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Juan José Castelli: orador de la revolución

Juan José Castelli: orador de la revolución

Se cumplen hoy 210 años de la muerte de Juan José Castelli, uno de los principales protagonistas de la Revolución de Mayo de 1810. Si la revolución encontró en Mariano Moreno a su escritor político, en Castelli halló a su orador revolucionario, en particular, por su recordada intervención en el Cabildo Abierto del 22 de mayo.

Nacido en Buenos Aires en 1864, Castelli se crio en el seno de una de las familias de la naciente burguesía criolla porteña. Era primo de Manuel Belgrano y se formó como abogado en la Universidad de Chuquisaca, en el Alto Perú, hoy Bolivia. Allí conoció la explotación del indio a través de la mita (laboreo obligatorio en las minas de plata) como forma coercitiva de trabajo.

A fines del siglo XVIII, ya de regreso en Buenos Aires, gracias a Belgrano, logra desempeñarse como secretario interino del Consulado, institución que expresaba los intereses de los comerciantes monopolistas y de los hacendados y a la cual Belgrano, desde su condición de secretario perpetuo, trató de convertir en un vehículo de difusión de las nuevas ideas económicas formuladas por la fisiocracia y el liberalismo. Castelli secundó a su primo en esta lucha ideológica. Así lo veremos expresarse en los primeros periódicos como Telégrafo MercantilSemanario de Agricultura, Industria y Comercio. Era la prensa a través de la cual trató de formarse y desarrollarse el partido de la revolución y la independencia.

Ya a principios del siglo XIX circulan clandestinamente en Buenos Aires copias de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, documento medular de la Revolución Francesa que fue la gran revolución burguesa. Castelli se vinculó con logias masónicas adscriptas a los planes de Francisco de Miranda, el precursor de la independencia americana, que consistían en ganarse el apoyo de Inglaterra en la lucha contra España a cambio de concesiones económicas.

Las invasiones inglesas de 1806-1807 pondrán de manifiesto las limitaciones de esos planes. En primer lugar, porque una cuestión era la forma en que los americanos querían lograr la independencia y otra era la mirada de la corona británica en cuanto a cómo lograr esas ventajas económicas. Castelli –y en este objetivo secundó a Saturnino Rodríguez Peña– “exploró” los ánimos de Beresford, el efímero gobernador inglés que tuvo Buenos Aires y se encontró con que este carecía de órdenes de sus mandantes para apoyar la independencia; más aún, después de la derrota inglesa, planearon la fuga de Beresford, por entonces prisionero en Luján, para que influyese sobre el gobierno inglés y lo persuadiese de contribuir con el objetivo de alcanzar la independencia a cambio de concesiones económicas. En segundo lugar, los acontecimientos de 1806-1807 y los posteriores de 1808, cuando, como consecuencia de la invasión de Napoleón a España, se produce la inversión de las alianzas europeas (España que era aliada de Francia pasa a serlo de Inglaterra), mostrarían la fragilidad del apoyo inglés, que oscilaría de acuerdo a la evolución de la situación en Europa.

Son los años previos a la revolución donde Castelli, al apoyar a Belgrano, adhirió al carlotismo, movimiento que pretendió convertir en Regente del Río de la Plata a la Infanta Carlota Joaquina de Borbón, hermana de Fernando VII y esposa del rey de Portugal Juan VI, quien, dada la ocupación napoleónica, había trasladado la corte portuguesa a Río de Janeiro.

La ofensiva final de Napoleón, la disolución de la Junta Central de Sevilla, la ocupación de casi la totalidad de la península y la formación del Consejo de Regencia crearían la situación política internacional que precipitaría los acontecimientos en el Río de la Plata y confluiría en la Revolución de Mayo. La situación en Buenos Aires era cada vez más compleja e inestable. Por un lado, la burguesía criolla, dividida en dos partidos tratando de hacerse con el poder: el de la Reconquista y el Ilustrado, del cual formaba parte Castelli; por el otro, la burguesía peninsular, el partido español, el partido de las juntas (porque bueno es decir que los primeros que hablaron de la formación de juntas en el Río de la Plata fueron los peninsulares) buscando desplazar a Liniers y formar un “gobierno independiente”, de una independencia que dejase el poder en manos de la burguesía monopólica y peninsular ante el posible colapso de la corona y la defección de la alta burocracia colonial, todo lo cual llevó a la revolución del 1 de enero de 1809 con la que estos sectores intentaron alcanzar sus objetivos. Castelli acusó a Álzaga, jefe del partido español, de “independentista” y apoyó a Liniers. No es una contradicción con su trayectoria anterior: la independencia que buscaba Álzaga era la de los ricos peninsulares para perpetuar su dominio en Buenos Aires, y esta habilidad de la que da cuenta Castelli revela, según Felix Luna, que “ha aprendido algo de tácticas conspirativas y se mueve con habilidad, entre los bandos enfrentados”. La revolución del 1 de enero de 1809 fracasó al ser sofocado el partido peninsular de las juntas por las milicias criollas , vinculadas al partido de la Reconquista, aliadas al partido ilustrado. Ambas fuerzas, unidas, respaldaron a Liniers.

A mediados de 1809, la Junta Central de Sevilla intenta recuperar el dominio pleno en el Río de la Plata. Logran desplazar a Liniers y nombrar a Cisneros nuevo virrey del Río de la Plata. Esta es la situación en Buenos Aires cuando la ocupación napoleónica que mencionamos más arriba precipita los acontecimientos. Cisneros se ve obligado a convocar un Cabildo Abierto para el 22 de mayo de 1810. Fue la instancia institucional de la revolución. Allí se debatió si el entonces virrey del Río de la Plata tenía o no títulos jurídico-políticos suficientes para continuar ejerciendo el poder dada la nueva situación peninsular. Castelli fue el principal orador revolucionario. Sostuvo que, dada la prisión de Fernando VII y la disolución de la Junta Central de Sevilla, habían caducado los derechos gubernamentales de la corona. Ante esta situación el poder se retrotraía al pueblo para que este se diera una nueva autoridad que ejerciese el poder a nombre de Fernando VII. El Cabildo Abierto depuso a Cisneros, pero el Cabildo lo reestableció como Presidente de la Junta del 24 de Mayo. La revolución, para triunfar, habrá de imponerse al Cabildo en la jornada del 25 de Mayo de 1810.

Formada la junta gubernativa de la que Castelli fue uno de los vocales, tuvo que hacer frente al problema de lograr que su autoridad fuese acatada en todo el territorio de lo que empezaba a ser el ex virreinato del Río de la Plata. De allí las expediciones político-militares al interior: una de ellas es la del Norte, la del Alto Perú. En Córdoba, en torno al ex virrey Santiago de Liniers, se había formado un núcleo contrarrevolucionario opuesto a la Junta. La expedición comandada por Francisco Ortiz de Ocampo e Hipólito Vieytes no fusiló a Liniers y demás complotados como lo había ordenado la Junta. A raíz de esto, cuenta Luna: “Castelli pone sobre el tapete la cuestión crucial: ante la negativa de Ortiz de Ocampo, Vieytes y Chiclana, es necesario que uno de los miembros de la Junta se encargue personalmente de hacer cumplir la orden de ejecución. ¿Quién iría? Moreno rompe el silencio que provoca la pregunta, para decir: ‘Vaya usted, Castelli, y espero que no incurra en la misma debilidad que nuestro general; si todavía no cumpliese la determinación, irá Larrea, y por último iré yo mismo, si fuese necesario’”. Castelli cumplió con la orden de la Junta porque era consciente de que la acción era determinante para el destino de la revolución. Sabe que este hecho marcará un antes y un después para la revolución. “Una vez ejecutado un ex virrey, un gobernador-intendente y un tesorero de la Real Hacienda, ya no habrá vuelta atrás”, concluye Luna su relato.

Deshecha la contrarrevolución en Córdoba, la expedición bajo la comandancia militar de Antonio González Balcarce y la comandancia política de Castelli sigue en el camino del Norte. Después del triunfo en la batalla de Suipacha en noviembre de 1810, la expedición ingresa al Alto Perú. Castelli tenía órdenes de no avanzar más allá de las fronteras del virreinato, de procurar tener a la indiada de parte de la revolución y de ajusticiar a los contrarrevolucionarios. Así fue fusilado el gobernador intendente de Potosí, Francisco de Paula Sanz, y con él, otros opositores a la junta revolucionaria. Castelli se revela como un jacobino. Declaró abolido el tributo que debían pagar los indígenas y suprimió la mita, es decir, el trabajo obligatorio en las minas. Pero en una sociedad marcada por el sistema de castas que diferenciaba tajantemente a blancos, indios y mestizos, estas medidas le enajenaron el apoyo de la mayor parte de la elite del Alto Perú, sin que lograse en lo inmediato ganar plenamente para la revolución al campesinado indígena.

Esta situación político-social, más las divisiones en la Junta de Buenos Aires entre saavedristas y morenistas y el apoyo que el virrey del Perú, Abascal, dio a la contrarrevolución, explican la derrota de Huaquí a mediados de 1811. Se perdía por primera vez el Alto Perú. En Buenos Aires, capital de la revolución, Moreno había sido desplazado y encontró la muerte en alta mar, en viaje diplomático a Inglaterra. La Junta Grande, primero, y el Primer Triunvirato, después, señalaban un curso político no favorable a revolucionarios como Castelli, quien fue obligado a bajar a Buenos Aires y sometido a juicio por su conducta y la pérdida del Alto Perú.

Como ironía del destino, Castelli, orador de la revolución, no pudo con sus palabras defenderse, ya que padecía un cáncer de lengua que lo llevaría a la muerte.

Fuente consultada

Luna, Félix (dir.) (1999). Juan José Castelli, Buenos Aires, Planeta.

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