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Desde las Comunas 11 y 15 de la Ciudad de Buenos Aires
 23 de mayo de  2018
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Héroes y mártires de la dignidad

Héroes y mártires de la dignidad

Hoy se cumple el 75° aniversario del levantamiento del ghetto de Varsovia, unánimemente considerado como una de las acciones más heroicas realizadas en la segunda guerra mundial.

“Solamente unos pocos sobrevivirán; todos los demás habrán de sucumbir, tarde o temprano”. Esto dijo en su última carta, escrita en el tercer día de la rebelión, su comandante, Mordejai Anilevich. Dijo también: “La última aspiración de mi vida se ha cumplido: la autodefensa judía ya es un hecho”.

El ghetto
La abominable “solución final” pergeñada por Adolf Hitler tuvo, como etapa previa al envío de la población judía a los campos de exterminio, su reclusión en ghettos. Estos eran sectores de las ciudades cercados por muros o alambrados de púas y fuertemente custodiados por guardias armados.

Los nazis crearon más de 400 ghettos, ubicados en su mayoría en los países ocupados de la Europa oriental. Los más grandes y conocidos fueron los de Minsk (Unión Soviética, hoy Bielorrusia), Vilna y Kovno (Lituania); Budapest (Hungría) y Lodz, Cracovia, Bialystok, Lvov, Lublin, Czestochowa y Varsovia (Polonia); a este último le cupo el malhadado privilegio de ser el mayor de toda Europa.

Precisamente, el 12 de octubre de 1940, a poco más de un año de la invasión nazi a Polonia, funcionarios alemanes de la ocupación dispusieron que la población judía de Varsovia –que era la mayor de Europa- se concentrara en un ghetto. 

En consecuencia, más de 350.000 personas fueron confinadas en un perímetro de 18 kilómetros; después incorporaron a judíos de otras regiones de Polonia, como así también a los deportados de Alemania y de otros países ocupados por los nazis. En noviembre de 1940, había recluidas allí unas 500.000  personas.

El ghetto estaba cercado por un muro de tres metros de alto coronado con alambre de púas. Adentro, en un área de unas 300 hectáreas, se hacinaban 128.000 habitantes por kilómetro cuadrado, cifra que contrasta violentamente con los 14.000 por kilómetro cuadrado del resto de la ciudad: precisamente, el 30 por ciento de su población había sido encerrada en el 2,6 por ciento de su superficie.

Varias familias convivían en un departamento; en cuanto a la alimentación, los alemanes distribuían a los judíos tarjetas de racionamiento que solo les permitían comprar menos de la tercera parte de los comestibles autorizados a la población local -y muchísimo menos que los consentidos a los alemanes. Algunos recurrían al mercado negro en procura de alimentos que cambiaban por objetos de valor o compraban a precios exorbitantes, pero la mayoría no tenía dinero ni objetos.

Como si eso fuera poco, el sistema de saneamiento pronto colapsó y las enfermedades se propagaron. Además, escaseaba el combustible para combatir el frío de los crudos inviernos. y no todos disponían de suficiente ropa de abrigo. 

Como penoso resultado de esta situación, se estima que en el ghetto de Varsovia más de 80.000 personas murieron de inanición, frío y enfermedades; otras, abrumadas por los sufrimientos, se suicidaron.

Las deportaciones
A principios de la década del 40, los jerarcas nazis decidieron pasar a la siguiente etapa de la “solución final”. Así, el 20 de enero de 1942 se celebró en las cercanías de Berlín la Conferencia de Wannsee, en la que jefes de las SS, dirigentes del partido nazi y otros altos funcionarios del Tercer Reich coordinaron las operaciones de traslado de todos los judíos europeos a los campos de exterminio. 

En cuanto a los confinados en el ghetto de Varsovia, entre el 22 de julio y el 12 de septiembre de 1942, 265.000 fueron deportados al campo de exterminio de Treblinka y 11.580 a campos de trabajos forzados, en tanto que más de 10.000 fueron asesinados durante los operativos.

Estos, que estaban a cargo de las SS y de la policía alemana, consistían por lo general en acordonar sucesivamente cada una de las cuadras del ghetto, hacer salir a los habitantes a la calle y una vez allí arrestarlos y, a fuerza de golpes, obligarlos a marchar al Umschlagplatz (punto de transferencia), donde eran compelidos a apiñarse en vagones de carga que salían con destino a Malkinia, donde eran desviados hacia Treblinka. Quienes se resistían o no podían seguir el ritmo impuesto eran fusilados en el acto. 

La resistencia
A pesar de la extrema inferioridad de condiciones, los judíos de Europa resistieron. Y esa resistencia asumió distintas formas.

Así, muchos judíos que lograron escapar de ghettos y campos de exterminio se refugiaron en los bosques, donde formaron grupos de resistencia armada que colaboraba con los movimientos partisanos locales, a los que otros judíos se incorporaron directamente. En ambos casos supieron desempeñarse aguerridamente en combate o cumpliendo arriesgadas acciones de sabotaje; en ninguno pudieron contar con el apoyo de campesinos y aldeanos, cuyo arraigado antisemitismo, inculcado a lo largo de generaciones por la nobleza y el clero y exacerbado por el miedo a las tropas de ocupación, los inclinaba más a la delación que a la ayuda. Los principales focos de resistencia judía estaban en regiones boscosas de Polonia, Letonia, Lituania y la Unión Soviética.

En las zonas urbanas, el primer y más importante levantamiento tuvo lugar en el ghetto de Varsovia, donde la formación del movimiento de resistencia fue, en un principio, la réplica a las deportaciones.

Fue así como el 28 de julio de 1942 se constituyó la unidad de autodefensa armada Organización Judía de Combate (Zydowska Organizacja Bojowa, ZOB); la integraban grupos de jóvenes sionistas-socialistas, socialdemócratas, comunistas y de otras expresiones de izquierda, y estaba liderada por Mordejai Anilevich, que a la sazón tenía veintitrés años. Esta organización emitió una proclama que exhortaba a resistirse a las deportaciones y logró hacerse de un modesto arsenal, introducido de contrabando y compuesto en su mayor parte de pistolas y explosivos.

Por su parte, el movimiento juvenil de derecha Betar formó otra organización de resistencia, la Unión Militar Judía (Zydowski Zwiazek Wojskowy, ZZW).

El levantamiento
El 18 de enero de 1943, por mandato del jefe de las SS Heinrich Himmler, quien había ordenado la liquidación del ghetto de Varsovia, se reanudaron las deportaciones que estaban suspendidas desde octubre del año anterior.

Durante el operativo, un grupo de combatientes de la ZOB, armados con pistolas y comandados por Anilevich, se infiltraron entre las filas de los conducidos al Umschlagplatz y atacaron a los guardias.

Estas acometidas se repitieron durante cuatro días, al cabo de los cuales varios alemanes resultaron muertos, como así también la mayoría de los militantes judíos, pero muchos de los que iban a ser deportados lograron huir y las deportaciones se suspendieron, al menos provisionalmente.

A la espera de un próximo ataque, los combatientes planearon un levantamiento general y aprovecharon ese tenso intervalo para entrenarse intensamente, reponer su débil armamento y definir su estrategia. En cuanto a la población civil del ghetto, alentada por lo que llegó a considerar una victoria de los combatientes, colaboró con estos en la construcción de precarios búnkeres y otros escondites. 

El 19 de abril de 1943, segundo día de la Pascua judía, las tropas alemanas al mando del general de las SS Jürgen Stroop iniciaron el operativo de aniquilación del ghetto. Pero cuando intentaron ingresar, fueron repelidos por las fuerzas de autodefensa judía lideradas por Anilevich, que contaban con unos setecientos cincuenta combatientes –quinientos de la ZOB y doscientos cincuenta de la ZZB– armados con pistolas, bombas de fabricación casera y unos pocos rifles. Al término de la jornada, Stroop reportó la pérdida de doce hombres.

Dos días después, cinco mil efectivos fuertemente armados de las SS y de la Wehrmacht, con tanques y artillería, iniciaron un contraataque con el objetivo de liquidar definitivamente el ghetto en 72 horas. La resistencia judía, provista de su precario armamento, respondió con ataques desde las barricadas, los búnkeres, los sótanos, pisos y techos de las casas y hasta las alcantarillas, y con combates cuerpo a cuerpo, y se cuenta que se enarbolaron las banderas azules y blancas del sionismo junto a las banderas rojas de la revolución.

Debido a la entereza de estos combatientes, cuya determinación de dar la batalla, sabiendo de antemano que estaba perdida, los elevó hasta la dignidad de héroes trágicos, las 72 horas previstas por los nazis se prolongaron hasta casi un mes.

Sin embargo, las fuerzas alemanas terminaron por concretar su propósito: el ghetto fue arrasado literalmente a sangre y fuego, pues fue incendiado edificio por edificio, y muchos judíos atacados con lanzallamas. Obligados por la quema sistemática de sus viviendas, los moradores descendieron a los búnkeres, que terminaron por ser descubiertos, desalojados con gases lacrimógenos y destruidos. 

Es preciso decir que todo esto era visto y oído desde el “lado ario” de la ciudad por la población polaca, que nada hizo para ayudar a sus compatriotas confinados en el ghetto, en tanto que la intervención del movimiento clandestino militar de Polonia (Armia Krajowa, o Ejército Nacional) se limitó, en el mejor de los casos, a suministrar unas pocas armas a la autodefensa judía, absteniéndose de participar en el levantamiento del ghetto y de auxiliar y proteger a sus habitantes, sin tener en cuenta que eran ciudadanos polacos. Tampoco intervino para impedir, o al menos entorpecer, el exterminio de tres millones de compatriotas durante el Holocausto. 

En esas circunstancias, el 8 de mayo las fuerzas alemanas, después de dos horas de combate, ocuparon el comando de la ZOB, que funcionaba en el edificio de la calle Mila 18, y donde se encontraban Anilevich y otros líderes de la resistencia. Todos ellos resultaron muertos: según algunas versiones, fueron asesinados por los nazis; según otras, se suicidaron. 

Finalmente, el 16 de mayo Stroop dinamitó personalmente la Gran Sinagoga de Varsovia, como broche de la destrucción del ghetto y del aplastamiento de la resistencia judía, cuyos miembros asesinados fueron aproximadamente 7.000, según calculó el propio Stroop, quien en el informe a sus superiores consignó además que había destruido 631 búnkeres y capturado a 56.065 judíos.

De estos, 7.000 fueron deportados al campo de exterminio de Treblinka, y los restantes a los de trabajos forzados de Poniatowa, Trawniki, Budzyn y Krasnik y al campo de exterminio de Lublín/Majdanek: casi todos fueron asesinados en sus lugares de destino.

A pesar de todo, algunos combatientes pudieron escapar y unirse a los grupos de resistencia de los bosques cercanos.

El levantamiento del ghetto de Varsovia fue ejemplo, inspiración y precedente de otros, como los que se suscitaron en los ghettos de Vilna y Bialystok: también, en sendas muestras de reivindicación de la raza humana, se produjeron sublevaciones en tres campos de exterminio: Treblinka, Sobibor y Auschwitz. Los tres fueron aplastados, y los participantes y otros muchos prisioneros asesinados: en el segundo, unos doscientos consiguieron huir.

Finalmente, Varsovia fue liberada por el Ejército Rojo el 17 de enero de 1945.

Donde se inició el levantamiento se alza hoy el monumento a los Héroes del Ghetto, realizado por el escultor Natan Rapaport y el arquitecto Marek Suzin con materiales almacenados por los nazis para hacer un monumento a Hitler e inaugurado en 1948 para conmemorar el quinto aniversario del heroico acontecimiento.

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