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 20 de abril de  2019
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Tanguero y luchador

Tanguero y luchador

Hoy se cumplen 120 años del nacimiento de Augusto Pedro Berto, influyente músico cuyo valioso aporte ha enriquecido a nuestro tango. A propósito de este aniversario, reproducimos el artículo que publicamos en nuestra edición gráfica en febrero de 2009.

De humilde origen, obrero y autodidacta, Berto llegó a ser un virtuoso del bandoneón y escribió el primer método para su ejecución. Tuvo destacada participación en actividades gremiales y comunitarias, y fue uno de los fundadores de SADAIC. Su obra autoral reúne numerosos títulos, entre los que se destacan los grandes tangos Don Esteban y La Payanca.

Muchas veces escuchamos a Arturo Penón –primer bandoneón de la orquesta de Osvaldo Pugliese, para la que escribió arreglos como el del vals Desde el alma, y notable compositor– destacar la nobleza y originalidad de las melodías de Augusto Berto; en la muy autorizada opinión de Julio De Caro, “su intuitivo don y copioso aporte lo incluyen en la gloriosa corona de famosos nombres tangueros”.

Nació en Bahía Blanca; cuando era muy chico, la familia se trasladó a Buenos Aires. Empujado por la pobreza, a los 11 años se metió como aprendiz con un pintor de brocha gorda; ya adolescente, lo empleó como medio oficial una empresa de pintura que trabajaba en la construcción del edificio del Congreso. El tango ya ocupaba sus escasos momentos libres.

Al decir del investigador e historiador Roberto Selles, “Berto nació con la música en el alma. Era un pibe cuando aprendió –sin aprender con nadie– a tocar el mandolín, la guitarra y el violín”. Cuenta Francisco García Jiménez, por su parte, que para comprar su primer bandoneón el joven Augusto pidió un adelanto de ciento veinte pesos a la empresa de pintura, que se lo otorgó por tratarse de “un obrero cumplidor”. Decidió consagrarse a ese instrumento, y “frecuentando diversos locales fue asimilando el tango a través de grandes ejecutantes de ese entonces”, refiere De Caro.

El debut de su primer conjunto mereció la aprobación y el halago del público; su nombre comenzó a hacerse conocido y respetado. Mucho contribuyó a ello el gran éxito de su tango La Payanca. “Todos lo conocían, todos lo tocaban, sin que sus notas figuraran en un pentagrama, ni siquiera manuscrito”, señala García Jiménez.

También fueron muy exitosas las actuaciones que, al frente de distintos conjuntos, cumplió en emblemáticos cafés porteños, así como la gira por el interior sobre la que De Caro acota: “Sin tener en cuenta negocio alguno, sin proponérselo, recoge una fabulosa suma, la que reparte por igual entre sus compañeros”. 

En Europa, sus celebradas presentaciones contribuyeron al triunfo del tango en esas latitudes; también actuó en los Estados Unidos donde, según Selles, “arrugó y desarrugó su fueye junto al virtuoso violín de Remo Bolognini, que poco después formó en la Filarmónica de Nueva York y en la Sinfónica de la NBC”, que dirigía el insigne Arturo Toscanini. Devenido a su vez en virtuoso del bandoneón, Berto escribió un método para ese instrumento, que tuvo gran difusión y es el primero que se conoce.

Junto con su gran amigo Luis Teisseire participó activamente en la acción gremial. Era Teisseire distinguido flautista, que integró con Berto varios conjuntos, e inspirado compositor; militante anarquista tan fervoroso como consecuente, acaso fue él quien impulsó al otro a asumir la lucha en defensa del derecho autoral, burlado por los editores. Lo cierto es que ambos contribuyeron a la formación de la Sociedad de Autores, que dio origen a SADAIC, de la que los dos fueron fundadores y muy sólidos sostenedores. Precisamente la dedicación a las actividades societarias trajo como consecuencia que las actuaciones de Berto fueran cada vez más espaciadas. 

Pocos saben que también militó en la masonería argentina, en cuyo seno tuvo señalada intervención. Iniciado en la Logia Unión del Plata Nº 1 en 1924, fue su Venerable Maestro entre 1936 y 1937; afiliado a la Logia Estrella del Oriente Nº 27, también ejerció en ella el cargo máximo. En la Gran Logia desempeñó varios cargos, entre ellos el de Segundo Gran Vigilante en el período 1937-38.

En cuanto a su obra autoral, es tan digna como profusa. “Pero –sostiene Selles– a don Augusto Pedro quizá le baste con haber sido el compositor de las notas entradoras de ese tangazo al que tituló Don Esteban, para quedarse entre las devociones de los porteños que fueron, son y serán. Creo que en ser el progenitor de esos compases bien puede residir la gloria”.

Augusto Pedro Berto murió el 29 de abril de 1953. En su testamento legó la mitad de sus derechos de autor al Orfelinato Masónico.

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