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 20 de abril de  2019
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Un admirable colorista sonoro

Un admirable colorista sonoro

Se cumplen hoy 210 años del nacimiento en Hamburgo de Felix Mendelssohn, uno de los más notables exponentes del romanticismo musical alemán.

Fue su abuelo el renombrado filósofo Moses Mendelssohn y sus padres, Abraham Mendelssohn y Lea Salomon; de esta última recibieron el pequeño Felix y sus hermanos Fanny, Rebecka y Paul las primeras lecciones de violín y piano. Cuentan que era maestra severísima y que los niños esperaban ansiosamente que llegara el domingo para no tener que practicar los difíciles ejercicios que les imponía.

Como muchos compositores célebres, Felix Mendelssohn fue precoz: a los trece años ya había compuesto unas sesenta piezas de cámara. Por ese entonces la familia residía en Berlín, donde el joven tuvo ocasión de estudiar con algunos de los mejores maestros, como Ludwig Berger en piano, Carl Hennings en violín, Carl Zelter en armonía y composición y el famoso checo Ignaz Moscheles, con quien hizo un curso de perfeccionamiento pianístico y terminó convirtiéndose en gran amigo.

En 1825 viajó por primera vez a París, donde fue recibido por Cherubini, y a su vuelta ingresó en la Universidad de Berlín para estudiar filosofía, sin descuidar por ello su actividad musical, que se tradujo en tres obras notables, el Octeto de cuerdas en mi bemol mayor y las oberturas Mar sereno y próspero viaje, sobre poemas de Goethe, y Sueño de una noche de verano, reflejo acaso de la primera aproximación del compositor a los textos de Shakespeare. Esta última obra fue completada quince años después por el autor, quien le incorporó los números con que hoy la conocemos.   

Escrito a los dieciséis años, el Octeto mereció los elogios de Schumann, quien señaló que “ningún maestro del pasado o del presente pudo lograr tan consumada perfección a tan temprana edad”. En cuanto a las obras orquestales, se advierte en ellas un sólido dominio de la construcción sinfónica y una fantasía viva y fecunda: Edward Dannreuther destacó la “atmósfera luminosa” de la primera y John Erskine no dudó en calificar a la segunda de obra maestra, precisando que “está llena de efectos orquestales completamente nuevos y de combinaciones armónicas que si no son absolutamente nuevas en sí mismas, fueron usadas en una nueva forma”.

Por ese entonces Mendelssohn tuvo acceso a una copia manuscrita de La pasión según San Mateo, de Bach, que se guardaba en la Singakademie de Berlín, una especie de exclusiva sociedad coral que a la sazón dirigía Zelter; recordemos que la obra del gran maestro alemán permanecía olvidada, negada o desconocida por su ingrata posteridad.  

Deslumbrado por el descubrimiento, Mendelssohn, que no había cumplido veinte años, estudió la partitura hasta memorizarla y se propuso hacerla ejecutar en público. Logró convencer a Zelter, que no era precisamente admirador de Bach, de que la Pasión se ofreciese en la Singakademie, como efectivamente sucedió el 11 de marzo de 1829, bajo la dirección del propio Mendelssohn. En una carta fechada once días después, su hermana Fanny relató: “Lo que fuera solo un sueño a cumplirse quizá en un futuro muy distante, se ha hecho realidad: la Pasión ha sido oída en público y ahora pertenece al mundo”.

Vale la pena señalar que Fanny Mendelssohn fue excelente pianista y compositora, pero las convenciones de la familia y de la época la confinaron a la sombra del brillante Felix, con quien la unía esa profunda afinidad espiritual que solo entre hermanos puede darse; contó también con el apoyo de su esposo, el destacado pintor Wilhelm Hensel. Sin embargo, su vasta producción recién empezó a difundirse y apreciarse en la última década del siglo pasado.

En abril de 1829 Felix viajó por primera vez a Londres, donde se presentó como pianista, director y compositor, recibiendo comentarios laudatorios en cada una de esas facetas. Visitó también Edimburgo donde, en las ruinas de la capilla de Holyrood, encontró el comienzo de su Sinfonía Escocesa; después, su paso por la Gruta de Fingal le inspiró la obertura homónima, conocida también como Las Hébridas, que terminó en Roma el año siguiente.  

“De todas las obras maestras de las músicas de las aguas”, escribió Camille Bellaigue, “no existe ninguna comparable a esta exquisita marina”. Dijo también que Fingal es en realidad una sinfonía porque posee de esta “la ordenación, las proporciones, el desarrollo temático, la diversidad y la riqueza instrumental”, y la definió como “el retrato que respira, que habla y que canta, de las aguas marinas”. (Dicho sea de paso, esta obra fue usada como banda sonora en el clásico de aventuras El capitán Kidd, de Rowland V. Lee; claro que en los créditos no figura el nombre de Mendelssohn sino el de Werner Janssen, quien fue nominado para el premio Oscar de 1945 como autor de la mejor partitura dramática original).

En Italia, Mendelssohn trabajó también en las sinfonías Escocesa e Italiana pero pronto esta última, a favor del ambiente, concentró toda su atención, y se dedicó a ella con gran entusiasmo. Se la puede describir a grandes rasgos diciendo que en el primer movimiento, Allegro vivace, el impetuoso motivo inicial se enlaza en su desarrollo con un segundo, soñador y melancólico, en un juego ágil y pleno de matices; que el Andante ha sido comparado frecuentemente con un himno procesional en el que, según Bellaigue, “la melodía tan pronto se muestra al descubierto como se envuelve y se vela con armonías de prietos pliegues”; que en el tercero, Con moto moderato, a la sutil melodía del principio que, expuesta por las cuerdas, se repite con ligeras variaciones, le sigue el trío en el que los cornos sugieren una escena de caza que algunos imaginan en la campiña romana, y que el cuarto, Saltarello Presto, es una fogosa recreación de esa danza italiana, donde la orquesta estalla en júbilo sonoro evocando imágenes del carnaval de Roma. La obra, escrita en la tonalidad de la mayor, fue estrenada en 1833 en Londres, bajo la dirección del autor.

En septiembre de 1835 Mendelssohn se trasladó a Leipzig, invitado a dirigir los conciertos del Gewandhaus: entre muchas otras composiciones ofreció, junto con Moscheles y Clara Wieck, el Triple concierto en re menor de Bach. En esa ciudad concibió la idea de fundar un Conservatorio, que concretó años después y hoy lleva su nombre. En 1837 se casó con Cécile Jeanrenaud, con quien tuvo cinco hijos.   

En cuanto a la Sinfonía Escocesa en la menor, el compositor escribió en Roma, en 1831: “Es la única que no puedo todavía atrapar del todo. Se me escapa a medida que puedo asirla”. No la terminó hasta 1842. Bellaigue la definió como “el poema por excelencia de la melancolía y el ensueño mendelssohnianos”. Así lo demuestran las notas oscuras del primer movimiento, Andante con moto, en las que Erik Werner creyó encontrar “el aire pesado y denso de la bruma de las montañas de Escocia”, formador de la tormenta que se desata en la segunda parte de este movimiento, Allegro un poco agitato.  En contraste, el tema característico del segundo, Vivace non troppo, está construido sobre la escala pentatónica, como las canciones folclóricas escocesas, y expuesto por un clarinete evocador de las gaitas de las tierras altas. En el Adagio, una melodía de largo aliento, presentada por los violines, alterna con un segundo tema de hondo dramatismo, en cuyo desarrollo algunos han pretendido oír las sonoridades de un cortejo heroico, que culmina en un fortissimo ejecutado por toda la orquesta. En el Allegro vivacissimo final, el tema principal, vigoroso y enérgico, se despliega en raudas notas que se multiplican y se precipitan en un ritmo ondulante, mientras el sonido disminuye en intensidad para recalar en un diálogo entre el clarinete y el fagot, a cuyo término aparece el Allegro maestoso assai, donde el tema inicial de la sinfonía vuelve a presentarse como un himno triunfal que viene a cerrar el círculo. La obra fue estrenada en 1843 por la orquesta del  Gewandhaus, con la dirección del compositor.  

Dos años después, también en Leipzig, se estrenó el Concierto para violín opus 64, en mi menor, con Ferdinand David como solista y el danés Niels Gade en el podio. Mendelssohn, él mismo destacado ejecutante, tuvo muy en cuenta en la composición los consejos de su amigo David.   

Para Bellaigue, el tema inicial de este concierto solo es comparable, por su pureza y melancolía, con el de la Sinfonía N° 40 en sol menor, de Mozart. Es presentado directamente por el violín solista, a la inversa del esquema generalizado de los conciertos de la época, según el cual el solista hacía su entrada después de que la orquesta hubiera expuesto el tema. La noble tristeza de este movimiento contrasta con la brillantez del gozoso final y sus exigencias de virtuosismo; entre ambos, un Andante sereno y apacible, inspirado según algunos en la música de Bach.

Bellaigue enumeró también los rasgos que, a su juicio, definen el estilo mendelssohniano: la musicalidad de su genio, que no sacrificó a nada de extramusical; el atractivo de la armonía; la amplitud y desarrollo de la melodía; la modulación clásica; los novedosos efectos rítmicos, y el gusto apasionado de la orquestación. “Fue un admirable colorista sonoro”, sintetizó.  

Mendelssohn compuso además, entre muchas otras obras, tres sinfonías, incluida la denominada Reforma; las oberturas La bella Melusina y Ruy Blas; dos conciertos para piano y orquesta; los oratorios Paulus y Elías; la cantata La primera noche de Walpurgis; ocho cuadernos de Romanzas sin palabras y numerosísimas piezas de cámara.   

En mayo de 1847 su querida Fanny murió repentinamente; Mendelssohn no pudo recuperarse de semejante golpe. Su salud, que ya estaba debilitada, terminó de quebrantarse: las fuertes jaquecas e intensas fatigas que padecía se presentaron con mayor frecuencia, y decidió viajar a Suiza en busca de descanso y alguna mejoría.

A principios de otoño volvió a Leipzig; allí murió, el 4 de noviembre de 1847. En el funeral se cantaron uno de los coros de su oratorio Paulus y el coro final de La pasión según San Mateo. 

Postergado y prohibido
En el momento de su muerte, Mendelssohn era uno de los músicos más reconocidos de Europa: se lo admiraba como pianista, director y compositor. En nuestros días, en cambio, son muchos quienes lo desvalorizan achacándole academicismo, superficialidad y sentimentalismo; se lo considera inferior a los máximos exponentes del romanticismo musical alemán, y sus obras no figuran en los programas de conciertos con la frecuencia que debieran.                                                        

En un excelente artículo, el crítico musical de The Guardian, Tom Service, explica que “toda la culpa es de Wagner", quien en 1850 publicó un opúsculo titulado El judaísmo en la música.   

Cabe recordar que los padres de Mendelssohn eran judíos, pero se convirtieron al cristianismo e hicieron bautizar a sus hijos en el culto luterano, acaso para que gozaran de plenos derechos, no otorgados a los judíos, o protegerlos de eventuales persecuciones.

Volviendo al libelo de Wagner, después de una introducción en la que menciona, entre otras lindezas, “la repulsión involuntaria que nos provoca la persona y la manera de ser de los judíos” y sostiene que “deberíamos negar al judío toda capacidad en todos los campos del arte”, puesto que “no siente ninguna pasión verdadera, y menos aún una pasión capaz de darle el deseo de la creación artística”, se las toma directamente con Mendelssohn. 

Afirma que este –muerto tres años atrás– “nos mostró que un judío puede estar dotado del talento específico más hermoso, poseer la educación más perfecta y más amplia, la ambición más elevada y más delicada, sin poder jamás, por medio de todas esas dotes, obtener ni una sola vez que nuestro corazón y nuestra alma se vieran embargados por esa impresión incomparable que esperamos del arte”.

Le critica además que eligiera “como modelo para imitar con su inexpresiva lengua moderna, a nuestro viejo maestro Bach”, y sostiene que “es necesaria toda la incoherencia fútil e increíble del gusto contemporáneo en favor de una música de lujo, para soportar al mismo tiempo el lenguaje de Bach al lado del de Beethoven”.

En opinión de Service, Wagner se sentía amenazado por el prestigio de Mendelssohn, considerado en los años que siguieron a su muerte como la figura más importante de la cultura musical alemana, y creía que debía destruirlo para poder hacer su propia “revolución musical”.

Lo cierto es que a la hora de componer su música Wagner no se mostró tan prejuicioso, puesto que su pura sangre aria no le impidió apoderarse de las ideas del aborrecido judío. Los ejemplos abundan: el preludio de El Oro del Rin está elaborado sobre el tema principal de La bella Melusina; el pasaje que precede la entrada de Wotan en la segunda escena de esa obra replica el tema de la obertura del Elías; la melodía del dúo de Brunilda y Sigmundo, en el segundo acto de La Walkiria, está tomada de los primeros compases de la Sinfonía Escocesa; el leitmotiv del Grial, de Parsifal, no es otra cosa que el tema inicial de la Sinfonía Reforma, e incluso se encuentran analogías entre pasajes de Tristán e Isolda y la Sinfonía-cantata Lobgesang.

En 1934, un año después de la llegada al poder del nazismo, se prohibió en Alemania la música de Mendelssohn, al igual que las de Gustav Mahler, Paul Hindemith, Arnold Schoenberg, Antón Webern, Alban Berg y otros, que en 1938 formaron parte de una exposición de “música degenerada”.

Un siglo antes, más precisamente el 8 de abril de 1840, Mendelssohn había escrito una carta al ministro del Interior de Sajonia para convencerlo de la necesidad de fundar y sostener un conservatorio de música en Leipzig.

Allí le expresaba, entre otros conceptos: “Durante un prolongado periodo la música en este país ha sido autóctona, y el sentido de lo verdadero y genuino, de aquello que debe estar más cerca del corazón de todo ferviente y concienzudo amigo del arte, siempre ha estado profundamente enraizado en nuestro suelo. Desde luego, este sentimiento general no es casual, ni deja de tener importantes consecuencias en la cultura general, habiéndose convertido la música en una importante fuerza, no como mero pasatiempo o entretenimiento, sino como elevada necesidad intelectual. Quienes se interesen sinceramente por este arte deben desear ardientemente que sus perspectivas de futuro en este país descansen sobre las bases más sólidas”.     

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