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 20 de octubre de  2019
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“La subversión del corazón vital”

“La subversión del corazón vital”

Hoy se cumplen 120 años del nacimiento en la localidad de Gálvez, Santa Fe, del poeta José Pedroni, quien sostuvo que “la gloria no es más que un verso recordado”.                                          

Todos sabemos que el demonio existe y está dentro de cada uno de nosotros; José Pedroni creía que el reino de Dios también. Así lo hizo constar en el  acápite de sus Cantos del hombre, donde cita el Evangelio de Lucas, cambiando el texto canónico “está entre vosotros” por “está dentro de vosotros”. Pero no hacía falta, porque todos sus versos rezuman esa íntima convicción.

Aprendimos a quererlo por dos poetas, Oscar García y Nicandro Pereyra. Este, que supo cantarles a personas y cosas humildes y pequeñas, decía que Pedroni era un gigante; aquel, que fue ateo en la vida y en la muerte, decía que la poesía de Pedroni es angelical.

Algunos alabaron su grave y expresivo lirismo; otros, el frescor y dulzura de sus versos; otros, en fin, su profundo sentido humanista. Carlos R. Giordano lo ubicó en “una línea de despojamiento franciscano”; para Hamlet Lima Quintana, “constituía la subversión del corazón vital”.

Apuntes para una biografía

Fue el octavo de los once hijos de Gaspar Pedroni y de Felisa Fantino, ambos inmigrantes italianos. Cursó las primeras letras en su ciudad natal y en 1912 se trasladó a Rosario para seguir estudios comerciales.

En marzo de 1920 se casó con Elena Chautemps, que fue su única compañera y con quien tuvo cuatro hijos; un mes después fue reclutado por el Ejército para cumplir el entonces obligatorio servicio militar. En abril del año siguiente, apenas liberado de esa obligación, se radicó definitivamente en la localidad santafecina de Esperanza, cuyo nombre fue como un signo que marcó su vida y su obra.   

La obra

Carlos Mastronardi escribió que Pedroni “se establece en lo elemental, en lo puro, en los bienes primeros y esenciales”. Y sus vigorosas imágenes les devuelven su antigua condición de seres míticos. No es extraño, entonces, que haya titulado a su primer libro, publicado en 1923, La gota de agua, que es germen y latencia de toda vida. Víctor Hugo habló de los hombres océano, y fue uno de ellos; Pedroni quería ser lluvia. (“¡Ah, si yo pudiera / caer todo un día / como tú, del cielo, y hacer la alegría / de todo el que espera!”).

En realidad, en 1920 ya había publicado otro libro, La divina sed, del que abjuró.

En 1925 apareció Gracia plena, que fue recibido con muy elogiosos comentarios, entre los que se destacó el que escribió Lugones para La Nación, donde inauguró el epíteto que se hizo célebre, “el hermano luminoso”. A su vez, Carlos de la Púa, en un artículo publicado en Crítica, dijo que Pedroni “vistió de poesía los trigales de Santa Fe”. A este libro pertenecen los  alejandrinos pareados de Maternidad, de bien ganada fama, donde el poeta se inclina lleno de veneración ante el milagro original y recurrente, que ve renovado en el cuerpo de la mujer que ama. (“Mujer: en un silencio que me sabrá a ternura / durante nueve lunas crecerá tu cintura / y en el mes de la siega tendrás color de espiga, / vestirás simplemente y andarás con fatiga. / (…) / Y un día, un dulce día, quizá un día de fiesta / para el hombre de pala y la mujer de cesta; / el día que las madres y las recién casadas / vienen por los caminos a las misas cantadas; / (…) / un día, un dulce día, con manso sufrimiento, / te romperás cargada como una rama al viento. / Y será el regocijo / de besarte las manos, y de hallar en el hijo / tu misma frente simple, tu boca, tu mirada / y un poco de mis ojos, un poco, casi nada...”).

Poemas y palabras es de 1935. Se destacan en este libro dos series de poemas, inspirados uno por la madre y el otro por la esposa. El primero, titulado precisamente Poemas a la madre, reúne entrañables recuerdos de infancia dulcificados por el tiempo y embellecidos por la palabra; componen el segundo, Rondel de la niña mía, intimistas filigranas como Piedras, donde el autor reconoce, aunque oblicuamente, la indudable influencia ejercida en su escritura por Elena Chautemps, cuya bondad de gusto y de criterio quedaron de manifiesto en las entrevistas que se le hicieron y en la selección que, a pedido del propio Pedroni, realizó para la antología Hacecillo de Elena. (“Porque soy contador / y de vulgares modos, / y visto simplemente, / y si miro una estrella / o una flor / la miro como todos, / ‘Los versos no son de él –dice la gente–; / se los escribe ella’. // Así es, así es: / Yo soy la inútil hiedra / enredada a tus pies. / Azules, verdes, rojos, / tú los versos me das / en cubitos de piedra / de tus ojos. // Yo los armo, no más”).

En 1937 aparece Diez mujeres. Se trata de una serie de romances de clarísimo influjo lorquiano, con gitanas trasplantadas y lunas de ajeno cielo; se destaca, por su originalidad, el Romance de la mujer de piedra, donde un Pedroni inesperadamente malicioso da vida a su propia  Galatea. (“No sé quién eres, mujer, / si el Pudor o si la Gracia / solo sé que estás desnuda / sobre los ojos del agua. // (…) // Llegaste aquí –según dicen– / dentro de unas cuatro tablas: / hace de eso muchos años, / sobre el hombro de la fama. // (…) // Mujer, cuán hermosa estás / para venirte a mi casa. // Mujer, una de estas noches / saldré pegado a las tapias / llevando debajo el brazo / mi capa, mi vieja capa. // (…) // Llegaré hasta donde estás, / te tiraré un poco de agua, / o te soplaré en los ojos, / o te besaré en la espalda. // Tú, como de un hondo sueño, / te despertarás tocada, / dejando caer un polvo / de mármol en la fontana”).

Los versos de El pan nuestro, publicados en 1941, fueron escritos “a hurtadillas y a saltos de emoción” en la fábrica de maquinaria agrícola donde Pedroni se desempeñó como contador durante treinta y cinco años. Significativamente, los poemas más dramáticos e intensos no tienen como protagonistas a los obreros sino a sus mujeres, como es el caso de Paga que, musicalizado por Damián Sánchez, fue grabado con el título de Mama Angustia por numerosos intérpretes; de Grito, y del descorazonado y demasiado actual Ruego de la mujer del herrero a San Eloy. (“Desengañada y triste de los hombres de hoy, / sé sensible a mi ruego, lejano San Eloy. // Las cosas de aquí abajo no están bien como están. / En unas mesas sobra y en otras falta el pan. // Haga Dios lo que el hombre nunca ha podido hacer: / el bien en cada casa para cada mujer. // Tenga el herrero simple, lo mismo que el señor, / una casa que honrar, con su pozo y su flor. // (…) // Cuánto tiempo que espero. Desalentada estoy. / Los hombres no lo hacen. ¡Hazlo tú, San Eloy!”).

Publicado en 1956, año del centenario de la fundación de la ciudad en que residía Pedroni, Monsieur Jaquin, a modo de moderno cantar de gesta, une poesía y realidad para referir los hechos y hazañas de las doscientas familias europeas que de la mano, literalmente, de Aarón Castellanos, llegaron a Santa Fe para establecerse en su llanura, donde fundaron la primera colonia agrícola del país, que llamaron de la Esperanza, dio origen a la “pampa gringa” y, según el propio Pedroni, fue motor de la reforma agraria. El poema Nueva patria traza un balance de aquellas vidas donde no siempre los logros compensaron a los sacrificios. (“Vinieron de la tierra del roble milenario / a esta lejana tierra del pajonal dormido. / Cambiaron su paloma de alero y campanario / por la calandria india de lo desconocido. // (…) // Perdieron con el cambio... perdieron el idioma, / la novia melancólica, el hermano, el amigo... / Ganaron la batalla del monte y su paloma / y en la llanura arada, la batalla del trigo”).

En  su prólogo a Cantos del hombre, publicado en 1960, Jorge Isaías dice que es en este libro donde la escritura de Pedroni “involucra y resume su preocupación desde su entorno –la comarca– hacia el mundo”. Dice también que “como en ningún otro libro, tal vez, esté presente aquello que Carlino llamaba ‘del umbral hacia afuera’”. Esta proyección no implica desprenderse de las raíces sino, más bien, aferrarse a ellas; como Anteo, el poeta obtiene su fuerza de la madre tierra. Así, en Gaucho, invoca a nuestro héroe telúrico en busca del impulso que nos eleve al porvenir. (“¡Gaucho! / Gaucho que estás en todas partes, / en la tierra, en los árboles, / en toda pisada de caballo, / en todo vuelo de ave... / ¡Gaucho de la Cruz del Sur / sobre la pampa grande! // (…) // ¿Dónde la voz que diga ¡por aquí! / en nuestra amarga tarde; / dónde la voz de valeroso rumbo / que nos enanque / y el ala del sombrero / otra vez nos levante? / Fuerza que se ha alejado de nosotros, / por el mañana, ¡hágase!”).

El 5 de diciembre de 1960, a poco de cumplirse dos años del triunfo de una revolución auténtica en nuestra América, como la llamó Palacios, vio la luz el Canto a Cuba; en Los ángeles barbudos, el poeta homenajea al pequeño y heroico contingente expedicionario que, al mando de Fidel Castro, desembarcó en 1956 del yate Granma para alcanzar la Sierra Maestra. (“Eran ochenta solamente. / Sus nombres no cuentan. / Llegaron por el mar a la isla del llanto, / a su tierra. / (…) Quedaron unos pocos. / Están en la ladera. / Están subiendo silenciosos. / Suben con el fusil a cuestas. / Ya han llegado a la cumbre; / ya han llegado, porque el águila vuela. / (…) / Están limpiando los fusiles. / Están escribiendo en las piedras. / Dibujan un mapa, una paloma. / En la barba les crece la hierba”).

En más de una oportunidad, Pedroni manifestó públicamente su gran estimación de “la visión profética de Alberdi y Sarmiento”. Tanta fue su admiración por el prócer sanjuanino que le dedicó, no un poema, sino un volumen entero, La hoja voladora. En la glosa que acompaña a San Martín y Sarmiento, el poeta recuerda la visita de este último al “retraído y pudoroso libertador”, y explica que “San Martín, héroe, pone en manos del que lo será, su dolor y su esperanza”. (“El sembrador que pide anda por Francia / con su manaza abierta. / La sombra capitana está en Grandbourg. / Lo recibe en la puerta. // (…) // Nada puso en la mano que pedía / más que su adiós, su pena. / La mano se cerró para sembrar. / La mano estaba llena”).

Desde el título, El nivel y su lágrima rescata la belleza olvidada de las herramientas. Para ello, Pedroni imagina peregrinas metáforas: el dedal es “nido para un dedo desvelado”; el cepillo de carpintero, un “pequeño barco”; la hoz, “línea del vientre de Ruth fecundado por Booz”. El libro cierra con Plomada que describe, con admirable síntesis, el doble simbolismo de este instrumento, que en el sentido moral representa la rectitud y en el esotérico el Eje del Mundo, que vincula todo lo que existe entre lo de arriba y lo de abajo y es también un símbolo de la ascensión. (“Cuelga de un hilo de pescar la pesa / y es un pequeño mundo suspendido. / Un ángel invisible la sostiene. / Señala el centro de la tierra, herido. // Sigue su vertical, hombre constante, / y llegarás a Dios, hombre afligido”).

Su último poema, La bicicleta con alas, fue escrito especialmente para la inauguración del velódromo municipal de Esperanza, que tuvo lugar en julio de 1967. Como la bicicleta, la imaginación de Pedroni despliega las alas para hacer esta mezcla milagrosa de cotidianeidad y fantasía, donde esta es un elemento liberador, aunque condicionado por el sentido social de Pedroni al esfuerzo de los hombres. (“La bicicleta un día va a volar. / La bicicleta de todos. / Ya lo verán. / Le están saliendo las alas. / Son de verdad. // (…) // Tan pronto los hombres / ganen la paz, / la bicicleta de todos / volará. / La que duerme en las puertas de los cines / volará. / La del cartero / volará. / La de la reina Guillermina / volará. / La mía –y tuya– / volará. / Por arriba del humo y de los cables / me verás”).

José Pedroni murió en Mar del Plata el 4 de febrero de 1969. Mastronardi escribió: “Preferimos ignorar su muerte: nos cuesta mucho mencionarlo en tiempo pasado, ya que lo sentimos tan presente como ayer”.

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