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 20 de octubre de  2017
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Un cordobés con proyección internacional

Un cordobés con proyección internacional

Hoy se cumplen cuarenta y cinco años de la muerte en la capital de su provincia natal del cantante, músico, recopilador y compositor cordobés Cristino Tapia. Los más grandes intérpretes grabaron sus canciones, desde Carlos Gardel (quien le llevó al disco doce piezas) hasta Jorge Cafrune, pasando por Ignacio Corsini, Atahualpa Yupanqui, Edmundo Rivero y las orquestas de Osvaldo Pugliese, Juan D´Arienzo, Francisco Canaro y Alfredo de Angelis, entre otras.

El primero en hablarnos de él fue Diego Holzer, quien, a propósito de la insoslayable contribución de Gardel al folclore, señalaba que este grabó en el país una de las primeras zambas. Se trata de La cordobesa, con letra y música de Tapia.

Como ocurre con muchos otros creadores populares, los biógrafos difieren en cuanto a las coordenadas de su nacimiento: algunos las fijan en el pueblo cordobés de San Carlos Minas, el 24 de junio de 1891; otros, en la capital de la provincia, el 4 de agosto de 1892, y no faltan quienes entrecruzan lugares y fechas.

Sí coinciden en referir que, desde muy joven, cantaba acompañándose con la guitarra en locales frecuentados por sectores populares de su provincia natal, y que en la segunda década del siglo pasado formó con su hermano José María un dúo que actuó en el teatro Olimpo, de Rosario, con la compañía de Blanca Podestá.

No sabemos a ciencia cierta cuándo conoció a Gardel: acaso fue entre marzo y abril de 1918, cuando aquel se presentó junto a Razzano en la capital cordobesa; se cuenta que durante sus posteriores actuaciones en la provincia, el Zorzal solía visitar a Tapia y al gran Ciriaco Ortiz, entre otros artistas locales.

Lo cierto es que, como dijimos, le grabó doce piezas, solo o en dúo con José Razzano: a la nombrada La cordobesa siguieron la zamba Mi tierra, la chacarera Chacarerita del norte, la canción Rosal viejo, los valses Mi ambición, Qué linda es la vida y Tendrás que llorar y las tonadas Porque te quiero, Dos cosas te pido, Es tanto lo que te quiero, Se va y se va y La tupungatina (no en ese orden).

Tapia formó después otros dúos, de entre los que sobresalió el que integró con su esposa Elisa Orellana, que se presentó con éxito en distintos escenarios y grabó muchos y diversos discos.

En cuanto a las grabaciones de su obra por parte de otros intérpretes, destacamos el vals Sueños, por Corsini; la tonada Las tonadas son tonadas, por Rivero; la zamba Mi mala estrella, por Yupanqui y el vals Tendrás que llorar, por la orquesta de D´Arienzo con el mítico dúo de Alberto Echagüe y Armando Laborde; existe asimismo una notable versión por otro dúo también mítico, el formado por Carlos Dante y Pedro Noda.

Fue muy querido y admirado por sus comprovincianos, quienes lo homenajearon de varias maneras: una plaza de la ciudad de Córdoba y una calle de la de Río Tercero llevan su nombre, y en su vals Córdoba de antaño Ricardo Arrieta le consagra la estrofa final: “Y la guitarra criolla / de don Cristino Tapia / dejó para mi Córdoba / su vals sentimental”.

La tupungatina

“Ya me voy para los campos que añoro / a buscar yerba de olvido y dejarte, / a ver si con esta ausencia pudiera / en relación a otro tiempo olvidarte”. Estos son los primeros versos de la tonada La tupungatina, grabada en 1921 por el dúo Gardel-Razzano; como se sabe, el título alude al departamento de Tupungato, provincia de Mendoza.

En 1952, la orquesta de Pugliese registró una soberbia versión en tiempo de tango, según un arreglo de Roberto Peppe. Esta hermosa pieza fue grabada también por Cafrune, Carlos Vega Pereda y el Grupo Vocal Argentino, entre otros intérpretes.

Por otra parte, la línea melódica de La tupungatina sirvió de base para la música del tango Noche callada, que firmaron Tapia y Julio De Caro, tiene letra de Eduardo Beccar y fue grabada por Corsini y por las orquestas de De Angelis (con las voces de Dante y de Oscar Larroca) y de Canaro (en versión instrumental).

En Chile se conoce a esta tonada como El martirio o La tirana, y se la tiene como de autor anónimo: al parecer, la primera grabación habría sido realizada por el conjunto Los cuatro huasos, significativamente en Buenos Aires y en 1927.

Con el título Cabeza de hacha, los colombianos Noel Petre y Diomedes Díaz la grabaron en 1955 y en 1999, respectivamente, en versión vallenata, en tanto que en 1982 el panameño Rubén Blades la llevó al disco en ritmo de salsa.

Estudiosos cuyanos ubican los orígenes de esta tonada, que consideran parte del cancionero tradicional, en Mendoza, y los remontan a fines del siglo XIX. A su vez, la Asociación Nacional del Folklore de Chile afirma que se trata de una “antigua tonada que data de los tiempos de la independencia americana y es conocida, tanto en Chile como Argentina y Perú, de donde sería su autor el poeta mártir Mariano Melgar (Arequipa, 1790 - Lima, 1815)”.

Otros investigadores estiman que sería incluso anterior y formaría parte del cancionero andaluz que llegó con los conquistadores. Sin embargo, la letra está compuesta en endecasílabos (acentuados en cuarta y séptima) y no en los octosílabos característicos de las coplas y romances populares.

Por nuestra parte, en la edición digital de las Poesías completas de Melgar, realizada por el Gobierno Regional de Arequipa, encontramos el yaraví titulado Algún día querrá el cielo, o Esperanza, que guarda similitudes con la letra de La tupungatina; pero una nota al pie aclara que “es dudosa la atribución a Melgar”. De todos modos, transcribimos los últimos versos: “Ya me voy por esos montes, / Adiós, / A buscar yerbas de olvido, / A dejarte, / que quizá viéndote ausente / Podré, Con la dilación del tiempo, / Olvidarte”.

Este yaraví fue grabado en 1917, en Arequipa, por los hermanos Soto, con una música que nada tiene que ver con la bella melodía que conocemos.

Así las cosas, en medio de este entrevero, la única certeza es que la primera grabación de esta tonada, que le dio difusión y popularidad masivas, fue la que realizaron Gardel y Razzano en 1921.

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