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 24 de abril de  2018
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La ley de sufragio femenino

La ley de sufragio femenino

Se cumplen hoy setenta años de la sanción de la Ley 13.010, que establecía el sufragio femenino, universal y obligatorio, en los mismo términos que el masculino. Fue un hito en la lucha por la igualdad entre el varón y la mujer.

Señala un trabajo dirigido por Luis Alberto Romero: “En 1946, los candidatos de todos los partidos y quienes tenían influencia sobre la opinión pública consideraban un hecho que las elecciones nacionales de ese año iban a ser las últimas sin la participación de las mujeres. Resultaba claro que el partido gobernante implementaría la reforma y le otorgaría a las mujeres los mismos derechos cívicos que ya tenían los hombres, ganara el peronismo o la Unión Democrática. Al poco tiempo de asumir, el senador peronista Lorenzo Soler presentó un proyecto que se convirtió en la Ley 13.010 que, en 1947, le otorgó derechos políticos a las mujeres”.

La nueva jurisprudencia constituyó un hito en la lucha por la igualdad de las mujeres; pero ¿por qué existía la desigualdad entre el varón y la mujer? El interrogante requiere remontarnos al remoto tiempo en el que se formaron las primeras sociedades de clase en el Oriente Próximo, hacia el 3100 a. C. Como resultado del desarrollo de la propiedad privada, la formación de la familia patriarcal y, en general, la sustitución del matriarcado por el patriarcado, las mujeres quedaron circunscriptas a las actividades domésticas que progresivamente perdieron la dimensión social en el proceso productivo (aunque bueno es recordar que estas actividades no se limitaban al “trabajo del hogar” sino que incluían las llamadas industrias domésticas, como el hilado y el tejido). En efecto, las mujeres fueron apartadas de la administración del Estado, salvo de aquellos lugares que se derivaban de sus funciones como madres o esposas de los reyes o emperadores –y siempre que esas mujeres tuviesen una personalidad lo suficientemente fuerte como para ser transgresoras e intervenir en los asuntos políticos–, y quedaron subordinadas económica, política y jurídicamente a los varones. Se constituye en la historia el problema femenino, que es un problema de clase y no de género.

Con el advenimiento del capitalismo y en especial a partir de la revolución industrial, al apropiarse el capital de las fuerzas de trabajo suplementarias (mujeres y niños), se abrió para las mujeres del proletariado la participación en la producción social, siendo doblemente explotadas, como trabajadoras y como mujeres. Las luchas obreras y las de las feministas progresivamente fueron conquistando para la mujer derechos cívicos y políticos, aunque en las condiciones del capitalismo la igualdad es más un desiderátum que una realidad. En la Argentina burguesa, el desarrollo de la producción industrial fue acompañado del trabajo femenino e infantil, y la formación de la democracia burguesa creó la forma política en que se desplegaría la lucha por la igualdad entre los sexos.

En la lucha por esta igualdad, uno de los tópicos centrales fue la lucha por el voto femenino. Fue una bandera de lucha del Partido Socialista y de los movimientos feministas en los que participaban mujeres provenientes de la burguesía. En 1919 fue presentado por el diputado radical Rogelio Araya un proyecto para establecer el sufragio femenino obligatorio. En 1928 el diputado socialista Mario Bravo presentó otro proyecto a favor del voto femenino, pero no fue debatido en el Congreso. En 1932 fue Alfredo Palacios quien presentó un proyecto de ley que establecía el sufragio femenino universal y obligatorio. Obtuvo la aprobación en la Cámara de Diputados, pero el Senado nunca lo consideró.

“Cuando Perón pronunció el discurso de inauguración del período de sesiones en el Congreso, en julio de 1946, se expresó a favor del sufragio femenino. Tras esa manifestación de apoyo y a solo una semana de comenzada la labor parlamentaria, un diputado peronista introdujo un proyecto de ley que contemplaba la ampliación de los derechos políticos a las mujeres. En el mismo momento, la Unión Cívica Radical y el Partido Demócrata Progresista presentaron sus propias iniciativas. De este modo, al comenzar el período legislativo correspondiente a 1946 ya se contaba con tres propuestas diferentes y con el acuerdo de todos los partidos para llevar adelante esta iniciativa. El proyecto del diputado peronista fue tratado velozmente en la Cámara de Senadores; luego paso a la de Diputados para convertirse en la Ley 13.010 el 9 de septiembre de 1947”, indica el trabajo antes citado.

Poco después, el 23 de septiembre de 1947, Evita pronunció un discurso en Plaza de Mayo, en el cual, entre otras consideraciones, manifestó: “Mujeres de mi Patria: Recibo en este instante de manos del Gobierno de la Nación la ley que consagra nuestros derechos cívicos. Y la recibo, ante vosotras, con la certeza de que lo hago, en nombre y representación de todas las mujeres argentinas. Sintiendo, jubilosamente, que me tiemblan las manos al contacto del laurel que proclama la victoria. Aquí está, hermanas mías, resumida en la letra apretada de pocos artículos, una larga historia de lucha, tropiezos y esperanzas”. Como vemos, Evita se dirige al conjunto de las mujeres argentinas, presenta la ley como la conquista de los derechos cívicos para el sexo femenino y la considera como el resultado de una larga serie de luchas.

Más adelante, Evita continuaba así: “Este triunfo nuestro encarna un deber, como lo es el alto deber hacia el pueblo y hacia la Patria. El sufragio, que nos da la participación en el porvenir nacional, lanza sobre nuestros hombros una pesada responsabilidad. Es la responsabilidad de elegir. Mejor dicho, de saber elegir, para que nuestra cooperación empuje a la nacionalidad hacia las altas etapas que le reserva el destino, barriendo en su marcha los resabios de cuanto se oponga a la felicidad del pueblo y al bienestar de la Nación”.

Evita relacionaba el derecho al sufragio femenino con el deber, con la obligación de saber discernir en el acto electoral, para que el voto, como expresión de un deber ante el pueblo y la nación, contribuya, al igual que el voto masculino, al afianzamiento de las transformaciones sociales y políticas llevadas adelante por el presidente Perón. Efectivamente, Evita concluía: “¡Con nuestro triunfo hemos aceptado esta responsabilidad y no habremos de renunciar a ella! La experiencia de estos últimos años, que puso frente a frente la reprimida vocación nacional de justicia económica, política y social, y los viejos caciques negatorios de los derechos populares, ha de servirnos de ejemplo. En momentos de gravedad, los hombres argentinos supieron elegir al líder de su destino e identificaron con el general Perón todas sus ansias negadas, vilipendiadas y burladas por la oligarquía sirviente de intereses foráneos. ¿Podremos acaso las mujeres argentinas hacer otra cosa que no sea consolidar esa histórica conquista? ¡Yo digo que no! Y yo les juro que no, no a todas las compañeras de mi Patria. El voto que hemos conquistado es una herramienta nueva en nuestras manos. Pero nuestras manos no son nuevas en las luchas, en el trabajo y en el milagro repetido de la creación (…) Y votaremos con la conciencia y la dignidad de nuestra condición de mujeres, llegadas a la mayoría de edad cívica bajo el gobierno recuperador de nuestro jefe y líder, el general Perón”. Vemos cómo Evita establecía una relación directa con el apoyo al gobierno peronista que debía manifestarse en cada acto eleccionario. Un vínculo entre el derecho al sufragio y la conciencia cívica que debía traducirse en el apoyo a Perón en cada emisión del sufragio.

Como ya señalamos, la ley fue un hito en la lucha por la igualdad de las mujeres. Pero esa igualdad plena solo será posible en una sociedad socialista, donde integrada la mujer a la producción social con los mismos derechos que el varón, se libere de la monotonía del “trabajo del hogar” que deberá convertirse en una industria pública y socializada. Para concluir, recordemos que la República Soviética fue el primer estado en la historia de la humanidad que estableció la plena igualdad jurídica entre el varón y la mujer y que luchó por traducir la igualdad jurídica en igualdad real.

Fuentes consultadas
Romero, L. A. (director académico). “Historia de las elecciones argentinas: 1951. El voto de las mujeres”, Buenos Aires, Clarín, 2011.

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