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TRAS CARTÓN   La Paternal, Villa Mitre y aledaños
 5 de diciembre de  2022
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Raquel Forner y el drama de la guerra

Raquel Forner y el drama de la guerra

Hoy se cumplen 120 años del nacimiento de Raquel Forner, personalidad clave en el desarrollo del arte moderno en la Argentina.

Cuando Raquel Forner nació eran los años de la República Conservadora y de la economía agroexportadora, los años que el liberalismo considera la edad de oro de la Argentina. A lo largo de su vida, que culminó en 1988, presenció el desarrollo de los dos movimientos que, con sus diferencias, trataron de democratizar la organización política y económica del país: el radicalismo yrigoyenista y el peronismo. Pero también asistió a los golpes de Estado que trataron de cortar esos cambios: desde el primero, en 1930, con sus ideas fascistas, hasta el más cruel de todos ellos, el de 1976, con su terrorismo de Estado, pasando por la autodenominada “Revolución Libertadora” de 1955 y el Onganiato de 1966; procesos que a nivel internacional estuvieron marcados por el fascismo y la guerra civil española, continuada por la Segunda Guerra Mundial y, por último, la “Guerra Fría”. Para el arte son años de eclosión de las vanguardias, con sus búsquedas de nuevos códigos y análisis de los lenguajes artísticos, por el “retorno al orden” y la nueva figuración, y por el realismo social.

Forner estuvo entre dos mundos: el terrenal, el de la historia, señalado por las guerras, entre ellas, la española, que tanto incidiría en su pensamiento y obra; y por el otro, el celestial, pero este no necesariamente entendido como divino sino como el mundo cósmico que se abría a la humanidad con el desarrollo de los viajes espaciales. Estos llegarán a convertirse para la artista en la antesala de un hombre nuevo, de una nueva humanidad, que estaría en condiciones de superar a la vieja con su seguidilla de guerras, destrucciones y muertes. Señala un fascículo dedicado a la vida y la obra de la pintora correspondiente a la colección Grandes Pinturas del Museo Nacional de Bellas Artes: “Los astronautas son los nuevos mensajeros de la civilización, abierta ahora a descubrir el misterio del infinito del espacio, que Forner pobló de seres fantásticos y la luna era un tópico de su pensamiento, tanto por su dualidad con la tierra, como por la fascinación de la artista ante las hazañas espaciales del hombre”.

Recorramos algunas de las obras de Forner.

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Estamos en plena Segunda Guerra Mundial. Europa y gran parte del mundo se desangran. El principio de la muerte se ha adueñado de la vida de los hombres. En El drama, de 1942, vemos la muerte en un estandarte. Se trata de un cuerpo ya descarnado, esquelético, sostenido por árboles desolados que conforman una naturaleza ultrajada por la guerra. El esqueleto y los árboles moribundos nos indican el fin de la vida. Nuestra experiencia de la muerte consiste en percibir cómo desaparecen del mundo físico los seres vivos. Pero en el mundo en que está viviendo Forner, la muerte no es el resultado natural de la vida, sino el horror provocado por el propio hombre con sus guerras. Y el esqueleto es el símbolo de la muerte porque el hombre, como fenómeno de la vida, ha sido reducido a lo que tiene de mineral: los huesos. Ha perdido las emociones, la conciencia y la capacidad de razonar y el alma como chispa de Dios. El esqueleto no es más que un conjunto de huesos, una cosa muerta y monstruosa que ha destrozado la fe del hombre en la fuerza vital del amor y la vida.

Veamos los símbolos presentes en esta obra: un globo terráqueo que nos indica que la muerte se ha adueñado del mundo; la mano con el estigma de Jesús crucificado que nos lleva a pensar que el sacrificio crístico del Gólgota para darle vida eterna a los hombres no ha llegado a calar en lo más profundo de la mayoría de ellos. Las figuras de la guerra son cuatro alegorías: la guerra propiamente dicha, mitad con uniforme nazi y mitad esqueleto; el hambre, figura femenina con el vientre horadado; la peste, figura también femenina con un verde putrefacto, y el espionaje, con una máscara y una bayoneta. Cuatro alegorías que nos hacen recordar a los cuatro jinetes del Apocalipsis: muerte, hambre, pestes, guerra. La pareja de madre e hija simboliza el dolor de la mujer, de la madre, de la fuerza dadora de vida, impotente ante la muerte que ocurre en la tierra. La hija tiene en su mano izquierda una paloma blanca sangrante. Es el dolor del Espíritu Santo, ya que este tradicionalmente en la iconografía cristiana ha sido representado con una paloma. Y los pecados contra el Espíritu Santo no son perdonados.

La pareja de artistas simboliza el gesto de esperar la paz. El arte como salvación, en la angustiosa espera de un tiempo mejor. El arte como movimiento ascendente del alma hasta su encuentro con Dios. El arte como la única y última tabla de salvación que le queda a la humanidad. Y esto nos lleva a recordar, con Hegel, que el arte es la forma de acceso al Espíritu Absoluto por medio de una imagen sensible.

Apenas perceptibles, en el cielo del día final, unos paracaidistas, como mensajeros del cielo para la liberación del hombre, cual si fuesen ángeles modernos. Recordemos que Jung sostenía en Sobre las cosas que se ven en el cielo que una sociedad científica y tecnocrática, como la contemporánea, ha sustituido a los ángeles como mensajeros de Dios por aparatos mecánicos, los Ovnis, como nuevos mensajeros de la paz. Cierto es que Jung habla de Ovnis y Raquel Forner tal vez de los paracaidistas aliados, pero el sentido simbólico es el mismo: del cielo proviene la salvación de los hombres.

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En Retablo del dolor, de 1942, la figura de la mujer lacerada es como un Cristo doliente. Es un Ecce Homo. Aquí está el hombre. Jesús flagelado por los carceleros de su época presenta su humanidad herida, doliente. Aquí, una mujer ha sustituido a Cristo. Es el dolor desgarrador de la mujer ante una guerra que está destruyendo y matando a la humanidad. Y cómo no representar la tragedia de la guerra con el dolor de una mujer cuando ella es el principio de la vida.

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En El envío, de 1956, vemos un joven que lleva un estandarte donde aparecen representados dos peces. Se trata del signo astrológico de Piscis. Nos encontramos en el ambiguo territorio de los arquetipos del inconsciente colectivo, en el territorio de los símbolos más trascendentales de la humanidad que representan también al mundo onírico. Los piscianos viven en el mundo de los símbolos, los sueños y la capacidad humana de fantasear. Se trata del lenguaje sin palabras, de un lenguaje que se vale de las imágenes, donde todo está unido por medio de estas, como en la música todas las notas se unen en la partitura. Este óleo nos invita pues a reflexionar, a partir de los peces, sobre el simbolismo que se deriva de sus significados.

Fuente consultada

Raquel Forner. Grandes Pinturas del Museo Nacional de Bellas Artes. Argentinos y latinoamericanos, Buenos Aires, Clarín, 2011.

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