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Desde las Comunas 11 y 15 de la Ciudad de Buenos Aires
 21 de febrero de  2018
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De las cacerolas a las balas policiales

De las cacerolas a las balas policiales

A quince años del estallido popular que tuvo como epicentro la ciudad de Buenos Aires, ofrecemos esta reseña publicada en la edición gráfica de Tras Cartón de diciembre de 2011 y realizada sobre la base de notas aparecidas en las ediciones gráficas de enero y febrero de 2002.
El 19 y 20 de diciembre de 2001 las masas porteñas y las clases populares del Gran Buenos Aires derrocaron al gobierno de la Alianza, encabezado por Fernando de la Rúa y elegido por el voto popular en 1999. El suceso se precipitó con el mensaje del presidente emitido por cadena nacional, mensaje cuyo texto había sido redactado por su hijo Antonio. Guillermo Calvo, coordinador del Centro de Educación No Formal Juan Agustín García (Escuela Provincia de Mendoza), expresaba en aquellos días: “Creo que el discurso presidencial fue sin duda un detonante pero ni siquiera sé si fueron las palabras ‘estado de sitio’. La gente llegó a un límite donde debe haber habido mucha mezcla de sensaciones”1.
Entre los antecedentes inmediatos del cacerolazo de la noche del 19 de diciembre debe ser considerada especialmente la inmovilización de los depósitos bancarios, popularizada con el nombre de “corralito”, ordenada por el ministro de Economía Domingo Cavallo, así como también los saqueos a supermercados ocurridos en el conurbano bonaerense y las protestas de comerciantes en diversos barrios de la ciudad. La crónica de nuestro periódico informaba que el 13 de diciembre, en sintonía con el paro dispuesto por las centrales obreras, comerciantes de la avenida San Martín se autoconvocaron. Edhit Andujar Vidal, pensionada que participó redactando y repartiendo volantes, señalaba: “Se hicieron dos cacerolazos, uno a la mañana y otro a la noche. Cuando vi que la gente salía sentí que habíamos despertado: yo siempre decía que no era necesario ir a Plaza de Mayo, si salíamos a la puerta de calle llenábamos el país”2.
En otras palabras, el cacerolazo del 19 de diciembre no fue simplemente un acto fogoneado desde los medios de comunicación, sino una modalidad de protesta consciente que fue incubándose a lo largo de luchas anteriores. Andujar Vidal así lo vivió: “El 19 estuve todo el día haciendo trámites. Sabía que a las 20 habían convocado a un nuevo cacerolazo en Juan B. Justo y avenida San Martín; cuando bajé del colectivo el florista que está al lado de Coto me dijo: ‘Se suspendió. Hay estado de sitio’. Entonces me fui para casa”3.
Pero esta apreciación subjetiva, dicha al calor de los acontecimientos, no tuvo en cuenta que estaba madurando una rebelión popular que enfrentaría las formas más violentas del Estado burgués democrático: a saber, el estado de sitio. En este sentido, Julio Leibowicz, histórico militante comunista de La Paternal fallecido en mayo de 2003, puntualizaba: “Temíamos que [los cacerolazos] no se iban a convocar, porque justo se había decretado el estado de sitio, pero de cualquier manera decidimos ir igual. Fuimos a avisar al Partido Obrero y nos dijeron que también iban a ir”4.
Al ruido de las cacerolas y al calor de las fogatas que se encendían en muchas esquinas, la protesta se iba extendiendo por los barrios con alegría y libertad, pero en cuanto comenzó, en la madrugada del jueves, a desplazarse hacia el centro, fue el toque de rebato para la represión policial: “En la Plaza de Mayo, el Obelisco y el Congreso, el pueblo puso el cuerpo; el poder, los rebenques, los gases y las balas”5, sintetizaba en su crónica la periodista Haydée Breslav. Y el testimonio de Leibowicz agregaba elocuencia: “La policía inició la represión en la Plaza de Mayo sin que hubiera ningún tipo de provocación (…) La gente se manifestaba pacíficamente y no había destrozos, ni violencia ni nada; fue allí donde empezaron a aparecer los primeros muertos que, según los informes de los hospitales, lo fueron en su totalidad por balas de plomo”6.
El mediodía del 20, amplios contingentes ocupaban la Plaza de Mayo desafiando al estado de sitio y a la policía. Hacia las 14, se desencadenó la represión, y durante todo el día se sucedieron enfrentamientos en el centro y en los barrios. Se sumaban los muertos y heridos. De la Rúa se vio obligado a renunciar. El pueblo lo derrocó, pero la gran burguesía motorizó su caída para licuar sus deudas.
En el transcurso de estas jornadas surgió una modalidad de organización popular que fueron las asambleas barriales: “Desde entonces, las principales esquinas de casi todos los barrios porteños y el Gran Buenos Aires comenzaron a alumbrar asambleas en las que el pueblo aún no gobierna pero sí delibera a despecho de sus representantes, lo que constituye uno de los fenómenos sociopolíticos más importantes y alentadores de los últimos tiempos”, señalaba Breslav en el encabezado de su nota “Tiempo de asambleas”7.
Muchos sabíamos, por nuestra experiencia de los años 70, qué significaba el estado de sitio. En aquella época fue la violencia institucionalizada del estado de sitio, a lo que cabe agregar la violencia parapolicial, que abrio el camino a la violencia terrorista de la dictadura. Quienes habíamos pasado por la experiencia del cercenamiento de las libertades democráticas y sabíamos lo que eso significaba en función de los derechos ciudadanos no estábamos dispuestos a tolerar un nuevo estado de sitio. En diciembre de 2001, este instrumento jurídico violento fue derrotado, pero la estructura represiva del Estado, que se mantuvo intacta, fue recuperando progresivamente su capacidad coercitiva, restringiendo las actividades de las organizaciones populares, lo que posibilitó que finalmente la burguesía financiera sacase las ventajas económicas de la crisis social.
La situación histórica ambivalente entre un pueblo en parte movilizado a través de las asambleas barriales y los movimientos piqueteros, y el descrédito de los representantes políticos de la burguesía, patentizado en la consigna “Qué se vayan todos, que no quede ni uno solo”, terminó resolviéndose en favor de las instituciones burguesas debido a la inmadurez política del movimiento popular y la acción represiva estatal, ejercida más allá de un estado de sitio inexistente.

 
Notas
1, 2, 3 4, 5 y 6 Breslav, Haydée. “Y se vino el estallido”. Tras Cartón, Año 9, Nº 106, enero de 2002.

7 Breslav, Haydée. Tras Cartón, “Tiempo de asambleas”. Tras Cartón, Año 9, Nº 107, febrero de 2002.

 
El caldo de cultivo
¿Cuál fue el contexto que dio lugar al estallido de diciembre de 2001? Así lo graficaba el editorial de Tras Cartón de noviembre de 2001 titulado “La Argentina al pie del patíbulo”: “Pongamos por caso: la privatización de las empresas públicas, la destrucción del sistema previsional, la invasión de los hipermercados, la flexibilización laboral y la desregulación de las obras sociales (…) fue la imposición exitosa de una ideología nefasta, la ideología de la globalización neoliberal, la que nos llevó a hundirnos cada vez más en el estiércol (…) el abrazo al neoliberalismo se pagó caro. Casi todas las riquezas del país fueron entregadas a los grupos monopólicos y ahora el orgullo de ser argentino se reduce sólo a esa caricatura ridícula que se monta sobre los eventuales triunfos deportivos en las competencias internacionales (…) No es justo omitir la otra cara de la moneda. Aun en los momentos de mayor consenso de las políticas fundadas en tal ideología mercantilista hubo bolsones de resistencia: piquetes, huelgas, marchas de protesta, escraches a genocidas fueron y son distintas manifestaciones que lo prueban”.
La crisis económica instalada desde años atrás como resultado de la aplicación de políticas neoliberales que favorecieron el endeudamiento externo indiscriminado y que provocaron una profunda debacle industrial –expresada en el cierre de empresas, en la caída de la producción y en una desocupación que alcanzó guarismos hasta entonces no conocidos en la economía argentina moderna– se tradujo en una crisis política integral cuyos principales componentes fueron la protesta de los movimientos piqueteros en demanda de trabajo y salario, los cacerolazos de unas clases medias que vieron confiscados sus ahorros por los bancos y la inestabilidad financiera de la gran burguesía.

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