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 12 de diciembre de  2017
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Los jesuitas, expulsados de Buenos Aires

Los jesuitas, expulsados de Buenos Aires

Hoy se cumplen 250 años de la expulsión de los jesuitas de Buenos Aires. El hecho se dio en el contexto de una ofensiva general en todo el reino de España contra esa orden religiosa, que devino en su disolución por un largo período.

La expulsión de los jesuitas del reino de España y sus colonias no se registró en un día sino que fue un proceso iniciado “por la Real Pragmática del 27 de febrero de 1767, cuya aplicación se hizo en la metrópoli el día 2 de abril de ese mismo año. Con anterioridad, en 1758, habían sido expulsados de Portugal por su primer ministro, el todopoderoso marqués de Pombal, y habían sido desterrados de Francia, por obra de Choiseul y de la Pompadour, en 1764 (…) Francisco de Paula Bucarelli fue el hombre escogido para esa empresa en el Río de la Plata, y con gran aparato de armas, aunque por medio de subalternos, se ejecutó en Buenos Aires el 3 de julio de 1767, en Montevideo el 6, en Córdoba el 12, al día siguiente en Santa Fe, el día 26 de Corrientes, y el día 3 en Asunción, para referirnos solo a localidades que pertenecieron al gobierno de Buenos Aires”, según señala el Padre Guillermo Furlong, S.J.

¿Qué fue lo que condujo a la monarquía española a determinar la expulsión de los jesuitas? Tal medida fue el resultado de diversos factores. Hacia los últimos decenios del siglo XVIII nos encontramos, en lo político, con un avanzado proceso de consolidación del absolutismo monárquico; en lo cultural, con el desarrollo de la Ilustración y del Enciclopedismo (precisamente el rey Carlos III, que dictaminó la expulsión de los jesuitas, era un representante del despotismo ilustrado); en lo económico, con el despuntar del capitalismo. Todos estos cambios generaban tensiones con los jesuitas, amén de aquellos que se derivaban de la contraposición del sistema misionero con los intereses de los encomenderos, los bandeirantes y las coronas de España y Portugal.

Los jesuitas sostenían la teoría política de que el poder devenía de Dios y que este lo transmitía al pueblo para que se diera una autoridad bajo la forma de un sistema monárquico. Estas concepciones generaban rispideces con la teoría del absolutismo, que sostenía que las monarquías eran de derecho divino, por cuanto Dios, fundamento de todo poder, lo había transferido a un rey. La monarquía postulada por los jesuitas se diferenciaba de la tiranía. En efecto, desde el punto de vista de la orden fundada por San Ignacio de Loyola, si el monarca no se atenía a los derechos de los súbditos, devenía en un tirano. El pueblo tenía derecho a liberarse de la tiranía asesinando al tirano. Esta teoría del tiranicidio llevaba a los jesuitas a cuestionar las formas despóticas de uso del poder monárquico, llegando hasta la reivindicación de asesinar al rey-tirano para restablecer la armonía divina del reino. No eran simples argumentaciones teóricas sino también prácticas políticas efectivas. En 1757, “el atentado cometido en Francia contra Luis XV fue atribuido a maquinaciones de los hijos de San Ignacio. (…) El 13 de septiembre de 1758 se produjo un atentado contra el rey José de Portugal, crimen que, lógicamente, fue atribuido a inspiración de los jesuitas. A raíz de esto se instruyó un proceso contra la Compañía. Secuestraron sus bienes, fueron encerrados e incomunicados, abolidas sus escuelas de humanidades y prohibidos sus métodos de enseñanza. (…)Todo se desencadenó [en España] con el motín de Esquilache. (…) Se realizó una investigación y, meses después, el 8 de julio de 1766, Campomanes, fiscal del reino, declaró que ‘las malas ideas respecto de la autoridad real habían sido esparcidas por eclesiásticos’. De allí a acusar a los jesuitas no fue más que un paso”, afirma Lucía Gálvez.

Asimismo, los jesuitas que habían surgido como orden en la época de la contrarreforma, que juraban fidelidad al Papado y que a un mismo tiempo defendían la concepción de una monarquía universal, de un imperio católico, fueron entrando en colisión con los absolutismos monárquicos en la medida en que estos, en tanto expresiones políticas de los Estados nacionales, horadaban las bases de un imperio universal. Simultáneamente, el carácter absoluto de los reyes hizo que bregasen por una “Iglesia nacional”. Fueron las doctrinas del regalismo, que en España se manifestó en el ejercicio del Patronato por parte de los reyes. En otras palabras, los monarcas se reservaban el derecho de controlar la designación de los eclesiásticos a cargo de obispados, la fundación de iglesias y parroquias y de autorizar el pase a las colonias americanas de los documentos pontificios. Esta extensión del poder absoluto sobre dominios y competencias de la Iglesia produjo la tensión entre los Estados nacionales y el Papado.

Los jesuitas se encontraban en la segunda mitad del siglo XVIII con una realidad política sustancialmente distinta a aquella que los había visto nacer como orden religiosa. Y hasta tal punto esto era así que, en 1773, “los intereses contrarios a la Compañía de Jesús lograban que Clemente XIV la suprimiera como orden religiosa”, recuerda Lucía Gálvez.

Pero también estaban los conflictos que el sistema misionero generaba. Por un lado, los encomenderos veían lesionados sus intereses porque las misiones, al agrupar en su seno a los guaraníes, los privaban de un libre acceso a la explotación de la fuerza de trabajo. A esto debemos agregar que en la época estaba muy difundida la idea de que los jesuitas habían acumulado una gran cantidad de riquezas y estas se le presentaban a más de uno de los hombres que constituían parte de las clases dominantes nativas como un codiciado botín para apropiarse tras la eliminación de sus propietarios. Finalmente, no debemos olvidar la guerra guaranítica que se desencadenó cuando Fernando VI, por medio del Tratado de Permuta, cedió a Portugal siete pueblos misioneros a cambio de la Colonia del Sacramento que Portugal debía devolver a España. El tratado era ignominioso, ya que España cedía territorios que le pertenecían (las misiones al este del río Uruguay) por otro territorio (la ciudad de Colonia) que también se encontraba dentro de su jurisdicción. Los jesuitas se opusieron al tratado, reclamaron pero no fueron escuchados por el monarca. Los indígenas empuñaron las armas y en defensa de sus misiones, de sus territorios, desplegaron la guerra guaranítica, en la que lucharon entre sí vasallos de un mismo soberano. Leemos a José Cosmelli Ibañez: “La lucha fue muy sangrienta y los indígenas –armados con arcos, flechas y cañones de madera– debieron enfrentar al ejército combinado español-portugués. Resistieron durante tres años, hasta que finalmente los europeos vencieron en la batalla de Caybaté –febrero de 1756– y penetraron en los pueblos misioneros. Enterado Fernando VI de la cruenta lucha dejó en suspenso el cumplimiento del tratado, y su sucesor, Carlos III, lo anuló definitivamente en febrero de 1761. La Colonia del Sacramento siguió en poder de Portugal y España recuperó los territorios que había cedido en el Convenio”. Lo cierto es que si bien los jesuitas no estimularon a los indígenas a sublevarse con las armas en la mano en defensa de sus misiones, no pudieron escapar a las sospechas de estar de alguna manera implicados en esa guerra.

Concepciones políticas, intereses económicos enfrentados y coyunturas adversas se combinaron para que Carlos III se decidiese por la expulsión de los jesuitas de España y de sus dominios. Hubo quienes consideraron que los establecimientos jesuitas, y en particular su sistema misionero, constituían un Estado dentro del Estado, y que ello les había posibilitado disponer de grandes riquezas sustentadas en su control de la fuerza de trabajo indígena y en el virtual monopolio de algunas de sus actividades. Más allá de lo interesada y parcial de esta concepción, lo cierto es, una vez más, que el decurso de la historia se había tornado contrario a las ideas, concepciones y actividades de los jesuitas, y pagaron esa adversidad con su extrañamiento y la posterior disolución de su orden.

Fuentes
Furlong, G. Misiones y sus pueblos de guaraníes, Buenos Aires, Theoría, 1962
Gálvez, L. Guaraníes y Jesuitas. De la Tierra sin Mal al Paraíso, Buenos Aires, Sudamericana, 1995
Ibañez, J. C. Historia Argentina, Buenos Aires, Troquel, 1967

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