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 18 de febrero de  2018
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El alma de Juan Porteño

El alma de Juan Porteño

Hoy se cumplen treinta años de la muerte de Héctor Marcó, prolífico y versátil autor y compositor de tangos de notable calidad poética y musical.

Había nacido como Héctor Domingo Marcolongo en Buenos Aires, el 12 de diciembre de 1906. Él mismo contó que cuando era chico le gustaban los centros gauchescos, donde participaba “haciendo los coros”, y que tendría quince o dieciséis años cuando descubrió su vocación por la escritura.

Contó también que, cuando salió del servicio militar obligatorio en esos tiempos, debutó como cantor en la radio LOY Estación Flores, y que para entonces el dúo criollo Ruiz-Acuña ya le había grabado el vals Dolor y la tonada Fiel riojanita.

Años más tarde, Agustín Magaldi le llevó al disco el foxtrot La hija del pescador y el vals Alma mía, y en la película Monte criollo cantó su vals Yo tengo una novia. Cuando después conoció a Carlos Di Sarli, Marcó ya había compuesto los versos de los exitosos tangos Que nunca me falte y Callejón (que llevan música de Héctor Morales y Roberto Grela, respectivamente), entre otros.

El encuentro con Di Sarli inició un binomio autoral que tuvo su primera expresión en Corazón y produjo los emblemáticos tangos Así era mi novia, Bien frappé, Cuatro vidas, En un beso la vida, Juan Porteño, La capilla blanca, Nido gaucho, Por qué le llaman amor, Porteño y bailarín y Tangueando te quiero, y el vals Rosamel.

Por su parte, Marcó fue autor, no sólo de la letra, sino también de la música de Cómo querés que te quiera, El pollero, Mis consejos, Tirate un lance, Whisky, Yo también carrero fui, Pobre de ellos y varias otras piezas.

También colaboró con Héctor Stamponi, Alfredo Malerba y Edgardo Donato, entre otros compositores, además de los mencionados Armando Pontier, Enrique Mario Francini, Ángel D´Agostino y Mario Canaro.

Y grabaron sus tangos los cantores Edmundo Rivero, Ángel Vargas, Charlo, Hugo del Carril, Carlos Roldán, Raúl Berón, Jorge Durán, Roberto Rufino, Alberto Podestá, Oscar Serpa, Carlos Acuña, Jorge Maciel, Abel Córdoba y muchos otros; a este último, Whisky le arrancó una digna interpretación, respaldada por la orquesta de Osvaldo Pugliese.

La obra

“Me gusta cantarle a todo lo que me rodea; esa es mi forma de ser. No me gusta atarme a un estilo sino tomar lo que observo, lo que siento, el clima donde vivo”, dijo en cierta oportunidad.

Justamente, el eclecticismo es lo que caracteriza a su vasta producción, que registra cerca de 175 títulos, muchos de los cuales fueron éxitos. Actualmente, sin embargo, no se hallan en el repertorio de la gran mayoría de los intérpretes.

La plasticidad de la imaginación creativa de Marcó le permitió abordar con felicidad la temática romántica (Esta noche de luna y Tu íntimo secreto, ambos con música de Graciano Gómez; Nido gaucho y En un beso la vida, ambos, como se dijo, con música de Di Sarli; Tú, el cielo y tú, con música de Juan Canaro, entre muchos otros); la dramática (los citados Bien frappé, Mis consejos y Whisky; este último está entre sus tangos más logrados); la evocativa (Soy muchacho de la guardia, con música de Agustín Irusta; Entre copa y copa, con música de Ángel D’Agostino y Alfredo Attadía); la humorística (Cómo querés que te quiera y Viejito calavera, ambos con música propia); la esencialmente porteña (Porteño y bailarín, con música de Di Sarli; Milonga de esquina, con música de Enrique Mario Francini); la turfística (Tardecitas estuleras y Tirate un lance, ambos con música propia); y hasta la gauchesca (Carancho, con música de Fulvio Salamanca; Pampa y huella, con música de Juancito Díaz).

Marcó no se interesó por la temática orillera ni mucho menos por la canera; en cuanto a la crítica de hechos, costumbres y personajes de su época, eligió hacerla desde la nostalgia o, cumpliendo el adagio castigat ridendo mores, la humorada (Juan Porteño, Por qué no bailás un tango).

Es preciso decir que algunos críticos han ubicado su obra por debajo de la de los consagrados incuestionablemente como grandes poetas del género.

Más allá de tratarse de una valoración puramente subjetiva, y de que debemos admitir que no es común que en una producción tan vasta todos los componentes ostenten pareja calidad, abundan los contraejemplos de aquella estimación.

Así, aventuramos que no es indigno de Manzi el vívido retrato que traza Marcó de un personaje del Buenos Aires que se fue (“Canturreando en el pescante / de su carrito pintado / va Saturnino Taborda / gritando a los cuatro vientos: / ¡Hay pollo y gallina gorda! / Y casi a ras de la llanta / escrito a pulso y prolijo, / lleva un letrero que dice: / ‘Soy soltero y no me aflijo’”, El pollero).

Por otra parte, las amargas exhortaciones de Whisky (“¡Dale! ¡Que el mundo es un carro / tirao por los sonsos / que quieren así! // ¡Dale! ¡Mandate otro whisky! / ¡Total la guadaña nos va a hacer sonar!”) remiten a los apóstrofes de Cátulo Castillo y, aunque Marcó empleó poco el lunfardo, cuando lo hizo logró algunas estrofas que, por ingeniosas e irónicas, no desmerecerían a Celedonio Flores (“Viejito de amores turbios / balconeala como yo / dejá que florezca el monte, / no ves que pa’ esos aprontes / hace falta un buen reloj”, Viejito calavera).

Paradojalmente, sus piezas más conocidas son las más vulnerables: nos referimos a las de carácter romántico. Si bien es cierto que, en algunas de las muchas que elaboró, la efusión emotiva corre el riesgo de caer en lo sentimentaloide, no es menos cierto que en otras encontramos singulares metáforas (“La dicha es un castillo con un puente de cristal / de mil que lo cruzamos, dos o tres suelen llegar”, Tu íntimo secreto) o versos que expresan la voluntad de confirmar la vieja idea del amor más poderoso que la muerte (“No dejaré este mundo / si a mis pupilas no cierras tú”, Cuatro vidas); y no faltan las palabras sentenciosas (“Total... es el grito de la vida / caer y volver a perdonar”, Una historia como tantas, con música de Armando Pontier).

Precisamente, en lo que a imágenes y metáforas se refiere, Marcó supo elaborarlas unas veces diáfanas (“el viento hace vibrar sus cordajes / en los pastos y en la flor”, Nido gaucho), y otras rotundas, como las que despliega en Mis consejos: “la vida del calavera / es un frágil cigarrillo / de traidoras espirales: / primero da fuego y brillo, / después te encana los grillos”.

Y por lo que hace a las descripciones de paisajes y personajes urbanos, logró plasmarlas en versos remarcables como los de Callejón, uno de sus mejores tangos: “Un farolito que parpadea / tumbado y viejo sobre tu esquina, / haciendo alarde que te ilumina, / tal vez murmura por qué llorás. / Diez arbolitos como un rosario / rotos al paso del cruel invierno, / solos vigilan, fieles y tiernos, / tus noches tristes de inmensa paz”, o los de Juan Porteño: “Y recostao, pensativo, / contra el farol de una esquina / Juan Porteño se persigna / mordiendo el pucho, tristón. / Piensa acaso, en su nostalgia, / que aquella ciudad bajita / de románticas casitas / sólo está en su corazón. / Despunta la madrugada, / Buenos Aires rompe el sueño / y allá se va Juan Porteño / silbando un tango llorón”.

Tras él se fue, hace treinta años, Héctor Marcó.

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