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 21 de abril de  2018
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“El fruto llegado a su tiempo”

“El fruto llegado a su tiempo”

Hace doscientos cuarenta años, el 25 de febrero de 1778, nacía José Francisco de San Martín en Yapeyú, actual provincia de Corrientes. ¿Cómo era Yapeyú en el momento de su nacimiento? ¿Quiénes fueron sus padres? ¿Tuvo, ya adulto, recuerdos de su primera infancia que lo condujeran a regresar a América?

“En la época de los jesuitas era Yapeyú una de las poblaciones más florecientes de su imperio teocrático. Al tiempo del nacimiento de San Martín, bien que decaída, era todavía una de las más ricas en hombres y ganados. Levantábase todavía erguido en uno de los frentes de la plaza el campanario de la iglesia de la poderosa Compañía, coronado por el doble símbolo de la redención y de la orden. El antiguo colegio y la huerta adyacente eran la mansión del teniente gobernador y su familia. A su lado estaban los vastos almacenes en que se continuaba por cuenta del Rey la explotación mercantil planteada por la famosa Sociedad de Jesús, que había realizado en aquellas regiones la centralización de gobierno en lo temporal, lo espiritual y lo económico, especulando con los cuerpos, las conciencias y el trabajo de la comunidad”, dice Bartolomé Mitre.

Cuando nació José de San Martín ya había pasado poco más de un decenio de la expulsión de los jesuitas y de la secularización de sus bienes. No obstante, Yapeyú continuaba siendo un importante centro económico y cultural. Al igual que los otros pueblos misioneros, su urbanismo se articulaba en torno a una plaza central. Junto a ella se encontraban la Iglesia, la casa que había sido de los Padres, el Colegio y los talleres de pintura, escultura y música. En la época de los jesuitas, producía no solo aquello que se derivaba de su economía agroganadera, sino también productos en madera tallada y policromada; es decir, imágenes sagradas como las de la Virgen María, los Evangelistas y San Juan Bautista; productos en piedra esculpida, como podía ser un reloj de sol o una fuente con representaciones de monos u otros animales selváticos, y productos en metal, en hierro forjado o en bronce fundido, como podían ser las pilas bautismales. Tal vez, tras la expulsión de los jesuitas, decayó la producción de objetos de culto.

El padre de José se llamaba Juan de San Martín. Había nacido en 1728 en San Miguel de Cervatos de la Cueza, en el reino de León, obispado de Palencia. Siguió la carrera militar y se trasladó al Río de la Plata en 1769; ese año el gobernador de Buenos Aires, Francisco de Paula Bucarelli y Ursúa, lo ascendió a Ayudante Mayor del Batallón de Milicia de Voluntarios Españoles de Buenos Aires. En 1772 el Rey ratificó su ascenso. Pasó a la estancia de Las Vacas y a la localidad de las Víboras, en el Uruguay, para hacerse cargo de los bienes de la Compañía de Jesús, y permaneció en ese lugar hasta 1775, cuando se lo nombró teniente de gobernador de cuatro pueblos de indios guaraníes en el Departamento de Yapeyú. En 1781 Juan de San Martín dejó su empleo en las Misiones y junto a su familia se mudó a Buenos Aires, donde residió hasta 1785, año en que, junto con su mujer y sus cinco hijos, se trasladó definitivamente a España.

La madre de José se llamaba Gregoria Matorras. Era labriega e hija de labriegos de Castilla la Vieja. Había nacido en Paredes de Nava en 1738. No es mucho lo que sabemos de ella: fue una esposa abnegada, que acompañó a su marido por todos sus derroteros. Dejó a sus cinco hijos como herederos de sus no cuantiosos bienes.

El matrimonio San Martín tuvo varios hijos: María Elena, la única mujer; Juan Fermín, Manuel Tadeo, Justo Rufino y, el menor de todos, José Francisco. Los cuatro hermanos siguieron la carrera militar de su padre, pero solo José Francisco retornó a América y se convirtió luego en su máximo Libertador.

Así lo recuerda Ricardo Rojas: “Volvió cuando más lo necesitaba su América, a la que sirvió con abnegación extraordinaria. En presencia de tal excepción y antes de referir su hazaña heroica, la fantasía se complace en interrogar a la Esfinge, aunque la Esfinge no responda sino por símbolos dispersos: ¿Qué azar trajo a Gregoria y a  don Juan, oriundos de León y de Castilla, a juntar sus oscuras vidas en la lejana Buenos Aires y a casarse por poder cuando don Juan se alejó a las Misiones por orden de sus jefes? ¿Por qué cuando la familia San Martín, formada en América, marchóse a España, todos los hermanos criollos quedaron allá a servir al Rey, y solamente José volvió a su patria americana para luchar contra el Rey? ¿Por qué nació José en una reducción de indios, cuyo nombre, Yapeyú, quiere decir en lengua guaraní: ‘Lo que está en sazón’, ‘El fruto llegado a su tiempo’, como si el nombre de la cuna indígena marcara ya, con su voz de oráculo, el destino del héroe? La Esfinge no responde, pero se cree descubrir en esos hechos casuales las grandes coincidencias con que desde temprano suele anunciarse la realización fatal de las vidas superiores”.

Ciertamente que un análisis histórico nos llevaría a considerar la filiación masónica de San Martín, el rol de la masonería en la independencia de América y desde allí explicar el regreso a su tierra natal. Pero este análisis histórico no podría dejar de soslayar las coincidencias que asombraban a Ricardo Rojas y por ellas deberíamos inclinar nuestras conciencias ante el misterio de las casualidades que se descubren en una vida. Recordemos que para Engels la necesidad (la ley) se abre paso en la historia a través de múltiples casualidades (azar).

Pero volvamos al hogar natal de San Martín y veamos qué nos dice Bartolomé Mitre en relación al “misterio del regreso”: “El niño criollo, nacido a la sombra de palmas indígenas, borró tal vez de su memoria estos espectáculos de la primera edad; pero no olvidó jamás que había nacido en tierra americana y que a ella se debía. Contribuyeron sin duda a fijar indeleblemente ese recuerdo las impresiones que recibió al abrir sus ojos a la luz de la razón. Oía con frecuencia contar a sus padres las historias de las pasadas guerras de frontera con los portugueses, que debían ser los que más tarde redujesen a cenizas el pueblo de su nacimiento. Su sueño infantil era con frecuencia turbado por las alarmas de los indios salvajes que asolaban las cercanías. Sus compañeros de infancia fueron los pequeños indios y mestizos a cuyo lado empezó a descifrar el alfabeto en la escuela democrática del pueblo de Yapeyú, fundada por el legislador laico de las misiones secularizadas. Pocos años después, Yapeyú era un montón de ruinas; San Martín no tenía cuna, pero en el mismo día y hora en que esto sucedía, la América era independiente y libre, por los esfuerzos del más grande de sus hijos, y aún viven las palmas a cuya sombra nació y creció”.

San Martín tenía solo ocho años cuando su familia retornó a España. ¿Cuáles pueden ser los recuerdos de un niño tan pequeño cuando, ya adulto, tome la resolución más trascendente de su vida: luchar por la libertad de América? Es por eso que, para explicar el “misterio del regreso”, la historiografía hace hincapié en su adscripción a la masonería, a su antibonapartismo e incluso a la continuidad en tierras americanas de la guerra que el pueblo español sostenía contra Napoleón.

Más allá de las causalidades históricas, nos gusta concluir con Ricardo Rojas diciendo: “En lo que fue Yapeyú se alza hoy la cabeza de un departamento correntino llamado ‘San Martín’; pero el antiguo nombre de Yapeyú sigue siendo una clave en la descifración del epónimo. Tengámoslo presente hoy que intentamos penetrar en el secreto de aquel hombre que llevó el nombre de ‘santo’ y que nació en una ‘misión’ cuyo topónimo aborigen quiere decir: ‘el fruto que ha llegado a su tiempo’ (…)”.

Fuentes consultadas
Mitre, B. Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana. Buenos Aires, Eudeba, 1977.
Rojas, R. El Santo de la Espada. Vida de San Martín. Buenos Aires, Eudeba, 1970.

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