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El múltiple aporte de José Luis Romero

El múltiple aporte de José Luis Romero

Hace exactamente cuarenta años, el 28 de febrero de 1977, fallecía el historiador José Luis Romero, quien desempeñó un rol relevante en la renovación de los estudios históricos en la Argentina. Entre sus más importantes contribuciones está la de haber introducido en nuestro país la perspectiva de la historia social.

“Romero realizó sus estudios primarios en el Colegio del Salvador y los secundarios en el Mariano Acosta, recibiéndose de maestro (…). Mientras trabajaba como docente de escuela primaria, cursó sus estudios universitarios en la Facultad de Humanidades de la Universidad de La Plata, que culminaron en su doctorado (1938) con una tesis sobre los Gracos y la crisis de la República Romana (…). Los ambientes intelectuales que Romero frecuentaba desde los 30 lo colocaron directamente en el campo de la cultura antifascista y desde allí a la oposición al golpe de 1943 y luego al antiperonismo”, señalan Fernando Devoto y Nora Pagano. Por su parte, su hijo Luis Alberto Romero acota: “En 1955, y a propuesta de la Federación de Estudiantes, fue designado rector de la UBA (…). En 1956, apenas concluida su tarea de rector, los jóvenes socialistas, preocupados por llevar a los trabajadores peronistas una propuesta de izquierda, lo elevaron a la conducción del Partido Socialista [partido del que se alejaría en 1962], junto con figuras como Alfredo Palacios y Alicia Moreau de Justo. Por entonces fue elegido decano de la Facultad de Filosofía y Letras, donde finalmente había encontrado su lugar como profesor, creando el Centro de Historia Social”.

Inicialmente, Romero se dedicó al estudio de la historia antigua clásica (Grecia y Roma) y desarrolló luego investigaciones en historia medieval y en historia argentina. Su gran contribución a los estudios históricos está dado por su trabajo La revolución burguesa en el mundo feudal, al que debemos agregar Estudio de la mentalidad burguesa, Latinoamérica: las ciudades y las ideas y Las ideas políticas en Argentina.

Para Romero, la historia como disciplina no podía ser meramente una historia política, sino que debía ampliar sus horizontes constituyéndose en una historia social, de la cultura, de las ideas o mentalidades. Asimismo, las historias nacionales, incluida la historia argentina, solo podían ser comprendidas como partes de la historia de la cultura occidental, y en esa medida universal, en tanto Occidente universalizó la historia. Y la historia debía relacionarse con la filosofía, debía reflexionar históricamente sobre el material empírico e insertar el conocimiento del pasado en una comprensión del presente y en una proyección hacia el futuro. Si en los inicios de la historiografía argentina, por lo menos en la perspectiva de Rómulo Carbia, se había producido una escisión entre la “historia filosofante” (Vicente Fidel López) y la “historia erudita” (Bartolomé Mitre), en la interpretación de Romero la historia no puede circunscribirse a una historia empírica, a un recuento de hechos sobre fuentes, sino que debe filosofar. Para Romero, las historias de Mitre son filosofantes y no meramente eruditas, en la medida en que se insertan en la reflexión en torno a los orígenes de la nacionalidad argentina, reflexión puesta al servicio de la actuación política en el presente de Mitre, marcado por la organización nacional y el desarrollo del Estado argentino.

El tema que verdaderamente ocupó a Romero fue el del surgimiento de una sociedad y una mentalidad burguesa a partir del mundo feudal. Fue un largo proceso histórico que se inició en el siglo XI, con el resurgimiento de las ciudades o burgos, con la constitución de una nueva sociedad, la de la ciudad burguesa, en oposición a la dual sociedad feudal, constituida por señores y siervos.

¿Dónde residía la nueva sociedad? ¿Cuáles eran los componentes de la nueva mentalidad? Las ciudades se formaron a partir de la aglomeración en un punto determinado, que podía estar dado por el cruce de caminos o por la presencia de un río o la proximidad a la costa del mar, de una población que, fugándose de los señoríos o feudos, adquiría la libertad en el naciente burgo, donde luego se dedicaría a actividades comerciales y artesanales.

Los rasgos dominantes de la nueva mentalidad fueron el individualismo, el realismo, el método experimental, el inmanentismo y finalmente su definición como nueva comunidad política. La supremacía del individuo sobre la colectividad encontraba sus raíces en la formación misma de la ciudad, a partir de individuos procedentes de distintos feudos; esto se les presentaba como una realidad en la cual el individuo precedía a la sociedad, de manera que el colectivo social resultaba de la unión de distintos individuos.

Los burgueses eran realistas porque consideraban que la realidad sensible era la única realidad, vale decir que la misma estaba dada por el mundo que se revelaba ante los sentidos, lo cual los llevó a negar toda trascendencia. Dios había creado el mundo, pero este se desarrollaba conforme a sus propias leyes, sin intervención alguna de Dios. Frente a la dimensión sacra de la sociedad feudal, la sociedad burguesa se proclamaba deísta, negando toda sacralidad al mundo humano. La afirmación de la realidad sensible se asociaba con el mundo del trabajo urbano, con el dominio de la cosa en el proceso del trabajo y, consecuentemente, con la necesidad de recurrir al método experimental para descubrir y dominar las leyes de la naturaleza.

Todos estos componentes de la mentalidad burguesa llevaron a la misma al inmanentismo; es decir, este mundo sensible es el único mundo real, el único mundo verdaderamente existente y, por ende, no hay mundo trascendente. Pero si todos estos componentes representaban una ruptura con la sociedad feudal, más aún lo significaba la constitución de la sociedad urbana como comunidad política.

Las comunas urbanas afirmaron sus derechos de autonomía por medio de fueros y cartas de derechos que les lograban arrancar a los señores y reyes. Pero si en un primer momento la burguesía se afirmó como una clase urbana, luego vendría la etapa de su alianza con los reyes en lucha contra la nobleza, la transición de la monarquía feudal a las monarquías absolutas como formas políticas de los recién constituidos Estados nacionales, en lucha contra los poderes universales del feudalismo, el Imperio y el Papado.

Por último, las revoluciones de los siglos XVIII y XIX dieron a las burguesías el poder en los diferentes Estados. La revolución burguesa, para Romero, se desarrolló en lo que podríamos denominar la “larga duración”; fue un proceso de profundos cambios socioeconómicos y políticos, que van desde el resurgimiento de las ciudades en el siglo XI hasta las revoluciones burguesas clásicas de los siglos XVIII y XIX. Este proceso político fue acompañado de transformaciones socioeconómicas que condujeron a las burguesías del comercio, la banca y las artesanías a las modernas industrias y al sistema fabril.

La revolución burguesa en el mundo feudal, tal como es planteada por Romero, nos lleva a afirmar, como primera etapa en el desarrollo de una economía burguesa, al capitalismo comercial, que luego devendría en industrial con la consolidación del poder de la burguesía. Todo ello aleja a Romero de una interpretación marxista de la historia. En efecto, para Romero, lo que opone la economía de la burguesía a la de los señores feudales es el mercado, es una oposición entre una economía mercantil y una economía natural, entre una economía orientada al valor de cambio y otra centrada en el valor de uso. Pero este capitalismo comercial es producto de una interpretación burguesa de la historia, que focaliza la atención en el vínculo que se establece entre las unidades de producción y los consumidores de los productos que en ellas se elaboran, y no en la relación entre el propietario de los medios de producción y el trabajador como factor subjetivo del proceso productivo.

Fuentes consultadas
Devoto, Fernando y Pagano, Nora. Historia de la historiografía argentina, Buenos Aires, Sudamericana, 2009.
Romero, José Luis. Estudio de la mentalidad burguesa, Buenos Aires, Alianza, 2002.
Romero, Luis Alberto. “José Luis Romero, el historiador ciudadano”, en Ñ de Clarín, Nº 677, 17 de septiembre de 2016.

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