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TRAS CARTÓN   La Paternal, Villa Mitre y aledaños
 28 de julio de  2021
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Severino Di Giovanni: “¡Viva la anarquía!”

Severino Di Giovanni: “¡Viva la anarquía!”

Hoy se cumplen 90 años: el 1 de febrero de 1931, bajo la férula de la dictadura de Uriburu, fue fusilado en la ciudad de Buenos Aires el anarquista italiano radicado en la Argentina Severino Di Giovanni. Convencido por la idea de combatir al fascismo y transformar el orden social a través del accionar violento individual, se lo había detenido y apresado por sus asaltos y atentados con bombas. De estos últimos fueron objeto, entre otras instituciones de envergadura, la Embajada de Estados Unidos y el Consulado Italiano, donde las consecuencias fueron sangrientas. La sentencia le fue dictada de manera expeditiva a través de un juicio militar, sin la existencia en la Argentina de la figura legal de la pena de muerte. Roberto Arlt, enviado por El Mundo para cubrir el suceso, escribió “He visto morir”, una crónica de la ejecución que es hoy una pieza de antología de su producción literaria. La transcribimos a continuación.

Las 5 menos 3 minutos. Rostros afanasos tras de las rejas. Cinco menos 2. Rechina el cerrojo y la puerta de hierro se abre. Hombres que se precipitan como si corrieran a tomar el tranvía. Sombras que dan grandes saltos por los corredores iluminados. Ruidos de Culatas. Más sombras que galopan. Todos vamos en busca de Severino Di Giovanni para verlo morir.

La letanía
Espacio de cielo azul. Adoquinado rústico. Prado verde. Una como silla de comedor en medio del prado. Tropa. Máuseres. Lámparas cuya luz castiga la obscuridad. Un rectángulo. Parece un ring. El ring de la muerte. Un oficial. “...de acuerdo a las disposiciones... por violación del bando... ley número...”. El oficial bajo la pantalla enlozada. Frente a él, una cabeza. Un rostro que parece embadurnado en aceite rojo. Unos ojos terribles y fijos, barnizados de fiebre. Negro círculo de cabezas. Es Severino Di Giovanni. Mandíbula prominente. Frente huida hacia las sienes como la de las panteras. Labios finos y extraordinariamente rojos. Frente roja. Mejillas rojas. Ojos renegridos por el efecto de luz. Grueso cuello desnudo. Pecho ribeteado por las solapas azules de la blusa. Los labios parecen llagas pulimentadas. Se entreabren lentamente y la lengua, más roja que un pimiento, lame los labios, los humedece. Ese cuerpo arde en temperatura. Paladea la muerte. “...artículo número... ley de estado de sitio... superior tribunal... visto... pásese al superior tribunal... de guerra, tropa y suboficiales...”. Di Giovanni mira el rostro del oficial. Proyecta sobre ese rostro la fuerza tremenda de su mirada y de la voluntad que lo mantiene sereno. “...estamos probando... apercíbase al teniente... Rizzo Patrón, vocales... tenientes coroneles... bando... dese copia... fija número...”. Di Giovanni se humedece los labios con la lengua. Escucha con atención, parece que analizara las cláusulas de un contrato cuyas estipulaciones son importantísimas. Mueve la cabeza con asentimiento, frente a la propiedad de los términos con que está redactada la sentencia. “...Dese vista al ministro de Guerra... sea fusilado... firmado, secretario...”.

Habla el Reo
–Quisiera pedirle perdón al teniente defensor... Una voz: –No puede hablar. Llévenlo–. El condenado camina como un pato. Los pies aherrojados con una barra de hierro a las esposas que amarran las manos. Atraviesa la franja de adoquinado rústico. Algunos espectadores se ríen. ¿Zoncera? ¿Nerviosidad? ¡Quién sabe! El reo se sienta reposadamente en el banquillo. Apoya la espalda y saca pecho. Mira arriba. Luego se inclina y parece, con las manos abandonadas entre las rodillas abiertas, un hombre que cuida el fuego mientras se calienta agua para tomar el mate. Permanece así cuatro segundos. Un suboficial le cruza una soga al pecho, para que cuando los proyectiles lo maten no ruede por tierra. Di Giovanni gira la cabeza de derecha a izquierda y se deja amarrar. Ha formado el blanco pelotón de fusilero. El suboficial quiere vendar al condenado. Este grita: –Venda no–. Mira tiesamente a los ejecutores. Emana voluntad. Si sufre o no, es un secreto. Pero permanece así, tieso, orgulloso. Surge una dificultad. El temor al rebote de las balas hace que se ordene a la tropa, perpendicular al pelotón fusilero, retirarse unos pasos. Di Giovanni permanece recto, apoyada la espalda en el respaldar. Sobre su cabeza, en una franja de muralla gris, se mueven piernas de soldados. Saca pecho. ¿Será para recibir las balas? –Pelotón, firme. Apunten–. La voz del reo estalla metálica, vibrante: –¡Viva la anarquía! –¡Fuego!–. Resplandor subitáneo. Un cuerpo recio se ha convertido en una doblada lámina de papel. Las balas rompen la soga. El cuerpo cae de cabeza y queda en el pasto verde con las manos tocando las rodillas. Fogonazo del tiro de gracia.

Muerto
Las balas han escrito la última palabra en el cuerpo del reo. El rostro permanece sereno. Pálido. Los ojos entreabiertos. Un herrero a los pies del cadáver. Quita los remaches del grillete y de la barra de hierro. Un médico lo observa. Certifica que el condenado ha muerto. Un señor, que ha venido de frac y zapatos de baile, se retira con la galera en la coronilla. Parece que saliera del cabaret. Otro dice una mala palabra. Veo cuatro muchachos pálidos como muertos y desfigurados que se muerden los labios; son: Gauna, de La Razón; Álvarez, de Última hora; Enrique Gonzales Tuñón, de Crítica, y Gómez, de El Mundo. Yo estoy como borracho. Pienso en los que se reían. Pienso que a la entrada de la penitenciaría debería ponerse un cartel que rezara: –Está prohibido reírse. –Está prohibido concurrir con zapatos de baile.

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