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 13 de noviembre de  2019
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Crónica de un siglo y medio

Crónica de un siglo y medio

No hace mucho, en un pase radial, dos famosos conductores se refirieron a la vieja Prensa y recordaron que en sus páginas nadie firmaba y todos escribían igual y bien; uno de ellos llamó a esa época “la prehistoria del periodismo”. Como fuimos parte –y a mucha honra– de esa prehistoria, y con motivo de cumplirse hoy el sesquicentenario de la fundación del diario por José C. Paz, elaboramos esta reseña.

“Comprate La Prensa, / buscate trabajo, / ganate tu pan”. Esto aconsejaba Marvil (Elizardo Martínez Vilas) a un amigo del ocio en su tango Buzón, con letra de Mario Rafaelli, que popularizó Alberto Castillo en su grabación de 1945.

Pocos saben que en su primera época (desde la fundación hasta la confiscación) la primera página de La Prensa estaba dedicada a los avisos clasificados, entre ellos los del rubro “oficios pedidos”, y en los periodos difíciles se formaban en las madrugadas largas colas de desocupados, inmigrantes e hijos del país, frente a los portones desde los que se distribuía el diario, donde se repartían ejemplares gratuitamente. 

Según refiere Enrique Maceira, el primer número de La Prensa se imprimió en el taller gráfico Buenos Aires, de Estanislao del Campo, y ostentaba el siguiente lema: “Verdad y honradez; Libertad, Progreso y Civilización, he ahí el fin que perseguimos”.

Fue su primer director Cosme Mariño, quien a los pocos meses renunció, por lo que Paz se hizo cargo de la dirección. Estuvieron entre los primeros redactores Delfín Gallo y Onésimo Leguizamón, quienes tuvieron destacadísima participación en el debate parlamentario de la Ley 1420, cuyo texto definitivo se debió precisamente a Leguizamón.

De acuerdo con esa fuente, “la tirada diaria de La Prensa, en su primera década de existencia –siglo XIX–, llegó a 78.000 ejemplares” y “a comienzos de la década de 1940 se celebró la impresión de 450.000”. 

Asimismo, “desde fines de la década de 1910 y hasta poco antes de su confiscación”, en 1951, La Prensa fue “el tercer diario del mundo”, inmediatamente después del Times de Londres y del New York Times.

En 1898 se inauguró el edificio de la Avenida de Mayo 575, al que el personal ingresaba por los portones de la calle Rivadavia. Allí funcionaban también consultorios médicos y odontológicos y se brindaba asistencia jurídica, todo en forma gratuita.

Ese mismo año José C. Paz renunció en favor de su hijo, Ezequiel C. Paz, quien a su vez cedió la dirección del diario a su sobrino, Alberto Gainza Paz, en 1943. 

Fueron célebres las páginas marrones del suplemento dominical en rotograbado, que tenía una sección literaria dedicada a poemas, cuentos y críticas bibliográficas. Allí se publicaron trabajos de Rabindranath Tagore, Rubén Darío, José Martí, Benito Pérez Galdós, Azorín, Enrique Banchs, Baldomero Fernández Moreno, Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo, Conrado Nalé Roxlo, Manuel J. Castilla y Raúl Gustavo Aguirre, entre muchos otros.

“Lo que tenía de bueno La Prensa era que aquel que se quería informar tenía a su disposición información de todo el espectro de la vida ciudadana”, cuenta en un video homenaje Elvio Scotti, un gran periodista que le dedicó al diario más de treinta años. Fue uno de nuestros mentores en este bello oficio; solía citar a los griegos y amaba a Bach.

En cuanto a “la parte ideológica”, explica, “el diario la tenía reservada, y la gente ya lo sabía, a las dos páginas centrales: en una publicaba sus editoriales, donde se fijaba la idea política y filosófica del diario, y en la contraparte, también de página central, estaban los trabajos que el diario pedía a colaboradores determinados. El que no comulgaba con la idea del diario lo único que tenía que hacer era dar vuelta esas dos páginas, y se seguía informando de todo lo que ocurría en el país”.

Clausuras y confiscación

El 25 de abril de 1944 La Prensa publicó un editorial titulado Ahorro en los hospitales municipales, en el que denunciaba la falta de los insumos más elementales, como gasas y alcohol; ese mismo día la policía irrumpió en el edificio y procedió a la clausura del diario, que se extendió por cinco días.

La hostilidad del gobierno se acentuó con el arribo del peronismo. Es importante recordar que el propio Perón dijo años después que había llegado al poder con todos los medios en su contra y había sido derrocado con todos los medios a su favor. Porque en los años que mediaron entre ascensión y caída, el peronismo desarrolló una política que condujo a la concentración y el control de los medios por parte del gobierno, que adquirió, directamente o a través de personeros, muchos de los principales diarios de la época, cuyos dueños fueron coaccionados a vender.     

En ese contexto, La Prensa fue objeto de distintas maniobras en su perjuicio, como la imposición de trabas aduaneras a la importación directa de papel –que afectó también a La Nación– y la obligación de publicar gratuitamente avisos del Ministerio de Trabajo. Por otra parte, a los frecuentes ataques de los medios que ya formaban parte del monopolio estatal se sumaron las movilizaciones de protesta frente al edificio.

Así las cosas, y en medio de un fuerte conflicto que la empresa mantenía con el gremio de canillitas (más precisamente el Sindicato de Vendedores de Diarios, Revistas y Afines, creado años atrás y controlado por el peronismo), la edición del 26 de enero de 1951 encabezó el índice recuadrado de los principales artículos, que desde hacía un tiempo había incorporado a la portada, con el siguiente título: “Fue movilizado y puesto bajo el fuero militar el personal ferroviario de Buenos Aires”.

Es de suponer que la información sobre la gran huelga ferroviaria, que aun hoy el peronismo se empeña en ignorar, no podía menos que irritar al gobierno; lo cierto es que ese mismo día ordenó la clausura del diario y el cierre de las instalaciones por parte de la policía.

Posteriormente, las mayorías oficialistas en ambas cámaras del Congreso aprobaron la ley que dispuso la confiscación de La Prensa: entre las voces que se alzaron para oponerse se destacó  la del entonces diputado Arturo Frondizi. Finalmente, el diario fue entregado a la CGT, cuyo secretario general, el burócrata José Espejo, pasó a ser el presidente del directorio.  

Nueva época

Después del derrocamiento de Perón, La Prensa fue devuelta a sus dueños, y el 3 de febrero de 1956, en un nuevo aniversario de la batalla de Caseros, apareció el primer ejemplar de la segunda época, con una tirada de aproximadamente un millón de ejemplares; en esta etapa, la información sustituyó en la portada a los avisos.

Fue un momento propicio para que se incorporaran a la redacción jóvenes talentosos como Gregorio Selser, el autor de El imperio del banano y Sandino, general de hombres libres, que ya había publicado cuando lo conocimos (y fueron recibidos con elogiosos comentarios en el suplemento literario del diario).

También conocimos, entre otros, a Alberto Riobó, que fue un amigo, y muchos años después vocero de prensa de la Cámara que tuvo a su cargo el histórico juicio a las juntas de la dictadura.

Y puesto que La Prensa fue, como se dijo muchas veces, una excelente escuela de periodismo, queremos nombrar entre nuestros maestros a don Antonio Fernández Sanz, sabio e íntegro secretario de Redacción, y a quien lo sucedió en esas funciones, don Fermín Luque; bien haya su recuerdo dondequiera que estén. Y a Oscar Hermes Villordo, quien no desdeñó revelar secretos y trucos del oficio a la joven principiante.

Permítasenos ahora contar una anécdota de nuestra experiencia laboral. Durante la dictadura de Lanusse se le había aplicado a Abel González, jefe del servicio de Cirugía de un hospital público, la entonces vigente ley N° 17.401, de represión de actividades comunistas, lo que significó su inmediato despido; sus colegas salieron en su defensa organizando asambleas y otras actividades, cuya cobertura nos fue asignada. Nuestras crónicas fueron “levantadas” por algunos medios (práctica común en la época, dada la reputación de seriedad de La Prensa), otros hicieron las suyas propias, el asunto tuvo una repercusión inesperada y finalmente el profesional fue repuesto en su cargo.

Decadencia y caída

Nadie puede decir que La Prensa se pronunciara contra la dictadura surgida del golpe de 1976. Pero es bueno recordar que en su edición del 3 de octubre de 1977 ocupó media página la primera solicitada de madres y esposas de desaparecidos publicada en la Argentina; se titulaba Solo queremos la verdad.

En diciembre de ese año murió Alberto Gainza Paz; en nuestra opinión, La Prensa se fue con él.

Lo sucedió su hijo Máximo Gainza Castro, a quien le tocó administrar una agonía de quince años, en la que errores de criterio periodístico se correspondieron con desacertadas decisiones económicas y financieras. A fines de los 70 se decía que el diario había sido comprado por la United Press, que se había instalado en el segundo piso del edificio. 

Cuando se recuperó la democracia, Clarín y La Nación ya habían desplazado a La Prensa en las preferencias de los lectores; sin embargo, el diario de los Paz logró seguir, a  tropezones, hasta 1992. Su caída pasó casi inadvertida; podemos decir, parafraseando a Ray Bradbury, que la vieja Prensa murió como una enorme mariposa. 

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