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 7 de diciembre de  2019
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El crimen fue en Baltimore

El crimen fue en Baltimore

Se cumplen hoy 170 años de la muerte del insigne poeta y narrador norteamericano Edgar Allan Poe. Sentó las bases del cuento moderno, renovó el género fantástico y creó el policial. La fama y el éxito literarios, contrariamente a la miseria y el infortunio, fueron efímeros. Encontró en la bebida estímulo, refugio y condenación.

Es día de elecciones a miembros del Congreso en el estado norteamericano de Maryland. En una taberna de Baltimore un hombre, agobiado por sucesivas frustraciones, bebe desesperadamente. Entra una patota que, de acuerdo con una práctica electoral común entonces en los Estados Unidos, llamada cooping, busca capturar a desdichados como él para hacerlos votar, a la fuerza, en distintos lugares. Antes, terminan de emborracharlo; después, dejándolo casi inconsciente, lo tiran a la calle. Un hombre cree reconocerlo y avisa a un médico, quien dispone la internación en un hospital; todo es inútil. Así murió, cuatro días después, Edgar Allan Poe, uno de los genios literarios más notables de la humanidad.

Había nacido en Boston, el 19 de enero de 1809. Fueron sus padres David Poe y Elizabeth Arnold, una pareja de actores trashumantes. Su madre murió cuando él no había cumplido tres años; antes de eso no se sabe a ciencia cierta si su padre murió o abandonó a la familia. El niño fue recogido por el acaudalado comerciante John Allan y su mujer, quienes lo llevaron a Inglaterra, donde cursó sus primeros estudios. De vuelta en los Estados Unidos, ingresó en la academia de Richmond y después en la prestigiosa Universidad de Virginia.

Era un joven muy bien parecido, que sobresalía en el estudio y en el deporte, donde era admirado como intrépido nadador en el correntoso río James. Así lo describió uno de sus compañeros: “Todos reconocíamos y admirábamos sus grandes y variados talentos, y estábamos orgullosos de él como del más distinguido alumno de la ciudad. En esa época era Poe pequeño de cuerpo y de cara, pero bien hecho, activo, fuerte y gracioso. En los ejercicios atléticos era el primero,  Pero en particular, era el mejor, el más osado y el más resistente nadador”.

En 1827 publicó su primera obra, Tamerlán y otros poemas, que firmó simplemente “un bostoniano”, y que manifestó haber escrito, en su mayor parte, cuando aún no había cumplido catorce años. A fines de 1829 apareció una segunda edición con el agregado de un nuevo y extenso poema, Al Aaraaf. 

El año siguiente, a instancias de John Allan, ingresó en la Academia Militar de West Point, de la que logró hacerse expulsar poco después. Se trasladó entonces a Nueva York, donde publicó en 1831 su segundo libro de poemas, cuya edición fue costeada por varios cadetes que habían sido sus compañeros.

Según parece, se propuso vivir de la pluma, pero no lo consiguió y decidió volver a Richmond, donde su padre adoptivo no solo se negó a recibirlo, sino que le escribió una carta en la que, en duros términos, manifestaba que le prohibía el ingreso a la casa. La respuesta del joven no fue menos dura, con lo que se cortó definitivamente la relación. Según el pintor Thomas Sully, amigo del poeta, “fue la crueldad del señor Allan en arrojarlo al mundo como un mendigo lo que arruinó a Poe. (…) Era sensible y altivo, y sintió agudamente el cambio. Fue esto lo que lo amargó”.

Dos años después, ganó el primer premio en el concurso instituido por el semanario literario The Saturday Visitor, de Baltimore, con su cuento Manuscrito encontrado en una botella. Uno de los jurados, John P. Kennedy, quiso conocerlo y lo invitó a su casa; Poe, que ya no tenía ni para vestirse decorosamente,  le confesó en una esquela: “No puedo ir por razones de la más humillante naturaleza –mi apariencia personal–”. El otro fue entonces a buscarlo, y lo encontró muriendo literalmente de hambre.

Se hizo entonces su amigo, le dio “un asiento en su mesa y un caballo”, y lo recomendó a The Southern Literary Messenger, una nueva revista de Richmond, en la que Poe, después de publicar los cuentos Berenice y Hans Pfaall, entró a trabajar como único redactor estable. Desde su nombramiento, cuenta Kennedy, “aumentó la circulación de setecientos a cerca de cinco mil ejemplares”.     

En 1836 se casó con su joven prima Virginia Clemm y al año siguiente dejó el Messenger para trasladarse a Filadelfia, donde pasó por varias revistas, como The American Museum, Burton's Gentleman's Magazine, The Gift y  Graham’s Magazine, en las que publicó, respectivamente, Ligeia, William Wilson, La caída de la casa Usher y Los crímenes de la calle Morgue. En todas esas revistas, y en otras, se explotó miserablemente su talento; consciente de ello, fue uno de los primeros en denunciar esa modalidad de explotación en el artículo Algunos secretos de la cárcel de las revistas:

“(…) Tenemos editores de revistas que, bajo ciertas condiciones de buena conducta, bombo ocasional y sumisión en todo momento, consideran un deber de conciencia estimular al pobre diablo de autor con uno o dos dólares, siempre que se porte correctamente y se abstenga del indecente hábito de criar alas. (…) Estos editores pagan algo, mientras que hay otros que no pagan nada. He aquí ciertamente una diferencia, aunque un matemático podría argüir que se trata de una diferencia infinitamente pequeña”.   

En 1840 apareció una colección de sus relatos publicados en distintas revistas, reunidos en dos volúmenes bajo el título Cuentos de lo grotesco y arabesco. En el prólogo, contestando a quienes lo habían tachado de “germánico”, expresa: “Si en muchas de mis producciones el terror ha sido la tesis, sostengo que el terror no es de Alemania, sino del alma; pues yo he extraído el terror de sus legítimas fuentes y lo he llevado a sus legítimos resultados”.

En 1842 se reveló en Virginia el primer síntoma de la tuberculosis; la enfermedad y posterior muerte de esa esposa, a quien el poeta “amaba como jamás hombre alguno amó antes”, lo hundieron en la desesperación, la locura y el alcohol. Así lo confesó en una célebre carta a un amigo: “Me volví loco, con largos intervalos de horrible juicio sano. Durante estos ataques de absoluta inconsciencia, bebía: solo Dios sabe cuántas veces y cuánto. Como era natural, mis enemigos atribuyeron mi locura a la bebida, en vez de atribuir la bebida a la locura”.  

A esto se sumaban las penurias económicas; se cuenta que él la abrigaba con su viejo capote de cadete y por las noches hacía que el gato durmiera a los pies de ella para calentarlos. Según John H. Ingram, uno de los más autorizados biógrafos de Poe, “no pudiendo proveer a las comodidades necesarias para aquella que le era tan querida y el hecho de tener que verla participar de sus necesidades y privaciones arrastró al poeta al borde de la locura”.

Esta situación se alivió momentáneamente en 1843, cuando El escarabajo de oro obtuvo el primer premio, consistente en cien dólares, en un concurso organizado por el Dollar Newspaper. En este cuento, Poe formuló el postulado que habría de hacer célebre Conan Doyle, en el sentido de que ningún ingenio humano puede idear un enigma que otro ingenio humano no pueda resolver.

El año siguiente la pareja se trasladó a Nueva York, donde Edgar se empleó en el Evening Mirror, en cuya edición del 29 de enero de 1845 apareció la primera versión de El cuervo. Ingram relata que el poema “llevó el nombre y la fama de su autor de costa a costa” y “arrancó testimonios de admiración de algunos de los espíritus más aventajados de la época”. Y remarca que “por esta obra maestra de genio –esta poesía que probablemente ha hecho más por el renombre de las letras norteamericanas que cualquier otra obra– se asegura que Poe, entonces en el apogeo de su inteligencia y de su reputación, recibió ¡la suma de diez dólares!”

Animado por la fama y el reconocimiento, el poeta dejó el Evening Mirror para asociarse con dos periodistas en la dirección del Broadway Magazine; pronto surgieron las discordias, y a fines de ese mismo año la revista dejó de salir.

En enero de 1847 murió Virginia: Edgar nunca se recuperó. Cuenta Ingram que “por algunos días permaneció en un estupor apático, inconsciente de todo lo que le rodeaba”. Fue el principio de un tortuoso, desesperado e imparable camino hacia el final, en el que los biógrafos enumeran expectativas frustradas, amores rechazados y desastrosas apelaciones al láudano y al alcohol. Y sin embargo, su maravilloso cerebro logró producir los poemas Eureka y Las campanas.

En julio de 1849 volvió a Richmond, donde se reencontró con viejos amigos y conoció a otros nuevos; hay testimonios de que se lo vio “muy agradable y alegre”. Sin embargo, por dos veces “sucumbió a la tentación que amargó los últimos años de su vida”, según refiere Ingram, quien agrega que “el asiduo cuidado lo salvó, pero, en opinión de los médicos, otro ataque sería fatal. Se lo dijeron, advirtiéndole seriamente del peligro”.

Poe prometió “romper con la servidumbre de su pecado” y hasta suscribió las reglas de una sociedad de temperancia. A principios de octubre dejó Richmond para volver a Nueva York, embarcándose en un vapor con destino a Baltimore, desde donde completaría el viaje en tren. Cuando desembarcó, le dio el baúl a un changador para que lo llevara a la estación de ferrocarril mientras él iba a tomar algo. Cuentan que era día de elecciones a miembros del Congreso en el estado de Maryland.                                                             

Brevísimo esbozo sobre la obra

En su conocida reseña crítica sobre Hawthorne –en la que enunció una teoría del cuento–, pero especialmente a través de sus propias narraciones, Poe dejó establecidos los que Cortázar llama “los principios rectores del género”, mostrando de manera ejemplar que en un cuento pasan cosas, y que debe tener síntesis, coherencia e intensidad: “No debería haber una sola palabra en toda la composición cuya tendencia, directa o indirecta, no se aplicara al designio establecido”.

Casi todos sus mejores cuentos pertenecen al género fantástico; en ellos, a diferencia de los que se habían escrito hasta entonces, el horror no reside fuera sino dentro de nosotros. Poe no necesita crear monstruos, pues apela al que cada uno guarda en su interior. Por otra parte, la lucidez de su mente, en oposición a su espíritu torturado, le inspiró cuentos analíticos de  los que deriva el género policial; Todos los detectives librescos reconocen su origen en el chevalier C. Auguste Dupin.

Su obra poética no fue profusa, pero bastó para hacerle escribir a Antonio Machado que “la poesía moderna, a mi entender, arranca, en parte al menos, de Edgar Poe”. En los que tal vez sean sus poemas más logrados como Annabel Lee, Las campanas, El cuervo y Ulalume, se destacan la originalidad, una obstinada musicalidad y una atmósfera sugestiva y envolvente que, a partir de situaciones casi sosegadas –o jubilosas, como en Las campanas-, va creciendo una intensidad hasta desembocar en la confrontación con la nada final. Detrás hay una elaboración tan cuidadosa que, como los mejores maquillajes, no se nota pero hace que la belleza de los rasgos parezca natural.

Dos días después de la muerte de Poe, un hombre llamado Griswold, a quien aquel le había conferido el inmerecido honor de considerarlo un adversario literario, escribió una nota necrológica que inició una serie de diatribas basadas en distintos aspectos biográficos del poeta. Como ha ocurrido con otros hombres y mujeres de genio, la calumnia mordió su vida porque su obra es inatacable. Después de tanto tiempo permaneció lozana y vigorosa y revive cada vez que un joven abre un libro y empieza a leer eso de “Hace muchos años trabé relación con un caballero llamado William Legrand…”.

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