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Desde las Comunas 11 y 15 de la Ciudad de Buenos Aires
 25 de mayo de  2018
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La gran flor roja

La gran flor roja

Hoy se cumplen 75 años de la firma del decreto presidencial que consagró flor nacional a la del ceibo.

“Coágulo de sangre, / labio irritado, / ¿cuántos besos de fuego / has y te han dado? / Y todavía / entre las hojas verdes, / ¡cómo palpitas!”.

Esta preciosa seguidilla, titulada El ceibo, fechada en 1936 e incluida en el libro San José de Flores, fue dedicada por el gran Fernández Moreno a la roja flor, que recibió el reconocimiento de los poetas antes que el oficial. El árbol es originario de Sudamérica, y actualmente se encuentra en el noreste y centro este de la Argentina, el este de Bolivia, el sur de Brasil, gran parte de Paraguay y casi todo Uruguay, país que también consagró nacional a esta flor. Su nombre científico es erythrina crista galli, que significa “cresta de gallo roja”, debido precisamente a la forma y color de las flores.

En cuanto al barrio, el especialista Eduardo Haene nos informa que “hay ejemplares centenarios en el Instituto Garrigós y en el hospital Alvear, en torno a la plaza Isla de La Paternal”.

Aclaremos, antes de seguir, que si bien la Real Academia Española acepta únicamente la grafía “ceibo”, la Academia Argentina de Letras, en su Diccionario del habla de los argentinos, admite también “seibo” y “seíbo”.

Es un árbol pequeño, cuya altura varía entre los cuatro y los ocho metros, y el diámetro de copa entre los cinco y los ocho, se conocen ejemplares de más de doce metros, con diámetro que supera los diez. La madera es muy blanda y porosa, por lo que carece de valor industrial; sin embargo, el árbol es muy resistente a condiciones extremas.

En palabras de Haene, “tiene una floración espectacular durante la primavera, cubriéndose su copa con las grandes flores rojo sangre que atraen la atención de polinizadores multicolores, como abejorros y picaflores”.

Y agrega: “También frecuentan sus flores el boyerito alférez, un pariente del tordo de cuerpo estilizado y movimientos acrobáticos, que consume el néctar introduciendo su pico en la corola”.

Dice también que “su corteza rugosa es ideal para la fijación de plantas epífitas, que crecen sin tocar el suelo, como helechos y la orquídea ‘flor de patito’” y que asimismo “trepan sobre sus ramas varias enredaderas nativas como la ‘papa de río’”.

“Ornamental por excelencia, ideal para plantarlo en jardines amplios y parques; se recomienda poner césped u otras plantas debajo del seibo”, acota Haene.

Considera por otra parte que, “por su importancia cultural y la atracción que ofrece a la fauna silvestre, debería ser infaltable en el patio de todas las escuelas de la Ciudad de Buenos Aires”.

Así, prosigue, “los niños podrían cosechar las semillas y emplearlas para la práctica de la germinación con la ventaja adicional que luego contarán con un renoval de la flor nacional para ubicar cerca de su vida”.

En ese sentido, afirma, con conocimiento de causa: “Plantar un árbol es uno de los momentos más movilizantes para una persona. ‘Nuestro’ seibo será desde ese momento un compañero fiel que en pocos años nos devuelve todas las atenciones en cientos de flores multicolores y musicales, si tomamos en cuenta su fauna asociada”.

La historia
A pesar de todo, la consagración de la roja corola como flor nacional no fue un episodio demasiado feliz, puesto que provino de una suerte de fraude patriótico floral, con proscripciones y todo.

Según consignan distintas fuentes, entre ellas el Gobierno de la Ciudad, todo empezó en 1910 cuando, en el contexto de la celebración del Centenario, se designó una comisión de biólogos y naturistas, presidida por Ángel Gallardo e integrada por Eduardo Holmberg, Miguel Lillo, Juan Domínguez y Cristóbal Hicken, para que eligieran la flor nacional. Después de deliberar durante cuatro años, esos notables se expidieron a favor de la pasionaria o flor de mburucuyá; pero el gobierno no legitimó la decisión.

De acuerdo con las mismas fuentes, en 1928 la Revista de la industria lechera y ganadera organizó un concurso patrocinado por la muy infame Liga Patriótica Argentina (la adjetivación es nuestra) para elegir a la flor nacional que “simbolice el alma criolla argentina”.

Se registraron unos ocho mil votos, que dieron el primer puesto a la magnolia, con 4.137 sufragios (que representaron aproximadamente el 52%), seguida por el ceibo con 1.582 (20%);  la estrella federal, con 781, quedó en tercer lugar (10%), y la pasionaria, con 349 (4%), en el cuarto. Otras flores cosecharon menores porcentajes.

Sin embargo, el jurado incurrió en la insólita arbitrariedad de impugnar y descalificar a la ganadora después de la elección y del escrutinio, aduciendo que la blanca y perfumada flor no era autóctona, puesto que, en efecto, es oriunda de América del Norte. (Claro que con ese argumento la Asamblea del año XIII debió haber descalificado al Himno de Vicente López y Planes y Blas Parera por ser este último español, y Gardel y Corsini no habrían sido reconocidos como grandes cantores nacionales por haber nacido ambos en territorio extranjero).

El jurado decidió entonces que el ceibo, que había obtenido menos de la mitad de los votos reunidos por la magnolia, debía ser proclamado flor nacional; sin embargo, el gobierno de Marcelo Torcuato de Alvear hizo caso omiso de la propuesta. 

A su vez, el diario La Razón organizó dos años después un nuevo concurso con el mismo objeto. En esta oportunidad, participaron más de veinte mil personas y el ceibo se impuso ampliamente por sobre los contendientes más próximos, el lapacho y el jacarandá.

El diario expresó su beneplácito “porque la flor elegida es también criolla, silvestre, porque luce su corola roja en medio de los bosques naturales y proyecta sus pétalos como gotas de sangre sobre las aguas de los ríos y arroyos de la patria”.  

Las fuentes consignan que en 1941, a instancias del entonces director de Paseos y Jardines de La Plata, Alberto Oitaven, el vicepresidente en ejercicio de la Presidencia (por enfermedad de su titular, Roberto M. Ortiz), Ramón S. Castillo, convocó a nueve notables para que eligieran a la flor nacional. Un año después, la comisión emitió un dictamen en el que constaba que el ceibo había cosechado cinco sufragios, la pasionaria dos, y el jacarandá y el ramo de flores provinciales, un voto cada uno.  

En consecuencia, el 2 de diciembre de 1942, el filonazi Castillo, quien ya había asumido la presidencia por haber muerto Ortiz, y a escaso medio año de ser derrocado por el no menos filonazi golpe militar de 1943, firmó el decreto 138.974, en virtud del cual se declaró flor nacional argentina a la del ceibo.

Leyendas, poemas y canciones
La leyenda más difundida sobre el origen del ceibo, y que ha llegado a ser enseñada en las escuelas, es la que tiene por protagonista a la aguerrida integrante de una tribu guaraní que, luchando bravíamente contra los conquistadores españoles, fue tomada prisionera.

Dejemos que prosiga el relato don Osvaldo Sosa Cordero, quien en su canción Anahí expresa: “Condenada a muerte, / ya estaba tu cuerpo / envuelto en la hoguera / y en tanto las llamas lo estaban quemando / en roja corola se fue transformando. / La noche piadosa cubrió tu dolor / y el alba asombrada / miró tu martirio / hecho ceibo en flor”.

Resulta llamativa, en todas las versiones de esta leyenda, la insistencia en remarcar la fealdad de la protagonista, a quien se le asignan facciones toscas y casi hombrunas (y que contrasta con la belleza de su voz y su osadía); cabe preguntarse si se trataría de la adaptación de una leyenda anterior, pero no nos corresponde a nosotros dilucidar esas cuestiones.

Por su parte, el poeta uruguayo Fernán Silva Valdés recoge o crea otra leyenda, a nuestro juicio más grata y que, desde luego, carece de la crueldad de la anterior, y que plasma en un poema que titula precisamente La flor de ceibo.

“Me lo dijo un indio viejo y medio brujo / que se santiguaba y adoraba al sol: / ‘Los ceibos del tiempo en que yo era niño / no lucían flores rojas como hoy. / Pero una mañana sucedió el milagro / –es algo tan bello que cuesta creer–; / con la aurora vimos al ceibal de grana, / cual si por dos lados fuera a amanecer. / Y era que la moza más linda del pago, /  esperando al novio toda la velada, / por entretenerse se había pasado / la hoja del ceibo por entre los labios. / Entonces los ceibos, como por encanto, / se fueron tiñendo de rojo color...’ / Tal lo que me dijo aquel indio viejo / que se santiguaba y adoraba al sol”.

Como no podía ser de otra manera, existe al menos un tango consagrado a la corola carmesí y titulado también Flor de ceibo, con música de Eduardo Ponzio y letra de Armando Tagini, quien cuenta otra leyenda que tiene por protagonista a un hombre noble y magnánimo.   

“Dicen que era un gaucho bueno, / de mirar franco y sereno, / generoso y fiel varón, / derecho en el amor / y todo corazón. //
Y que por bueno y honrado / lo traicionaron a escondidas. / Pudo cobrarse dos vidas / y en cambio dio su perdón. / Junto al arroyo callado / su desventura lloró. / Y de sus lágrimas de sangre / dicen que el ceibo germinó”.

Fue grabado por la orquesta de Francisco Canaro, con Charlo como estribillista.

Podemos mencionar también la zamba Los ceibos del Paraná, de Ricardo Arancibia Rodríguez, y grabada, entre otros, por el dúo Magaldi-Noda.

Las anécdotas
No queremos cerrar esta reseña sin incluir un par de episodios en los que la flor nacional estuvo involucrada sin comerla ni beberla, y cuyo recuerdo queremos compartir.

Empecemos por contar que durante el primer peronismo, y con el propósito de contener el proceso inflacionario iniciado a fines de la década del 40, se creó una línea de productos baratos de industria nacional, destinados al consumo masivo, que se denominó “flor de ceibo”.  

Se trataba de artículos de inferior calidad, y rápidamente el ingenio popular aplicó esa expresión, en forma despectiva, a distintas cosas y también a personas. Se destacaron en este sentido los “maestros flor de ceibo”, como quedaron señalados los miles de individuos que, a pesar de carecer del título correspondiente, recibieron certificados de habilitación para el ejercicio de la docencia.

Permítasenos, por último, traer a colación un recuerdo personal. Cuando cursábamos el primer año de la secundaria era preciso, en la materia Botánica (llamada entonces, pomposamente, Ciencias Biológicas primer curso), llevar un herbario, que no era otra cosa que una carpeta más grande que lo habitual, entre cuyas hojas debíamos aprisionar hojas, semillas, tallos y otras partes de las plantas que la profesora exigía.

El colegio funcionaba (creemos que aún funciona) en una localidad ribereña de lo que se conocía como el Gran Buenos Aires, y la gran mayoría del alumnado provenía de ese distrito o de otros aledaños, también ribereños: el ceibo crecía en todos ellos, y nadie ignoraba que no florece en invierno.

No sabemos si por estupidez del programa de estudios o de la profesora, o por una conjunción de ambas, fue en pleno solsticio cuando se nos asignó la tarea, de imposible cumplimiento, de incorporar flores de ceibo al herbario en cuestión. Ante la infructuosidad de nuestros esfuerzos, la airada docente nos enrostró lo que consideró haraganería y falta de aplicación; luego, ensayando una ironía para la que no estaba dotada, nos dijo: “¿Qué querían, que las flores fueran a golpearles la puerta y a decirles ‘aquí estamos’?”.

Para desagraviar a la flor, elegimos transcribir la primera estrofa de uno de los poemas que le dedicó Rafael Obligado (quien por cierto escribía “seíbo”) y que resucita en nosotros antiguas vivencias: 

“Yo tengo mis recuerdos asidos a tus hojas, / yo te amo como se ama la sombra del hogar, / risueño compañero del alba de mi vida, / seíbo esplendoroso del regio Paraná”.

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