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 16 de julio de  2018
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El amor más sublime

El amor más sublime

Hoy se cumplen cincuenta años de la muerte del eminente poeta Enrique Banchs, de quien dijo Borges que “si no hubiera existido, faltaría una sola cosa, una estrella”.

En el Quién es quién de 1958-59 puede leerse que Enrique Banchs nació en Buenos Aires el 8 de febrero de 1888, que fueron sus padres Enrique Banchs y María Olive, que estaba casado con Luisa Malinverno y que tenía dos hijos, Enrique Luis y Marta. Informa también que en 1907 publicó su primer libro de versos, Las barcas, que fue funcionario del Consejo Nacional de Educación (otras fuentes precisan que dirigió la revista de esa dependencia, El monitor de la educación común), que entre 1938 y 1940 presidió la Sociedad Argentina de Escritores, la que le otorgó el Gran Premio de Honor correspondiente a 1954 por su labor literaria, y que recibió el premio de la fundación Severo Vaccaro del bienio 1957-1958. Enumera después sus otras obras: El libro de los elogios, El cascabel del halcón y La urna, todos ellos de poesía. Por último, consigna que tenía su domicilio particular en la calle Delgado 835.

Una edición posterior agrega que en 1964 obtuvo el premio del Fondo Nacional de las Artes, que era miembro de la Academia Argentina de Letras y que desde 1956 se desempeñaba como redactor del diario La Prensa.

Además, a pedido de una editorial, el propio Banchs puntualizó: “Siempre, durante sesenta años, trabajé como periodista, en diarios y revistas de la Capital, como redactor y traductor”.

Y agregó: “No realicé estudios regulares y todavía estoy procurando ser autodidacta”.

Después de publicar su último libro, La urna, en 1919, se llamó a un silencio poético que duró hasta su muerte, interrumpido esporádicamente por algunas colaboraciones en diarios y revistas; su último aporte a la imprenta fue un desgarrado soneto, La alondra, publicado en La Nación en 1955.

También fue el soneto la forma que eligió Fernández Moreno para cuestionar ese silencio: “¿Yendo hacia qué país te fuiste a pique? / (…) / ¿Por qué no cantas, silencioso Enrique? // ¿Por qué cesó tu juvenil repique, / finísima campana matutina? / ¿Quién te ligó las alas, golondrina? / Di la palabra mágica que explique. // Vuelve a sumarte al armonioso coro / (…) // ¡Sol al soneto y luna a la balada! / ¿Acaso está la patria tan sobrada / de grandes voces, para que tú calles?”. 

La urna
Para Borges, Banchs fue hombre de un solo libro, y ese es La urna que, según Roberto F. Giusti, constituye la culminación del arte del autor, quien “realiza el tipo del poeta lírico con absoluta pureza”. Otros especialistas coincidieron con esas apreciaciones.

Antes de referirnos a esa obra, nos parece importante señalar que quien está considerado como uno de los más luminosos poetas líricos argentinos supo incursionar, y con éxito (perdón por la palabra) en la temática social, como lo muestra el soneto El Cristo del juzgado, perteneciente a su primer libro, y que a continuación trascribimos: “Mientras lee el secretario con voz que atrista / de los considerandos partes primeras, / el juez que tiene cara de prestamista / va marcando el programa de las carreras. // Se trata del proceso de un anarquista / que gritó cuatro cosas por las aceras, / y el a latere docto pasa en revista / los cargos que merecen penas severas. // Tiene el muro un doliente Crucificado / que fermenta en sus llagas toscos rubíes. / Cercanas a los clavos del pie llagado / se entretejen rojizas llagas de herrumbre... // (¿Qué hará entre providencias y entre otrosíes / ese cuerpo de ayunos y mansedumbre...?)”.

La urna consta de cien sonetos, cada uno de los cuales, en opinión de Giusti, “desenvuelve con gallarda seguridad un pensamiento realzado por todas las galas al par elegantes y sencillas del arte”. Se trata, agrega, de “cien sonetos  admirables, trabajados con insuperable esmero, en los cuales la forma esbelta y exacta se ciñe a todas las sinuosidades del pensamiento”.

A través de esos sonetos, el poeta cuenta una historia de amores desdichados. Pero no deja señales: no nombra a la amada, no la describe, no es posible desentrañar si llora su muerte, su abandono o su rechazo; lo único que sabemos de ella es el dolor que su ausencia le ha causado a él. 

Citamos nuevamente a Borges, quien habló del pudor y de la reticencia argentinos; estos se delatan en el soneto LXI: “Y aunque impasible y calmo y sosegado / figure el rostro como un agua muerta, / adentro está el despecho y el llamado / y el sollozo y la sangre de la herida...”.

Por otra parte, Banchs expresa –poco importa si conscientemente o no– la idea, cara a los románticos, de que el amor más sublime es el que no se concreta.

Como recordamos alguna vez, se ha definido a la poesía como dolor configurado en palabras, que solo puede plasmarse en ellas después de habérselo aceptado; permítasenos acotar que también se ha dicho que el arte no se nutre de lo que se posee, sino de lo que se ansía o añora.

(El gran Edgar Poe consideraba que la melancolía es el más legítimo de los tonos poéticos y la muerte de una hermosa mujer el tema más poético del mundo, y que los labios más adecuados para expresarlo son los del amante que ha perdido a su amada).

Es así como, cuando la amada muere o se vuelve inasible e inalcanzable, su imagen se eleva sobre la realidad, que queda a la zaga de la ilusión, y esa figura femenina embellecida por la melancolía de la ausencia pasa a ser el ideal del amor romántico, que en su busca del infinito se pierde en lo imposible. 

Mejor lo expresó Bécquer en su Rima XI, donde el protagonista rechaza a dos mujeres corpóreas para llamar a la que está hecha de sueños: “–Yo soy ardiente, yo soy morena, / yo soy el símbolo de la pasión, / de ansia de goces mi alma está llena. / ¿A mí me buscas? / –No es a ti, no. // –Mi frente es pálida, mis trenzas de oro, / puedo brindarte dichas sin fin. / Yo de ternura guardo un tesoro. / ¿A mí me llamas? / –No, no es a ti. //  –Yo soy un sueño, un imposible, / vano fantasma de niebla y luz. / Soy incorpórea, soy intangible, / no puedo amarte. / –¡Oh ven, ven tú!”.

Por otro lado, la imagen de la ausente no envejece ni se afea: su juventud y belleza se eternizan en la obra de arte. Y los amores inconcretos no se marchitan y permanecen inmunes a  la costumbre, el desencanto, los miedos y el hastío.   

Así lo manifestó Keats en su célebre Oda a una urna griega, donde alude a las figuras que exornan una antigua ánfora de mármol y representan a un joven y una doncella a punto de besarse, y considera que ese amor insatisfecho, pero eterno por la gracia del arte, está muy por encima del efímero y frágil amor humano (“Osado amante, nunca, nunca podrás besarla / aunque casi la alcances, mas no te desesperes: / marchitarse no puede aunque no calmes tu ansia, / ¡serás su amante siempre, y ella por siempre bella! // (…) // ¡Dichoso amor! ¡Dichoso amor, aún más dichoso! / Por siempre ardiente y jamás saciado, / anhelante por siempre y para siempre joven; / cuán superior a la pasión del hombre / que en pena deja el corazón hastiado, / la garganta y la frente abrasadas de ardores” [traducción de Julio Cortázar]).

Banchs lo sabe, y es consciente de que sus versos perdurarán, y con ellos su amor y la juventud y belleza de ella, a quien esto le  dice en el soneto LXXXIII: “Y cuando pierdas la belleza, aquella / adolescente, el verso en que te llamo, / te seguirá diciendo que eres bella. // Cuando seas ceniza, amada mía, / mi verso todavía, todavía / te dirá que te amo”.

Pero la urna de Banchs no es un cántaro de bellas formas áticas, sino una caja situada en un cementerio porteño o  suburbano, y acaso menos ominosa porque en ella se ha colado un grillo. “Y en eso sonó un canto en una urna”: así concluye el soneto XIII. ¡Qué lejos está ese canto de la canción eglógica y sencilla del entrañable bichito de Nalé!

“En una antigua urna cantó un grillo”: este es el primer verso del soneto siguiente, cuyo remate es transparente metáfora: “y de ensueños del muerto se hace el canto / que como musical pendón levanto!”

Volviendo al tema del amor poético, transcribimos el soneto X, con su lograda descripción del embeleso –o del delirio: “Nunca como esta noche de verano / de gran silencio melodiosa y pura / he sentido la lánguida dulzura, / la irrealidad de mi pasión, que en vano // confieso al alma de la noche oscura. / Bien sé que espero en algo muy lejano, / algo que no se toca con la mano, / que no se puede ver ni se figura; // algo como plegaria de intangible / boca, pero plegaria imperceptible; / un suspiro del viento, acaso una // música de violines escondidos; / una vaga mujer cuyos vestidos / ondulan en el claro de la luna”.

En su gozosa enajenación, el poeta desdeña la realización de su amor y se arrellana en la espera (“no busco nada más que una mirada. // ¿Que no la encuentro? Es esto poca cosa: / feliz soy por estar como la rosa / esperando, sin verla, a la alborada”, Soneto XCI).

Y en el XCIII, admite: “A tu lado quizás te olvidaría, / pues siempre estoy con lo que está lejano”.

Para justificar esa retirada sabe emplear prudentes argumentos: así, la inapelable fugacidad de la existencia le sirve para determinar que el amor es un sinsentido (“Y pues que has de morir en plazo breve, / quiera serte el amor copo de nieve / en lumbre de razón desvanecido”, Soneto XXVIII).

Pero tanta felicidad no disfrutada, tanto éxtasis soñado y no vivido, no han sido en vano pues cumplen con su destino de trasmutarse en sustancia de la obra de arte (“Hijo triste y fatal de los sentidos, / ¡oh, amor! En esto acabas: en canción. / Nada es estéril, no, ni la ilusión, // ni el sueño, ni los pétalos caídos... // Aun del mismo dolor de haber amado // se hace el Arte un trofeo conquistado”, Soneto XV).

Sí fue vana, en cambio, la búsqueda de respuestas y consuelo en las bibliotecas (“La multitud de libros son el parque / fastuoso y misterioso que fatiga / mi ansia de conocer. (…) //  Ciencia que no me vale para nada / pues no se cambia en pan ni en buen consejo”, Soneto XXX).

En otro orden, se ha insistido en atribuir a esta obra la falta de referencias espaciotemporales. En cuanto al tiempo, veinticinco años después de su publicación, Borges decía que era un libro nuevo, y se animaba a calificarlo de eterno.

Pero, más allá de desprenderse de la obra un hálito que la identifica como argentina, o más concretamente como porteña, lo cierto es que Banchs le consagra dos sonetos a Buenos Aires, sin nombrarla, ni falta que hace; se trata del XXV y del LII. Transcribimos el primero de ellos: “Cuando en las fiestas vago en el suburbio, / desde las tierras altas la mirada / de albatros tiendo a la ciudad cargada / de hombres, al lado del Estuario turbio. // Como en una visión de grandes valles, / veo, entrando en el cielo, humeantes barras, / las azoteas rojas, las pizarras / y el tajo ceniciento de las calles. // Y veo el barrio donde está tu casa, / (lo veo y la tristeza me traspasa) / y la casa escondida donde estriba // mi vida laboriosa y miserable... / Y se me alza en el pecho, inolvidable, // el gran amor de la ciudad nativa”.

También se le ha reprochado a la obra y a su autor, como si de severa falta se tratase, el desentendimiento de la problemática social. Quienes así obran parecen desconocer a una y otro, puesto que este poemario eminentemente lírico incluye hondas quejas y protestas contra la infame lucha por la vida, esa innoble batalla cotidiana que frustra, que enajena, que ahoga talentos y esperanzas. Transcribimos el soneto XLVII: “Entro a mi casa fatigado bajo / la ley del diario y mísero trabajo / que seca la espontánea flor del poco / de ensueño... ¡Y siempre así!... Y siempre invoco // a lo más puro y libre de mi ser, / a lo más permanente para hacer / la ciudadela blanca en que me olvide / lo que fatal necesidad me pide... // Blanca carilla ante de mí vacía / como escenario abandonado espera / la pequeña tragedia de mi día. // Pero fatiga estéril te lacera, / ¡oh, alma! y como un perro en el umbral, // te duermes en la hoja virginal”.

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