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 17 de agosto de  2019
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Mago, poeta y cantor de Buenos Aires

Mago, poeta y cantor de Buenos Aires

Hoy se cumplen 55 años de la muerte de Raúl González Tuñón. A modo de homenaje reproducimos el trabajo de Haydée Breslav que publicamos en nuestra edición gráfica de agosto de 2004, que fue realizado para la Cooperativa EBC y mereció el elogio de Nelida Rodríguez Marqués, esposa del poeta.

Como muy pocos en la historia de la literatura universal, y ninguno en la argentina, supo encarnar a los tres arquetipos poéticos: el mago, el vidente y el cantor. En su obra, de un modo u otro, siempre está presente la ciudad, pero ésta aún le niega el reconocimiento que merece.

En la primera página de la segunda parte de esa verdadera biblia lunfarda que es La crencha engrasada, su autor, Carlos de la Púa, estampó la siguiente dedicatoria: "A mis rivales en el cariño a Buenos Aires: Nicolás Olivari, Raúl González Tuñón y Jorge Luis Borges"; este último aludió a Tuñón como "el otro poeta suburbano". Confirmando la opinión que muchos veníamos sustentando hace ya tiempo, Abelardo Castillo nos confió pocos años atrás que "Tuñón es más poeta que Borges".

Y más porteño, nos animamos a decir. Pero más allá de juicios comparativos, ya su primer libro, El violín del diablo, escrito a los dieciocho años y publicado dos después, es decir en 1926, significó -como medio siglo más tarde apuntó el poeta, con exquisita modestia- "por lo menos el deseo de intentar otro enfoque de la temática urbanística iniciada por Carriego".

Vale la pena detenernos en esta obra inicial, porque en ella ya aparecen las dos vetas esenciales de toda la poesía de Tuñón: la lírica y la social, "lo real y lo imaginario, Juancito Caminador y el poeta comprometido". Como sabe que la burguesía está reñida con la poesía, prefiere tener trato con el bajo fondo porteño y con los seres que lo habitan: "a la mentira de arriba / prefiero la cruel verdad de abajo" ("Bajo Fondo").

A diferencia de la mayoría que incursionó en esa temática antes que él, y siguiendo el ejemplo de los primeros poetas lunfardos (Felipe Fernández "Yacaré") y de los que inauguraron el tango canción (Pascual Contursi, Celedonio Flores) se ocupa de los marginales sin bajarles el pulgar ni levantarles el índice admonitorio; por el contrario, se sienta a la mesa con ellos, comparte el vino y les estrecha la mano: "Iré como un amigo, nada más, compañeros" ("Bajo Fondo").

En cuanto al paisaje urbano que elige pintar, no es el nostálgico de la pampa perdida, sino aquel que los desheredados convierten en su refugio: el de los "rincones canallas", de los "bodegones sombríos", de los "barracones inmundos", de los circos pobres... En esos ambientes sórdidos, y en las existencias errabundas que los pueblan, encuentra una vitalidad y una fuerza frente a la cual, como escribió Oscar García, "todo preciosismo corre el riesgo de convertirse en amaneramiento". Es así como consagra poéticamente a figuras que otros consideran indeseables, transformándolas en portadoras de su propio espíritu de rebeldía: "Y con tus cien bocas que gimen / y con tu entrecorta-da respiración / al chocar la pólvora con la yesca / brotará cortante la maldición" ("Poemas del conventillo").

Y si en sus descripciones del puerto y de los barrios de La Boca, Barracas y Puente Alsina ("los ladrones y los poetas no te tenemos miedo"), donde "la ciudad perfecta y pedantesca" abandona las galas para pasearse con todas sus lacras, recurre a los ásperos rasgos del aguafuerte, para referirse al "silencio perfumado" de "Villa Mazzini, o Villa Ortúzar, o Palermo al Sur, o Belgrano", adopta el delicado lirismo de la acuarela.

Además, descubre la prístina magia del viaje a lo ignoto y lo prohibido, y para expresarla comienza a elaborar un lenguaje donde los juegos de ritmos e imágenes abren paso a las emociones. En el poema más conocido y celebrado del libro, "Eche veinte centavos en la ranura" -al que muchos años después el Tata Cedrón puso música- su alquimia verbal trasmuta un tugurio del Paseo de Julio -hoy Paseo Colón- al que Borges nunca sintió patria, en un retablo de maravillas. El mismo Raúl contó de la siguiente manera las circunstancias en que lo escribió: "... era un mundo increíble, canalla, pero dentro de esa canallería había algo de angelical también... un mundo sórdido y al mismo tiempo puro... En unas máquinas en las que había que poner veinte centavos, se daba vuelta una manivela y se veían paisajes de Holanda, de Japón, de Francia, de China. Era una forma de viajar para los que sólo podían soñar con los viajes... Salí completamente fascinado por ese clima medio mágico, medio alucinante; había una cantina muy atorranta, pero simpatiquísima, y empecé a escribir el poema...".

En lo que hace a la vertiente social, que tanta significación alcanzaría en su obra, en este primer libro todavía surge más a modo de reacción visceral contra la injusticia y de rechazo a la burguesía que como corolario de meditada ideología. Pero el poema "El caballo muerto", donde muestra todo el dolor del mundo abatiéndose sobre el animal, víctima indefensa de la miseria y la crueldad, incluye una metáfora -pergeñada, recordémoslo, por un muchacho de veinte años- que resulta más esclarecedora y convincente que un cuerpo de doctrina: "Ese caballo viejo, / hederoso de sangre coagulada / y de estiércol, / ese pobre vencido, fue un obrero". Y pensamos en el escuálido buey pintado por Van Gogh, en el desdichado perro en cuyos dientes quiso Tolstoi que sólo Jesús de Nazaret pudiera encontrar belleza.

Tanto los poemas sociales como los líricos, y por supuesto los de índole descriptiva -exceptuando los escritos durante las escapadas a los puertos de Montevideo y de Santa Fe- recono-cen el común origen porteño. En uno de los últimos poemas del libro, "Adiós a Buenos Aires", el autor define a su poético modo la internalización del sentimiento de pertenencia: "Y supe andar sintiéndome, creándome / un Buenos Aires dentro de mí mismo". 

Raúl González Tuñón consagró a la ciudad otros cuatro poemarios: A la sombra de los barrios amados, Poemas para el atril de una pianola, La veleta y la antena y El banco en la plaza. Referirnos a cada uno de ellos excedería los límites de este trabajo; concretémonos a señalar que todos ellos fueron escritos en la madurez -"en plena posesión de las claves mayores", al decir de Elvio Romero- cuando la reflexión y las ricas experiencias vividas contribuyeron a que su poesía se hiciera más profunda y entrañable. Digamos también que contienen más de un verso memorable dedicado a Gardel y al tango ("Cuando muere un cantor suele nacer un sueño / y en algún mar distante se desploma un albatros", "Muerte y entierro de Gardel", de Poemas para el atril de una pianola), y que si a veces pasea una mirada nostálgica sobre lo que fue, o lo que pudo haber sido, prefiere cantarle a lo que ha quedado, o a lo que está por venir.

Significativamente su libro póstumo, El banco en la plaza, se cierra con un poema cuya última estrofa expresa: "Arrabal, puerto adentro, Buenos Aires / madre de orillas, poetas y malandras. / Desde tus cuatro puntos cardinales, / desde tus cuatro esquinas con ventanas al cielo, / desafío al Futuro, y su tardanza".

 

El poeta excluido

"Cualquier ciudad del mundo se hubiera enorgullecido de contar a Raúl González Tuñón en-tre sus hijos", escribió Oscar García, "pero él sigue siendo el gran exilado, el gran desterrado, el gran anónimo para los exegetas de la poesía nacional". Porque creer en una sociedad justa, luchar por ella y mantener una inquebrantable línea de conducta le valieron postergaciones, discriminaciones, cárceles, un silencio sobre su obra que todavía perdura y una constante pobreza que lo acompañó hasta su muerte.

Al cumplirse treinta años de ella, continúa ignorado por los "gerenciadores" de la cultura y los funcionarios de turno: en la ciudad que tanto amó, ninguna calle lo recuerda, ninguna escuela ostenta su nombre; no sabemos que en áreas oficiales se haya organizado homenaje alguno en su memoria.

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