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TRAS CARTÓN   La Paternal, Villa Mitre y aledaños
 27 de mayo de  2020
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Para otra lectura de un clásico porteño

Para otra lectura de un clásico porteño

Con motivo de cumplirse hoy 70 años de la muerte de Carlos de la Púa, autor de La crencha engrasada, ofrecemos una lectura que pone de manifiesto el triste y sórdido papel asignado a la mujer en esta obra.

Raúl González Tuñón consideró a La crencha engrasada “un libro impar en la poética porteña”; Borges dijo que “literatura, y buena, es muchas veces la de este libro”. Muchos otros lo elogiaron, y en el tango le cantaron al autor desde Celedonio Flores hasta Ulyses Petit de Murat.

Y sin embargo, no podemos dejar de puntualizar que los retratos femeninos pergeñados por De la Púa muestran trazos distorsionados, están enfocados desde una perspectiva arbitraria, tendenciosa y superficial y dispuestos en una composición jerárquica donde se desconoce y niega en la mujer la capacidad de pensar, de sentir y hasta de sufrir.

Muchos de los personajes femeninos son víctimas de una de las peores explotaciones, la sexual, con la particularidad de que estas mujeres, como si padecieran una suerte de protosíndrome de Estocolmo, aman y admiran a sus victimarios y hasta parecen considerar merecidos los golpes que aquellos les propinan.

Así se advierte en los dos poemas en que la mujer asume la primera persona. En el titulado, sin eufemismos, La canción de la mugre, la protagonista se refiere a su proxeneta, que además es tahúr: “El precio de mi cuerpo en los amores / le da chele en su vicio, el escolazo / y aplaca como nunca los furores / que me anuncia casi siempre el cachetazo”. Y dice después: “¡Ese es mi hombre! (…) / No lo cambio por todo lo del mundo / sus biabas me las pide el corazón”.

En el otro, titulado precisamente Dijo la grela, el autor emplea el lunfardo para expresar conceptos similares: “Ese es mi choma de zurda / que me achaca el ventolái / el que a fuerza de fastrái / sacó esta grela a la gurda”.

Se nos dirá que se trata de una visión pintoresca: tan pintoresca y tan falsa, apuntamos, como esas viejas películas norteamericanas que muestran a los negros esclavos muy complacidos con sus amos, aunque, por lo que sabemos, no llegan al extremo de disfrutar de los latigazos que reciben.

Por el contrario, esta negación de la capacidad de sentir y hasta de sufrir por parte del oprimido ha sido asumida por todo tipo de opresores, en algunos casos hasta con naturalidad. Baste recordar, sin ir más lejos, que en el siglo XIX Concepción Arenal, la precursora del trabajo social, insistía enfáticamente en que los pobres también pueden sufrir.

Y si de naturalidad se trata, veamos otros dos poemas en los que los golpes a las mujeres son cosa de todos los días. El titulado justamente Amasijo habitual consta solamente de un cuarteto: “La durmió de un cachote, gargajeó de colmiyo, / se arregló la melena, y pitándose un faso / salió de la atorranta pieza del conventiyo… / Y silbando bajito rumbió pal escolaso”. En cuanto al otro, El ñato Cernadas, cuenta una historia que así termina: “La piba rajóse del techo paterno… / Cobró muchas veces… pues para Cernadas / las miquetas llevan el amor eterno”.

Si bien el autor se limita a contar historias o anécdotas que, como dice, eran habituales (y desgraciadamente aún lo son), no encontramos en esos coloridos versos compasión hacia las víctimas, ni siquiera objetividad, sino más bien una pretendida neutralidad que esconde chispazos de ese cinismo que, preciso es decir también, suele exhibir Olivari.

Y cuando el hombre es el protagonista del poema, el despecho y el resentimiento lo llevan a maldecir cobarde y procazmente a la mujer: “Nunca tendrás un macho que por vos se haga chorro / cuando toda esa runfla de farra y de cotorro / por chinchuda y por javie no te dé más pelota” (Sor Bacana).

En el poema siguiente, Gaby, el protagonista rechaza a una mujer enrostrándole su pasado y arrojándole estas terribles palabras: “Repasada por todos, garroneada por muchos, / no tendrás la aliviada de mi amor cadenero / por un taura principio de desdén a los puchos”.

Solo encontramos en el libro a dos mujeres exceptuadas de este tipo de situaciones: se trata de las madres que figuran en los poemas de contenido social Los bueyes y Lucio el anarquista. En ambos casos, llegaron a viejas en la pobreza, sin poder abandonar el penoso trabajo de lavandera.

Digamos por otra parte que no hay en este libro poemas dedicados a mujeres que piensan, que trabajan (salvo acaso Fabriquera, pero su mensaje es equívoco) o que crean; y si se menciona a una de ellas, Lola Mora, es para cometer la suprema vulgaridad de comparar a La fuente de las Nereidas con un bidet. Así lo hace el autor en Citroën, y en términos tales que Gobello (que no se distinguía precisamente por su sensibilidad) se vio obligado a decir que ese trabajo, y el que lo precede en el libro, Packard, son “de pésimo gusto”.                   

No ha de faltar quien diga que todo lo hasta aquí expuesto puede aplicarse al tango; permítasenos puntualizar que si bien es cierto que hay letras con similares características, son las menos. No las encontramos en la obra de grandes autores como Alfredo Le Pera, Cátulo Castillo y su padre, don José González Castillo, Francisco García Jiménez, el último Manzi y los dos Contursi (Pascual y José María), por no citar más que unos pocos nombres de entre los más conocidos.

Nuestras críticas no implican desconocer los valores de otros pasajes del libro, en el que Tuñón señala dos aspectos, constituido uno por “poemas decididamente lunfardos, o con elementos de lunfardía, auténticos, no postizos, y el otro, [por] una tónica de estirpe carrieguista, y aún de más intenso contenido social, como Los bueyes”.

Este poema, ya mencionado, describe el drama de una pareja de inmigrantes italianos, los bueyes del título. A diferencia de varios autores de principios del siglo pasado, para quienes por la sangre inmigrante circulaban los gérmenes de la corrupción que contaminarían el suelo patrio, en la composición de De la Púa parecería ser la ciudad quien corrompe a los hijos, nacidos en ella, de los honrados inmigrantes: “Vinieron de Italia, tenían veinte años, / con un bagayito por toda fortuna / y sin aliviadas, entre desengaños, / llegaron a viejos sin ventaja alguna. // (…) // Vinieron los hijos. ¡Todos malandrinos! / Vinieron las hijas. ¡Todas engrupidas! / Ellos son borrachos, chorros, asesinos, / y ellas, las mujeres, están en la vida. // Y los pobres viejos, siempre trabajando, / nunca para el yugo se encontraron flojos, / pero a veces, sola, cuando está lavando, / a la vieja el llanto le quema los ojos”.

Son dignos de destacar, asimismo, los poemas consagrados a viejos barrios y parajes populares porteños, como La cortada de Carabelas, que ostenta una lograda imagen criolla, expresada sin lunfardismos: “flota en su ambiente esa vida pasada / como flota en el cuello de la viola la cinta / que pusiera prolija la mano enamorada”.

Dejamos para el final a Hermano chorro, de presencia obligada en toda buena antología de poesía argentina, que condensa en sus dos últimos versos, con elementos de lunfardía, una cabrera resignación a la finitud de la existencia y la vanidad de las esperanzas: “El mañana es un grupo. / ¡Tras cartón está la muerte!”.

Hace muchos años, esbozamos algunos de los conceptos aquí vertidos desde lo que hoy llamamos perspectiva de género, en un artículo para una revista que ya no está; el responsable editorial procedió a extirparlos, aduciendo que nos valdrían las calificaciones de puritana o moralista.

Los tiempos cambiaron, en estos casos afortunadamente. No pretendemos que se ejerza censura sobre este autor y su obra, ni, por supuesto, sobre ningunos otros; tampoco queremos fijar posición alguna. Simplemente, nos limitamos a ofrecer una visión crítica de un clásico porteño al que, después de todo, le hemos brindado el mejor de los homenajes: el de haberlo leído con atención.  

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