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 19 de septiembre de  2018
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Los últimos momentos de Hipólito Yrigoyen

Los últimos momentos de Hipólito Yrigoyen

Hoy se cumplen 85 años: el 3 de julio de 1933 falleció Hipólito Yrigoyen. Entre sus historias-biografías, figura el trabajo de Félix Luna que lleva por título precisamente Yrigoyen y en el que nos basamos para trazar la semblanza de don Hipólito en los últimos años de su vida.

Yrigoyen fue el líder de la Unión Cívica Radical, en dos oportunidades presidente de la Nación Argentina, la primera vez en 1916-1922 y la segunda en 1928-1930. Su segunda presidencia fue interrumpida por el golpe de Estado de septiembre de 1930, que abrió un proceso de crisis institucionales que se prolongaría, con diversas alternativas, hasta 1983.

El radicalismo yrigoyensista representó el ascenso de las “clases medias” al gobierno del Estado, el cual, desde su formación en la segunda mitad del siglo XIX, fue un Estado burgués, solo que limitado a la burguesía terrateniente. Las luchas democráticas del siglo XX, representadas primero por el yrigoyenismo, fueron para convertir a aquel Estado en un organismo de la burguesía en su conjunto y, por ende, no privativo de los terratenientes.

Este líder, este caudillo, demócrata por su formación y por sus luchas, por sus objetivos y por sus métodos, se vio avasallado por el golpe de 1930. Los últimos años de su vida, el demócrata de la libertad, los pasó –en gran parte– confinado y detenido en la isla Martín García. A fines del siglo XIX, como conductor de la Unión Cívica Radical, para no legitimar la venalidad del sufragio, la corrupción electoral y el control monopólico del Estado por los conservadores, Irigoyen, que había levantado la consigna de “abstención electoral y levantamiento armado”, se encontró en ese invierno de 1930, con el hecho de que sus oponentes políticos no respetaron la ley Sáenz Peña y acudieron a las armas cuando la crisis internacional de 1929 urgió a la burguesía terrateniente a recuperar el monopolio del Estado para salvaguardar sus intereses de clase. Tal vez don Hipólito sintió en esos momentos que había cometido un error al renunciar al levantamiento armado y creerlo todo asegurado y garantizado con la ley electoral del sufragio universal, obligatorio y secreto. Él, que era un demócrata, vio a la democracia avasallada por quienes no vacilaron en acudir a las armas para defender los intereses de una minoría que, basándose en su poder económico y en el control de las fuerzas armadas, tenía el poder suficiente para carcomer la democracia y confinarla como si fuese un trasto viejo.

“Muchos argentinos –dice Félix Luna– aplaudieron lo del 6 de septiembre, en aquel día aciago: ignoraban las causas oscuras del movimiento, causas a las que quizás fueron ajenos muchos de su dirigentes. Pero los días ponen perspectiva a las cosas. El tiempo ha demostrado que en esa jornada no cayó solamente Yrigoyen, ni cayó el radicalismo solamente: cayó la Constitución y, con ella, la convivencia digna de los argentinos. Ese día, al atardecer, en la soledad recoleta de su casa, un hombre que durante largos años había estado descifrando como un mago los presagios y los signos de la patria, meditaba en silencio”. Cayó la Constitución y cayó el proceso de democratización, porque la democracia representó hasta 1983 el ascenso al gobierno del Estado de las clases y grupos subalternos: en todo caso, la burguesía media con el radicalismo y los trabajadores con el peronismo. Ironía del destino: mientras que el radicalismo yrigoyensita se formó y desarrolló en lucha contra los conservadores, en la antinomia entre la causa radical y el régimen conservador, hoy, más de un siglo después, vemos un radicalismo ideológicamente vaciado en alianza con los conservadores para salvaguardar los intereses de la burguesía terrateniente y financiera, esa misma burguesía contra la cual se había alzado a fines del siglo XIX.

Pero volvamos al Yrigoyen de Luna. Veamos sus últimos momentos: “Se moría Yrigoyen. Y mientras el rumor de la multitud congregada en suspendido recogimiento frente a la casa humilde bajo el persistente orvallo invernal llegaba apenas a la celda monástica, se le abrían al agonizante visiones de Patria en el trasfondo desvaído de su alucinación”. Visiones de la Patria en su última hora. Visiones de la Patria y de la eternidad. El jefe popular ha querido morir en el seno de Dios. “El día 2 de julio, un sacerdote dominico, fray Álvaro Álvarez y Sánchez, viejo amigo del caudillo, lo confiesa y le administra la eucaristía: volvía así Yrigoyen a las prácticas religiosas de su niñez, volvía a reconciliarse formalmente con Dios, este gran cristiano de toda la vida”, señala Luna, para agregar unas líneas más adelante: “Llega monseñor Miguel de Andrea y le imparte la bendición papal. El día está nublado y a ratos quiere lloviznar… A las 17 hay una ligera reacción: se incorpora un tanto y abre los ojos. Ansiosamente, los presentes le hacen preguntas para ver hasta qué punto ha mejorado. Pero él solo atina a mover flojamente las manos. Luego vuelve a su letargo”.

Los últimos momentos de Yirigoyen están marcados por el inicio de la “década infame”. Esa democracia que él había defendido se veía entonces mancillada por el “fraude patriótico”: el general Agustín Pedro Justo había sido consagrado presidente en 1932. Y si bien pudo dejar su prisión en Martín García, si bien dio a su partido la instrucción de “rodear a Marcelo” –por Marcelo Torcuato de Alvear, que había sido presidente radical entre 1922 y 1928 y era ahora el nuevo jefe del radicalismo, un radicalismo que se abstuvo en las elecciones de 1932 al ser vetada su fórmula presidencial de Alvear-Güemes­–, Yrigoyen murió con una democracia que agonizaba, porque no es sino una agonía la que padece un sistema institucional dominado por la corrupción, las proscripciones y el fraude.

Tristes instantes finales para un caudillo que luchó por la democracia y la libertad. Y estos momentos finales parecen estar acompañados por la naturaleza: un día frío y lluvioso. Un día de invierno. Como lo evoca Luna, Yrigoyen parece nacer en la eternidad, buscando en la unión con Dios la paz del alma, el sosiego para el espíritu; como si en el interior del espíritu encontrase el confort que la sociedad y el Estado le negaban. Son como líneas que se separan, ya no son líneas paralelas: una es la línea de Yrigoyen, unido con Dios; otra es la línea del Estado, sumido en la represión, los negociados, el fraude. Todo parece indicar que el caudillo ha perdido. Sin embargo, todo sembrador deja simientes: las semillas que caen en suelo fértil dan luego sus frutos. E Yrigoyen tendrá seguidores en la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA). Pero esa ya es otra historia: la historia de aquellos hombres que en el seno del radicalismo lucharon por mantener en alto las banderas de don Hipólito. ¿Otra historia? Tal vez no: tal vez sea la misma historia, la historia que cada nueva generación debe practicar y desarrollar hasta que los hombres honestos y virtuosos se impongan definitivamente sobre los hombres corruptos y malvados.

Fuente consultada
Luna, F. Yrigoyen. Buenos Aires, Hyspamérica, 1985.  

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