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TRAS CARTÓN   La Paternal, Villa Mitre y aledaños
 27 de mayo de  2020
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Botticelli, entre la tierra y el cielo

Botticelli, entre la tierra y el cielo

Se cumplen este 17 de mayo 510 años de la muerte de Sandro Botticelli (1445-1510), uno de los pilares del arte pictórico durante el primer renacimiento italiano, que tuvo en la ciudad de Florencia su principal centro y foco de irradiación.

Sandro Botticelli se inició como orfebre y luego aprendió pintura con Fra Filippo Lippi. Concluida su formación, abrió su taller en 1470.

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Una de sus primeras obras es La adoración de los magos. La pintó a iniciativa de Guasparre Del Lama, quien la encargó con el objeto de donarla a la Iglesia de Santa María Novella. La representación se basa en la figura del rey Gaspar, cuyo nombre se corresponde con el del comitente. Así, representó en la pintura a quien se la había encargado, a los principales miembros de la familia de los Medici y a él mismo por medio de un autorretrato.

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Luego pintó Visión de San Agustín. Allí el santo y doctor de la Iglesia está representado en posición sedente frente a una mesa en la que se disponen diversos objetos. San Agustín va a experimentar el éxtasis de la beatitud que solamente se puede comprender si se la vive personalmente. Sostiene en su mano izquierda el tintero y la pluma con la cual escribirá sus meditaciones. Es el instante de la visión de San Jerónimo, cuya hora está indicada por el reloj que se ve en el extremo superior derecho.

La fama de Botticelli se extendió no solamente en Florencia sino también en otras ciudades de Italia. Es así como el Papa Sixto IV lo llamó para pintar paredes laterales de la capilla Sixtina.

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Como parte de un programa pictórico con escenas del Antiguo y Nuevo Testamento que aluden a la vida de Moisés y de Jesús, Botticelli pintó tres escenas del ciclo de la vida de Moisés. “Entre ellas se encuentra una de las más importantes de todo el decorado, El castigo de Coré, Datán y Abirón. El fresco reproduce en tres episodios las diversas revueltas de los hebreos contra sus líderes designados por Dios, Moisés y Aarón y el posterior castigo divino de los agitadores. En el lado derecho se narra la revuelta de los israelitas que, soliviantados por las muchas penalidades de su larga marcha, quieren apedrear a Moisés. En el centro se puede ver el levantamiento de Coré y de los hijos de Aarón, quienes, para menoscabar la autoridad de este último, pretenden realizar una ofrenda de incienso en competencia con Aarón, que, en su calidad de sumo sacerdote, balancea ceremoniosamente el incensario. El castigo de los amotinados se produce ya en el lado izquierdo del fresco donde son tragados por la tierra que se abre bajo sus pies”, observa Bárbara Deimling.

Pero indudablemente las principales obras de Botticelli son las de tema mitológico como La primavera y El nacimiento de Venus.

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En La primavera tenemos en el centro de la representación mitológica a Venus como Humanitas. Por encima de ella sobrevuela Cupido, al punto de estar por arrojar una flecha hacia el grupo de las tres Gracias. Estas se encuentran danzando rítmicamente en forma casi circular, sus deliciosos cuerpos están apenas cubiertos por largas túnicas transparentes. Este motivo de la primavera traduce el esplendor de la belleza femenina como condición básica del clima primaveral. Al lado de las tres Gracias se encuentra Mercurio (nombre romano del Dios Hermes). Su mano derecha asciende hacia la vegetación, que constituye el fondo de la representación, y apunta hacia el exterior de la pintura. Hacia el otro lado de Venus encontramos a Céfiro (personificación de un viento primaveral) que persigue a su esposa Cloris, que se transforma o metamorfosea en Flora, la diosa de la primavera. Para terminar de comprender el conjunto del mensaje de esta pintura, debemos prestar atención a Mercurio señalando hacia su exterior. Ocurre que, en el emplazamiento que originalmente tuvo La primavera, había otra obra de Botticelli titulada Camila y el centauro. Mientras los centauros representaban la lujuria, la pasión y los placeres carnales, en oposición, la amazona Camila representa la castidad. Camila está sujetando al centauro con su mano derecha apoyada en la cabellera de aquel. La obra muestra la victoria de la virtud sobre la lujuria; así, la mano de Mercurio nos está señalando otra pintura donde las pasiones carnales están siendo sublimadas y transformadas en un amor al mismo tiempo casto e intelectual. Este segundo lienzo fue conocido durante muchos años con el título de Minerva y el centauro. Entonces cabe preguntarnos: ¿cuál es el amor primaveral? ¿El que corresponde a la atracción carnal y sexual o, por el contrario, aquel otro que conduce al hombre hacia el conocimiento, hacia el plano de lo celestial y de lo divino? Son las permanentes luchas entre el cuerpo y el alma, entre lo terrenal y lo celestial.

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En cuanto al lienzo Nacimiento de Venus, debemos decir que en él también nos encontramos frente a un mito clásico. Al centro de la composición y sobre una concha marina se halla Venus totalmente desnuda cubriendo su sexo con su larga cabellera rubia sostenida por su mano izquierda, mientras con la derecha cubre sus senos. Hacia la izquierda y flotando en el aire, está representada la pareja de Céfiro y Aura, el dios de los vientos y la brisa, cuyo acompasado soplo lleva a la concha de Venus a la tierra. Allí, una de las horas, “diosas de las estaciones”, la espera para vestirla. Las rosas indican la primera floración de la primavera a raíz del nacimiento de la diosa de la primavera y del amor.

Después del ciclo de las pinturas mitológicas, Botticelli pintó temas religiosos.

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Entre ellos, cabe citar en primer término La anunciación de María: hacia la izquierda, el ángel Gabriel, de rodillas, se dirige a la Virgen al momento de anunciarle la encarnación del verbo; María, al recibir la noticia, contornea su cuerpo mientras extiende su mano derecha hacia el ángel como queriendo detenerlo. Podemos pensar la turbación de María al recibir la noticia de su embarazo sin haber mediado relación alguna con varón. Hacia el fondo, se abre un balcón con las ventanas abiertas, dejándose ver un paisaje en el que se destaca un árbol como símbolo de comunicación entre la tierra y el cielo.

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Una de las obras más importantes de su último período es Natividad mística: “A primera vista parece tratarse de una simple representación más de la adoración de María y de los pastores. Pero, al examinar la parte inferior de la pintura con mayor detenimiento, se comprueba que esta difiere de las escenas convencionales del mismo tema: en la pradera que aparece en primer término podemos ver tres parejas formadas por ángeles y hombres que se abrazan cordialmente, mientras que unos demonios están en el suelo amarrados a unas barras. Los hombres sostienen en sus manos ramas de olivo atados con una cinta; estas llevan una inscripción con palabras tomadas de El evangelio de San Lucas que dice: ‘Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad’”, señala Deimling.

Entre los años que constituyen los finales del siglo XV, Botticelli vivió en Florencia el gobierno de Girolamo Savonarola, quien, con su prédica de austeridad y por medio del “auto de fe de las vanidades”, arremetió contra la vida disoluta de los florentinos ordenándoles quemar sus magníficos vestidos, sus valiosos muebles, libros, pinturas y demás artículos de lujo. “Botticelli se mostró profundamente afectado por estos acontecimientos. Prueba de ello son los cuadros que pintó a finales de siglo XV. Se basan en una gran sensibilidad religiosa, testimonio de una profunda empatía y de un apasionado misticismo que llevaron a Botticelli a dar más importancia al contenido de las imágenes que a la composición correctamente proporcionada y estética de sus figuras”, afirma Deimling. Natividad mística, con su fuerza expresiva, solo se explica por lo vivido por el artista durante este período.

Fuentes consultadas
Chadraba, R. Renacimiento y humanismo. Buenos Aires, Cartago, 1965.
Deimling, B. “La pintura del renacimiento temprano en Florencia e Italia central”, en AA.VV. El arte en la Italia del Renacimiento, Ullmann & Könemann, 2007.
Stukenbrock, C., y Töpper, B. 1000 obras maestras de la pintura europea. Del siglo XIII al XIX, 2005.

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