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 17 de noviembre de  2019
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La independencia como objetivo central

La independencia como objetivo central

Se cumplen hoy, de acuerdo a la mayoría de las fuentes, 230 años del nacimiento de Bernardo Monteagudo, revolucionario que participó en la gesta emancipadora en el Alto Perú, Río de la Plata, Chile y Perú. Aquí una breve reseña sobre algunos momentos cruciales de su vida y el derrotero de su pensamiento.

“Nació en Tucumán en 1789 (muy probablemente el 20 de agosto), hijo de don Miguel Monteagudo, comerciante español, y de doña Catalina Cáceres, tucumana. Aprendió las primeras letras con el sacerdote José Antonio Medina, y luego continuó sus estudios en la Universidad de Chuquisaca. Se recibió de doctor en teología el 1 de diciembre de 1805, de cánones el 25 de julio de 1806, y al año siguiente, pasó por la Academia Carolina como practicante jurista”, así evoca Vicente Osvaldo Cutolo la figura de Bernardo Monteagudo.

El nacimiento de Monteagudo se produjo en el año de la revolución francesa, que fue la gran revolución burguesa en la historia de la humanidad; poco más de un decenio después de la independencia de las colonias inglesas de América del Norte, que daría origen a los Estados Unidos como república burguesa, y en los años de los orígenes de la revolución industrial en Inglaterra. Es la época del ascenso de la burguesía como nueva clase dominante.

¿Cómo pensaba Monteagudo los signos de su época? Decía: “Al empezar el siglo XIX casi toda la atmósfera del mundo participaba ya de las luces que había difundido esa brillante constelación de genios que apareció en el anterior (…) La Europa había dado algunos ejemplos parciales de haber llegado a este período y era natural que la América del Norte, cuya civilización estaba más adelantada en el Nuevo Mundo, fuese la primera que lo secundase”. La revolución de Mayo y la guerra de la independencia fueron el despertar de la época de la burguesía en el Río de la Plata. Estos acontecimientos fueron precedidos por las “choladas”, como se conoce a las revoluciones de Chuquisaca y La Paz de 1809, por la participación que les cupo a las poblaciones indígenas y mestizas, sobre todo en la primera.

Monteagudo participó de la revolución en Chuquisaca, en el Alto Perú (Bolivia), y terminó detenido como prisionero por su actividad revolucionaria. Tras escaparse de la prisión, se trasladó a Buenos Aires, donde lo encontramos en 1812. Fue uno de los principales animadores de la segunda Sociedad Patriótica que, como grupo morenista, trataba de recuperar posiciones radicales en la lucha contra las tendencias moderadas y conservadoras de la revolución. Son los años en que también se forma la Logia Lautaro, por el general José de San Martín, la Sociedad y la Logia activamente desencadenan la Revolución de Octubre de 1812, contra las políticas vacilantes del Primer Triunvirato, en particular en lo que hace a la convocatoria de un congreso que declarase la independencia y sancionase una constitución. Para Monteagudo era indispensable concentrar y centralizar el poder para salvaguardar la revolución. No se debía continuar con poderes ejecutivos colegiados y menos aún consentir a las tendencias federalistas. Uno y otras debilitaban al poder revolucionario. Era necesaria una dictadura personal, una dictadura que al centralizar el poder, le diese a este las facultades necesarias para enfrentar a la metrópoli española y a la contrarrevolución.

“Concentrar la autoridad en un solo ciudadano, acreedor a la confianza pública, librar a su responsabilidad la suerte de los ejércitos y la ejecución de todas las medidas concernientes al suceso y, en una palabra, no poner otro término a sus facultades que la independencia de la patria, dejando a su arbitrio la elección de los sujetos más idóneos en cada una de las ramas de la administración y prescribiéndole el término en que según las urgencias públicas debía expirar esta magistratura con las demás reglas que se adopten”, afirmaba Monteagudo.

La creación del poder ejecutivo unipersonal, vale decir, el Directorio, en 1814, era un paso imprescindible dado en esta dirección. Monteagudo no advirtió que en la organización del Directorio confluían también fuerzas no revolucionarias, como las de Carlos María de Alvear, que, con sus políticas de componendas, deterioraba a la revolución. Por sus vínculos con Alvear, cuando este fue derrocado por la revolución de 1815, hubo de padecer el destierro en Europa. La Revolución de 1815, con sus tendencias federalistas, disgregaba al poder revolucionario originado en 1810.

Decía Monteagudo respecto del federalismo: “Entre la multitud de maquinaciones con que se pretende extraviar el espíritu público, la más artificiosa es el proyecto de una federación, bajo la que quieren constituir desde luego los pueblos unidos, alterando así la forma presente con la cual son administrados y tentando una variación de que esperan el logro de sus pretensiones privadas. Consecuencia de semejante espíritu de provincialismo tan estrecho, tan iliberal y tan antipolítico, que si no acierta a cortar la oportunidad, vendrá precisamente a disolver el Estado, y de todas las partes que en la actualidad lo componen no dejará en pie sino secciones muy pequeñas, incapaces de sostenerse por sí mismas, débiles con respecto a los enemigos externos, y mutuamente rivales de su aumento y su gloria por la inmoderación de sus celos (…)”.

En 1817, Monteagudo regresó a Buenos Aires y se relacionó ante todo con el general José de San Martín; al año siguiente fue nombrado como auditor de guerra del Ejército Libertador. Desde 1820 participó activamente en la campaña libertadora al Perú. Adhirió plenamente al plan sanmartiniano de independencia y unidad continental; con este proyecto como objetivo estratégico, renunció al republicanismo de sus primeros escritos y apoyó las ideas de San Martín, en cuanto a la necesidad de una monarquía constitucional como la más apta de las organizaciones políticas posibles en la América independiente. Por esto también apoyó la idea de que la unidad americana solo era posible como una confederación de estados centralizados independientes.

En 1821, tras el ingreso de San Martín en Lima, la declaración de la independencia del Perú y la organización del Protectorado, Monteagudo fue nombrado ministro de Guerra y Marina en el gobierno de San Martín. Fue el principal colaborador de San Martín en el Perú. Enfrentó a la aristocracia limeña contrarrevolucionaria y a las fuerzas militares españolas aún presentes en regiones del Perú. Esta unión con San Martín y la política revolucionaria desplegada le ganaron la animosidad no solo de la aristocracia, sino también del “partido nacionalista” peruano, no adscripto al proyecto de unidad continental.

Cuando en 1822 San Martín se dirigió a Guayaquil para entrevistarse con Simón Bolívar, la oposición arreció y provocó la caída de Monteagudo. Tras Guayaquil, San Martín se retiró del Perú, el poder quedó en manos de Riva Agüero y los “nacionalistas”, lo que obligó a Monteagudo a exiliarse en Panamá, por entonces parte de la Gran Colombia. Se vinculó con Bolívar y con este retornó al Perú en 1824. Trató de salvaguardar el principio de unidad continental. El 28 de enero de 1825 fue asesinado por orden de sus opositores políticos.

Como síntesis de sus pensamientos, citémoslo nuevamente a Monteagudo: “Mis enormes padecimientos por una parte y las ideas demasiado inexactas que entonces tenía de la naturaleza de los gobiernos me hicieron abrazar con fanatismo el sistema democrático. El Pacto Social de Rousseau y otros escritos de este género, me parecía que aún eran favorables al despotismo. De los periódicos que he publicado en la revolución ninguno he escrito con más ardor que el de Mártir o Libre, que daba en Buenos Aires: ser patriota, sin ser frenético por la democracia, era para mí una contradicción, este era mi texto. Para expiar mis primeros errores, yo publiqué en Chile en 1819 El Censor de la Revolución; ya estaba sano de esa especie de fiebre mental, que casi todos hemos padecido y ¡desgraciado el que con el tiempo no se cura de ella!”.

La relación con el general José de San Martín moderó las ideas políticas de Monteagudo, pero no por ello dejó de ser revolucionario. Comprendió que el objetivo central era la independencia de la América hasta entonces española y que los enemigos de la unidad continental eran no solo las fuerzas realistas, sino también las clases aristocráticas y los “nacionalistas” que se oponían a la unidad del continente. La forma de gobierno, monarquía o república, era una cuestión secundaria.

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