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TRAS CARTÓN   La Paternal, Villa Mitre y aledaños
 5 de diciembre de  2022
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Museo del Hermitage, un desafío al intelecto

Museo del Hermitage, un desafío al intelecto

Hoy se cumplen 170 años de la inauguración del Hermitage (o Ermitage, según la transliteración del ruso), uno de los museos de arte más importantes del mundo y sin duda el más relevante de Rusia. Era el museo imperial. Al ser anexo a la residencia de los zares, las entradas eran restringidas y su distribución se realizaba bajo un control riguroso.

El Museo es un conjunto de palacios y palacetes que se encuentran en la ciudad de San Petersburgo, ciudad fundada por Pedro el Grande a principios del siglo XVIII, que expresaba en la concepción e ideología de quienes la diseñaron los afanes europeizantes y modernizadores del Zar y, en este sentido, entraba en colisión con las tendencias eslavófilas y tradicionales en la sociedad rusa que consideraban a la cultura de este país como distinta de la europea.

Por sus colecciones de arte europeo occidental, el Hermitage no podía escapar a la polémica entre europeístas y eslavófilos. Las colecciones formadas a lo largo de los años permiten apreciar pinturas y esculturas antiguas y modernas, dibujos, cerámicas y porcelanas, trabajos de orfebrería, numismáticas, armas, muebles y las más diversas manifestaciones del arte. En efecto, en el Hermitage nos encontramos tanto con las artes mayores (arquitectura, pintura y escultura) como con las artes menores (alfarería, ebanistería, medallística, relojería y tantísimas más).

La palabra “ermitage” es francesa y quiere decir “refugio del ermitaño”. Catalina II, la organizadora de este palacio, quiso dar a entender con ello que era un lugar reservado, aislado, donde los nobles encontraban un ámbito donde retirarse del bullicio de la corte y encontrarse consigo mismos. Hoy podemos decir que el Hermitage sigue siendo un refugio, ya no de los nobles, sino de todos aquellos amantes del arte que en sus salas y entre sus obras hallan un camino de ascenso espiritual.

En 1805, Alejandro I ordenó que las colecciones del Hermitage fuesen sistematizadas, lo dividió en varios departamentos y encomendó su dirección a un conservador de museos, subordinado al ministro de la Corte. Se inició así el estudio científico de las obras de arte, de las escuelas a las cuales pertenecían y de las atribuciones que podían hacerse. Todo ello le dio una mayor coherencia a las colecciones. Los Romanov, Alejandro III y Nicolás II, no demostraron interés por el Hermitage, aunque la institución fue recibiendo cada vez una mayor afluencia de público.

Después de la Revolución de Octubre, el 10 de noviembre de 1917, el Palacio de Invierno y el Hermitage fueron declarados Museo Nacional y en 1922 fueron reabiertos al público. Desde estos años, el Palacio de Invierno se unió al Museo del Hermitage y sus amplias salas se transformaron en otros tantos ámbitos de exposición. Cuando en 1941 las fuerzas de Hitler invadieron Rusia y llegaron a bloquear Leningrado, los bienes del Hermitage fueron trasladados a Moscú y otras ciudades. El museo sufrió los bombardeos de los nazis y se tuvieron que reparar los daños sufridos. En 1945, cuando la victoria sobre los nazis era un hecho, las colecciones fueron retornando a la ciudad y el Hermitage volvió a reabrirse al público.

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Si recorremos el Hermitage, nos encontramos, primero, con una galería que conduce a la escalera principal, llamada Escalera del Jordán. Desde lejos se notan sus primeros peldaños y se destaca un nicho en el tramo inicial, donde se encuentra una escultura llamada La Soberana, que es una alegoría del poder cuya residencia otrora fue el Palacio de Invierno. La Escalera Principal fue ideada como una entrada solemne que, con su esplendor y lujo, nos habla del poder de los zares. En ella encontramos uno de los pocos interiores decorados por Bartolomeo Francesco Rastrelli. En el techo se destaca un mural en el que están representados los dioses del Olimpo, pintado por Diziani, un artista veneciano del siglo XVIII. Asimismo, podríamos ver esculturas de los dioses y de las musas, todas ellas labradas por maestros italianos y rusos de los siglos XVIII y XIX.

A continuación pasamos a la Sala de los Mariscales de Campo. En ella sus retratos nos transmiten las imágenes de Alexander Suvorov, Mijail Kutuzov e Ivan Paskevich.

La Sala de Pedro, que le sigue, fue ideada como un monumento que conmemora a Pedro el Grande, fundador del Imperio Ruso. En ella observamos pinturas que representan dos grandes victorias del zar Pedro en la guerra ruso-sueca: la batalla de Poltava y la batalla de Lesmaya.

Posteriormente pasamos a la Sala de los Escudos, y en ella podemos apreciar los escudos de los gobiernos (en el sentido de provincias) que formaban parte del Imperio Ruso. En esta sala se realizaban las recepciones de los representantes de las delegaciones de los diversos pueblos del imperio multinacional.

La historia de Rusia, con sus batallas y con las anexiones de diversos pueblos, se encuentra evocada por la Galería Militar que se nos presenta como un monumento de arquitectura y de pintura destinado a ovacionar la victoria de Rusia en la guerra contra Napoleón en 1812. Al salir de la galería vemos, a nuestra derecha, la entrada a la habitación de la Guardia del Palacio, y a la izquierda, la Iglesia Grande del Palacio de Invierno.

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Luego, nos hallamos en la Sala del Trono, donde en una tarima cubierta de terciopelo escarlata, bajo un baldaquino pomposo y sobre el fondo de un panel con el escudo del Imperio Ruso, encontramos el Trono Imperial. Tapizado de terciopelo, guarnecido con apliques de plata dorada sobre una base de madera y adornado con un águila bicéfala en el respaldo con una corona encima de ella. Este trono fue completamente restaurado en el 2002. Había sido fabricado a fines del siglo XVIII por el maestro Meyer para la emperatriz Ana Ivanovna.

Dejando atrás el Palacio de Invierno e ingresando al pequeño Hermitage, podemos apreciar una sala con pinturas de los Países Bajos de los siglos XV y XVI.

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En la sala de las veinte columnas se exhibe parte de la riquísima colección de cerámicas antiguas (alrededor de 15.000 vasos). Se trata fundamentalmente de cerámicas itálicas.

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En la sala vecina se presentan bronces y objetos de vidrio de la antigua Roma y, junto a ellos, esculturas marmóreas romanas. Soberano entre los dioses, Júpiter esculpido aparece sentado en su trono. El Hermitage cuenta con unos 150 retratos escultóricos de la antigua Roma, entre los cuales se destaca una verdadera joya del arte romano: un retrato femenino de los años 60 del siglo II conocido con el nombre de La Siria.

Tras el atrio romano, una sala grande, en cuyas paredes revestidas de mármol están dispuestas espaciadamente las esculturas de los dioses y héroes de la mitología grecorromana. La exposición de las salas de arte de la Grecia Antigua nos va guiando por la evolución y desarrollo de la escultura griega desde el arte griego arcaico (siglos VII y VI a. C.) hasta el arte helenístico (siglos III y I a. C.), pasando por el arte griego clásico (siglos V y IV a. C.). También podemos visitar las salas que reúnen las colecciones de cultura y arte del Antiguo Egipto, con sarcófagos, estelas, placas y estatuillas de hombres, animales y pájaros.

Dejando atrás el arte antiguo, avanzamos en la historia para ingresar a salas donde prima el arte italiano de la época del Renacimiento. En la primera de estas salas están representados los denominados primitivos, vale decir, pinturas tempranas de los siglos XIII y XIV. Contrastando con las pinturas medievales se pueden ver las innovaciones de las pinturas renacentistas, las pinturas de los siglos XV y XVI. El armonioso ideal de belleza del Renacimiento italiano está representado por las obras de Leonardo Francesco Melzi, Jacopo Pontormo, Giovanni Battista Rosso, y un lugar central de la exposición del arte renacentista veneciano lo ocupan los cuadros de Tiziano. Asimismo, la principal pieza de la exposición de esta sala es la única obra de Miguel Ángel existente en Rusia: Adolescente acurrucado.

El arte del barroco italiano está representado en diversas salas con obras de distintas escuelas y géneros. Así encontramos los monumentales lienzos de uno de los mayores exponentes del barroco: Tiépolo, con El Triunfo del Cónsul.

Ahora nos hallamos frente a las salas de pintura española con una obra de El Greco, el primer gran pintor de España, quien, relacionando la iconografía bizantina y la pintura del Renacimiento italiano, nos dejó, entre otras, esta obra que se exhibe en el Hermitage: Los Apóstoles San Pedro y San Pablo. En lo que hace a la pintura española del Siglo de Oro (siglo XVII), la colección del Hermitage es muy importante y cuenta con obras de Diego Velázquez, Francisco de Zurbarán, José de Ribera y Bartolomé Murillo.

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A continuación, encontramos salas con pinturas de la Escuela Holandesa, que fue un arte de la victoriosa burguesía que dio origen a Holanda en lucha contra el Imperio español. Se destacan obras de Pieter de Hooch, Jacob van Ruysdael y sobre todo de Rembrandt, con Danae y La vuelta del hijo pródigo. Junto a esta sala, está la de pintura de Bélgica con obras del gran pintor Rubens: Perseo y Andrómeda, Baco y Retrato de camarera de la infanta Isabel.

No podían faltar, y se destacan a lo largo de varias salas, las pinturas y esculturas del arte francés: el siglo XVIII francés, con el ocaso de la cultura aristocrática y el nacimiento de la Ilustración, que dio origen al neoclasicismo en tensión con el barroco y el rococó, está representado con obras de Antoine Watteau: La Caprichosa y El saboyano con su marmota. Continuamos con retratos donde el ascenso de la burguesía viene a cuestionar a los retratos cortesanos, presentando un nuevo cliente para el pintor retratista: el burgués. Esto contradecía a los retratistas de la corte Jean Marc Natier y Louis Tocque. El arte francés del siglo XIX y principios del XX nos permite transitar por salas con representaciones del romanticismo, del impresionismo y del postimpresionismo. Así encontramos pinturas de Theodor Rousseau, Auguste Renoir y Claude Monet.

De los cuatro cuadros que el Hermitage tiene de Van Gogh, tres fueron realizados en Arlés en el período de mayor brillo de su talento.

Tampoco podía faltar una sala destinada a las pinturas de Gauguin, todas ellas pintadas en el principal período de su obra, vale decir, cuando se había trasladado a Oceanía y representó las costumbres y naturaleza de Tahití.

También están presentes las vanguardias de la pintura francesa de principios del siglo XX, con obras de destacados pintores que vivieron y trabajaron en París, la capital artística del mundo por aquellos  años, entre ellos André Derain con su Bosquecillo.

Y salas de arte inglés y de arte alemán. En las primeras, retratos de finales del siglo XVI y principios del siglo XVII. Precisamente con los retratos nació la pintura inglesa y un papel principal jugaron en este nacimiento los pintores extranjeros radicados en Inglaterra, entre los que se encuentran el flamenco Anton van Dyck y el más famoso de ellos, el alemán Godfri Kneller, ambos con obras en el Hermitage. El arte alemán está evocado además con la obras de Caspar David Fiedrich A bordo de un velero y la de Anselmo Feuerbach (sobrino del filósofo) Autorretrato.

Por último, en este recorrido por las salas del Hermitage, debemos mencionar a aquellas destinadas a la cultura rusa con, entre otras obras, retratos de Pedro I, Isabel Petrovna y Nicolás II.

Con estas salas no concluye el conjunto de tesoros artísticos de este museo, ya que en su interior también hallamos representaciones del arte de los pueblos de oriente: China, Japón y el mundo islámico. Es verdaderamente un desafío al intelecto una visita al Museo del Hermitage.

Fuentes consultadas

Cirlot, Lourdes. Museos del Mundo: Museo del Ermitage, Barcelona, Planeta de Agostini, 2005.

Torshina, L. El Ermitage. Paso a paso, San Petersburgo, 2008.      

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