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 16 de julio de  2019
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El golpe de Estado de junio de 1966

El golpe de Estado de junio de 1966

Hoy se cumplen cincuenta años del golpe de Estado que derrocó al radical del pueblo Arturo Illia y que encabezó el general Juan Carlos Onganía. Fue el 28 de junio de 1966.

Arturo Humberto Illía “había sido elegido en 1963 con el 25,1 por ciento de los votos gracias a la proscripción del peronismo; ya en 1964 algunos militares empezaron a conspirar contra él. Uno de los grupos estaba orientado por el general Julio Alsogaray, entonces director de Gendarmería. Como el general Juan Carlos Onganía, comandante en jefe del Ejército, le dijo que ‘por el momento no concretaban nada y que mantuvieran su actividad al margen de la institución’, las reuniones siguieron en casas de civiles, la del hermano del general, el ingeniero Álvaro Alsogaray”, dicen Eduardo Anguita y Martín Caparrós. Y agregan más adelante: “El capital transnacional se quejaba de las medidas ‘de corte estatista’. Uno de sus principales caballitos de batalla era que el gobierno radical había anulado los contratos petroleros firmados durante la presidencia de Frondizi –que permitían un rol más activo de las empresas extranjeras en detrimento de la estatal YPF–, y había limitado la salida de capitales (…) Por otro lado, Illia se había ganado la enemistad furiosa de los grandes laboratorios farmacéuticos con la ley Oñativia, que regulaba los precios de los medicamentos y creaba comisiones fiscalizadoras de los costos y calidad de los productos. Los grandes laboratorios no las aceptaron. En cambio, empezaron a publicar solicitadas contra Illia y a tejer alianzas para que desaparecieran los controles del Estado”.

Más allá de estas cuestiones de política económica inmediata –y sin negar su relevancia– para interpretar el golpe de junio de 1966 es necesario insertarlo dentro del conjunto del proceso histórico argentino abierto el 17 de octubre de 1945.

La “democracia burguesa” que representaba la Unión Cívica Radical del Pueblo (UCRP), hacia mediados de los 60, implicaba un retroceso respecto de la república social burguesa (1946-1955), donde el proletariado, en particular el proletariado industrial sindicalmente organizado, tenía un relevante rol en lo político, lo social y lo económico. Esta república había tenido su expresión política con el peronismo e institucional con la Constitución de 1949. El golpe de Estado de 1955, que expulsó al proletariado de la república burguesa y reestableció por decreto la Constitución de 1853, dio origen a una “democracia burguesa” condicionada por la proscripción del peronismo, que se alternaba con golpes de Estado y planteos militares.

El poder real de los grandes monopolios residía en las Fuerzas Armadas, mientras el poder formal estaba dado por los gobiernos “democráticos”, que solo subsistían si eran capaces de salvaguardar los intereses de los grandes capitales y mantener la proscripción del peronismo. Por otro lado, la “democracia burguesa” del gobierno de Illia tenía que hacer frente a las elecciones de 1967, y los radicales del pueblo, si levantaban la proscripción del peronismo, debían contar –o por lo menos eso creían– con la revitalización de una Unión Democrática que derrotara al peronismo en las urnas. Era un riesgo que el “poder real”, vale decir los monopolios representados por las Fuerzas Armadas, no estaba dispuesto a correr.

El golpe de junio de 1966 contó con un consenso social. “Centenares de políticos, sindicalistas, empresarios, técnicos, etc., tenían información de primera mano por haber sido comprometidos, consultados o simplemente notificados en los más altos niveles de la conspiración –que además contó con voceros periodísticos, algunos poco menos que oficiales– cuya contribución al golpe consistía, en gran parte, en afirmar su inexorabilidad”, dice John William Cooke. Nos interesa en particular  el consenso a nivel de las direcciones sindicales del peronismo, porque ello revela las debilidades de este como movimiento de liberación nacional y social.

“En enero de 1965, cuando estaba en marcha el plan de lucha votado por su Comité Central en mayo de 1964, la CGT organizó su primer congreso ordinario tras la normalización. En el congreso se perfilaron dos corrientes: la del secretario general de la CGT elegido en 1963, José Alonso, del gremio del Vestido, leal al general Perón, y la del dirigente metalúrgico Augusto Timoteo Vandor, que promovía un ‘peronismo sin Perón’.(…)  Vandor, de fluidas relaciones con desarrollistas y militares ‘azules’, orientaba lo que se llamó el neoperonismo. (…) el 29 de junio de 1966 tanto los leales como los neoperonistas se pusieron saco y corbata para participar, en el Salón Blanco de la Casa de Gobierno, de los actos de asunción de Onganía, y abrir un período de tregua, archivando los planes de lucha iniciados dos años atrás”, dicen Eduardo Anguita y Martín Caparrós.

¿Cómo explicar esta adhesión de las dirigencias sindicales del peronismo al golpe de Estado de Onganía? No basta con hablar de la burocracia sindical, aunque este sea un factor concurrente; es necesario tener en cuenta, en primer término, las contradicciones de clase en que se desenvolvía el peronismo, las contradicciones entre el proletariado y la burguesía nacional, que habían conformado un frente común en 1945, pero que se fue diluyendo después de la crisis de 1952 y dejó al proletariado casi como el único sostén del peronismo hacia 1955.

Como la ideología del peronismo es burguesa, este componente ideológico debilitó no solo ideológica sino también orgánicamente al proletariado, facilitando la formación de una burocracia sindical que, lejos de asumir los intereses de clase de los obreros, actuó en los sindicatos como agente de la burguesía, incluso la monopólica. Esta debilidad ideológica del peronismo contribuyó a que se enquistaran en las organizaciones sindicales personajes como Augusto Timoteo Vandor, que respaldaron o por lo menos dieron consenso al golpe de Estado de Onganía. Pero no se trata simplemente de una cuestión del peronismo como movimiento, sino del propio Perón como dirigente político: Perón no era socialista y su liderazgo no contribuía al desarrollo de la conciencia de clase de los trabajadores.

“Aunque no es correcto considerar a la ‘burguesía’ como una unidad, sin tener presente que está compuesta por fuerzas disímiles –algunas de las cuales tienen intereses que objetivamente son opuestos a los del imperialismo­– y que tienen conflictos entre sí, considerada desde el punto de vista de los trabajadores constituye un conjunto unificado bajo las directivas y consignas del imperialismo. Las diferencias pueden tener importancia táctica, pero en cuanto a la explotación del país y del trabajo humano, se trata de un bloque hegemónico, y ningún sector es capaz de impulsar o plantear una política de liberación, aunque haya aliados potenciales de tipo sectorial para el proletariado cuando este asuma esas tareas revolucionarias para las cuales es el único capacitado”, afirma en un acertado análisis John William Cooke. Y puntualiza que, en su retorno al poder, el peronismo no podía limitarse al programa de 1945, sino que debía superarlo en un sentido socialista. Pero para ello era necesario que Perón fuera marxista y esto no era una realidad; ese fue el error no solo de Cooke sino de gran parte de la generación de los 60 y 70 que, en la lucha contra la dictadura (el llamado “Onganiato”), levantó la consigna de “Perón Vuelve”, para encontrase luego, ya en 1973, con una triste realidad.

No obstante, en lo que hace a la dictadura de Onganía, en eso sí tenía razón Cooke: “Esta Argentina que nos quieren imponer, contrahecha y mezquina, es un retroceso y una negación de los valores auténticos de la Patria. Esta mezcla de ‘Revolución Libertadora’ y ‘década infame’ no tiene nada que ver con lo que el pueblo anhela y merece”.

Se ridiculizó a Illia como una tortuga, con la lentitud y el no hacer. Onganía “apretó el acelerador” y parió el Cordobazo y el derrumbe del Onganiato. Si no se accedió al socialismo fue porque lo impidieron la ideología, los componentes burgueses en puestos de conducción y dirección, y el propio Juan Domingo Perón.

Fuentes consultadas
Anguita, Eduardo y Caparros, Martín. La voluntad. Una historia de la militancia revolucionaria en la Argentina 1966-1973. Buenos Aires, Grupo Editorial Norma, 1997.
Cooke, John William. Peronismo y revolución. Buenos Aires, Gránica Editor, 1973.

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