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 21 de noviembre de  2018
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El creador de la orquesta típica

El creador de la orquesta típica

Se cumplen hoy 130 años del nacimiento del bandoneonista y compositor Vicente Greco, a quien se debe la denominación de Orquesta Típica, que en tiempos de esplendor distinguió a los conjuntos de tango.  

Cuenta Julio De Caro que Vicente Greco había nacido en lo que entonces era el barrio porteño de la Concepción, en el seno de una familia humilde y numerosa. Después, la familia se mudó a un conventillo ubicado en la calle Sarandí 1356, del barrio de San Cristóbal.

Cuando tenía poco más de seis años, y para contribuir a aliviar las penurias del hogar, el pequeño Vicente empezó a vocear diarios en la esquina de Sarandí con la avenida Entre Ríos. Esto le impidió asistir a la escuela, adonde recién pudo concurrir tiempo después.

El ejecutante
Rondaba los diez años cuando uno de sus hermanos, que según De Caro era un guitarrista de cierto prestigio, le impartió nociones del instrumento, que Vicente asimiló rápidamente, por lo que una familia vecina le ofreció su piano, para cuyo estudio también demostró el niño gran facilidad.

Un día, encontró sobre el ropero de sus padres un instrumento desconocido para él: se trataba de una concertina, donde al cabo de un mes, y sin maestro alguno, logró ejecutar un vals, una polca y un tango.

Siempre de acuerdo con el relato de De Caro, las mentas del niño se extendieron rápidamente y llegaron a oídos del “Pardo” Sebastián Ramos Mejía, quien se apersonó en casa de los Greco, donde, después de escuchar al promisorio ejecutante, a la sazón de catorce años, les aconsejó a los padres que le compraran un bandoneón de verdad.

Les costó muchos sacrificios, pero finalmente lo hicieron. El adolescente pronto adquirió gran dominio del instrumento: “Llueven noche a noche visitas a la casa, deleitándose con las melodías que arranca; y la voz sigue pasándose de unos a otros”, refirió De Caro, quien menciona, entre los admiradores del joven Greco, a Evaristo Carriego, Roberto J. Payró y José Ingenieros.

No podía faltar mucho para que debutara profesionalmente: lo hizo en un salón de la ciudad bonaerense de San Pedro, con un trío que completaban “el negro Lorenzo” en guitarra y Juan Borghese en violín. Allí, una noche, era tanta la concurrencia que derribó el palco de la orquesta, provocando a Greco graves heridas de las que, según se dijo, nunca se recuperó del todo.

Sin embargo, meses después, aparentemente repuesto, se presentó en la ciudad de Buenos Aires, donde actuó en varios cafés, como el de “la Turca”, de la Boca, El griego, La Cavour y El estribo, de Entre Ríos e Independencia. En este último local fue tanto el éxito que el público desbordaba las instalaciones y se ubicaba en la calle, y la comisaría cercana enviaba agentes todas las noches para encauzar el tránsito y evitar incidentes.

Recurrimos ahora a la autorizada pluma de Luis Adolfo Sierra, quien refiere que en 1911 el conjunto amenizaba también los bailes del salón San Martín, ubicado en la calle Rodríguez Peña 344.

Fue entonces cuando fue convocado para grabar para la Casa Tagini, pionera en nuestro país de la industria discográfica, cuyo dueño creyó necesario que el conjunto dedicado exclusivamente al tango ostentara una denominación que lo distinguiera de los que interpretaban también otros géneros.

Así fue como Greco acuñó la denominación Orquesta Típica Criolla (que con el tiempo quedó en Orquesta Típica), y que a partir de entonces se empleó para identificar a los conjuntos de tango.             

Integraban esa primera orquesta típica criolla Greco y Juan Lorenzo Labissier en bandoneones, Francisco Canaro y Juan Abatte (Palito) en violines, Domingo Greco en guitarra y piano y “el tano” Vicente Pecci en flauta.

Es importante señalar que por Internet circulan actualmente varias de esas grabaciones históricas, en las que puede apreciarse una sorprendente desenvoltura, que se engarza naturalmente con el brío y la animación propios de la Guardia Vieja.

La carrera de Greco pasaba por su etapa más brillante: los principales salones y cafés se disputaban sus actuaciones. Así, en 1913 se presentó en el cabaret Montmartre; después pasó al Maxim y al famoso Armenonville.

Asimismo, fue contratado para importantes bailes de la época, como los de carnaval en el teatro Apolo y los organizados por los entonces elegantes Tigre Club y Rowing Club, de Tigre, y el Plaza Hotel, el Hotel Americano y el Petit Salon, entre otros.

Refiere De Caro que, sin embargo, Greco comenzó a beber más de la cuenta, lo que reagravó su antigua dolencia, una uremia originada acaso en aquel accidente de años atrás, que le hizo cancelar presentaciones y terminó por llevarlo a la muerte el 5 de octubre de 1924. Tenía 36 años.   

El compositor
A los 17 años, Greco compuso su primer tango, El morochito. Su producción posterior, si bien cuenta con títulos importantísimos, no es muy vasta: en SADAIC solo hay treinta registrados a su nombre.

El más difundido de entre ellos es Rodríguez Peña, así llamado por los mencionados bailes del salón San Martín; estrenado precisamente allí, gustó tanto que el autor debió repetirlo no menos de diez veces, y finalmente fue alzado en andas por la enfervorizada concurrencia y así paseado por Corrientes.

Muchas grandes orquestas grabaron este tango: a nuestro juicio, una de las mejores versiones es la lograda por la de Osvaldo Fresedo, cuya suntuosa sonoridad da lustre a la enjundia creativa de Greco, sin hacerle perder nada de su esencia.

Otro tanto podemos decir de La viruta, que cuenta además, entre otras, con una excelente versión de Alfredo Gobbi. Este último se lució además en Racing Club, del que también hay un estupendo registro de la orquesta de Aníbal Troilo.

Y en cuanto a las versiones de El flete y de Pof pof, se encuentran entre las más celebradas de la hoy revalorizada orquesta de Juan D’Arienzo. Otros tangos de Greco no han logrado la difusión merecida.

Dejamos para el final al magnífico Ojos negros, que trasciende el ritmo vivaz de la Guardia Vieja y prefigura la riqueza melódica y la hondura dramática de un Pedro Maffia o de un Aníbal Troilo. Precisamente, Pichuco lo grabó tres veces; nos quedamos con la versión de 1953. También recomendamos vivamente la refinadísima interpretación de Fresedo.

En cambio, no resultaron tan afortunados los tangos Pobre corazoncito (con letra de Pedro Numa Córdoba) y La percanta está triste, Alma porteña y Argentina (los tres con versos propios), todos ellos grabados por Gardel, quien hace verdaderas proezas vocales para rescatarlos.

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