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Desde las Comunas 11 y 15 de la Ciudad de Buenos Aires
 20 de abril de  2019
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La demolición de un símbolo de poder

La demolición de un símbolo de poder

Se cumplen hoy ciento veinte años del estruendoso final del caserón de Juan Manuel de Rosas que se hallaba erigido en Palermo. Así como las villas renacentistas en Europa manifestaban el inicio de una cultura burguesa, la edificación que recordamos expresaba la inclinación también burguesa de un terrateniente de la Pampa.

“El final de esta historia es la destrucción del caserón de Rosas. Al parecer, no importó que hubiera sido sede del gobierno nacional, ni que hubiera albergado varias funciones importantes, ni en todo caso su valor arquitectónico. En aras del mal entendido ‘progreso liberal’, fue dinamitado en la madrugada del 3 de febrero de 1899, como celebración de esa fecha histórica, estando el intendente Bullrich a cargo de las operaciones. La destrucción no fue entendida como pérdida de un edificio histórico, por el contrario, mucho más tarde se escribió que el edificio ‘sucumbe como un soldado volado por la dinamita… había servido a soldados de tierra y mar y recibía en su postrer momento, a modo de salvas de honor, las explosiones que materializaban su fin’”, dice Daniel Schávelzon.

Se recordaban los destinos que el caserón había tenido después de la batalla de Caseros (1852), pero no su condición de residencia de Juan Manuel de Rosas. Este había iniciado hacia 1837 la compra de terrenos en la zona de Palermo para levantar su casa. Eran terrenos en gran parte bajos, anegadizos e inundables. Rosas tuvo que desarrollar trabajos de desecación, relleno y nivelación para adaptarlos a su condición de sustento de su residencia. ¿Qué llevó al Restaurador de las Leyes a elegir estos terrenos para la construcción de su vivienda?

William Mac Cann, comerciante y viajero inglés que visitó la Argentina a mediados de los años 40 del siglo XIX, recuerda: “Como siguiéramos caminando por el parque, levantó la vista y observó las refacciones de albañilería que se hacían ante nosotros. Alguien podría preguntar –me dijo– por qué se edificó esta casa en estos lugares. Él la había edificado con el propósito de vencer dos grandes obstáculos: ese edificio empezó a construirse durante el bloqueo francés; como el pueblo se encontraba en gran agitación, él había querido calmar los ánimos con una demostración de confianza en un porvenir sólido, y, erigiendo su casa en un sitio poco favorable, quería dar a sus conciudadanos un ejemplo de lo que podía hacerse cuando se trataba de vencer obstáculos y se tenía la voluntad para vencerlos”.

La construcción desplegada por Rosas disponía de tres áreas. La primera era la residencial propiamente dicha, vale decir, el caserón. La segunda, la de esparcimiento, formada por arboledas, lagos, estanques y bustos de mármol que descansaban sobre pilares. En uno de los lagos había un navío que había encallado en el cercano Río de la Plata. Rosas convirtió al barco en salón de bailes. Esta área disponía también de un primer zoológico. El área de esparcimiento era pública, a ella podían concurrir en paseo los pobladores de Buenos Aires. De hecho, Palermo comenzó a configurarse como bosque y paseo urbano en la época de Rosas. Podemos decir que constituía una innovación, ya que la ciudad solo contaba por entonces con la Alameda, junto al río, como paseo público. Por último, la tercera área era la de producción, con mataderos, saladeros y árboles frutales; todo ello revela que desde el punto de vista urbanístico, no se habían deslindado las áreas residenciales de las productivas; en el caso de las de Rosas, las productivas se encontraban en las proximidades del arroyo Maldonado; asimismo los árboles frutales de esta área se relacionaban con las arboledas del área de esparcimiento e incrementaban la superficie destinada al ocio y descanso.

La residencia de Rosas se comunicaba con el centro de la ciudad a través del camino de Palermo, que era otra de sus bellezas. Ancha calle flanqueada por grandes sauces. Sus desagües iban a un canal abierto para llevar las aguas del río al próximo estanque. Es así como el parque donde Juan Manuel de Rosas tenía su domicilio comprendía los bosques naturales de la costa y las arboledas plantadas por él.

El caserón era una residencia de una planta, de forma rectangular, con cuatro torreones en cada una de sus esquinas. Las habitaciones daban a un patio interior. La de Rosas tenía vista al río y estaba amueblada sobriamente: una cama de bronce, un gran armario y dos sillas de caoba. Sobre la estufa había un espejo y en medio de la habitación una gran mesa en la que trabajaba hasta altas horas de la noche. Manuelita tenía su propia habitación, que daba a la actual avenida del Libertador. A estas habitaciones se sumaban otras dependencias y un salón de fiestas, también frente a la avenida del Libertador, que estaba alhajado con gran número de sillas y sillones de caoba, todos tapizados de seda roja, acompañados por espejos de estilo veneciano. El piso era de baldosa, revestido con una alfombra. Hacia el sur, se disponía de una pequeña capilla. Hacia el exterior, las habitaciones daban a una galería con arcos y creaban un juego de luces y de sombras que, de acuerdo a Schávelzon, “daban fuerza formal al edificio”. Asimismo, destaca  Schávelzon que se trataba de “galerías coloniales al fin y al cabo, que igualmente continuaron utilizándose en tiempos de Urquiza con obras como la Aduana hecha por Taylor. (…) En la parte superior había una gran cornisa de perfiles rectos, sobre la cual estaba el barandal de la azotea que rodeaba toda la construcción”.

El arquitecto Ramón Gutiérrez nos dice: “Se ha tomado esta obra como expresión de una continuidad de algunos rasgos formales del período hispánico, aunque es elocuente la similitud de la planta con el diseño del ‘Poggio Reale’ de Nápoles, que publicó Sebastián Serlio en su tratado. El caserón de Rosas se insertaba en un paisaje natural notable, en donde se había creado un jardín botánico, lagos y zonas de paseo y recreación, que planteaban nuevamente la imagen de una vida feudal similar a la que describiéramos del Palacio San José de Urquiza. No caben dudas de que la simpleza expresiva y el manejo de una volumetría gravitante en el paisaje nos retrotraen al manejo de una propuesta morfológica ajena a las veleidades del amaneramiento seudonapoleónico del período rivadaviano. Frente a la ruptura de lo colonial, aquí aparece nítidamente la transición de lo poscolonial, y, a la vez, la continuidad de una manera hispánica de expresarse con franqueza y rigurosa utilización de los materiales”. Aquí nos encontramos con la idea de que la residencia de Rosas era expresión de una vida feudal. Lo mismo expresa John Lynch cuando afirma: “(…) el palacio de Palermo, a unos seis kilómetros del centro urbano y donde prevalecía un estilo de vida medieval”.

¿Fue feudal o medieval la arquitectura y la forma de vida que ella albergaba? Pensamos que no. En primer lugar, porque en la época feudal hubo ante todo una arquitectura de castillos, monasterios e iglesias, y de ello está alejada la residencia de Rosas. En segundo lugar, por el rol desempeñado por el paisaje en la residencia; pensamos que ella se vincula más con las villas renacentistas, con el redescubrimiento de la naturaleza que se produjo en el Renacimiento, que con las macizas construcciones del feudalismo. Y aun si considerásemos al feudalismo tardío de las monarquías absolutas, como el Versalles de Luis XIV, tampoco lo podríamos asimilar a la residencia de Rosas, porque aquel era la expresión de una aristocracia feudal y este la expresión de una burguesía terrateniente.

Otra cuestión es si el caserón de Rosas, desde lo arquitectónico, hundía sus antecedentes en la arquitectura hispano-colonial. Es posible, pero ya vimos cómo el propio Gutiérrez vincula el caserón con antecedentes en las construcciones de la ciudad de Nápoles.

Más allá de estos debates en torno a si hubo o no una arquitectura de Rosas, sí podemos decir que ella nos habla del arte de la época en que la burguesía terrateniente se consolidaba en el poder del Estado.

Fuentes consultadas
Gutiérrez, R. “Arquitectura” en AA.VV., Historia General del Arte en la Argentina, Tomo IV, Buenos Aires, ANBA, 1984.
Lynch, J. Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986.
Schavelzon, D. y Magaz M.C. “El Caserón de Rosas (Período 1895-1898)” en Congreso Nacional de Historia Militar, Buenos Aires, Instituto de Historia Militar Argentina, 1996.
Schávelzon, D. y Ramos J. El Caserón de Rosas. Historia y arqueología del paisaje de Palermo, Buenos Aires, Corregidor, 2009.
Taullard, A. Nuestro Antiguo Buenos Aires, Buenos Aires, Talleres Casa Jacobo Peuser Ltda., 1927.

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