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TRAS CARTÓN   La Paternal, Villa Mitre y aledaños
 24 de enero de  2021
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La dulce Paquita

La dulce Paquita

Se cumplen hoy ciento veinte años del nacimiento en el barrio de Villa Crespo de la destacada bandoneonista, directora y compositora de tangos Paquita Bernardo.

“Noches de Maldonao, / donde fuiste mimao / de la dulce Paquita”. Esto dice el Tango de otros tiempos, que tiene entre sus autores a un gran cantor, Alberto Marino, y que otro gran cantor, Roberto Goyeneche, popularizó. Este tango, cuya letra y música suscriben, junto con Marino, Washington Reyes y Ulderino Caserio, une en sus versos la dulzura del toque de Paquita Bernardo con “la emoción triunfal del bandoneón de Arolas” y el llanto del  “fueye macho del glorioso Pacho”, nada menos. ¿Hace falta aclarar que el Maldonao es ese “arroyo con menos agua que barro”, como lo describió Borges, y que hoy discurre bajo la avenida Juan B. Justo, al parecer definitivamente amansado?

Los biógrafos más confiables cuentan que la bautizaron con el nombre de Francisca y que, como tantas otras niñas de la época, estudió piano, pero al descubrir el bandoneón por intermedio de José Servidio se consagró al aprendizaje de este instrumento con la única guía del método publicado por Augusto Berto; tuvo después como maestros a Enrique García y a Pedro Maffia, y llegó a ser la primera mujer que ejecutó el bandoneón como profesional.

Cuentan también que en 1921 debutó en el mítico café Domínguez (que según Julián Centeya “era el imán que atraía como el alcohol atrae a los borrachos”) al frente de la orquesta Paquita, un sexteto que integraban, entre otros, Osvaldo Pugliese en piano y Elvino Vardaro en violín, y que tanto fue el éxito que la policía debía cortar el tránsito en la calle Corrientes, frente al local, ubicado entre las de Paraná y Montevideo. Por ese entonces empezaron a llamarla “la flor de Villa Crespo”.

Actuó después en distintos cafés porteños, como “la truquera confitería de La Paloma” (Borges dixit) de la avenida Santa Fe y el Maldonado y varios de su barrio; en la confitería 18 de Julio, de Montevideo, y en los teatros Coliseo y Smart, donde tocó junto a Enrique Delfino. A todos los lugares donde actuaba asistía acompañada siempre por su padre o alguno de sus hermanos. 

En cuanto a su obra compositiva, los biógrafos la hacen autora de unas ocho piezas, pero en SADAIC solo hay cuatro registradas a su nombre: Blanquita, Cachito, La enmascarada y Soñando. Esta última es un tango con letra de Eugenio Cárdenas que obtuvo un accésit en el primer concurso de Max Glücksmann y fue grabado por Gardel, quien también le llevó al disco el tango La enmascarada, con versos de Francisco García Jiménez.

La tuberculosis, que entonces hacía estragos, fue la causante de su temprana muerte, ocurrida en su barrio el 14 de abril de 1925.

Y no se sabe mucho más. Es conocida su imagen de muchacha devenida prematuramente en adulta, de oscura melena recortada y con el bandoneón descansando en sus rodillas; no lo son tanto los versos que le dedicaron José Portogalo y Héctor Negro.

Sin embargo, inexplicablemente, algunos de los más conspicuos referentes del tango y de su historia no la incluyen en sus textos, o apenas la mencionan; en contrapartida, varios biógrafos y biógrafas surgidos en los últimos tiempos le atribuyen actitudes y posiciones sociales y políticas incomprobables, pero nada dicen sobre su obra. Así, al ninguneo de los primeros le oponen los segundos una especie de personaje fabricado a la medida de sus propios estereotipos.   

Baste citar como ejemplo de esto último el artículo publicado ayer por la agencia gubernamental Télam donde, aparte de las inexactitudes y omisiones sobre la obra y trayectoria de la artista, tras referir que “fue [a estudiar piano] al conservatorio de Catalina Torre, donde en 1915 se encontró con un instrumento que marcaría definitivamente su destino”, relata que “trabajó en fábricas de medias y tenía posiciones obreras combativas cercanas al anarquismo”.

Digamos que, si efectivamente tuvo que “ir a la fábrica”, como se decía entonces (circunstancia que los biógrafos serios no consignan y de la que solo habría el testimonio de un vecino), debió haber sido muy fugazmente; el redactor, acaso muy joven, parece ignorar, en primer lugar, que las entonces llamadas despectivamente fabriqueras no asistían a los conservatorios de música, que eran frecuentados más bien por niñas de hogares de clase media y media baja con inquietudes o pretensiones culturales; en segundo término, que desde su debut Paquita se consagró por entero a lo que Héctor Negro llamó su “pasión inclaudicable” y que su desempeño fue siempre exitoso y, por último, que las publicaciones “cercanas al anarquismo” de la época no la mencionan. (Sí se conocen las simpatías anarquistas de importantísimas personalidades del tango como Pascual Contursi, Juan de Dios Filiberto, Luis Teisseire, José González Castillo, Enrique Santos Discepolo [en sus comienzos], Dante A. Linyera y Agustín Magaldi, por no citar más que algunos).

Paquita Bernardo no llegó a grabar. Pero, como ya dijimos, Gardel le llevó al disco dos tangos, y esa es otra cosa que tenemos que agradecerle, ya que nos permite apreciar al menos una parte de la obra de esta artista. Se trata de los ya mencionados La enmascarada y Soñando, grabados, respectivamente, en 1924 y 1925, en ambos casos con el acompañamiento en guitarra de José Ricardo y Guillermo Barbieri.

Los dos tangos muestran fuertes reminiscencias del estilo criollo1, y están estructurados a su modo; no es extraño, entonces, que se les adaptaran tan bien las octavillas de García Jiménez y las sextillas y octavillas de Cárdenas; además, su simplicidad armónica y vigorosa marcación rítmica, así como el uso del compás de 2/4, ubican a la compositora en la corriente más tradicional de la época, en la que estaba enrolado, entre otros, un músico tan apreciado como Anselmo Aieta, y que contrastaba con la tendencia renovadora que encabezaba Julio De Caro.

Gracias a los coleccionistas, ambas versiones pueden encontrarse en Youtube2. Recuérdese que son acústicas.  


Notas de pie

1Género del folclore surero, que tiene entre sus más acabados exponentes a Estilo pampeano, de Abel Fleury; Campo abierto, de Atahualpa Yupanqui, y El algarrobo, de Eduardo Falú. Gardel lo supo cultivar antes y después de consagrarse al tango, cantando piezas como El sueño, de Francisco Martino, y Pobre gallo bataraz, de José Ricardo y Adolfo Herschel, y componiendo otras notables, como El cardo azul (con letra de Isabel Canaveri) y Guitarra, guitarra mía (con versos de LePera).

2https://www.youtube.com/watch?v=x4cfcMyl0kA (La enmascarada)
  https://www.youtube.com/watch?v=pDo76XSrZmc (Soñando)

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