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Desde las Comunas 11 y 15 de la Ciudad de Buenos Aires
 22 de febrero de  2019
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Todo en ella era poesía

Todo en ella era poesía

Se cumplen hoy veinte años de la muerte en Buenos Aires de la actriz y recitadora Berta Singerman, de quien Conrado Nalé Roxlo dijo que “inaugura las palabras al modo que lo hacía Dios cuando nombró por vez primera las cosas de la creación”.

…Y es loco vendaval /el viento de tu voz.
Cátulo  Castillo, Una canción.

Resulta poco menos que inimaginable, en nuestros días, un recital de poesía a sala llena (y no hablamos de una lectura a micrófono abierto en un café literario, donde la vanidad empuja a ocupar muchos asientos, sino de un espectáculo en una sala como las del teatro Colón o del Cervantes, desde cuyo escenario una persona, sin micrófono, interpreta obras de grandes poetas de la humanidad, y el público pide bises nombrando a sus autores y poemas favoritos). Eso sucedió numerosísimas veces, y no solo en Buenos Aires, sino en distintas ciudades de América y de Europa, y la protagonista fue una mujer llamada Berta Singerman.

De su vida

Ella misma contó que nació en la pequeña ciudad rusa de Mozir, o Mazyr, pero nunca precisó cuándo; algunos de los biógrafos que nunca faltan afirman que fue el 9 de septiembre de 1901; otros corren la fecha catorce días y la ubican en el equinoccio de otoño boreal.

Fueron sus padres Aarón Singerman y Sara Begún. De acuerdo con el relato de Berta, el apellido proviene “del oficio que tenían los abuelos y bisabuelos y tatarabuelos, el oficio de jazán, cantor de sinagoga”, y que en la familia de su padre desempeñaba el mayor de cinco hermanos.

En cuanto a Aarón, trabajaba en Mozir como capataz de una maderera; era además muy aficionado al teatro, y llegó a formar una compañía de aficionados que dirigía. Imbuido del ideario socialista fue, junto con el hermano menor, Simón, miembro activo de la lucha que culminó en la Revolución de 1905; derrotada esta, Simón fue hecho prisionero y conducido a Siberia, mientras que Aarón pudo huir y se embarcó rumbo a Buenos Aires, adonde meses después logró traer a su mujer y a sus dos hijos, instalándose la familia en una antigua “casa de una sola planta con un corredor largo y departamentos a uno y otro lado”.

Estaba ubicada en la calle Canning (hoy Scalabrini Ortiz), del barrio de Villa Crespo, “que realmente era reo porque había muchísimos compadritos, una vecindad más bien pobre y con muchos corralones”, según describió Berta, quien recordaba, a propósito de la calle, que “cuando llovía se inundaba siempre, se ponían tablas, tablones, que había que atravesar”, y que “era bravo cuando había que ir a la escuela cruzando esos tablones bajo la lluvia”.

Concurrían a esa casa, y a otra, ubicada también en la calle Canning, a la que se mudó tres años después la familia, amigos y camaradas del padre con quien, en las noches de verano, se sentaban en el patio a entonar canciones revolucionarias rusas; a su vez don Aarón, que era ateo, cultivaba también el cancionero jasídico; y por la calle pasaba un organillero italiano tocando los tangos primigenios. Y en esa mezcla milagrosa de ideario, tradición y arrabal se fue formando la niña. (Significativamente, por esa época y en esa misma calle, acaso en la misma cuadra, nacía un niño al que llamaron Osvaldo Pedro, que consagró su vida al ideal socialista y al tango, del que llegó a ser uno de los principales exponentes).

La pequeña Berta cursó la primaria en una escuela de la calle Triunvirato, cuando “la calle Corrientes se llamaba Triunvirato” –inferimos que se trató de la N° 1, Tomasa de la Quintana de Escalada–.

De la mano de su padre asistió por primera vez al teatro: tenía cinco años, y siempre recordó esa experiencia como “el mayor impacto” de su infancia. Por otra parte, en la escuela siempre la elegían para recitar poemas alusivos en las fiestas patrias y le confiaban los principales papeles en las comedias que se representaban a fines de curso.

No había cumplido diez años cuando debutó profesionalmente en un escenario: fue en una obra de teatro judío, encarnando a una niña que repetía una sola palabra, “mamá”. A partir de entonces integró distintas compañías con las que recorrió numerosas localidades del interior del país, representando en idioma idish, hasta que sus padres resolvieron que abandonara la actuación para ingresar en el Liceo de Señoritas N° 2, de la avenida Santa Fe (hoy Liceo José Figueroa Alcorta).

Allí cursó hasta el cuarto año, cuando abandonó para estudiar declamación en la Biblioteca del Consejo de Mujeres, único lugar disponible entonces pues aún no existían el conservatorio nacional ni el municipal.

Como recitadora realizó varias giras por el interior y ofreció un recital en el salón La Argentina, de Buenos Aires, pero lo que ella llamó “el gran comienzo” de su carrera tuvo lugar en el teatro Albéniz, de Montevideo, y recibió críticas tan elogiosas que debió presentarse cinco veces más. En esa ciudad conoció a los poetas Juana de Ibarbourou, de quien se hizo muy amiga, y Fernán Silva Valdés.

Viajó después a Chile; allí la experiencia resultó fundamental, pues comprendió que “había estado germinando” en su interior un arte nuevo que “debía adquirir formas, contornos” y “tenía que aprender a manejarlo, perfeccionarlo”. Decidió entonces consagrarse por entero a él “con un amor total y absoluto”; y sintió que “la poesía encerrada en las cárceles del libro deseaba su libertad antigua, anhelaba expandirse por el mundo y posarse sobre los corazones, quería llegar a las muchedumbres y ser el clarín de batallas redentoras”.

A partir de entonces, paseó su arte regularmente y durante décadas por casi todos los países de América latina, así como por Estados Unidos, España, Portugal, Francia, Israel y Sudáfrica; en Buenos Aires brindó numerosos recitales en el teatro Colón.

Entre sus muchas anécdotas, vale la pena recordar la de su intervención en la celebración en Buenos Aires de la liberación de París, el 23 de agosto de 1945. Por la mañana, entre quince y veinte mil personas se reunieron espontáneamente en la Plaza Francia, donde hablaron los preclaros dirigentes socialistas Alfredo Palacios y Carlos Sánchez Viamonte. Cuando la concurrencia advirtió la presencia de Berta Singerman, le pidió a gritos que recitara La Marsellesa; ella contó que al hacerlo “afloró todo lo que sentía y que había estado contenido durante los años que duró la ocupación de París”. La emoción de los presentes estalló en una ovación a la que siguieron besos, abrazos y lágrimas. Por la tarde Berta participó en otra movilización que se hizo en el lugar, que congregó a más de doscientas mil personas y fue dispersada por la policía a caballo. (“Esto da una pauta del matiz nazifascista que ya tenía el gobierno. Me refiero al gobierno de los coroneles, en el cual Perón ocupaba un lugar destacado”).

En lo que al teatro se refiere, en 1932 fundó y dirigió en esta ciudad la Compañía de Teatro de Cámara, con la que interpretó, junto a Orestes Caviglia, obras en un acto de Eugene O’ Neill, Jean Cocteau y August Strindberg, entre otros. (“Había que ir a la síntesis de tiempo, de actos, de personajes y de escenografía. En una palabra, teatro sintético, sencillez de recursos, teatro breve, condensado, intenso”).

En 1936, Mariano de Vedia y Mitre, entonces intendente de Buenos Aires (a quien se deben el Obelisco, las avenidas 9 de Julio y Juan B. Justo y el ensanchamiento de Corrientes), que se interesaba en la actividad teatral y había traducido, entre otras obras, la Salomé de Oscar Wilde, se propuso representarla en el teatro Colón con la dirección de Antonio Cunill Cabanellas y le ofreció el papel protagónico a Berta. Sin embargo, la obra no llegó a estrenarse debido a la presión ejercida por la Iglesia a través de la Liga de Damas Católicas, quienes adujeron que la “inmoral pieza de Wilde” representaba un agravio “para la moral y para la religión”.

Años después, en el viejo teatro San Martín, se dio el gusto de interpretar a las protagonistas de tres obras muy significativas: Un día de octubre, de George Kaiser; El soldado de chocolate, de George Bernard Shaw, y Casa de muñecas, de Henrik Ibsen. Y en 1946, al frente de su propia compañía, estrenó en el teatro Alvear El pacto de Cristina, que Conrado Nalé Roxlo escribió especialmente para ella, con Santiago Gómez Cou en el protagónico masculino. La obra llegó a las cien representaciones y Berta Singerman recibió el premio a la mejor actriz dramática, otorgado por la Municipalidad de Buenos Aires.

Estrenó luego La salvaje, de Jean Anouilh, y La dama del mar, de Ibsen, donde actuó nuevamente junto a Caviglia. Posteriormente interpretó en el teatro Blanca Podestá Carta de una desconocida, obra en dos actos y para un solo personaje escrito para ella por Alejandro Casona sobre el relato homónimo de Stefan Zweig.

Su última incursión teatral tuvo lugar en 1966, con La vida de Sarah Bernhardt, escrita para ella por Enrique Suárez de Deza.

Entre sus numerosísimas distinciones y condecoraciones podemos mencionar sendas Medallas de Oro del Instituto Colombiano de Cultura y de la ciudad de México; las órdenes de San Carlos, de Colombia; Rubén Darío, de Nicaragua, y de Cristóbal Colón, de la República Dominicana, y la Pluma de Honor del Pen Club International. Fue distinguida asimismo como socia académica honoraria de las universidades de Coimbra, Portugal, y de Medellín, Colombia.

La nómina de sus amigos y admiradores es notable, tanto por la cantidad como por la jerarquía de los nombres que la integran; baste citar a Alfonsina Storni, Juana de Ibarbourou, Gabriela Mistral, Federico García Lorca, Juan Ramón Jiménez, León Felipe, Pablo Neruda, Alfonso Reyes, César Tiempo, Conrado Nalé Roxlo y Roberto Desnos, entre los poetas; a Horacio Quiroga, Alberto Gerchunoff, Alejo Carpentier (quien le enseñó a amar a Bach durante la celebración, en Venezuela, de la proclamación del Estado de Israel) y Germán Arciniegas, entre los narradores; a Thornton Wilder y Alejandro Casona, entre los dramaturgos; a Manuel de Falla, Heitor Villalobos y Claudio Arrau, entre los músicos, y a Fujita y Diego Rivera, entre los pintores.

De su arte

Descubrimos a Berta Singerman en nuestra adolescencia, en un ateneo cultural del norte de lo que entonces se llamaba el Gran Buenos Aires: la vimos salir al pequeño escenario muy maquillada, ataviada con un largo vestido de noche y un gran manto de tul o de gasa que se acomodaba antes de cada poema. (“Como mi arte tiene sus antecedentes en Grecia, donde fue importante y grande, nada mejor que inspirarse en la túnica griega, pero estilizada y adaptada a la moda del momento. Lo infaltable debía ser el manto o capa muy amplios. Este vestido único debía convertirse en varios, según fuere el movimiento dado por mí al manto o a los velos”).

Su magnífica voz, pródiga en inflexiones, se elevaba vehemente en los cantos a la vida y a la libertad, se dulcificaba en el lamento amoroso, tañía clamorosa en la elegía y rugía terrible en la diatriba contra la injusticia. (“Su voz corre detrás de los versos acorralándolos y manteniendo su espléndida cimera por encima de los asistentes al teatro, su voz no tiembla, está hecha de metales duros y delgados”, escribió Pablo Neruda).

Entre una y otra interpretación, después de acomodarse el manto, permanecía unos instantes muda e inmóvil; y esa actitud hierática, en la que parecía comunicarse con alguna divinidad pagana, la convertía, a nuestros deslumbrados ojos juveniles, en la gran sacerdotisa de la poesía. (“Todo en la actriz argentina es poesía, hasta el largo silencio que precede a cada uno de sus poemas”, definió el poeta francés Robert Desnos).

También con el público establecía una comunicación muy especial. Lo imaginaba como un solo espectador, en quien se concentraba; recíprocamente, la sugestión que ejercía sobre el auditorio era tan intensa que creaba en cada uno de los presentes la ilusión de que para él solo estaba recitando. (“Después del primer poema, el público desaparece. Existe como un solo espectador ideal. No importa que los espectadores sean mil, tres mil, cincuenta mil –en los recitales al aire libre– yo los reduzco a ese único espectador ideal, a él es a quien me dirijo. En una sola alma aúno a todas las demás”).

Su repertorio era vastísimo y eclético. (“El encuentro con el poema es como un encuentro amoroso. A veces se produce lo que se llama el coup de foudre (ver y amarse); otras, en cambio, se debe transitar por procesos de evolución muy lentos”).

Abarcaba ese repertorio desde el Cantar de los cantares, de Salomón, hasta el desgarrado poemario La sonrisa de Hiroshima, del rumano Eugen Jebeleanu (al que pertenece el célebre Las voces de los pájaros de Hiroshima), pasando por el Sermón de la montaña de Jesús; Las campanas, de Edgar Allan Poe, y poemas de William Wordsworth, Walt Whitman, Charles Cros, Rudyard Kipling, Rabindranath Tagore, Paul Éluard, Jacques Prévert, Fernanda de Castro y muchos otros autores universales.

Grande fue su contribución a la difusión de la poesía latinoamericana, pues interpretó obras de sus grandes amigas Mistral e Ibarbourou, y de Rubén Darío, José Santos Chocano, José Asunción Silva, Pablo Neruda, Miguel Otero Silva, Carlos Castro Saavedra, Luis Palés Matos, Manuel Bandeira y Jorge Lima, así como anónimos populares.

Es preciso decir, empero, que su selección de poetas argentinos no fue, en general, demasiado feliz. Incluía, entre otros, a su amiga Alfonsina Storni y a Vicente López y Planes, Leopoldo Lugones, Cordova Iturburu, Arturo Capdevila, Claudio Martínez Paiva y Alberto Vaccarezza, quien escribió para ella los Pregones porteños.

Más afortunada fue su elección de poemas españoles, pues estaban entre ellos De las propiedades que las dueñas chicas han, del Arcipreste de Hita; el Soneto 126, de Lope de Vega; la preciosa y hoy olvidada Canción de la primavera, de Pablo Piferrer; varias de las Rimas de Bécquer, y obras de Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Rafael Alberti, León Felipe y Federico García Lorca. De este último fueron célebres las versiones de Los pelegrinitos, Romance de las tres manolas, Preciosa y el aire y, sobre todo, A las cinco de la tarde, del Llanto por Ignacio Sánchez Mejía, que Berta escuchó por primera vez en Madrid, de los propios labios del autor. (“Hay que interpretar este fragmento como en la tragedia griega, marcando las dos partes, el relato de lo que sucedió y las voces del coro que repite siempre ‘a las cinco de la tarde’, ambas bien diferenciadas pero al mismo tiempo en armónica conjunción”).

A pesar de los años transcurridos, aun conservamos vívido el recuerdo de cómo el público se arrebataba de pasión patriótica y libertaria a los sones del texto completo del Himno de López y Planes y de La Marsellesa, se agitaba arrastrado por el ritmo obsesivo de Ferrocarril, de Manuel Bandeira, se enternecía con las dulces melodías de Los pelerinitos, de Lorca, y del Bambuco anónimo colombiano, sonreía con la leve picardía de Esa negra Fuló, de Jorge Lima, y se estremecía hasta los huesos con Me compraré una risa, de León Felipe. (“Confieso que [León Felipe] es el poeta hoy día más cercano a mi sensibilidad y a mi espíritu. Aquel con quien mejor me identifico, quizá porque a través de su grito esencial puedo gritar mi grito, grito de desesperación, de descreimiento. Grito el mío también de desesperanza. No se puede esperar nada de los dioses ni de los hombres, la injusticia, el odio, la cobardía, siguen en pie. El mundo entero es testigo y cómplice de todas las infamias, y aun así, y esto lo dice el mismo León, ‘quiero verme en el viento / quiero verme en el viento’. También yo espero contra toda esperanza el día en que habrá de soplar el viento en que queremos y soñamos volar”).

Pero su interpretación más popular fue la de un poema que estrenó por radio Belgrano y con el que se la identificó desde entonces. (“Todo Buenos Aires y la República entera repetían los versos de Botas, de Rudyard Kipling [en la traducción de Xavier Villaurrutia] que describen la marcha en la guerra, ese cansancio obsesionante del soldado. Fue tal el éxito del poema que cuando salía por la calle grupos de chicos marchaban detrás de mí gritando ‘¡Botas, botas, botas!”).

En sus últimos años, la intensa llama que siempre la alentó se debilitaba por momentos, para dar lugar a cavilaciones desencantadas y escépticas. (“Amo la vida porque soy enormemente vital, pero a la ola vital y optimista en que a veces estoy sumergida le sucede una sensación de desaliento, de pesimismo, de descreimiento y cansancio de todo, hasta de lo logrado. A eso se une la angustia de vivir en un mundo lleno de sombras, de incertidumbre, de injusticia, en el que estamos siempre con un pie al borde del abismo”).

Sin embargo, nunca abandonó el convencimiento de que todos debemos compartir, no solo el pan, sino también la belleza. (“Pero también creo, y ahora más que nunca, en la necesidad y ansia de belleza, porque no solo de pan, o más bien, de pan y justicia, vive el hombre. Necesita además el otro pan, el pan espiritual, a través de cualquier forma de belleza que lo ubique en un mundo mejor, más puro, más limpio y más alto”).

Citaba a Romain Rolland cuando decía que “hay que democratizar la poesía”, y en ese sentido manifestaba que era preciso devolverla al pueblo, al que siempre perteneció, y que ese era el cometido del intérprete. A ese cometido dedicó talento, pasión y ahínco; y en su desempeño supo ser rapsoda, sibila y taumaturga. (“Mensajera y misionera de la poesía, he cumplido con una misión y un destino, convertir la  palabra de los poetas en sangre, carne, nervio y espíritu en mi ser y ofrecerla al corazón de los grandes públicos. Y aunque solo un oyente conservara en sí la semilla de la belleza, con él se justifica cualquier esfuerzo realizado”).

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