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TRAS CARTÓN   La Paternal, Villa Mitre y aledaños
 24 de octubre de  2020
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Los destellos de amores perdidos

Los destellos de amores perdidos

Se cumplen hoy 130 años del nacimiento en la ciudad de La Plata, provincia de Buenos Aires, de Juan Andrés Caruso, el autor a quien, según se dijo, más piezas le grabó Gardel.

Los biógrafos no se inclinaron demasiado sobre su figura: cuentan solamente que su infancia y adolescencia fueron difíciles, que ejerció el periodismo, fue prolífico autor teatral, se hizo amigo de Francisco Canaro, con quien compuso algunos de sus mejores y más conocidos tangos, y murió en Buenos Aires el 1° de marzo de 1931.

En cuanto al tango, su obra, vasta y despareja, no ha sido suficientemente valorada. Roberto Selles rescataba su labor como adecentador de primitivos tangos prostibularios, de los cuales el más conocido es Cara sucia, cuya música se atribuyó Canaro.

En nuestra opinión, el aporte de Caruso al género es más importante que eso: dadas la mencionada vastedad de su obra, solo nos referiremos a unas pocas piezas de entre las más conocidas.

Los versos de Alma de bohemio le fueron acoplados al tango de Roberto Firpo once años después de su exitoso estreno, que tuvo lugar en 1914: Francisco García Jiménez dijo que eran “un modesto remedo” de la Canción del bohemio, de Felipe Sassone.

El comentario es, por lo menos, injusto: la obra del peruano rezuma influencias del modernismo y admiración por su creador (“vago en busca de una forma que vislumbro en lontananza”), mientras que la de Caruso es de un porteño romanticismo tardío (“Mi pobre alma de bohemio / quiere acariciar / y, como una flor, / perfumar”); pero, además, muestra la inquietud por alcanzar un estilo propio y maduro.

En cuanto a las versiones, después de la creación que logró Alberto Podestá (que podrá gustar o no, pero resultó arquetípica) era muy difícil pensar en otro intérprete; en una de sus inspiraciones geniales, Troilo supo que a ese tango le convendría que lo cantara una mujer, especialmente si la mujer era Nelly Vázquez. Es cierto que existe el antecedente de Ada Falcón, pero la versión de Troilo y Vázquez, con su voz tan fresca y plena, es digna de figurar entre los mejores logros de Pichuco.

También es de inspiración romántica Caricias, con música de María Isolina Godard, grabado por Gardel en 1925 (“Una vaga, discreta penumbra envolvía la estancia”). Este tango tiene la particularidad de que, a despecho de los estereotipos, es el hombre quien abandona a la mujer (“pero al fin / por tus tiernas caricias no volví”), para arrepentirse cuando ya es tarde (“perdóname, / ese desdén ya muy caro lo pagué”).

Ese mismo año grabó Sentimiento gaucho, con música de Francisco y Rafael Canaro. Este tango se hizo célebre y hasta recibió, como diría Walsh, los halagos de la parodia. Aquí el autor introduce la figura del que bebe para olvidar: en este caso se trata de un hombre “todo sucio, harapiento”, que el narrador encuentra “en un viejo almacén del Paseo Colón”. Pero resulta que el borracho, al hacer su “fiel confesión”, revela un sentimiento noble y compasivo, que por eso merece el apelativo “gaucho”; lo expresa con una imagen rústica, pero enternecedora (“para ella he de ser como el trébol de olor / que perfuma al que la vida le va a arrancar”.

A los compases de Francisco Canaro, Caruso incursionó en el humorismo con Se acabaron los otarios, grabado por Gardel el 30 de marzo de 1927. (“Se acabaron los otarios / que en otros tiempos había / los muchachos de hoy en día / no son giles, al contrario. / Se acabaron los otarios / que los salgan a buscar / con linterna y con candiles / que aunque tengan quince abriles / no los podrán encontrar”).

Lo hizo con tanta felicidad que le retrucaron con otro tango. En efecto: el bandoneonista Manuel Pizarro y el letrista Héctor Behety compusieron Todavía hay otarios, que Gardel grabó el 15 de diciembre de 1928, y seguramente se divirtió mucho al cantarlo (“No sé por qué dicen que no hay más otarios, / que todos son ranas y taita a la vez / y por cada vivo marca el calendario / más de diez gilastros que nacen por mes. // Yo conozco a Yvonne, Paulette y Rosario, / a Mimí, Charlotte, Ninón y Zazá / y cada cual tiene su robusto otario / que forman debute la mensualidad”).

La ductilidad de Caruso le permitió pasar de la farsa a la tragedia que abordó en Federación, cuya música escribió Francisco Canaro junto con Luis Ricardi y que Gardel grabó el 5 de mayo de 1927, en el que constituye, por lo que sabemos, el único registro fonográfico de este tango. Es de suponer que el autor apeló a su formación periodística para lograr la concisión rigurosa y el lenguaje despojado (apenas hay adjetivos) con que describe un crimen de la Mazorca, y a su experiencia teatral para presentarlo como un hecho habitual en esa época. En cuanto a los matices, es Gardel quien los aporta en su conmovedora interpretación.

El tango comienza recordando, en letra y música, la consigna de la época de Rosas, que se repetirá al principio de cada estrofa (“¡Viva la santa federación! / ¡Mueran los salvajes unitarios!”) Le sigue el pregón: “Las diez han dado y sereno”. En la segunda, después de la consigna, la voz del sereno salmodia: “Las diez y no hay novedad". Sigue el relato del narrador: “Por las calles solitarias / a un hombre se ve pasar, / embozado en una capa, / que a una casa va a golpear. / Una puerta se entreabre, / una luz se ve brillar; / un beso suena en la noche / y otra vez se hace la oscuridad”.

La primera bis empieza con la consigna seguida por el pregón que anuncia que “las once han dado y sereno”, mientras que en la segunda bis, también después de la consigna, confirma: “Las once y no hay novedad”. A continuación, la acción se precipita. El narrador advierte: “De pronto unos emponchados / surgen en la oscuridad”. Los identifica como mazorqueros y deja traslucir que el personaje anterior es unitario. Y prosigue: “Echan abajo la puerta / dos tiros se oyen sonar, / dos cuerpos caen al suelo / y el sereno vuelve su alerta a dar”.

A modo de coda, se repite la consigna seguida por la voz del sereno: “Las doce y no hay novedad”.

El 14 de junio de ese año Gardel grabó La última copa, que tiene música de Francisco Canaro. Aquí el autor retoma el tema del que bebe para olvidar, que ya no es un borracho sucio y harapiento sentado en oscuro rincón, sino un hombre que pide que le sirvan más champán en una alegre fiesta, rodeado de amigos. Pero al igual que aquel, busca atenuar el recuerdo de una mujer que no lo amó.

En el monólogo del protagonista hay dos versos clave: “Yo me emborracho por ella / y ella, quién sabe qué hará”. Esa incerteza lo abruma, ese cúmulo de posibilidades que lo excluyen es justamente la fuente de sus sufrimientos, pues en todos los destinos que imagina ella siempre está con otro (“tal vez, también ella ahora estará / ofreciendo en algún brindis su boca / y otra boca, feliz, la besará”).

Gardel no grabó Destellos; sí lo hizo Ignacio Corsini en 1928, y después de él Ángel Vargas y Floreal Ruiz, entre otros; la música es de Francisco Canaro.

AL protagonista de este tango también le gusta el champán y está en compañía de amigos, a quienes invita “a beber, / que bebiendo se habrán de olvidar / los destellos de amores perdidos / que suelen los ojos de llanto nublar”.

Bécquer planteó: “Los suspiros son aire, y van al aire. / Las lágrimas son agua, y van al mar. / Dime, mujer, cuando el amor se olvida, / ¿sabes tú adónde va?” Acaso el amor, que es fuego, vaya a la tierra hecho luz; pero no cuando se olvida sino cuando muere.

Porque no hay alcoholes que alcancen para olvidar el amor: bien lo sabe el protagonista de este tango, que termina por admitir: “Por más que lo intento, no puedo / esa luz que me quema, apagar”.

Los destellos de amores perdidos, a diferencia de los fulgores de amores florecientes, no encandilan; tampoco son fuegos fatuos ni luces malas: simplemente, como la luminosidad de las estrellas muertas, persisten. Y a veces son lo único real.

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