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 19 de septiembre de  2018
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"Así canto yo"

"Así canto yo"

Hoy se cumplen 130 años del nacimiento de Eduardo Escaris Méndez, autor de las letras de piezas que fueron cantadas y grabadas por algunos de los mejores intérpretes que en nuestro medio han sido. Asimismo, distintos especialistas coinciden en considerarlo como uno de los principales poetas lunfardos, a la par de Celedonio Flores y de Dante A. Linyera.

Es muy poco lo que se sabe de la circunstancia biográfica de Escaris Méndez: los datos que circulan por la web, que tienen su origen en el trabajo de un lunfardista que supo ser alcahuete de la dictadura y amigo personal de Videla, y que le atribuyó a Escaris, sin proporcionar fundamentación alguna, una existencia disipada y delincuencial, no nos parecen fidedignos. Esta falta de información precisa sobre su vida nos obliga a concentrarnos en su obra, que no es vasta: sus piezas registradas en SADAIC no llegan a veinte. Sabemos, por otra parte, que en 1941 se costeó la edición del libro Ya que en la España me encuentro, que en la tapa se especifica como poema gaucho.

Se ha dicho que era amigo de Gardel: lo cierto es que el Zorzal le grabó cuatro obras. En ellas se puede apreciar la gran ductilidad temática y expresiva del autor, que le permitió transitar desde la picaresca, vertida en un lunfardo hoy casi inextricable, de Barajando, con música de Nicolás Vaccaro (“Con las cartas de la vida por mitad bien marquilladas, / como guillan los malandros carpeteros de cartel, / mi experiencia timbalera y las treinta bien fajadas, / me largué por esos barrios a encarnar el espinel”), hasta el sencillo lirismo de Así canto yo, con música de Graciano De Leone (“Suena / campanita misteriosa / vuelve / tu tañido a repetir / como la noche amorosa / que entre doliente y quejosa / no me dejaba partir”).  

El otro tango que le grabó Gardel es Media noche, con música de Alberto Tavarozzi. Es preciso decir que existe otro, posterior, con el mismo nombre: se trata del primero que compuso Aníbal Troilo, a la sazón un muchacho de veinte años, sobre un texto sentimentaloide de Héctor Gagliardi, cuyos escasos valores poéticos lo constituyen en una rara avis en el conjunto de los versos que eligió Pichuco para sus obras. 

No obstante, lo interpretó; se conoce una versión de la orquesta, con la voz de Aldo Calderón, a través de una toma radial; según José María Otero, con ese cantor lo llevó al disco, que nunca salió a la venta. Después Troilo grabó, con Raúl Berón, el tango de Escaris Méndez, del que también existe una muy buena versión de Jorge Vidal. En cuanto al de Gagliardi, llegó a ser un éxito de Alberto Morán con la orquesta de Osvaldo Pugliese.

Pero como no podía ser de otra manera, es en la voz del Más Grande donde la historia que se cuenta en Media noche cobra su mayor fuerza y plenitud; esa historia que culmina en la primera bis, donde se describe, como tallada a hachazos, la escena implacable y atávica en que dos hombres, solos y templados como los aceros que empuñan, resuelven sus entripados frente a frente, sin estrépito, escándalo ni más ventaja que la que pudiera dar una mayor habilidad en el manejo del cuchillo (“...no he de salir de este centro / hasta encontrar al traidor / para que allá, sin testigos / ni enfocadas luminosas, / se arreglen lindo las cosas / sin haber un batidor”).   

La cuarta y última pieza que le grabó Gardel, el 24 de junio de 1930 (5 años antes de su muerte y 88 de cuando esto escribimos) fue también, a nuestro juicio, la mejor que compuso este autor. Se trata del vals criollo La pena del payador, con música de los hermanos José y Luis Servidio.

Desde el título, la pieza homenajea al Santos Vega de Obligado, del que merecería formar parte (claro que no está estructurada en décimas sino, acaso por exigencias musicales, en cuartetos –más precisamente, serventesios– alejandrinos). Asimismo, el celebérrimo principio de la magna obra (“Cuando la tarde se inclina / sollozando al occidente”) es clara inspiración del verso inicial de Escaris (“La tarde en el poniente su poncho recogía…”). En los siguientes, el autor desarrolla esa vieja analogía, la remoza y hace eclosionar en un notable despliegue de metáforas encadenadas  (“…peinando entre sus flecos un copo de arrebol / y el hilo de la noche, que en ancas se venía, / bordaba en seda negra los pétalos del sol”).

En el segundo cuarteto, el autor completa la pintura del paisaje e introduce dos personajes emblemáticos (“Llorosos los yuyales doblábanse al pampero / y el viejo ‘e la carreta, picando al buey sobón, / atrácase a la férrea rejilla del pulpero / haciendo para el viaje su gaucha provisión”).

Presentado como “un gaucho triste de negro arrebujado”, el protagonista recién aparece en el quinto cuarteto; en el siguiente, rápidos brochazos de su indumentaria y de sus armas (“facón de plata al cinto, trabuco amartillado, / espuelas nazarenas, sombrero echao pa’ atrás”) completan el retrato, que no pretende reproducir las facciones de Vega porque el autor sabe que a los arquetipos no se los describe por sus rasgos sino por sus mentas; y así, en la estrofa que sigue, lo llama “centauro de las pampas, invicto payador”.

En otro orden, cabe señalar que el canto de Gardel a Vega, más que interpretación es invocación, y constituye un elocuente símbolo de reconocimiento, continuidad y vigencia de una tradición cantora hoy perdida, pero que hasta su progresiva extinción fue, como hizo notar Sarmiento, amada y venerada por nuestro pueblo. 

Otro gran tango compuesto por Escaris Méndez es En la vía, que lleva música de Vaccaro, y del que Edmundo Rivero realizó un magnífico registro; también es excelente la versión de Jorge Durán con la orquesta de José Basso.

Aquí, el autor pone de manifiesto la reticencia del porteño de entonces a exteriorizar sus sentimientos (que tanto contrasta con la garrulería, y aun el exhibicionismo, de nuestros días). Sin embargo, y a pesar de su empecinamiento, el protagonista admite que amó a una mujer, y que el abandono de ella lo dejó literalmente en la vía (“Y si llegase a añorarla / porque, al final, la he querido, / no he de arrumbarme, abatido, / en un rincón del café / ni he de sacar un pañuelo / para llevarlo a los ojos / y lagrimear como un flojo / porque en la vía quedé”).

Escaris Méndez escribió además Campaneando la vejez, cuya música pertenece a Rosita Quiroga, para quien los versos de este tango resultaron inusitadamente proféticos (“Las luces de la milonga / jamás mis ojos cegaron / y el tango, el bendito tango, / a quien canté con amor / en vez de ser mi desdicha / como muchas lo culparon / fue mi bandera de aliento / para luchar con honor”).

Entre sus otras piezas se encuentran los valses criollos Como aman los gauchos y Mi azucena, con sendas melodías de los hermanos Servidio y de Eduardo Bonessi, a quien pertenece también la de la canción campera La rodada. Las tres fueron grabadas por Ignacio Corsini; la última fue registrada también por Alberto Marino, quien la hizo una constante de su repertorio, luciendo en la interpretación no solo su caudal vocal sino también su temperamento dramático.  

Eduardo Escaris Méndez murió en Buenos Aires el 13 de abril de 1957.

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