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TRAS CARTÓN   La Paternal, Villa Mitre y aledaños
 2 de junio de  2020
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Encontraba risas en todas las cosas

Encontraba risas en todas las cosas

Hoy se cumplen 55 años de la muerte en Santa Mónica, California, Estados Unidos, del actor, director, guionista y productor cinematográfico Stan Laurel, integrante del mítico dúo Laurel y Hardy, considerado unánimemente como el mejor y más importante de la historia del séptimo arte.

Stan Laurel había nacido como Arthur Stanley Jefferson en Lancashire, Inglaterra, el 16 de junio de 1890. De su padre, actor y empresario teatral, asimiló cómo desenvolverse en el medio, y en su adolescencia actuó en comedias musicales.

En lo que sigue, los datos de los biógrafos no son coincidentes. Las fuentes más confiables aseguran que en 1910 era el sustituto de Charles Chaplin en la compañía teatral de Fred Karno, con la que llegaron a los Estados Unidos, donde la troupe se disolvió tres años más tarde. Arthur Stanley pasó por distintos escenarios de vodevil e incluso participó en algunos cortos cinematográficos como actor y director; por entonces adoptó el seudónimo con el que llegaría a ser famoso.

Mientras tanto, su labor detrás de cámaras había llegado a obtener mayor reconocimiento que la actoral, y fue así como en 1924 firmó un contrato con los estudios de Hal Roach para desempeñarse como director y autor de gags.

Significativamente, volvió a ubicarse frente a las cámaras para reemplazar a un actor que había sufrido un serio accidente doméstico: se trataba de Oliver Hardy. Los dos participaron después en varios de los cortos de la serie de Roach denominada The All-Stars Comedies

El productor Roach y el director supervisor Leo McCarey pronto notaron cómo se complementaban ambos actores, y a fines de 1927 se presentó oficialmente el binomio Laurel y Hardy, conocido popularmente como el Gordo y el Flaco. Fue en Poniéndole pantalones a Felipe (Putting Pants on Philip), un corto dirigido por Clyde Bruckman con fotografía de George Stevens (en el que Laurel, personificando a un joven escocés, protagoniza un gag que anticipa el que hizo célebre Marilyn Monroe con la pollera levantada por la corriente de aire en La comezón del séptimo año, de Billy Wilder).

Se ha dicho que el dúo ideó y desarrolló una fórmula cómica simple pero efectiva: dos amigos con poco ingenio y mucho optimismo o, como definió el propio Laurel, dos cerebros y ninguna idea. Aquel asumió el rol del hombrecito sencillo y cándido, en tanto que Hardy tomó para sí el del individuo con pretensiones de hombre de mundo que busca imponerse a su compañero; ambos torpes y desmañados, carentes de posición y de fortuna. A su vez, Laurel le incorporó a su personaje gestos característicos, como rascarse la cabeza y lloriquear.

Hasta la llegada del cine sonoro, actuaron para los estudios de Hal Roach en aproximadamente cuarenta cortos, de entre los que sobresalen The Battle of the Century (Bruckman, 1927); You’re Darn Tuttin’ (Edgar Kennedy, 1928); Two Tars (James Parrott, 1928) y Big Business (James W. Horne, 1929), que constituyen sendas alegorías, en clave cómica (castigat ridendo mores) de la violencia de nuestra sociedad.

Así, en el primero de esos films, esa violencia se manifiesta en las tortas de crema que comerciantes, vecinos y transeúntes se arrojan unos a otros (cuentan que fue Laurel quien, cuando un guionista presentó la idea, vio las posibilidades que ofrecía); en el segundo, conductores y pasajeros de vehículos detenidos en un embotellamiento en la ruta destrozan los coches de los demás y agreden a sus ocupantes; en el tercero, una pelea a trompadas y patadas entre los protagonistas deriva en una gresca entre todos los hombres de la zona, que se sacan los pantalones unos a otros. Finalmente, en el cuarto (y a nuestro juicio, el mejor) Laurel y Hardy, como dos vendedores de árboles de Navidad, destrozan sistemática y concienzudamente la casa y los enseres del personaje encarnado por James Finlayson, quien a su vez desmantela no menos sistemática y concienzudamente el auto de sus oponentes; cada uno lo hace a su turno, contemplando impasible cómo el otro le destruye una pertenencia sin tratar de detenerlo o interrumpirlo. Tampoco lo intentan los vecinos que se acercan a ver lo que para ellos es un espectáculo.

En todos esos films los episodios de violencia se desarrollan ante la mirada atónita de la autoridad representada en la figura de un pomposo policía uniformado, que se decide a intervenir cuando el proceso de destrucción es incontenible o ha concluido, y que invariablemente pregunta “quién empezó esto” y termina por ser el más ridículo de los personajes.

Contrariamente a lo que algunos suponían, la llegada del cine sonoro enriqueció el desempeño del dúo, pues permitió incorporar el impecable acento inglés de Laurel y la tonada de caballero del sur de Estados Unidos de Hardy. Ambos protagonizaron para Hal Roach otros cuarenta cortos sonoros, entre ellos The Music Box (Parrott, 1932), que obtuvo el premio Oscar correspondiente a ese año. En este film el dúo tiene que transportar un piano vertical que parece dotado de la maldad de las cosas inanimadas de la que habló Vïctor Hugo, la que potencia la torpeza de los protagonistas. Por otra parte, los propios Laurel y Hardy hicieron versiones en castellano de varios de esos films.

Entre los cortos sonoros se destacan también  Towed on a Hole (George Marshall, 1932) y Busy Bodies (Lloyd French, 1933). En el primero, el intento de poner en práctica una simple idea comercial para suprimir al intermediario desata una avalancha de gags que van desde la violencia hasta el absurdo, y tienen como original escenario un barco en tierra.

En el segundo, Laurel y Hardy hacen de carpinteros, usando las herramientas del oficio como instrumentos de destrucción; la secuencia en que Hardy es succionado y arrastrado por el conducto de ventilación del aserradero prefigura la de Chaplin atrapado por la máquina en Tiempos modernos, rodada tres años después.

En 1931 Parrott dirigió  Pardon Us, el primero de los catorce largometrajes de los estudios Roach que a lo largo de nueve años tuvieron a Laurel y Hardy como estrellas. Se tienen entre los mejores a Fra Diavolo (Hal Roach, 1933); Sons of the Desert (William A. Seiter, 1933); Babes in Toyland (Gus Meins y Charley Rogers,1934); Way Out West (Horne, 1937); Block-Heads (John G. Blystone, 1938) y A Chump at Oxford (Alfred Goulding, 1940). 

Hemos nombrado a muchos directores: sin embargo, los especialistas señalan que Laurel estaba detrás de todos ellos y no solo era el creador de los gags sino también el principal guionista de las películas del dúo, lo que explicaría la univocidad de estilo y de realización que las enlaza.

En cuanto a los gags, podían tener origen en cualquier sujeto, objeto, circunstancia o situación: Laurel sabía encontrar risas en todas las cosas. Veamos, por ejemplo, los que se asigna en las tres películas nombradas en último término. En Way Out West, se trata de gags casi surrealistas: usa el pulgar como encendedor y se come el sombrero de Hardy; en Block-Heads retoma el tema de la violencia: baja la escalera de un edificio de departamentos anunciando en cada piso que va a haber una pelea (que entablarán Hardy y Finlayson) y todos los vecinos van tras él, y en A Chump at Oxford desempeña el doble papel de su personaje habitual y de lord Paddington, un aristócrata y académico inglés.

A partir de 1940 el binomio empezó a trabajar para la Twentieth Century-Fox y la Metro-Goldwyn-Mayer; se ha dicho que estos estudios no le permitieron desplegar la libertad creativa que habían desplegado con Hal Roach, y que las películas que filmaron no tuvieron la calidad de las anteriores. Sin embargo, nos parecen muy dignas e ingeniosas, por ejemplo, The Dancing Masters (1943), en la que hace su aparición un jovencísimo Robert Mitchum, interpretando a un gángster, y The Big Noise (1944), ambas de Malcolm St. Clair.

La última película de Laurel y Hardy fue la producción europea Atol K, de Leo Jannon, filmada en 1950.

El binomio se disolvió con la muerte de Hardy, ocurrida en 1957. Laurel siguió escribiendo para otros actores, y en 1961 la Academia de Hollywood le discernió el Oscar honorífico por toda su carrera; estaba enfermo, y lo recibió en su nombre Danny Kaye.

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