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 20 de octubre de  2017
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El espectáculo del cosmos

El espectáculo del cosmos

Hace 50 años, el 13 de junio de 1967, se realizó la primera función del Planetario Galileo Galilei de la ciudad de Buenos Aires, cuya inauguración había tenido lugar el 20 de diciembre de 1966.

¿Qué es un planetario? La Gran Enciclopedia Universal Espasa Calpe da tres acepciones para esta palabra: “1. Perteneciente o relativo a los planetas. 2. Aparato que representa los planetas del sistema solar y reproduce sus movimientos. 3. Edificio donde se conserva y exhibe ese aparato con fines de ocio y educativos, y que contiene una serie de instalaciones y elementos auxiliares relacionados con la astronomía”. El espacio urbano elegido para la erección de este establecimiento en nuestra ciudad fueron los Bosques de Palermo, en la intersección de la avenida Sarmiento y la calle Belisario Roldán.

Leemos en Wikipedia: “Del primer espectáculo participaron los alumnos de la Escuela Comercial Nº 1 de Banfield y del Colegio de la Santa Unión de los Sagrados Corazones, de la Capital Federal. El profesor de Geografía y Matemática Antonio Cornejo les mostró en dicha ocasión cómo estaría el cielo sobre Buenos Aires, la Antártida Argentina y el polo sur esa noche, y la forma de orientarse mirando la Cruz del Sur. La apertura definitiva para el público en general se realizó el 5 de abril de 1968”.

Culminaba así un proceso iniciado en 1958, cuando el concejal socialista José Luis Pena propuso dotar a Buenos Aires de un planetario. Las obras de construcción estuvieron a cargo del arquitecto Enrique Jan, de la Dirección General de Arquitectura de la Municipalidad de la ciudad de Buenos Aires a partir de 1962.

Desde la dialéctica materialista podemos decir que siendo la humanidad la última fase en el desarrollo de la materia, la astronomía nos ayuda a comprendernos como una pequeña partícula cósmica, pero como una partícula dotada del poder de la razón. La conciencia, como eslabón superior en el desarrollo de la materia universal, permite conocer a esta en su génesis y en su devenir. En efecto, los elementos químicos que componen al hombre son los mismos elementos que constituyen el universo. Por eso definimos a los hombres como una partícula cósmica. Nos pensamos como “ciudadanos del universo”.

Desde una perspectiva idealista y metafísica, podemos pensar al hombre como un microcosmos que se corresponde por analogía al macrocosmos o universo. Tal como es arriba, en los cielos, es abajo, en la tierra. Y podemos trazar múltiples correspondencias entre uno y otro cosmos. Hegel sostenía que la idea se desarrollaba desde su forma más simple, que es la de Ser, hasta su forma más plena y determinada, que es la “Idea Absoluta”, vale decir Dios, que es una pura idealidad, y que para conocerse a sí mismo se niega como idea y se convierte en materia, en naturaleza, pero como esta no está dotada de conciencia, recupera en la Historia la “conciencia de sí” con el despliegue del espíritu.

Marx y Engels señalaban que la dialéctica hegeliana tenía formas místicas y que era la materia universal la que estaba dotada de un proceso dialéctico de desarrollo que conducía finalmente a la conciencia, con los hombres y su historia. Asimismo, Engels señalaba que la astronomía se constituyó como ciencia en la Antigüedad, separándose de la filosofía. Efectivamente, en el mundo griego y helenístico tenemos el desarrollo de la cosmología de las dos esferas, donde la tierra es la esfera inferior, que ocupa el centro de una esfera mayor o macroesfera, que es el universo o cosmos.

Después de estas breves referencias a la filosofía es que podemos comprender la importancia de un planetario. Es este un establecimiento que permite relacionar (si bien en forma artificial) al hombre con el universo del que es parte, permite introducirnos en el cosmos y saber qué son las estrellas, los planetas, los cúmulos estelares, las galaxias.

Si asistimos a una función en el Planetario Galileo Galilei, veremos que, a medida que se apagan las luces, lo que se corresponde con la puesta del sol proyectada en la cúpula, con el anochecer comienza a poblarse de millares de puntos luminosos: las estrellas; hasta que en la noche cerrada manifiestan su imperio en la cúpula en la que se proyecta la bóveda celeste. Pronto se nos informará que las estrellas se agrupan en constelaciones. Pero estas no son unidades físicas sino unidades mentales que resultaron de la unión, por parte del pensamiento, de aquellas estrellas que por su brillo resultaban más llamativas y visibles. “Las estrellas ‘fijas’ no son todas igualmente brillantes ni aparecen repartidas con uniformidad. Las más luminosas forman figuras geométricas que los antiguos asociaban a siluetas de animales y a personajes mitológicos. Generalmente, los nombres que les atribuyeron han llegado hasta nosotros en la versión latina: se trata de las constelaciones”, señala Manuel Salvat. Las constelaciones resultaron de la proyección a la bóveda celeste de las historias y mitos que los hombres se contaban en la tierra, tal vez junto a un fuego o fogón. Las constelaciones ilustraban en la bóveda celeste las historias míticas que articulaban toda la conciencia de una formación social. Así, por ejemplo, la constelación de Aries representaba en los cielos la historia de Jasón y los argonautas en la búsqueda del Vellocino de Oro. La constelación de Leo aludía a uno de los trabajo de Heracles, a saber, la lucha con el León de Nemea, que, después de derrotado y muerto, le transfirió a Heracles la fuerza que su dominio representaba. Continúa Salvat: “La agrupación de las estrellas en constelaciones no obedece, en principio, a ningún tipo particular de lazo físico entre ellas: el que nos parezcan más o menos brillantes depende tanto de su luminosidad propia como de lo alejadas que estén de nosotros. Así, pues, las estrellas que componen una constelación determinada (las más brillantes de esa zona del cielo) pueden ser tanto estrellas próximas al sistema solar poco luminosas como estrellas lejanas muy luminosas”.

Pero también advertiremos en las proyecciones del Planetario que, frente a los millones de puntos luminosos que son las estrellas, aparecen unos poquísimos puntos que tienen un movimiento propio respecto de las “estrellas fijas”: son los planetas del sistema solar. Primero, los cinco planetas observables a simple vista y conocidos desde la Antigüedad: Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. Y después aquellos que solo pueden verse con la ayuda de un gran telescopio: Urano, Neptuno y Plutón (aunque este último fue “degradado” de su condición de planeta por la Asociación Astronómica Internacional y considerado actualmente como un planetoide).

Bueno es saber que con los planetas convivimos, por lo menos desde un punto de vista astrológico, todos los días de la semana. En efecto, los días de la semana llevan los nombres de los planetas: Lunes es el día de la Luna, Martes es el día de Marte, Miércoles es el día de Mercurio, Jueves es el día de Júpiter, Viernes es el día de Venus, Sábado es el día de Saturno y Domingo es el día del Sol. Es la “semana planetaria” (recordemos que en la Antigüedad, de donde provienen los nombres de los días de la semana, la Luna y el Sol eran pensados como planetas).

En suma, visitar el Planetario nos ayudará no solo a conocer principios de la astronomía, sino también a comprendernos a nosotros mismos, como partícipes de un inmenso universo que escudriñamos a través de nuestra vista y de telescopios, radiotelescopios, satélites artificiales y naves interplanetarias.

 

Fuentes consultadas
Gran Enciclopedia Universal Espasa Calpe, Tomo 31, Buenos Aires, Clarín, 2005.
Salvat, M. Estrellas, cúmulos y galaxias, Barcelona, Salvat editores S.A., 1973.

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