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 17 de julio de  2018
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Garabatos de mujer

Garabatos de mujer

Todos los días son propicios, pero acaso el consagrado internacionalmente a la mujer trabajadora constituya una de las fechas más apropiadas para recordar a las grandes autoras y compositoras de tango.

No son tantas cuyas obras trascendieron; sin embargo, razones de espacio nos obligan a incluir solo a algunas en esta reseña: todas ellas nacieron entre fines del siglo XIX y principios del XX, y la obra de casi todas mereció ser grabada por Gardel. 

La mujer que encabeza la nómina ostentaba un apellido ilustre: su padre fue el prestigioso escritor y educador Marcos Sastre, fundador, junto con Esteban Echeverría, Juan María Gutiérrez y Juan Bautista Alberdi, del Salón Literario y autor de El Tempe argentino, donde describe con ornamentada prosa la flora y fauna de nuestro Delta del Paraná.

Desde muy joven, Micaela Sastre (Buenos Aires, 21 de septiembre de 1880-27 de agosto de 1962) se consagró a la enseñanza. Gran lectora, unió su vocación literaria a la docente escribiendo libros y letras de canciones para niños.

Quiso incursionar en el tango, y lo hizo con tan buena fortuna que Gardel le grabó dos piezas: la que da título a esta reseña y Refucilos. La primera es una obra tierna y encantadora que habla de un episodio de amor feliz; curiosamente, el protagonista es un hombre. (“Garabatos de tu mano / que tan solo entiendo yo, / signos brujos, signos magos / de la alquimia o del amor. / Garabatos menuditos / que acorralan mi pasión / para que no entre el olvido, / ni se escape la ilusión”.)

La segunda, en cambio, cuenta la historia de un triángulo amoroso que se desarrolla en el campo, frente a la tapera, y tiene melodramático desenlace.

También le pertenecen las letras de los tangos Yerba loca, otra historia gauchesca de amores y traiciones que fue grabada por Azucena Maizani; Te has ido, que, como expresa uno de los versos, es la “historia triste y dulce de un primer amor”, que firmó con el seudónimo Michel Taylor y fue llevada al disco por Ignacio Corsini, y Zapatitos de cristal, entrañable actualización en clave tanguera de un cuento clásico (“De Cenicienta / la tierna leyenda / vívida se hace, viéndote bailar / tus zapatitos de suave lamé de oro / son el tesoro / que quiero conquistar”).

Todas las canciones de esta autora tienen música de su hijo Máximo Rodolfo Pittaluga, quien firmaba con su segundo nombre y el apellido materno. 

Rosa Clotilde Mele (Montevideo, 9 de julio de 1897- Buenos Aires, 12 de agosto de 1981), más conocida como Rosita Melo, tenía dos años cuando su familia se trasladó a una casa de la porteña calle Estados Unidos, y cuatro cuando se despertó su pasión por la música. Se dedicó al piano, en cuyo estudio demostró talento y aplicación, y desde muy joven ofreció conciertos en distintos centros culturales de la época.

A los catorce años escribió la música del vals Desde el alma. “Sin darse cuenta, había compuesto lo que sería su obra cumbre, que habría de llevarla a la inmortalidad, recorriendo el mundo entero. En ese tiempo los compositores no contaban con los medios de difusión actuales ni apoyo publicitario; esto da más valor a su obra”, contó su hija Emilce.

Rosita tenía veintiún años cuando se casó con Víctor Piuma Vélez, quien pergeñó la primera letra del ya muy exitoso Desde el alma, que varios intérpretes habían grabado en forma instrumental. Así concluyen los versos de Piuma Vélez: “Perdona madre / si un instante te olvidé / perdóname, perdona madre / que tu recuerdo / nunca borraré”.

Pero los versos más conocidos, con su mensaje esperanzado (“¡Vuelve a tu antigua ilusión! / Junto al dolor / que abre una herida / llega la vida / trayendo otro amor”), “fueron escritos en 1948 por Homero Manzi para la película Pobre mi madre querida”, según dijo Roberto Selles, quien sostuvo asimismo que si la partitura impresa a partir de entonces ostenta también el nombre de Piuma Vélez, se debe a que este colaboró en la nueva letra o hubo un acuerdo entre ambos autores.

Rosita Melo escribió otras piezas, pero ninguna alcanzó la trascendencia de Desde el alma, que ya tiene más de un siglo y conserva envidiable lozanía: poca mella ha hecho el tiempo en su prestancia y donosura. Y se lo sigue escuchando con agrado, sobre todo en la versión cantada por Nelly Omar o en la instrumental de don Osvaldo Pugliese, sobre el arreglo de Arturo Penón. 

En su breve vida, Paquita Bernardo, née Francisca (Buenos Aires, 1 de mayo de 1900-14 de abril de 1925), supo descollar como bandoneonista, directora y compositora. Le decían “la flor de Villa Crespo”, barrio donde nació, vivió y murió, y del que constituye uno de sus principales exponentes culturales. 

Cuentan sus biógrafos que, como tantas otras niñas de la época, estudió piano, pero al descubrir el bandoneón por intermedio de José Servidio se consagró al aprendizaje de este instrumento con la única guía del método publicado por Augusto Berto; tuvo después como maestros a Enrique García y a Pedro Maffia, y llegó a ser la primera mujer que ejecutó el bandoneón como profesional. 

Cuentan también que en 1921 debutó en el bar Domínguez al frente de la orquesta Paquita, un sexteto que integraban, entre otros, Osvaldo Pugliese en piano y Elvino Vardaro en violín, y que tanto fue el éxito que la policía debía cortar el tránsito en la calle Corrientes, frente al local. Actuó después en distintos bares porteños y en la confitería 18 de Julio, de Montevideo, así como en los teatros Coliseo y Smart.   

En cuanto a su obra compositiva, los biógrafos la hacen autora de unas ocho piezas, pero en SADAIC solo hay cuatro registradas a su nombre: Blanquita, Cachito, La enmascarada y Soñando. Esta última es un tango con letra de Eugenio Cárdenas que obtuvo un accésit en el primer concurso de Max Glücksmann y fue grabado por Gardel, quien también le llevó al disco La enmascarada, con versos de Francisco García Jiménez.

La tuberculosis, que entonces hacía estragos, fue la causante de su temprana muerte.

No llegó a grabar. Solo nos quedan sus mentas y su imagen de muchacha devenida prematuramente en adulta, de oscura melena recortada y con el bandoneón descansando en sus rodillas.  

También fue breve la vida de María Isolina Godard (Buenos Aires, 9 de agosto de 1905-29 de junio de 1935). Pianista y compositora, era hija de Mauricio Godard, director artístico de Odeón.

Su obra registrada en SADAIC  consta de ocho títulos: los tangos Adoración y Caricias y el shimmy Circe, con sendas letras de Juan Andrés Caruso; los instrumentales Colosal mujer, Como reliquia sagrada y Coqueta; Lucerito, con letra de Gabino Coria Peñaloza, y Mamboretá, con versos de Francisco García Jiménez.

Gardel le grabó Circe e inmortalizó Caricias; pero acaso su mejor tango sea Mamboretá, cuya bella melodía es realzada por la letra en que García Jiménez expresa un concepto que también vierte en Mariposita: “Que otro te condene, yo no sé / dónde acaba el bien y empieza el mal”. Recomendamos la versión de José Basso con la voz de Jorge Durán.

Curiosamente, en la lista de SADAIC no figuran los tangos Atardecer pampeano y Dejame vivir la vida, ambos con letra de García Jiménez y grabados, respectivamente, por Ignacio Corsini y Ángel Vargas.

Dicen que Herminia Velich (La Plata, 12 de marzo de 1908-Mar del Plata, 5 de enero de 1956) era pianista y cancionista, pero no es nada fácil acceder a sus grabaciones; actriz, pero no se exhiben sus películas; letrista y compositora, pero solo trascendieron dos tangos de su autoría: Cualquier cosa y Por qué soy reo. No hace falta más.

Era la hija de Juan Velich, autor de los versos de grandes tangos como Amigazo, Mandria, Qué viejo estoy, Queja indiana y Sangre maleva, entre otros. 

Precisamente, letra y música de Cualquier cosa fueron escritas en colaboración con su padre, mientras que la música de Por qué soy reo está firmada por ella y la letra por Juan Velich y Miguel A. Meaños.

Con ritmo canyengue y estilo despojado, el primero empieza como la diatriba de un hombre traicionado (“Cualquier cosa resultaste / para que un hombre derecho / tu maldad tomara a pecho / entregándose al esplín”), pero en la primera bis el rencor y el lenguaje se dulcifican y pasan a la evocación melancólica y a la metáfora, bastante elemental, pero metáfora al fin (“Tus divinos ojos verdes / mezcla de mar y de cielo / han dejado un desconsuelo / que amargó mi corazón”).  

En cuanto al segundo, dijimos alguna vez que se trata de una suerte de versión mistonga del nihilismo existencial, donde el desapego es la manera que encuentra el protagonista de atravesar sin sufrimiento el sinsentido de la existencia, del que se convenció constatando las debilidades de la naturaleza humana. (“Observando que la gente / rinde culto a la mentira, / y el amor con que se mira / al que goza de poder, / descreído, indiferente, / insensible, todo niego / para mí la vida es juego / de ganar o de perder”). La música, con sus acentos profundos y dramáticos, acompaña perfectamente el soliloquio del personaje. 

Ambos tangos fueron grabados por Gardel, cuya versión del primero es una clase magistral de canto. Como si fuera poco, lo grabaron también Corsini, Vargas, Troilo con Raúl Berón, Pugliese con Morán y muchos otros.

En cuanto al segundo, la interpretación del Zorzal es incomparable. Merece citarse también la versión de Alfredo Gobbi con la voz de Ángel “Paya” Díaz, que permite apreciar en plenitud la riqueza de la música.

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