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 18 de noviembre de  2018
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Sarmiento, teatro romántico y socialismo

Sarmiento, teatro romántico y socialismo

Nadie ignora que la figura de Sarmiento es una de las más controvertidas de los últimos tiempos. Lo más curioso es que quienes lo hacen blanco de sus críticas o de sus diatribas no se basan en la importantísima obra de gobierno del sanjuanino ni en su vasta producción literaria, sino en algunas frases sueltas, siempre las mismas. 

Para aportar otro ángulo a la discusión, y asumiendo que una de las principales funciones del periodismo es denunciar y desenmascarar estereotipos, vamos a recordar algunos conceptos vertidos por Sarmiento en el diario El Mercurio, de Chile, en 1842, durante su exilio en ese país. Pertenecen a la denominada segunda polémica literaria, que sostuvo con la revista El Semanario, y que empezó con la publicación en esta última de un artículo titulado Romanticismo, donde se atacaba con virulencia a esta corriente estética.

Después de muchas y diversas consideraciones, expuestas con juvenil énfasis, Sarmiento manifiesta que el romanticismo “representa una grande revolución en literatura, un grande sacudimiento de la inteligencia, y tuvo en sus filas y a su frente a nombres respetables, nombres que brillan todavía como los astros más luminosos del firmamento de la literatura moderna”.

Y se pregunta, lúcidamente: “¿Cómo se atreven tan descaradamente a levantar su voz, que debiera enmudecer, para desarrajar contra las de la literatura moderna, no contra un escritor que al cabo no es más que un hombre, sino contra un siglo entero, contra una forma literaria que ha tenido por patrones a genios de primer orden y por sectarios a centenares de talentos distinguidos? ¿En qué Chimborazo del mundo filosófico nos hemos parado para ver a nuestros pies con ojos desdeñosos a todo un Víctor Hugo, que si un día tiene el buen humor de hacer algunas aportaciones y decir privadamente: he escrito un libro, da en esto una orden a la prensa para que exclame con su trompeta sonora como la del ángel de la resurrección final: ¡Atención, pueblos civilizados! ¡Víctor Hugo ha escrito un libro! ¡Descubrámonos!”.

Cierra el artículo anunciando que en el próximo se referirá a “cómo ha criticado [El Semanario] el Ruy Blas de Víctor Hugo, y dónde le ha hallado defectos”.

Así lo hace, explicando primero su propia visión de la obra: “En esta pieza vemos nosotros un principio social desenvuelto, un producto de la igualdad. El lacayo es un hombre plebeyo, su amante es una reina aristocrática; y sin embargo se quieren, porque el ignorante tiene pasiones y la reina desprecia su rango, pisoteando la nobleza y elevando a un hombre que la ama. Bien puede haber exageración en este drama, pero hay poesía”.  

En el desarrollo de su comentario de Ruy Blas, la vehemente prosa de Sarmiento se exalta: “El poderoso genio de Víctor Hugo, después de haber hecho pedazos y pulverizado todas las cadenas literarias, tanto las que oprimían como las que no estorbaban o eran innecesarias, porque ese es el carácter de toda revolución, sintió la necesidad de reconstruir, y de hacer servir el nuevo arte a enderezar los entuertos de la sociedad. Quiso pintar una sociedad caduca, un edificio social que se desmorona, una nobleza decrépita y sin virtudes, una monarquía próxima a su ruina, y en este fango y entre esta podredumbre, colocar al hombre del pueblo, es decir al pueblo mismo”.

Y continúa: “Este hombre lo encuentra Hugo en la librea de un lacayo; le presenta la oportunidad de ser ministro, de ser favorito, y entonces el hombre lacayo porque nació pobre, toma la dignidad del genio, echa del palacio real a puntapiés a la turba de nobles venales y corrompidos (…) remediando los males de la nación que él ha presenciado, sentido y sufrido, como presencian, sienten y sufren todos los oprimidos”.

Sarmiento se indigna contra el redactor de El Semanario, que, según cita, “no puede menos de rebelarse contra Víctor Hugo, cuando en Ruy Blas nos pinta un lacayo que nunca ha sido más que un lacayo”; después, imbuido de justa ira, el sanjuanino prorrumpe: “Esto es lo más groseramente estúpido que se ha escrito jamás”. 

Se sorprende ante la insensibilidad del otro, que “ha tomado el lacayo por nada más que el lacayo” y, en una de las primeras reivindicaciones del trabajador y del explotado que registra nuestra literatura, le enrostra: “No ha visto que el lacayo es el peón, el artesano, el marino, el bodegonero, el roto, el hombre, en fin, que se halla mal colocado en la sociedad y que sin embargo puede ser un hombre extraordinario”. 

En otro artículo cita en su apoyo un trabajo publicado en la revista con la que polemiza, al que alude favorablemente. Se trata de una crítica sobre el drama El mulato, de Alexandre Dumas, y destaca Sarmiento que el crítico elogia “la tendencia verdaderamente social de aquella composición, su moralidad, su reivindicación del hombre de color, su hostilidad a las clases aristocráticas”. 

Pasa entonces a desplegar una serie de preguntas que, aunque retóricas, no dejan de inspirar serias reflexiones sobre la  cuestión, tan debatida cien años después, de la función del arte: “La Fedra [1], la Atalía [2], o las obras de Inarco Celenio [3], que adquieren cada día más brillo (en las estanterías) ¿descubren esa tendencia a rehabilitar al hombre que sufre por las preocupaciones de la sociedad, al genio que se rebulle en el fango en que lo han dejado desigualdades ficticias, y llega a abrirse paso por entre los obstáculos y colocarse en el punto elevado que le corresponde? ¿Dónde está el plebeyo, el mulato, el lacayo, que dice, ‘yo también soy hombre’ en el teatro clásico, y se presenta en la sociedad de los favorecidos a probarles que él, el mulato, tiene más genio, más talento, más virtudes, más magnanimidad que el poderoso, noble, corrompido, estúpido, y sin un solo sentimiento generoso?”.

Se interroga luego “en qué escuela se ha inspirado el autor de aquella crítica”, para ofrecer una respuesta donde pone de manifiesto un vigoroso sentido social: “En la nueva escuela, en la escuela socialista, cuyas doctrinas no ha hallado escritas en un libro, pero que se le revelan por el espectáculo de nuestras necesidades sociales, por las simpatías de nuestro corazón; porque ya empieza a avergonzarse de que el plebeyo, el mulato con talento, con virtudes, sea mantenido en una inferioridad abrumadora. No queremos pasar adelante, que esto nos basta”.

En la continuidad de la respuesta, Sarmiento muestra además una profunda intuición poética, que le revela un romanticismo que no es de idilios, sino de rebeldías: “Veamos ahora si el romanticismo estableció esta condición del arte. Cuando se pasó el furor de la innovación, el romanticismo fue clasificado por un hombre eminente que no se había alistado en sus filas, con esta frase sencilla, la libertad del pensamiento; otros lo llamaron la rehabilitación, es decir, una protesta enérgica y solemne contra las categorías en que el antiguo espíritu social había encerrado la creación, la admisión de las cosas despreciadas, odiadas y miradas con asco, sin excluir lo feo en el orden físico, lo malo en el orden moral, lo extraño en el orden intelectual. El romanticismo era, pues, una verdadera insurrección literaria como las políticas que la han precedido”.

“Quién aspira al menos a sucederle”, es entonces la pregunta obligada, cuya respuesta, para Sarmiento, no admite dudas: “El socialismo, es decir la necesidad de hacer concurrir la ciencia, el arte y la política al único fin de mejorar la suerte de los pueblos, de favorecer las tendencias liberales, de combatir las preocupaciones retrógradas, de rehabilitar al pueblo, al mulato y a todos los que sufren”.

Vale aclarar que entonces el liberalismo era una tendencia basada fundamentalmente en las libertades individuales, la división de poderes y el sufragio, y no había degenerado en el neoliberalismo actual.

En uno de los últimos artículos de la polémica, Sarmiento alude, sin reivindicar su autoría, al primer trabajo que publicó en Chile: se trata de El 12 de febrero de 1817 que, firmado con el seudónimo un teniente de artillería de Chacabuco, apareció en la edición del 11 de febrero de 1841 de El Mercurio, y significó el principio de la trayectoria periodística del autor en ese país.

En la polémica, el prócer lo trae a colación para hacer constar que “si a una escuela pertenecía es a la socialista, que no escribe para escribir como la romántica, ni para imitar maquinalmente como la clásica, sino para servir los intereses de la sociedad”.

Y se define de modo tan rotundo y enérgico como su estilo: “Nuestro único objeto era demostrar que en todos los tiempos, en todas materias, hemos guardado una unidad de principios literarios que nos atrevemos a desafiar a todos nuestros denigradores que desmientan. Hemos sido siempre y seremos eternamente socialistas, es decir, haciendo concurrir el arte, la ciencia y la política a lo que es lo mismo, los sentimientos del corazón, las luces de la inteligencia y la actividad de la acción, al establecimiento de un gobierno democrático fundado en bases sólidas, en el triunfo de la libertad y de todas las doctrinas liberales, en la realización, en fin, de los santos fines de nuestra revolución”.

Notas
[1] Tragedia del dramaturgo francés Jean Racine.
[2] Idem.
[3] Seudónimo de Leandro Fernández de Moratín. 

Fuente consultada
Sarmiento, D.F. Polémica literaria. Buenos Aires, Cartago, 1955.

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