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 17 de noviembre de  2018
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La hora de Alfonsín

La hora de Alfonsín

A treinta y cinco años de la elección que llevó a Raúl Alfonsín a la más alta magistratura de la República, recordamos el suceso con la reproducción del artículo alusivo publicado en nuestra edición gráfica de octubre de 2013, en ocasión de cumplirse los treinta años de aquel triunfo radical.

En las elecciones realizadas el 30 de octubre de 1983, el candidato a la presidencia de la Unión Cívica Radical, Raúl Alfonsín, con el 51,7% de los votos, se impuso a Ítalo Luder, el candidato del justicialismo, que alcanzó el 40,1% de los votos. Pocos meses después, el 10 de diciembre, Alfonsín asumía como nuevo presidente constitucional. Se había restablecido la democracia después de la más cruenta de las dictaduras que asolaron a la Argentina en el siglo XX.

El peronismo fue derrotado en elecciones libres. ¿Cómo fue esto posible? Para responder a esa pregunta debemos tener en cuenta cuáles fueron los objetivos económicos, sociales y políticos del autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional”.

La dictadura militar terrorista que se había instalado en el poder en marzo de 1976 se había propuesto redefinir las relaciones socioeconómicas y políticas entre el proletariado y la burguesía, en particular la gran burguesía monopolista. Si algo había impedido al Onganiato de mediados de la década del 60 y principios de la del 70 hacer que el país fuese gobernable para la gran burguesía, eso había sido la homogeneidad social y política de la clase obrera, homogeneidad sostenida por la industria y el mercado interno y por la militancia clasista y revolucionaria de la izquierda peronista y no peronista. Ante esto, y para que el país pudiese ser gobernado sin mayores sobresaltos por los monopolios y los intereses financieros, la dictadura militar se propuso por medio del terrorismo de Estado privar a la clase obrera de sus principales dirigentes y militantes revolucionarios y, por medio de una política económica neoliberal, modificar la anatomía económica de las clases sociales.

La desindustrialización quebró la homogeneidad del proletariado, sus filas industriales cayeron verticalmente; se desestructuró a los contingentes de la burguesía nacional y, al adquirir predominio en el proceso de acumulación de capital el interés financiero, toda la estructura productiva “tradicional”, que se había constituido tras la crisis de 1930, fue fuertemente dislocada. Asimismo, el terrorismo de Estado afectó no solo a la clase obrera sino también a la pequeña burguesía, que del revolucionarismo de los años 60 pasó al socialdemocratismo en los 80.

Son estos cambios introducidos por “el Proceso” los que nos permiten advertir el debilitamiento de la clase obrera y de la burguesía nacional, y de lo que había sido su expresión y representación política: el peronismo. No debemos olvidar tampoco la propaganda anticomunista (y más abarcativamente contra toda expresión popular) en los medios de comunicación y en el sistema educacional durante la dictadura. Esa propaganda contribuyó a afianzar en la conciencia de la sociedad los objetivos socioeconómicos y políticos del gobierno de facto. A este entramado social cabe agregar la derrota militar en la guerra de Malvinas de 1982, que precipitó la caída de la dictadura y el llamado a elecciones para 1983.

La campaña electoral de ese año se diferenció sustancialmente de la de 1973. Mientras en esta última lo dominante habían sido las movilizaciones populares que le habían arrancado al Onganiato la convocatoria a elecciones, no fueron movilizaciones de este tipo las que abrieron el proceso electoral de 1983. No nos olvidamos, por ejemplo, de la jornada de protesta convocada por la CGT el 30 de marzo de 1982, pero ni esta ni las acciones previas del sindicalismo conducido por Saúl Ubaldini pueden parangonarse con el Cordobazo, que hirió de muerte a la dictadura de Onganía.

La campaña electoral de Raúl Alfonsín replanteó las formas de comunicación política en la Argentina. Fue contratado el publicista David Ratto para diseñar y dirigir la campaña. Si en 1973, la Nueva Fuerza de Alsogaray había sido prácticamente la única fuerza política que apeló a una publicidad en los medios de comunicación, donde los “políticos” eran “vendidos” a la sociedad como una mercancía más, en 1983 el radicalismo utilizó la publicidad como método para concitar la adhesión electoral y captar un creciente caudal de votos. La campaña fue personalizada en la figura de Raúl Alfonsín, del que se destacaban sus cualidades como conductor político. En ese momento impactaron en la conciencia social ciertas formas de propaganda como el “Ahora Alfonsín”; esta consigna apelaba a un presente, a una actualidad que contrastaba con un discurso del justicialismo anclado en una imagen del pasado, la de su líder Juan Perón.

El radicalismo también buscó una imagen de fuerte impacto político y social y la encontró en un escudo con los colores de la bandera argentina que tenía las iniciales “R.A.”, correspondientes a Raúl Alfonsín y a la República Argentina. Era una forma de asociar al candidato radical con la nación. El presente era Alfonsín, Luder era el pasado. Más aún, un pasado que en buena parte de la sociedad aparecía como impregnado de una violencia mesiánica con un gran saldo de muertos. Recordemos que los años de las acciones guerrilleras de los montoneros y el ERP [Ejército Revolucionario del Pueblo] eran visualizados por una gran franja de la sociedad como un “combate” entre grupos que recurrían a la violencia armada, equiparable en la mentalidad de esos años con la represión de la Triple A. Por otra parte, el Ejército, que había reprimido a la sociedad por medio del terrorismo de Estado, era asociado por los medios de comunicación al peronismo: se trataba de la alianza entre la corporación militar y la corporación sindical. Mientras que el peronismo parecía no ofrecer nada nuevo, y mucho menos una propuesta transformadora, Raúl Alfonsín proclamaba que “con la democracia se come, se cura y se educa”. La ansiada democracia parecía solo poder provenir de las manos del radicalismo.

Más allá de las propagandas electorales­, el triunfo de Alfonsín se explica, en última instancia, por los cambios que en la sociedad argentina introdujo la última dictadura militar. La democracia se establecía sobre la base de la derrota de la clase obrera, pero la derrota de esta no está dada por las elecciones de 1983 sino que se remonta a las grandes huelgas de 1975 que, si bien obligaron a desplazar a López Rega, que desde el Ministerio de Bienestar Social había prohijado a la Triple A y su serie de asesinatos de militantes obreros y populares, no pudieron imponer la derrota del gobierno de Isabel Perón.

Quedaba a la restablecida democracia demostrarle a la sociedad argentina si podía o no cumplimentar sus sueños de una sociedad mejor. Sus avatares y la perdurabilidad de las injusticias sociales son otra historia.

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