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 13 de noviembre de  2019
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Muro de Berlín: a treinta años de su caída

Muro de Berlín: a treinta años de su caída

Hoy se cumplen treinta años de la Caída del Muro de Berlín, episodio emblemático en el proceso que culminó con la liquidación del “socialismo real” en Europa del Este y la reunificación de Alemania.

Una inmensa revolución social anticomunista se desarrolló en Europa oriental y en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) –o simplemente Unión Soviética– entre 1989 y 1991. El acontecimiento que desde lo simbólico más contundentemente expresa este proceso es la caída del Muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989.

La política de la Perestroika desarrollada por Mijaíl Gorbachov ya había desencadenado en la URSS la crisis de las nacionalidades con el conflicto en Armenia. Gorbachov había hecho saber a las direcciones de los estados socialistas de Europa oriental la necesidad de encarar reformas políticas que dinamizasen a esos poderes anquilosados y les había advertido que, de no encarar esas reformas, no podrían contar con las tropas soviéticas para la conservación de sus gobiernos. 

En la República Democrática Alemana (RDA) los intentos de una parte de la dirección del Partido Socialista Unificado de Alemania de preservarse en el poder siguiendo el ejemplo de los chinos, cuando estos reprimieron las protestas sociales en la Plaza Tiananmén, ni siquiera pudieron ser encaradas. “El impetuoso y multitudinario movimiento de rechazo, que comenzó con la huida de los alemanes que pasaban sus vacaciones en Checoslovaquia a través de Hungría, se amplió dentro de la RDA con motivo de la visita de Mijaíl Gorbachov, en el cuadragésimo aniversario del régimen, y acabó por arrastrar a unos dirigentes que se reputaban inflexibles en la defensa de los principios del Estado alemán socialista. Ante la oleada de refugiados –más de 200.000 huidos en los nueve primeros meses de 1989 y 115.000 desde el 1 de agosto al 7 de octubre–, los cimientos del régimen empezaron a ceder”, dice Mateo Madridejos. Y agrega unos párrafos más adelante: “Si el régimen comunista, fundamento y esencia de la RDA, se encuentra en crisis irremediable, eso quiere decir que el Estado separado se tambalea y la horrenda cicatriz del muro está en vías de desaparición”.

La toma de la Bastilla, acontecimiento emblemático de la Revolución Francesa, puede ser parangonada con la caída del Muro de Berlín. La Revolución Francesa fue una revolución burguesa y su consigna fue libertad, igualdad y fraternidad. Las libertades proclamadas por la burguesía en 1789 se encontraban ahora reivindicadas por el pueblo alemán que demolía el muro que había dividido a la ciudad de Berlín en 1961.

¿Cómo es posible que el proletariado haya consensuado una revolución anticomunista? ¿Cómo es posible calificar de revolución social a un movimiento anticomunista? ¿Acaso la revolución socialista niega la libertad y la democracia? Para contestar a estas preguntas es necesario tener en cuenta las siguientes variables.

En primer lugar, la libertad, la democracia y los derechos tienen un carácter de clase. Las libertades de la revolución francesa fueron las libertades de la burguesía. La revolución rusa tuvo su “Declaración de los Derechos del Pueblo Trabajador y Explotado”. Las libertades y derechos socialistas, expresión de la democracia obrera, fueron mucho más amplios que las libertades burguesas. Sin embargo, la degeneración burocrática del Estado soviético retrogradó los derechos proclamados por la Revolución de Octubre por debajo de los derechos conquistados por la humanidad con las revoluciones burguesas.

En segundo lugar, el Estado socialista alemán nació burocráticamente deformado. Una burocracia era la que ejercía el poder. El proletariado se encontró ante una situación donde el poder se ejercía sobre él en lugar de ser esta clase la que ejerciese el poder. En otras palabras, se proclamaba el poder proletario, el poder se ejercía en nombre del proletariado, pero este no podía ejercer el poder que en su nombre se desarrollaba.

En tercer lugar, el socialismo fue derrotado porque la productividad del trabajo era inferior a la alcanzada por el capitalismo en la Alemania federal. Una política burocrática y una economía anquilosada explican la participación de los trabajadores en una revolución anticomunista.

En cuarto lugar, ¿no es contradictorio calificar de revolución a un movimiento anticomunista? Paradoja de la historia, pero lo cierto es que el comunismo fue derrotado por una revolución social. Fue una revolución porque el conjunto de las clases trabajadoras conquistaron una libertad y una democracia, ciertamente burguesas, pero más democráticas que los derechos de un Estado socialista burocratizado. A un mismo tiempo, esta revolución social es una gigantesca contrarrevolución internacional que deja a la burguesía imperialista con el dominio del mundo afectando los intereses del proletariado internacional en su conjunto.

Lo que para los pueblos de Europa oriental fue un avance fue al mismo tiempo un retroceso para el conjunto de los pueblos del mundo. El proletariado sufrió una derrota estratégica. “Un entusiasmo indescriptible se apoderó de los liberados. En el primer fin de semana de libertad, unos tres millones de alemanes del Este viajaron al Oeste por motivos muy diversos, desde la simple curiosidad a la visita de parientes y amigos, en una gigantesca romería; y todos ellos, incluidos los militantes comunistas, se sintieron en algún momento atraídos por el lujo de los escaparates, el consumo frenético de cosas solo vistas en la televisión y la evasión sin fronteras después de casi treinta años de claustrofobia. Los más osados e impacientes atacaron simbólicamente con picos y palas ‘el monstruo de hormigón’ en diversas operaciones de derribo patrocinadas por las televisiones occidentales, y consiguieron arrancar algunos trozos para venderlos como reliquias de la guerra fría. “Derribado el muro, recuperada la libertad de elegir el momento de la marcha, renacía el apego a la seguridad de lo conocido. Los refugiados del éxodo veraniego, sin embargo, no parecían dispuestos a regresar. La apertura de la frontera era un antídoto para la claustrofobia pero insuficiente para incitar al retorno”, afirma Madridejos.

Ahora, el pueblo alemán se encontraría ante una realidad donde la libertad conquistada revelaría su carácter burgués y por consiguiente sus límites de clase. Ahora, las lujosas tiendas del capitalismo manifestarían los límites de la compra de las mercancías, dados por la relación entre los precios y los salarios. Ahora, las “seguridades del socialismo”, en cuanto al trabajo, la salud y la educación, comenzarían a convertirse en la añoranza por los tiempos idos de la República Democrática Alemana.

El imperialismo planteó la lucha entre el sistema capitalista y el socialista como una puja entre la libertad y la tiranía. Pudo hacerlo por la burocratización del socialismo: Berlín occidental era la libertad, mientras Berlín oriental era la tiranía. Cuando se construyó el muro en 1961, “las notas occidentales, idénticas todas ellas, decían en parte: ‘Las últimas medidas ilegales anunciadas por el llamado gobierno de Alemania oriental el 23 de agosto han tenido por consecuencia aislar más aún a Berlín oriental y Alemania oriental del mundo libre (…) estas nuevas medidas constituyen una mayor prueba de que el régimen comunista de Alemania oriental no puede tolerar siquiera el mantenimiento de los más simples contactos humanos entre familias y amigos”, citan Deane y David Heller. Y añaden: “¿Qué hay de la Muralla mientras tanto? Sigue siendo el símbolo de la brutalidad del comunismo en acción; de la degradación del espíritu humano que el sistema comunista lleva consigo; de su incapacidad para competir con una sociedad libre en igualdad de condiciones”. En realidad, el Muro de Berlín fue la “solución burocrática” a la lucha entre ambos sistemas sociales.

Federico Engels señalaba que el tránsito al comunismo significaría para la humanidad pasar del “reino de la necesidad” al “reino de la libertad”. La burocracia lo impidió. La libertad será realidad cuando el hombre esté liberado de toda forma de explotación y opresión. Y ello es imposible en una sociedad capitalista porque esta se basa en la explotación de millones de asalariados.

Fuentes consultadas

Heller, Deane y David. El Muro de Berlín, Buenos Aires, Plaza & James S.A., 1963.

Madridejos, Mateo. La Caída del Muro. Del comunismo a la democracia, Buenos Aires, Ediciones B Grupo Zeta, 1990.

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