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Desde las Comunas 11 y 15 de la Ciudad de Buenos Aires
 21 de noviembre de  2018
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Junio blanco

Junio blanco

Hoy se cumplen 100 años de la primera vez que nevó en la ciudad de Buenos Aires. Debieron pasar más de 89 para que se repitiera el fenómeno: muchos porteños deben recordar su asombro del 9 de julio de 2007 cuando una capa de aguanieve cubrió las calles de la urbe. Pero el 22 de junio de 1918, el nivel del grosor del manto de nieve le otorgó al acontecimiento una dimensión decididamente mayor y le inspiró a don Agustín Bardi su gran tango Qué noche.

El 22 de junio de 1918 a las 17 comenzó a nevar en la ciudad de Buenos Aires. Fue la primera vez que un fenómeno meteorológico de estas características se registraba en la capital de los argentinos. El día se había presentado algo nublado y con vientos fuertes. La mínima fue de cero grados y se registraron 2 mm de lluvia. Poco a poco, las calles, las plazas y parques y los techos de las casas comenzaron a ser cubiertos por un manto blanco formado por los sucesivos copos de nieve. “Cuando todos pensaban que la nevada había concluido, la temperatura desciende a cero grado y los copos vuelven a precipitarse con mayor intensidad. El hecho, lejos de molestar a la población, la colma de alegría y júbilo, y niños y grandes corren por calles y plazas arrojándose pelotas de nieve y construyendo improvisados muñecos con el gélido polvo”. (1) Es decir que los porteños, no acostumbrados a este hecho climático, se divirtieron con la nieve que cubría la ciudad. Así, por ejemplo, en el Rosedal, el intenso frío no aminoró los entusiasmos políticos, por el contrario, los estimuló: los ciudadanos consustanciados y organizados erigieron estatuas de nieve de sus respectivos líderes o caudillos para homenajearlos. Si a esta escultura se le sumaba el bosque, la elegante silueta invernal nos transportaba, no a Bernal o a Quilmes, centro del evento, sino a los paisajes de Suiza o de Rusia. Y si de este último país se trata, era de admirar al Parque Lezama cubierto de nieve, y en el fondo, la Iglesia Ortodoxa Rusa, de la calle Brasil.
 
Otro gran espectáculo era observar las vías de los ferrocarriles cubiertas de nieve. Démosles las palabras a quienes nos han dejado recuerdos de ese acontecimiento: “(...) pero aquellas aparentes gotas de lluvia que se demoraban y hasta quedaban flotando levemente se transformaron en copos. Y se dijo la palabra: nieve, en Buenos Aires, como fenómeno aconteciendo en la ciudad que desconocía a ese huésped misterioso y alado. Nieve, nieve... Las mujeres levantaban la cortina de la ventana para mirar hacia fuera, hacia la calle, donde las personas se apresuraban por las aceras, comentando el mágico suceso y alguno pegaba el resbalón y había que ayudarlo a levantarse. Falta de costumbre; nunca habían caminado sobre aceras con nieve. (...) No solo las baldosas del patio, las plantas en sus macetas y el arco del aljibe eran blancos; también el aire y el cielo mismo, en lo que alcancé a contemplar, pertenecían a una noche antártica (...). La casa entera dormía y hubiese querido gritarles para que se asomasen, como yo, a observar el milagro. Y volví al lecho, inundado el corazón de un sentimiento de nochebuena arcaica, con villancicos y cantos de pastores. Habíamos vivido una noche pascual” (2).

Un viejo porteño, Rafael Rovira, dejó este vívido testimonio de aquella inolvidable jornada: “Gran acontecimiento en Buenos Aires. Una fuerte nevada cubría lentamente con su blanco manto a la ciudad. Grandes y chicos se divertían con el extraordinario espectáculo, reían de los resbalones y caídas, se arrojaban trozos de nieve apretada con las manos y gozaban del inmenso paisaje nevado, cual mágica visión de regiones ignotas. Estábamos contentos. Una inexplicable alegría nos llegaba de arriba al ver caer aquellos copos que parecían flores de suave algodón. Todos hablaban de la nieve; todos traían algo que contar de lo visto o sucedido en otra parte de la ciudad” (3). “(...) por la tarde y por la noche, a través de las grandes vidrieras del centro, en los cafés y en los teatros, se veía a la gente de Buenos Aires contenta y parlanchina; a la innegable posesión de la niebla de Londres que alguna vez todos los inviernos nos demuestran, habíamos logrado por fin la ilusión de la nieve de París. Al mediar la noche, los copos aparecidos a las 3.30 de la tarde habían cubierto con un manto purísimo la ciudad. El aire, que al comenzar la nevada parecía convertido en un tul de encajes que bajaban sin llegar nunca a la calle, porque al tocarla se disolvían instantáneamente, se cubrió al obscurecer de tupidos remolinos de diminutas mariposas blancas que se agitaban y agolpaban, arrastradas por el viento alrededor de los grandes faroles eléctricos y en el difuso alumbrado de los carteles luminosos. Y poco a poco el milagro de los poetas se fue realizando” (4).

Notas
(1) Molinari, R. Buenos Aires, cuatro siglos, Buenos Aires, Tea, 1983, p. 409.
(2) Gonzalez Carvalho, J. Estampas de Buenos Aires, Buenos Aires, CEAL, colección La Historia Popular, N° 17, 1971, pp. 85-86.
(3) Citado por Molinari, ob cit, p. 409.
(4) La Epoca, 23 de junio de 1918, p. 1: citado por Scarsi, J. “Fríos eran los de antes”, en Todo es Historia, junio de 2006, N° 467, pp. 54-55.

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