, máquina de cantar

A casi cincuenta años de su muerte, y a través de los testimonios de sus discos y películas, Gardel ha derribado, uno a uno, todos los argumentos esgrimidos en su contra.

Entre estos, uno de los más aventurados es decir que su fama no reside en su forma de cantar, sino que creció después de su  muerte, debido a las terribles circunstancias en que esta se produjo. Pero hay algo que no han tenido en cuenta los detractores: Gardel grabó y filmó; en consecuencia, su canto, lejos de ser una entelequia, es susceptible de ser considerado como una entidad mensurable, ponderable y comparable, que se puede evaluar según factores de orden técnico sin necesidad de recurrir al tan traído y llevado gusto personal, refugio muy apto para eludir o suplantar análisis y que, como un comodín, sirve muchas veces para pronunciar la última palabra.

Por otra parte, si bien el gusto personal del oyente experimentado puede jugar un papel en la apreciación de un cantante, es posible, como se sabe, contar con elementos de juicio puramente objetivos, provenientes de la atenta apreciación de las cualidades del cantante en cuestión.

Hasta el advenimiento de Gardel se cantaba en Buenos Aires de forma muy distinta; con el estreno de Mi noche triste se inauguraron todas las formas actuales. Y Gardel era el único intérprete calificado para hacer semejante revolución en la canción porteña.

¿En qué nos basamos para hacer esta afirmación? Empecemos por su conformación física: todo su aparato fonador, desde los pulmones hasta la espléndida dentadura y los labios de la sonrisa icónica, estaba constituido y funcionaba como una perfecta máquina de cantar. Con esta expresión nos referimos a la perfección técnica, pero, milagrosamente, ese soberbio instrumento estaba dirigido por una poderosa inteligencia y una singular sensibilidad. Esta conjunción hizo de Gardel un caso único en la historia del arte popular argentino.

Si nos remitimos a la técnica, es preciso mencionar que su voz de barítono era voluminosa y rica en armónicos; su color, inconfundible e inimitable; su fiato, inagotable; su dicción, excelente –nadie puede aducir no entender alguna palabra cantada por él; si comenzó a trocar “n” por “r”, ese fue un recurso puramente vocal– y la amplitud de su registro le permitió realizar verdaderas proezas, como en el caso de Cuando tú no estás o el admirable salto de séptima de La mariposa, por ejemplo. Y el fraseo vocal en el tango fue creado por él. 

En cuanto a la calidad interpretativa, le hizo dar a cada letra el exacto mensaje, trágico, dramático, romántico o humorístico, que había pergeñado el autor.

Y recordemos que esas condiciones se hacen oír a despecho de los discos rayados a través de cuyos refritos escuchamos a Gardel, y que fueron grabados en condiciones sumamente precarias.

A diferencia de otros intérpretes consagrados, nunca se convirtió en un burócrata de la canción. Permanentemente renovaba su repertorio; siempre incluyó temas nuevos. En veintidós años grabó más de setecientas cincuenta piezas diferentes, a un promedio de más de treinta y cuatro estrenos por año.

Nunca incurrió en el divismo: no creó problemas de cartelera ni pensó que “ya había llegado”. Fue el primero en asombrarse de sus éxitos; en pleno apogeo de su carrera, cantó a dúo con personas que eran menos que aficionadas. Su capacidad de entrega al público era prodigiosa: en una oportunidad llegó a ocupar un escenario totalmente engripado y con fiebre alta, y cantó veinticuatro piezas sin que el auditorio notara su malestar. Siempre estudió, pero le daba lo mismo cantar en el mejor teatro que en la calle. Ninguna publicación logró invadir su privacidad ni hacerle reportajes sensacionalistas.

Su labor como compositor no es, en general, mencionada por los críticos argentinos, pero el influjo de sus ricas y nobles melodías se descubre en muchas composiciones que aún hoy circulan por el mundo. Asimismo, cantantes actuales como Plácido Domingo, Alberto Cortez o Roberto Carlos han cosechado enormes éxitos incorporando temas de Gardel a sus repertorios. [Hoy podemos agregar a esa nómina, sin ir más lejos, a Julio Iglesias, Joaquín Sabina, Luis Miguel, Compay Segundo, Diego el Cigala y Pasión Vega].

Técnicamente  indiscutible, pudo haber sido cantante de cámara, pero eligió ser cantor del pueblo. Para cumplir con su canto, enfrentó a lo que más temía: el pájaro de la vida se unió al pájaro de la muerte cerrando un ciclo que lo convirtió, como dijo Tuñón, en el más perdurable de los mitos porteños.

Las cenizas de la cultura nacional sobrevuelan este pedazo de barro ensangrentado que es la Argentina de hoy, pero al asentarse no logran cubrir la figura de Gardel. Quizás él, que murió por el fuego, represente, en medio de la sistemática mediocridad imperante, la inmortalidad de un arte popular que alguna vez supimos producir.

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